COVID-19: ¿Podemos imaginar un futuro común?

En su libro “The Next 100 Years: A Forecast for the XXI Century”, el politólogo y analista geopolítico George Friedman realizó un análisis del escenario global en el (muy) largo plazo, identificando aquellos aspectos que él consideraba como fundamentales para predecir el futuro de las relaciones internacionales de los Estados Unidos con sus aliados y competidores durante los próximos 100 años. Entre las cosas que Friedman avizoraba en su libro (escrito en 2009) estaban el fin de la guerra contra el yihadismo global, el colapso de Rusia debido al estancamiento de su economía, la fragmentación de China debido a sus tensiones étnicas internas, el surgimiento de nuevas potencias regionales en Europa Oriental, así como el ascenso de México al status de gran potencia, para luego iniciar una guerra contra Estados Unidos alrededor del año 2070, la cual se extendería al menos hasta el siglo XXII.

Friedman afirmaba, en esos años, que Rusia se desintegraría debido a sus tensiones étnicas, bajo crecimiento demográfico y a un modelo productivo anticuado; mientras que el “supuesto” ascenso de China sería sólo temporal y que, por el contrario, había que fijarse en el desarrollo de “verdaderas potencias emergentes” como Japón, Turquía y Polonia (sí, Polonia). Debido a que los hechos durante los años posteriores a la publicación del libro venían contradiciendo notoriamente el esquema predictivo de Friedman, luego el autor actualizaría algunas de sus observaciones, especialmente sobre el desarrollo futuro de Rusia y China (lo que incluyó la publicación de otro libro llamado “The Next Decade”, que abarcaría sólo el período entre 2015 y 2025).

La moraleja de este asunto consiste en que imaginar el futuro no sólo es difícil, sino que incluso los esquemas de análisis más refinados fallan al momento de hacer predicciones. Esto sucede no por desconocimiento de la Historia (de hecho, la lectura histórica en “The Next 100 Years” es impecable), y menos a errores metodológicos de fondo; sino a acontecimientos inesperados que terminan tirando al piso cualquier proyección.

A pesar que los hechos actuales desmientan el desarrollo de escenarios futuros, predichos por Friedman, estoy seguro que ningún otro esquema alternativo hubiera podido preveer que, debido a una infección viral, en el lapso de unas pocas semanas un tercio de la población del planeta estaría encerrada dentro de sus casas sin poder trabajar y que las cadenas de transporte y suministro globales quedarían paralizadas. Así, la pandemia del nuevo coronavirus (hoy llamado COVID-19) termina por echar por tierra toneladas de libros sobre comercio exterior, geopolítica, relaciones internacionales y seguridad, que iban acompañadas por la condición ceteris paribus de que los aviones seguirían volando a sus destinos, los containers seguirían llevando productos a los puertos y la gente en general saldría desarmada de sus casas a comprar alimentos en las tiendas.

Hoy más que nunca los pensadores y analistas de las diversas disciplinas académicas dentro de las humanidades y ciencias sociales están bloqueados frente a la posibilidad de imaginar un futuro que supere la crisis generada por el virus. A pesar que se ha generado un debate muy interesante en medios y redes sobre el futuro del capitalismo y del orden global; lo cierto es que se sigue pensando dentro de la idea (nuevamente, ceteris paribus) de que el virus es algo que tarde o temprano será superado, ya sea a través del dominio tecnológico, la hipervigilancia social basada en el big data, o la consolidación de modelos políticos autoritarios inspirados en el régimen chino. Considero necesario abrir un poco más el espectro de posibilidades para empezar a pensar escenarios flexibles frente a los cuales los gobiernos tendrán que tomar decisiones (algunas de ellas controversiales y dolorosas, si es que la crisis se agudiza).

A mi juicio, el ciclo de crisis que abre la pandemia del COVID-19 exige repensar al menos cinco aspectos del orden internacional contemporáneo: 1) El futuro del actual modelo de globalización capitalista; 2) El futuro de la democracia liberal en Occidente; 3) El desarrollo urbano en relación con los ecosistemas; 4) La salud pública como nueva fuente de poder geopolítico; 5) El rol de la academia frente a la crisis. Pasaremos a analizar cada uno de estos puntos.

Žižek y Byung Chul-Han: El debate sobre el capitalismo

La prisa con la que Slavoj Žižekha predicho el fin del capitalismo “al estilo de Kill Bill” (dixit) contrasta con la rapidez con la que la opinión pública ha salido a refutarlo basándose en la posición de Byung Chul-Han, quien vaticinaba un capitalismo mucho más feroz y autoritario amparado en el control biopolítico a través del big data (no muy distinto a lo que el mismo Žižek decía hace diez años cuando se refería al peligro del surgimiento de un “capitalismo con valores asiáticos”). No me apresuraría tanto a descartar la posición de Žižek, sino más bien a considerarla dentro de un abanico de escenarios dentro de una perspectiva de (muy) largo plazo. En ese sentido, valdría la pena hacer dos preguntas. La primera: ¿cuáles son los condicionantes claves que garantizan la continuidad del capitalismo como sistema histórico? y la segunda: ¿qué tanto sabemos sobre la capacidad del COVID-19 (u otra pandemia futura) de afectar severamente dichos condicionantes en el largo plazo?

No han faltado análisis sobre los efectos del COVID-19 en la economía global, los cuales en su mayoría coinciden en la venida de la peor recesión mundial desde 1929 (algo ya anunciado oficialmente por el FMI); así como en la progresiva fragmentación de las cadenas de suministro globales. A pesar de todo, existen dos aspectos concomitantes que se mantienen constantes a pesar de todos los escenarios y especulaciones que se puedan hacer sobre el futuro: 1) La confianza de la gente en el valor del dinero en tanto medio de cambio; y 2) El flujo de las telecomunicaciones. Internet, en tanto red global de comunicaciones, ha generado una dependencia absoluta de las bases de datos de cualquier actividad humana conocida en el planeta, incluidos los servicios básicos de telefonía, agua y electricidad. Asimismo, el valor del dinero como medio de cambio se sostiene mediante los millones de intercambios y fluctuaciones que ocurren a diario en las bolsas de valores a nivel mundial, dentro de las cuales el dinero impreso/acuñado representa sólo una pequeñísima parte de de los trillones de dólares/euros/yuanes/otros que circulan a diario en la red sin generar ningún tipo de valor real más allá del que los seres humanos hemos convenido en otorgarle; ya que si aceptamos el hecho de que el dinero es sólo papel pintado que no se puede comer, la mayoría del que existe ni siquiera es un objeto material o palpable. Si bien existe una discusión sobre qué pasaría si súbitamente ocurriera un apagón mundial de Internet debido a un desastre natural masivo o ataque nuclear, lo cierto es que ésta es una red flexible y descentralizada que no depende de un solo país y puede seguir funcionando así la mayoría de sus bases de datos y servidores quedaran inutilizados.

Por supuesto, para que el sistema siga funcionando, tiene que haber alguien que garantice su funcionamiento; y ahí quizás habría que considerar más detenidamente la posición de Žižek. Como ya ha indicado la OMS, es poco lo que sabemos del COVID-19; y si bien a pesar que la letalidad de la infección sigue siendo baja en comparación a otras enfermedades, la transmisibilidad y tendencia a la mutación del mismo debe considerarse. Si a la fecha la cepa actual de coronavirus llamada COVID-19 ha demostrado un alto nivel de resistencia y permanencia sobre superficies como plástico, vidrio y acero; ¿qué pasaría si éste empezara a mutar hacia un nuevo virus más nocivo que ahora pueda permanecer en forma de aerosol que viaje por el aire durante varias horas, o si apareciera otro nuevo que sí tuviera esa capacidad? ¿De qué servirían medidas como la cuarentena y el aislamiento social si es que ahora podemos contagiarnos con sólo salir a comprar pan para el desayuno, así nos mantengamos a diez metros de distancia de todo individuo con el que nos crucemos en la calle? Un nuevo virus con las características que menciono ya no sólo exigiría a los Estados a reordenar todo su aparato productivo hacia adentro, sino a incluir nuevos mecanismos de automatización y provisión de servicios a través de sistemas de Inteligencia Artificial.

Implementar medidas de ese tipo provocaría índices de desempleo en masa tan grandes los Estados se verían obligados a autoaislarse para experimentar soluciones cortoplacistas que calmen la creciente inestabilidad social, terminando por desintegrar lo que quedaría del modelo angloamericano de globalización. Esto generaría como consecuencia un progresivo “desacoplamiento” del sistema por parte de los Estados, especialmente aquellos del Sur Global; quienes acusarían a los organismos internacionales de corruptos y poco solidarios frente a sus respectivas crisis internas, así como a las grandes potencias de hipócritas que lucran con la necesidad de los países más pobres. El primer resultado de esta rebeldía masiva de los Estados menores frente al orden mundial implicaría que las monedas nacionales dejarían de tener valor externo, y, en consecuencia, dejarían pronto de tenerlo al interior (ya que, como dijimos, objetivamente el dinero es sólo papel pintado y para efectos prácticos no tiene ninguna utilidad mayor a la que tiene cualquier papel).

Este hipotético desacoplamiento traería como consecuencia una desconexión masiva de la red de Internet, dejando a los países dependientes exclusivamente del manejo de sus ondas electromagnéticas de radio (y con suerte, de TV local). La gente al ver de un día para otro que su dinero (impreso o bancario) ya no vale nada, empezaría a organizarse para realizar saqueos masivos a supermercados, tiendas, y hogares; con lo que el poder civil cedería fácilmente frente a cualquier junta militar “restauradora” que prometa cierto orden frente a las diversas bandas organizadas formadas por ciudadanos comunes y corrientes impulsados por el miedo. Finalmente, en aquellos Estados donde dichos liderazgos militares se consoliden (con mayor probabilidad en América Latina y el Asia Oriental), se implementarían economías de guerra con despoblamientos masivos de ciudades y programas de re-educación orientados principalmente a la producción agraria, la autodefensa militar y la salud pública; mientras que en los Estados más frágiles (principalmente África Oriental y Central, así como Oriente Medio) se agravarían las tensiones étnicas y sociales, llevando el estado de guerra civil a largas porciones de su territorio como nunca antes. Todo esto sin mencionar la impredecible respuesta de las principales potencias mundiales al ver que el orden global que crearon se desmorona frente a ellos como un castillo de naipes.

Por supuesto, el escenario apocalíptico que describo es sólo uno de todos los posibles; pero vistas las cosas así, el error de fondo cometido por Žižek no sería el de haber predicho la futura muerte del capitalismo, sino el asumir que lo que vendría a reemplazarlo sería algo mejor. Como fuere, la evidencia muestra que la tendencia no es hacia el debilitamiento, sino hacia el fortalecimiento de la Internet, por lo que es más fácil decidir si le damos la razón a Žižek o no. En tanto y en cuanto las redes de comunicación generadas en torno a Internet continúen operando, el capitalismo se seguirá transformando, pero no desaparecerá. No hay mucho más qué decir al respecto.

Privacidad versus Hipervigilancia

Parte del debate entre Žižek y Chul-Han ha estado también relacionado con el futuro de los regímenes políticos. Mientras Žižek ve una ventana de oportunidad para el surgimiento de una “revolución mundial” que nos acerque a un nuevo régimen basado en valores de unidad y solidaridad (un ideal noble, sin duda, pero lejano); Chul-Han ve un “reforzamiento de las estructuras neoliberales” de dominación política y un endurecimiento de los mecanismos de vigilancia social a través del manejo de las redes sociales y el big data. En esa misma línea, Giorgio Agamben (tan criticado en estos últimos días) tiene razón en parte al señalar que el pánico generado por la pandemia contribuye a perpetuar el estado de excepción como normalidad socialmente establecida que no se ve que vaya a cambiar en un buen tiempo.

Siguiendo la preocupación de Agamben, habría que notar que del castigo social a los “malos ciudadanos” que incumplen con las medidas de cuarentena, en buena parte de los países occidentales se ha pasado a la ofensiva con medidas que en circunstancias democráticas normales serían consideradas como “totalitarias”. Mencionemos algunas cuantas: 1) En Dinamarca, se aprobó una ley que obliga a vacunar a la población; lo que sería más un intento de bloquear políticamente al movimiento antivaxxer local, ya que a la fecha no existe ninguna vacuna contra el COVID-19. 2) En Israel se autorizó a las fuerzas de seguridad a intervenir masivamente los teléfonos para monitorear los movimientos de personas que hayan tenido posible contacto con contagiados. 3) En Francia, Macron habla de un “estado de guerra” para desplegar más de 100,000 nuevos policías y amenazando con gobernar por decreto si la gente no respeta la cuarentena. 4) En Reino Unido se duplica el personal militar orientado a tareas civiles y se crea un comando de lucha contra el COVID-19mientras que los asesores científicos del gobierno afirman que las medidas de aislamiento social podrían durar hasta 12 meses. 5) En Grecia los campos de migrantes refugiados han sido puestos en absoluto aislamiento y se han restringido las salidas a una persona por familia. 6) En Estados Unidos la situación es particularmente dramática, ya que a la vez que se revelan planes para implementar la Ley Marcial en todo el territorio si la pandemia se sale de controllas medidas económicas que planea el gobierno de Trump no consideran ningún tipo de vuelta a la normalidad.

Si bien no es la primera vez que la humanidad experimenta plagas y pandemias, sí es la primera en la que ésta ocurre a escala global y simultánea, poniendo en juego las bases sobre las cuales se ha cimentado la actual civilización humana. Las consecuencias de la pandemia pueden ser desastrosas y permanentes, como cuando la peste negra del siglo XII destruyó la “primera globalización arcaica

Cabe señalar que ninguna de las medidas que mencionamos se refieren a la “autoritaria, comunista e hipervigilada” China; sino al Occidente “liberal, capitalista y defensor de la privacidad individual”. Algunos pretenden generar un (falso) dilema en donde los ciudadanos nos veríamos obligados a “elegir” entre dos supuestos modelos políticos alternativos cuando la realidad nos dice que la institucionalización de la excepcionalidad autoritaria en Occidente ya existe de facto. En el caso particular de América Latina, algunos aspectos de dicha excepcionalidad han sido notorios incluso desde antes de la crisis, debido al rol cada vez más preponderante de los militares en la vida política de los Estados. Un trabajo de Rut Diamint del pasado diciembre señala que en todo el continente los militares han venido relegando al personal policial de sus funciones tradicionales debido a su cada vez mayor involucramiento en el mantenimiento de la seguridad interna; a la vez que poseen una aceptación y popularidad bastante mayor a la de los partidos políticos. Si nos remitimos al espectro de posibilidades señalado en la sección anterior, incluso si en el corto plazo la pandemia pudiera revertirse, los Estados Occidentales seguirían manteniendo varias de las medidas tomadas de manera “preventiva” a futuro. Sea cual fuere el desenlace de esta pandemia, el debate ya no consistirá en elegir entre la “privacidad liberal” o la “vigilancia autoritaria”; sino cuánta de ésta última será indispensable para mantener la paz y la estabilidad económica bajo un nuevo paradigma de desarrollo.

La transformación de las ciudades

El nuevo paradigma de desarrollo al que nos referimos no será producto de ninguna demanda ciudadana concreta sino de la necesidad de los Estados de limitar los condicionantes que generaron la pandemia en primer lugar. Esto exigirá balancear la relación entre crecimiento económico, desarrollo urbano y medio ambiente bajo la cercana tutela de los Estados Nacionales.

Las plagas han podido florecer siempre en entornos urbanos masivos. Como señala John Vidal para Scientific American; la expansión de las urbes y la destrucción irracional de los ecosistemas debido a las actividades productivas del hombre (minería, pesca, tala, extracción de petróleo, etc.) ha venido acompañada de una proliferación de los virus zoonóticos (transmitidos de animales a humanos); debido tanto a la migración masiva de animales salvajes a zonas urbanas como al comercio ilegal de muchas de estas especies.

En el año 2008, un estudio de Kate Jones, investigadora en temas de ecología y biodiversidad de la University College London (UCL) identificó 335 enfermedades nuevas que aparecieron entre 1960 y 2004, de las cuales al menos un 60% habrían sido transmitidas como producto del contacto con animales. No sería tan casual entonces que el COVID-19 haya aparecido en la provincia de Wuhan en China, lugar en donde existen abundantes mercados populares de carne para consumo humano a precios bajos. A las insalubres condiciones en la mayoría de esos mercados, se suma el hecho de que es común encontrar animales salvajes como murciélagos, salamandras, escorpiones, tortugas u otros que aumenten el riesgo de aparición de plagas. Refuerza la hipótesis señalada el análisis de anteriores epidemias de origen zoonótico, como el Ébola, la gripe aviar (H5N1), la gripe porcina (H1N1) o el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV), las cuales se generaron debido a similares condiciones.

Es pertinente la observación de David Harvey, quien señala que uno de los inconvenientes del actual modelo de globalización es lo imposible de detener la difusión internacional de nuevas enfermedades debido a la interdependencia compleja de las economías nacionales. Siendo China el eje manufacturero del planeta, tarde o temprano sería inevitable la expansión de cualquier enfermedad surgida ahí. En resumen, repensar la relación entre el ser humano y el ecosistema implicará repensar los espacios cuyo diseño han facilitado la propagación de los virus zoonóticos; es decir, las ciudades.

Como señala Jack Skenker para The Guardian, esta nueva relación implicará reconsiderar la tensión entre la “densificación” (concentración poblacional en las ciudades) y la “desagregación” (la generación de espacios de distanciamiento social). La tendencia hacia la densificación se realiza por una cuestión de eficiencia en el uso de la energía, mientras que la desagregación se plantea como alternativa de salud pública. Debido a esto, se tendrán que idear nuevas alternativas para la provisión de servicios (en lugares que normalmente tienden a abarrotarse como cines, discotecas, malls u otros), así como para el trabajo (el cual tendrá que reducir al máximo la tendencia al “presencialismo”, así como elaborar fórmulas mixtas que incluyan espacios de teletrabajo, en tanto sea posible).

Junto al incremento en la infraestructura digital para potenciar esta nueva oleada de teletrabajadores; se generará una tendencia hacia el despoblamiento de las grandes ciudades, la aparición de otras nuevas y en muchos casos, a la repoblación del campo y al fortalecimiento de las actividades agrarias. La consecuencia final de todo esto será que las poblaciones demandarán a los gobiernos una intervención cada vez más fuerte mediante la creación de sistemas de planeamiento que permitan generar una reestructuración a gran escala del proceso de desarrollo de las ciudades; a la vez que se enfrentan resistencias provenientes del empresariado, así como presiones de las Fuerzas Armadas exigiendo el reforzamiento de la “securitización” de cualquier tipo de actividad económica.

La nueva geopolítica de la salud pública

Por supuesto, todos los criterios que hemos mencionado, el modelo económico, el diseño urbano o la globalización, se terminarán reconfigurando en función a un solo objetivo: la preservación de la salud pública. En ese sentido, los parámetros de competencia en la Teoría de las Relaciones Internacionales incluirán esta nueva variable, la que se sumará a los aspectos militares, económicos y culturales que históricamente han sido considerados como fuentes del poder de los Estados. La lucha interna por la provisión de material médico en el mundo nos trae reminiscencias de las viejas dinámicas de competencia y balance del poder del siglo XIX; especialmente cuando vemos al gobierno de Donald Trump intentando evitar que las empresas fabricantes de mascarillas exporten su material a Canadá, Latinoamérica y Europa, o intentando comprar una vacuna a una empresa alemana con el objetivo de hacerla exclusiva para la población de los Estados Unidos (algo bastante irónico, si consideramos que el mismo sistema que es incapaz de crear mascarillas médicas para todos sí es capaz de crear un nuevo modelo de Iphone al año, 40 variedades distintas de Barbies, armas atómicas que pueden destruir el planeta varias veces, así como una incontable variedad de artistas sin talento que ganan millones de dólares sólo por postear fotos en Instagram).

Por otro lado, conforme se vayan consolidando las nuevas normas sociales y de trabajo como respuesta a la crisis, las corrientes migratorias mundiales empezarán a alterarse en función a la búsqueda de mejores sistemas de protección social y salud pública. Es evidente que el gran perdedor aquí será los Estados Unidos (único país del mundo desarrollado que no tiene un sistema de salud universal), el cual experimentará una lenta (pero segura) fuga de personal calificado hacia Europa y Asia Oriental, principalmente. Por supuesto, esto podría quedar limitado de manera permanente si un potencial descontrol del virus genera el cierre permanente de fronteras; como una medida ya no inspirada en algún retorcido nacionalismo étnico, sino en la capacidad de preservar la salud de la población frente a un “enemigo extranjero” visto como un potencial portador del virus.

La nueva geopolítica de la salud estará comandada principalmente por los Estados, dejando un espacio mucho más limitado para las grandes corporaciones, particularmente para el Big Pharma. A la fragmentación de las cadenas globales de producción que mencionamos en una sección anterior se sumará la identificación de sectores “estratégicos” en la economía que pasarán a formar parte de los Estados a través de diversos procesos de nacionalización y estatización; en los que las industrias médicas tendrán un papel central. Esto ocurrirá por una razón muy concreta: el libre mercado no ofrece ningún tipo de solución a la problemática global de la salud. Y la mayor prueba de esto es que a la fecha existen diversos tipos de vacunas para los coronavirus existentes en aves y cerdos, los cuales fueron descubiertos y comercializados por empresas farmacéuticas importantes orientadas a la industria alimentaria.

 Los intentos por promover investigaciones sobre vacunas para humanos fracasaron básicamente porque no eran negocio para estas empresas; ya que tarde o temprano los Estados empezarían a patentarlas y distribuirlas a bajo costo entre la población más vulnerable, tal como ocurrió con los tratamientos para el SIDA en África durante los años 90. Coincidimos con Alain Badiou en que, más que COVID-19, el nombre correcto para este virus debió haber sido SARS-2, es decir, una nueva versión del Severe Acute Respiratory Syndrome del año 2003, que en su momento fue definida como la “primera enfermedad desconocida del siglo XXI”; la cual finalmente se expandió debido a que los científicos que venían trabajando en una vacuna por esos años nunca lograron obtener financiamiento para sus investigaciones debido al desinterés de los Estados y las empresas.

La reconversión interior tendrá que ir hermanada de una reconversión exterior. Se vendrá una oleada de (re)negociaciones en los acuerdos de liberalización comercial multilateral (OMC), regional (ASEAN, APEC, UE, etc.) y bilateral (TLC) debido a la necesidad de generar nuevas industrias farmacéuticas locales a bajo costo y subvencionadas por el Estado. Esta medida chocará con diversos acuerdos comerciales, especialmente en aspectos vinculados a la protección de patentes y propiedad intelectual en general. Por supuesto, los Estados no desaprovecharán la oportunidad para implantar nuevas barreras proteccionistas y arancelarias; con lo que instituciones como el CIADI y la Corte Permanente de Arbitraje irán perdiendo legitimidad para la resolución de conflictos entre Estados y Empresas. Finalmente, los temas más tradicionales de la geopolítica (el rol externo de las Fuerzas Armadas, la demografía, el manejo de los recursos naturales u otros) se terminarán ajustando a las nuevas restricciones a la circulación de personas que se irán estableciendo como consecuencia de la pandemia.

La relevancia de las Ciencias Sociales

Para concluir, quisiera mencionar tangencialmente un aspecto que afecta particularmente al campo académico; es decir, la relevancia que las ciencias sociales (y por extensión, las humanidades) tendrán en el futuro. La vieja dicotomía entre “métodos cuantitativos” versus “teoría y filosofía” renace con el recurrente desprecio con el que los investigadores provenientes de ciencias más “duras” tratan a los especialistas en humanidades o filosofía, considerándolos poco prácticos (como mínimo) para contribuir en algo a resolver la crisis.

Efectivamente, mucho del conocimiento generado desde las humanidades (postestructuralismo, teoría decolonial, estudios culturales, etc.) se volverá, si no inútil, al menos irrelevante para resolver los nuevos problemas que aparecerán debido a los cambios sociales que se avecinan, y eso hay que aceptarlo. A eso hay que agregar que la estadística avanzada, la econometría y el diseño de políticas públicas basadas en evidencia terminarán por ocupar la agenda de aquellos académicos que no quieran quedarse fuera de sus respectivos circuitos profesionales; obligando a muchos a reenfocar sus temas de investigación.

Si bien todo esto es cierto; también sigue siendo innegable que el quehacer humanístico deberá seguir acompañándonos para dar sentido a un conjunto de problemas que de otra manera consideraríamos exclusivamente como “tecno-científicos” (en ese sentido la Antropología Médica tiene mucho qué decir, por ejemplo). No debemos olvidar que, si bien las ciencias naturales pueden enseñarnos a clonar a los dinosaurios, las humanidades y las ciencias sociales siempre deben estar ahí para recordarnos que hacerlo es una muy mala idea.

Conclusiones

Si bien una gran cantidad de literatura sobre Relaciones Internacionales en las últimas dos décadas habla sobre el surgimiento de “nuevas amenazas”, “entornos estratégicos”, “conflictos asimétricos” y otros; lo cierto es todos estos conceptos terminan siendo retórica sin sentido si los vemos desde la perspectiva de esta pandemia. Nunca habíamos sabido tanto de nuestra ignorancia, como señala Habermas, y por eso es importante señalar que la intención de este ejercicio mental no es alarmar a nadie, sino simplemente aplicar la máxima romana: “Si vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”) como principio de realismo básico.

Si bien no es la primera vez que la humanidad experimenta plagas y pandemias, sí es la primera en la que ésta ocurre a escala global y simultánea, poniendo en juego las bases sobre las cuales se ha cimentado la actual civilización humana. Las consecuencias de la pandemia pueden ser desastrosas y permanentes, como cuando la peste negra del siglo XII destruyó la “primera globalización arcaica” creada por comerciantes budistas y árabes para conectar las rutas de comercio existentes entre China, Oriente Medio y África, matando a un tercio de la población humana y extendiéndose hasta entrado el siglo XVIII; así como también pueden llegar a tener resultados positivos si se toman como una oportunidad, como cuando la gripe española de la primera década del siglo XX ayudó a crear el moderno estado de bienestar en Suecia, tomado hoy como modelo por diversos gobiernos en todo el mundo. En consecuencia, necesitamos crear conciencia sobre la necesidad de tomar medidas firmes frente a este nuevo mundo cuya principal característica es la incertidumbre; a la vez que seguimos buscando alternativas para visualizar un futuro común.

Crédito: Agencia Andina.pe

Revista Ideele N° 291 Mayo 2020

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