Vuelta de timón

Vuelta de timón

Ideele Revista Nº 200

Está el empresariado nacional relacionado con industrias extractivas evolucionando hacia una conducta socialmente responsable? Difícil contestar con un escueto sí o no. Que existen bastantes razones para decir sí, cierto, pero también persisten unos preocupantes no. 
Diez años participando en el Grupo de Diálogo Minero me han permitido interactuar con decenas de líderes empresariales. La experiencia ha mejorado mi entendimiento, aunque carezca de respuestas definitivas. Esta evaluación tiene una dimensión institucional y una referida a las personas, es decir, al desempeño de líderes de carne y hueso. No olvidemos que quienes generan los cambios o los traban son las personas y no las instituciones.
En cierta ocasión Raúl Benavides, de la compañía minera Buenaventura, me alcanzó la siguiente opinión:
“Yo no entendía la lógica de los argumentos esgrimidos contra la actividad minera […]. Pero he aprendido que hay otras posiciones y a apreciar la lógica de donde vienen y a respetar a los que sinceramente creen lo contrario […] El diálogo me ha enseñado a entender también los temores de la gente hacia la minería y, de esta manera, tratar de generar las condiciones para que estos temores no se den”.
Este cambio sobre la percepción de los actores que piensan y actúan diferente es uno de los caminos más interesantes para apreciar la evolución del empresariado nacional hacia la responsabilidad social. Ello genera una suerte de permanente aprendizaje que influenciará en las nuevas conductas deseadas.
Algo parecido nos transmitió Augusto Baertl, caracterizado líder minero: “En el caso de Milpo logramos una mutua credibilidad entre una serie agentes relacionados de distinta manera con la operación minera. Esta confianza poco a poco se convirtió en una palanca que se tradujo en proyectos de desarrollo, que fueron muy exitosos en su momento.
¿La opinión y desempeño de estos dos líderes son manifestaciones aisladas, o constituyen una tendencia que crece y se expande en decenas de operaciones mineras?
La imagen controvertida de la minería navega en medio de esta incertidumbre: buenas y malas prácticas en convivencia y duelo permanente.
Las empresas construyen su desempeño social a partir de las decisiones que toman sus líderes frente a conflictos inesperados e incomprensibles desde un punto de vista corporativo. En ese momento tienen dos posibilidades: encontrar en el otro (las ONG ambientalistas o agitadores sociales) la explicación de lo ocurrido, o hacer un esfuerzo para reconocer cuáles son los errores cometidos y qué se puede hacer para corregirlos. Cuando se toma esta decisión, las empresas regulan su poder y ya no presionan al Estado para que los respalde en una decisión tal vez legal pero autoritaria y, por ende, ilegítima.
La responsabilidad social empresarial es ante todo autorregulación libre y voluntaria, y muchos actores no empresariales levantan sólidos muros para descreer.
Ocurre lo de Doe Run, luego Caudalosa y el derrame de PlusPetrol, y entonces hay muchas razones para desconfiar, y terminamos concluyendo que no hay responsabilidad social y ambiental. Pero la realidad no es blanco y negro: es una trama de matices, de apariencias y de apuestas. Relaciones que construyen interpretaciones. Diálogos que recogen la buena intención. Líderes empresariales que se equivocan pero están dispuestos a escuchar, y aquéllos que reaccionan con toda mala fe.

No cabe duda de que hace falta más Estado para ordenar todo este proceso desigual y caótico de nuevas relaciones empresa-comunidad, la autorregulación no es suficiente.

Pero ello no depende de la voluntad de un solo lado. Hay un poder que está creciendo en las poblaciones. Un poder para demandar consultas y acuerdos previos y decir no a un proyecto minero. Los empresarios reconocen que, a diferencia de hace solo cinco años, no pueden avanzar si el otro no está de acuerdo: no pueden porque no los dejan y también porque son socialmente responsables. 
Estamos, entonces, viviendo transformaciones enormes: en el tema de la tierra, con un práctico reconocimiento del valor de los yacimientos hacia las comunidades; en el acceso al agua, con el lema “primero el agua y luego la mina”, con la formación de empresas comunales que prestan servicios a la minería multiplicando puestos de trabajo; y en el desarrollo compartido, mediante innovadoras alianzas estratégicas.
No cabe duda de que hace falta más Estado para ordenar todo este proceso desigual y caótico de nuevas relaciones empresa-comunidad; la autorregulación no es suficiente, y es imprescindible abrir una nueva etapa de regulación para asentar las nuevas prácticas en curso.
Vivimos en una sociedad de fragmentos, asimetrías y desigualdades. Por ello, los empresarios deberán poner tres veces más empeño para demostrar que son social y ambientalmente responsables si desean ser escuchados, pero también los actores sociales mostrarse más comprometidos a dialogar sin temor y sin creerse dueños de la verdad.
 
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Los empresarios deberán poner tres veces más empeño para demostrar que son social y ambientalmente responsables

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