Pseudopolítica y corrupción

Pseudopolítica y corrupción

Soledad Escalante Beltrán Profesora principal de la Escuela de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Ideele Revista Nº 281

Foto: Trome/Panamericana.

En las últimas semanas se ha puesto al descubierto una red de corrupción enquistada en nuestro sistema de justicia. La iniciativa de instalar una red de corrupción en nuestro sistema de justicia proviene de la pseudopolítica. En efecto, no es difícil observar que esta auspicia dicha red en un esfuerzo más por devastar nuestra vida institucional. ¿Por qué? Pues porque la captura del sistema de justicia por parte de intereses privados no tiene otro objetivo que  avalar la impunidad, ni otro horizonte que perpetuar la brecha que nos sume en el eterno subdesarrollo. La disolución de lo público es una estrategia de la pseudopolítica para anular la ciudadanía y, en su lugar, implantar el padrinazgo y el clientelismo junto a otros modos de subordinación y sometimiento premoderno que anulan la igualdad básica y constitutiva en que se funda el Perú contemporáneo como Estado moderno.

Vale decir: la pseudopolítica busca resucitar formas arcaicas de relacionamiento social, político y cultural que, recurriendo a la corrupción, el chantaje y la violencia, y renunciando a la razón, el diálogo y el reconocimiento, desconocen la plena vigencia del Estado de derecho y buscan, con caprichoso afán, el retorno a formas de vida premoderna. La pseudopolítica, fundada en pasiones egoístas y en un infantilismo tiránico, parte del supuesto ingenuo de que basta reconocer que hay efectivamente Estado de derecho para que éste pierda su plena vigencia. En buena hora nuestra institucionalidad democrática, pese a todas sus debilidades, puede soportar los embates de la pseudopolítica. De ahí que la embestida frontal y directa de la democracia contra la pseudopolítica corruptora está obligada —y la oportunidad presente lo pone de manifiesto— a ser la demostración elocuente de la actualidad viva de los principios democráticos que rigen nuestra vida social, política y cultural. Mientras tanto las formas arcaicas languidecen, aunque persuaden todavía a los ciudadanos menos avisados, pero se imponen violentamente entre los más desprotegidos. Y así, la desigualdad y la ignorancia se vuelven funcionales para la pseudopolítica.

Sedgún nuesdtra Constitución todos los ciudadanos y todas las ciudadanas tenemos y gozamos de los mismos derechos. Por eso que la pretensión de la pseudopolítica de abolir dicho principio es abiertamente un atentado contra la Constitución y nuestro derecho de acceso a la justicia. Esa pretensión no solo hace que la justicia sea parcial, sino que, además, la priva de ser objetiva: la justicia, en cualquier caso, resulta reducida a la devolución de favores, vuelta por completo de espaldas a la ley y a los principios éticos que la sostienen. En efecto, quien se propone capturar el sistema de justicia yendo en contra del orden constitucional tiene que haber salido mucho antes del marco legítimo de dicho orden. La pseudopolítica está fuera de ese orden desde su base germinal. En cualquier caso, la pseudopolítica recesiva, retrograda y ralentizadora empleará las herramientas del orden constitucional tergiversando su sentido y su espíritu para insertar y asentar el prejuicio de que no existe el interés público, que lo único legítimo y valedero es el provecho del clan.

Para la pseudopolítica, en efecto, la captura y el secuestro de las instituciones democráticas se vuelve progresivamente más urgente aun cuando el clan traba relaciones con el crimen organizado y necesita, precisamente por eso, un medio para garantizar la impunidad: nada mejor que tener jueces amigos que fallen a favor de intereses ilegales y que anulen la dimensión pública de la ley. Cuando eso sucede, la corrupción se puede volver moneda corriente y de intercambio diario, al punto de convertirse, por el hábito y la inercia mental, en el modo natural de hacer las cosas. Pero la pseudopolítica corruptora olvida que la ley, aunque se le opaque, no puede enajenarse hasta el punto de que se la pueda privatizar absolutamente; es decir, que aunque la ley pueda ser atomizada al máximo, siempre conserva el germen vital de lo público que la hace nacer. Así, la pseudopolítica pone de manifiesto su vocación absolutista y totalitaria: imponer el pensamiento único y homogéneo, abolir lo público de la ley y ahogar el pensamiento crítico. Lo vivimos durante los años ochenta y noventa del siglo pasado. Estamos obligados a impedir que se repita. Estamos obligados a fortalecer diariamente la democracia.

El fortalecimiento de la democracia implica un trabajo en dos frentes. En el frente interno, el esfuerzo está dirigido a apuntalar y mejorar continuamente las instituciones para garantizar la vigencia plena de la democracia. Es un trabajo integral que involucra a todo el Estado. En el frente externo, se trata de neutralizar y disolver a la pseudopolítica. Esta tarea solo puede llevarse a cabo con eficacia, aprovechando bien todos nuestros recursos, si tenemos diametralmente claro qué es la pseudopolítica. ¿A qué nos referimos con este término? ¿Por qué es útil en el contexto actual?

Digámoslo brevemente: la pseudopolítica es un conjunto de prejuicios y prácticas que toman contacto con lo político, pero no para fortalecerlo y apuntalarlo buscando que sea tan excelente como sea posible, sino, por el contrario, buscando devastarlo y reducirlo a su mínima expresión. La pseudopolítica es todo lo contrario de la política genuina. Si la política busca el bien común, en cambio ésta busca la privatización del bien común y convertirlo en un bien privado. Si la política convoca y necesita ciudadanos libres e informados, la pseudopolítica busca proscribir la ciudadanía crítica y librepensante, pues no quiere ciudadanos, sino pongos, siervos y esclavos: por eso que la pseudopolítica avala la trata de personas, el narcotráfico y todo cuanto resulte útil para sembrar el terror y el pánico. Aun así, la retórica de la pseudopolítica siempre tematiza entre sus tópicos a la cosa pública, los problemas sociales más apremiantes, la inaplazable necesidad de cambios profundos y mejoras urgentes. Todo muy convincente respecto del diagnóstico social.

La pseudopolítica adopta el semblante de la política, pero solo para falsificarlo. Esa política falsaria recurre sin empacho a la mentira, la deshonestidad, la falta de integridad y la desvergüenza. La retórica redundante, grandilocuente y mesiánica no puede ocultar el hecho de que la pseudopolítica levanta a sus ídolos de barro sobre la base de la renuncia explícita a la ética. De ahí que tanto su discurso como su práctica pongan en evidencia el vacío que deja esa renuncia. En la práctica real de la pseudopolítica, los jueces, fiscales y otros magistrados son sopesados según las leyes de la oferta y la demanda —pues todo se compra y todo se vende—, las obras públicas son favores por conceder y el presupuesto público una fuente de financiamiento para alimentar los vientres insaciables del clan. Por eso que la salud, la educación y todo aquello que contribuya a formar ciudadanos íntegros es una amenaza hostil para la pseudopolítica.

La pseudopolítica promueve, además, la resignación claudicante frente a muletillas y frases hechas como “todos los políticos son corruptos” y “la corrupción es inevitable”. Con ello se incita a creer que el ciudadano no es un agente político, ni debe serlo, porque la política es una labor especializada cuyo desempeño no se aprende de la noche a la mañana. Toda una serie de falacias están contenidas en esas expresiones y no es el caso reseñarlas aquí. Son útiles al razonamiento presente porque ilustran el hábil y sutil desplazamiento con que opera para distraer la atención de lo esencial.

Lo esencial es saber qué es la política, cómo podemos reconocernos los ciudadanos, ya agentes políticos por ese solo hecho. Finalmente, la Constitución reconoce esa agencia y garantiza que podamos ejercerla tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Y así como podemos volver a lo esencial en cuanto al reconocimiento de la agencia política individual, tratada ampliamente por la filosofía política, desde Aristóteles hasta nuestros días, también es indispensable un giro crítico frente a las palabras desgastadas por el uso. ¿Sabemos, en efecto, qué es la corrupción? ¿No somos víctimas de la pseudopolítica cuando empleamos ingenuamente esta noción más allá de sus límites precisos?

Si definimos a la corrupción como un mal o como una enfermedad, no debemos avanzar un poco más y preguntarnos: ¿qué tipo de mal es la corrupción?, ¿qué tipo de enfermedad? Solo si averiguamos su causa, su fuente, su desarrollo y su evolución estaremos en condiciones de saber si la corrupción es inevitable o no, tras rechazar el principio de la inevitabilidad de la corrupción postulado por la pseudopolítica podremos indagar cómo así se le combate con éxito. La pseudopolítica es la corrupción de la política. Por eso que cultivar la política fortaleciendo la ciudadanía es clave e indispensable para la democracia.

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