Vuelta a Cortázar en tres fragmentos

Vuelta a Cortázar en tres fragmentos

Ideele Revista Nº 243


1

No sé si fue él o yo el que lanzó la pregunta. Es probable que fuera yo porque recuerdo haber replicado de golpe y sin pensarlo, como si formularla hubiera sido solo el pretexto para que supiera mi respuesta. No era para menos: Pablo era mi profesor, había llegado a Austin como experto en Borges y Cortázar, compartíamos la pasión por el fútbol y la escritura (él la ejercía casi en secreto; manías siniestras de la academia gringa) y, por una súbita y torpe presunción, sentí la necesidad de reforzar nuestra complicidad tentando, de su parte, un posible desconcierto. No mentí ni exageré. La historia del escritor Aníbal recordando aquellas tardes de la infancia en los baldíos de Banfield, jugando a la pelota en los potreros arenosos con Doro y cayendo perdidamente enamorado de Sara, la hermana mayor de Doro, era —sigue siendo— mi favorita. Sin mayores alardes técnicos ni los guiños vanguardistas ni la compleja superposición de planos temporales y espaciales, sin la repentina irrupción de lo extraño y lo anómalo para fisurar la realidad y destrozar lo cotidiano, sin la materialización de ideas obsesivas o sueños o pesadillas que conduzcan a desdoblamientos, metamorfosis, simultaneidades o intercambios de personalidad, es decir, sin nada de eso por lo que solemos estudiar a Julio Cortázar en las facultades de literatura, elegí “Deshoras” como su mejor relato intuyendo que Pablo no estaría de acuerdo y podría —como hizo— darme mil razones perfectamente coherentes para demostrarme que, sin duda, era un cuento muy digno, Diego, pero no el mejor.

2

Escribo este texto sobre Cortázar, ya lejos de Estados Unidos, por invitación del mismo Pablo; y es a través de Pablo —usándolo de pretexto, así como Aníbal usa culposamente a Doro para volver a Sara— que regreso, una vez más, a esos días enfebrecidos de la adolescencia en el Perú de la dictadura, cuando devoraba los libros de Cortázar en los buses salvajes de Lima, y mi relación con la literatura se reducía al asombro y al deseo incontenible de torcer la realidad como lo había hecho él.

La operación de recuperar la memoria de esas mañanas universitarias de lecturas y aprendizaje en la combis de la muerte, y reflexionar sobre la verdadera valía de un autor al que todos parecían querer casi de la misma forma en que ese núcleo de cinéfilos anarquistas quiere a la actriz Glenda Garson (Queremos tanto a Julio debe ser uno de los títulos más manoseados en la historia de sus textos de homenaje), no inició en esta pequeña buhardilla parisina desde la que escribo, a escasos kilómetros del cementerio en el que descansa su cuerpo. Llegó hace un año, con la celebración de los cincuenta años de la publicación de Rayuela, cuando el cúmulo natural de voces laudatorias fue contenido frontal y brutalmente por un grupo de escritores disidentes que, de una u otra manera, suscribían esa bomba fulminante que el autor argentino César Aira ya había soltado hace nueve años en una entrevista con el diario Clarín señalando que “el mejor Cortázar es un mal Borges”.

Más que contrarrestar otra de esas pasajeras olas de desprestigio que generan casi naturalmente los escritores que logran en vida la aceptación unánime de lectores y críticos —maniobra similar surgió no hace mucho con el escritor chileno Roberto Bolaño—, mi primer impulso fue hacer un rápido paneo de cuello sobre mi biblioteca hasta llegar a la C, y posar otra vez mis dedos sobre el lomo de esos libros que había paseado por Lima y balnearios hasta decolorarlos. No los tenía olvidados ni postergados. Con una frecuencia más bien regular, había vuelto primero sobre los dos tomos de los Cuentos completos de Alfaguara, los que llevan un prólogo de Mario Vargas Llosa en el que Cortázar queda políticamente como un ingenuo y vitalmente como un adolescente que termina sus días comprando revistas eróticas y hablando “de marihuana, de mujeres, de revolución, como antes de jazz y de fantasmas”. En segundo término, había regresado a algunas de sus novelas, pero en especial a la cuestionada Rayuela que había leído tres veces, con y sin Tablero de instrucciones.

Mi intención de releerlo se puede resumir en algunas preguntas que formulé mentalmente a partir de las críticas de mis colegas y amigos que, además de ir contra Cortázar, disparaban también contra los lectores que aún no se arrepentían de seguir leyendo y alabando a Cortázar: ¿EsRayuela una novela cursi, relamida y formalmente demagógica que sorprende a los más jóvenes y solo podría seguirle gustando a adolescentes con poca inteligencia que no han leído lo suficiente? Salvo algunos cuentos, que podrían definirse como buenas pero defectuosas artesanías que buscan siempre el efecto inmediato, ¿es el resto de la carrera literaria de Cortázar “auténticamente deplorable” como señaló Aira?

Fue en la ciudad de Huancayo, algunos meses después de esta pequeña y accidentada maratón personal por las obras de Cortázar, que me llegó el enlace a una nota periodística con videos que había hecho la prensa peruana a raíz del aniversario de Rayuela. En una de las entrevistas aparecía yo defendiendo la novela de Cortázar con algunos de los argumentos que suelen emplear los apologistas de su obra aunque potenciando aquello que Cortázar tomó de la novela policíaca y de la vanguardia artística francesa: el rol del lector como conspirador, como un ente activo que escribe mientras lee y altera los designios formales y la autoridad sacrosanta del escritor decimonónico, desplazándolo del foco. A despecho de los flancos que Cortázar deja deliberadamente abiertos (el Tablero de direcciones, los juegos formales que coquetean con lo exasperante, la excentricidad rebuscada de ciertos símbolos y objetos —palanganas, rulemanes—, un grupo de artistas enfáticamente elitistas y pretenciosos, los “capítulos prescindibles” y la aparente inconsistencia del misterioso Morelli, etc), Rayuelafunciona en dos direcciones que parecen contrapuestas: por un lado, está el alto nivel literario de muchos de sus fragmentos y secuencias que, a través del humor —el concierto fallido de Madame Berthe Trépat— y la tragedia —la terrible muerte del bebé Rocamadour—, de los malentendidos y la búsqueda, revelan la profundidad y la dimensión humana de sus personajes; por el otro, está ese nivel del experimento literario, del artefacto artístico que sobrepasa los límites de la novela y parece expresamente destinado a dinamitar el primer nivel.

Aun a pesar de mi defensa de Rayuela, sería deshonesto no señalar que algunas de las críticas contra ella tienen un fundamento de base, y que hay momentos puntuales en que ni el alto riesgo estético que corre Cortázar la salva del fárrago y de esa sensación de pesadez que la muestra obsoleta. Como la carrera literaria de muchos autores, la de Cortázar tampoco está librada de altibajos y de resbalones, y eso se vuelve más notorio cuando una nueva lectura va condicionada por observaciones algo drásticas. Sobre el final, sin embargo, uno se queda con la sensación de que muchas de las sentencias en su contra tienden a la hipérbole y al efectismo y terminan pareciendo tremendamente injustas.

3

Ya no tenía ninguna razón especial para acordarme de todo eso. Con esa poderosa y maravillosa oración inicia “Deshoras” y no puedo evitar pensar en mí acordándome de Cortázar en diferentes momentos de mi vida, pero en especial ahora, aquí en París, en el mismo país que el autor adoptó como segunda patria.

Me afectan particularmente unas declaraciones sobre su vida parisina que encontré en un artículo de Jaime Alazraki sobre sus últimos cuentos. Siento que me tocan, imagino que dialogan conmigo como si hubieran sido escritas especialmente para calmar los momentos de zozobra e incertidumbre vivencial que genera la literatura, y seguir escribiendo:

Con ese clima particularmente intenso que tenía la vida en París —la soledad al principio, la búsqueda de la intensidad después (en Buenos Aires me había dejado vivir mucho más)—, de golpe, en poco tiempo, se produce una condensación de presente y pasado, el pasado en suma se enchufa, diría, al presente y el resultado es una sensación de hostigamiento que me exigió, luego, escribir Rayuela… Llegar a Europa significó la necesidad de confrontar todo un sistema de valores, mi manera de ver, mi manera de escuchar. La experiencia europea, en muy pocos años, fue una sucesión de choques, desafíos, dificultades, que no me había dado el clima infinitamente más blando de Buenos Aires.

El París de hoy no tiene nada que ver con el París del parnaso literario y las luchas sociales que vivió Cortázar. Los escritores latinoamericanos ya se fueron a Nueva York. Es hora de cerrar este texto y enviárselo a Pablo sin explicar realmente por qué sigo pensando que “Deshoras” es el mejor relato de Julio Cortázar. A veces, en el arte, solo basta con esa nostalgia que nos desarma para llegar directamente al corazón sin perforar el lado izquierdo del pecho.

 

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