¿Por qué no te quedas?

Razones para entender por qué no nos quedamos en casa desde la economía conductual.

Se nos ha pedido participar en un pacto social en el que hay que respetar una norma de conducta para una controlar una amenaza: no salir de casa. Más allá de los otros componentes de este drama (número de pruebas, capacidad clínica, respuesta política, etc.) claramente el pacto no funciona. Salimos. Cuando y como nos place. Con quien nos viene en gana. Sólo tenemos una tarea y muchos lo único que no hacemos es la tarea: quedarnos en casa. ¿Qué falla en una receta tan simple? Empecemos por la premisa. De simple no tiene nada.

Entonces, ¿salimos más de lo que debemos? ¿O nadie midió cuánto era razonable salir? Vamos a asumir la primera opción. Estamos saliendo más de lo pensado. Las consecuencias de estas salidas pueden ser incalculables. Cada salida del hogar pone a los peruanos en contacto con otros 4 peruanos en promedio.[1] Para explicar esto proponemos una mirada desde la economía del comportamiento (behavioral economics), un enfoque desde la economía que trata de ayudar a tomar políticas públicas en función a cómo los ciudadanos se comportan. Incorpora en el análisis social criterios de realidad basados en el comportamiento. No es un enfoque menor: Daniel Kahneman, psicólogo, ganó el Premio Nóbel de Economía en 2002 con el enfoque pionero sobre el entendimiento del proceso de toma de decisiones; mientras que en 2017 el economista Richard Tahler lo ganó también por la profundización del trabajo de Kahneman. Así que estamos frente a un campo vanguardista y preciso para entender y proponer acción frente a lo que pasa con respecto al Coronavirus en el país.

Lo que postula la economía conductual es que al tomar decisiones los seres humanos no somos tan racionales como la economía clásica ha sugerido y lo hacemos en función de una serie de sesgos que impulsan o inhiben nuestra conducta. Lo que hacemos frente a una disyuntiva es tomar lo que consideramos la mejor decisión posible. Aunque eso no suene muy racional. Ni muy ética. Ni muy humana.

Lo que hace la economía del comportamiento es tratar de entender estas “irracionalidades” y, con ese entendimiento, plantear políticas que ayuden a las personas a tomar decisiones socialmente responsables. ¿Suena bien para el tratamiento del caso peruano? Es una mirada adicional que debe incorporarse a la ecuación.[2]

A partir de este marco de referencia, planteamos algunas propuestas para comprender y actuar en este terreno. Se está reclamando la acción desde las ciencias sociales. No debemos dejar de lado la economía del comportamiento que representa una forma de entendimiento y de praxis que encaja muy bien en esta coyuntura. Estas propuestas se discuten y buscan desarrollarse de manera muy abierta. Tratan de ser un aporte al problema desde donde toca. No para resolverlo sino para ayudar a hacerlo.

En función de ello, ensayamos algunas hipótesis de por qué no funciona como debe el pacto social y qué se podría hacer para mitigar estos efectos, a partir de la revisión de diferentes posiciones desde la economía del comportamiento:

· Estamos mirando el partido desde la banca o peor aún, desde la tribuna

No nos gusta ser suplentes, menos sólo espectadores de lo que pasa. Cuando San Fernando y MiBanco logran transformar sus propósitos de marca con una comunicación publicitaria “distinta” lo hacen con un discurso inclusivo. El protagonista de la acción era ese anónimo que alimentaba bien a su familia o que dinamizaba la economía del país. Era uno mismo, el vecino o el del frente. No “otro”. Hoy esa es una situación totalmente diferente.

Esta crisis nos ha acostumbrado a pensar que el héroe está afuera. Es el médico, el policía, el bombero, la enfermera. Quedarme en casa subordina el rol social a mero espectador.

¿Por qué eso es malo o se puede evaluar así? Porque nos desafiamos en dos aspectos. Primero, le quitamos propósito a nuestra existencia, nos ponemos en pausa por un tiempo que cada vez se prolonga más. Segundo, porque dejamos de ser productivos al dejar de trabajar, estudiar, o de compartir roles que estaban previamente asignados. Pasamos a ser espectadores pasivos. No solo de lo que pasa afuera. También de nuestras vidas.

¿Por qué no construir entonces un enfoque más integrador? ¿Por qué no hacer que todos nos sintamos héroes? ¿Por qué no se le da al rol de “quedarse en casa” un protagonismo similar al que tienen los médicos o policías? La construcción de la norma social puede pasar por un rol más activo de todos, pero no por inhibir una conducta -salir- sino por potenciar un rol. La recompensa se puede encontrar ahí.[3] Podemos conseguir quedarnos más en casa logrando darle un rol más protagónico al hacerlo.

· La consecuencia es sobre el otro y eso me vuelve optimista

El proceso de toma de decisiones -recordar que la decisión clave es salir / no salir- es complejo y toma en cuenta una serie de factores individuales que se basan casi siempre en una evaluación del contexto social. Así, la decisión que tomamos tiene implícita una carga de consecuencia en la que solemos salir bien librados. Eso es un optimismo poco realista. Como Tahler mismo señala “el optimismo poco realista puede explicar una muy buena parte de los riesgos que toman los individuos, especialmente en lo relacionado a comportamientos que arriesgan la vida y la salud”[4]. Pero tiene su base en un bajo número de muertos, en la poca incidencia que vemos alrededor y en la información que circula, a la que creemos en tanto nos reafirma nuestra potencial inmunidad. Las probabilidades de morir por Coronavirus en menores de 60 años están lejos de llegar a los dos dígitos, hay una población de riesgo que no me comprende. Por lo tanto la consecuencia del contagio recaerá en los demás-en-riesgo. No en mí.

Además, Cass Sunstein, autor de Conformity[5] señala que nos acostumbramos a aceptar una situación como cierta porque los demás lo hacen. Si se promueven liderazgos zonales responsables y difuminadores de información relevante, ¿no tendríamos un resultado más adecuado?

¿Por qué no pensar en redirigir la comunicación de forma menos centralizada, más sectorial y segmentada por distintos grupos sociales? Conocer diariamente cuantos casos nuevos se han dado en mi cuadra, en mi barrio, en mi distrito. Entender cuántas personas como yo estamos contagiadas, internadas y van falleciendo. Cómo ha aumentado la incidencia de la enfermedad por segmentos en otras partes. La información es una parte de la toma de decisión. Por qué no hacerla partícipe del “#yomequedo” de manera efectiva.

· Si todos se tiran del puente…

Frank, investigador de Princeton, en su aporte a la economía conductual, desarrolla el término de Contagio Social para explicar que muchas veces nuestro comportamiento está influido por lo que los demás hacen. Pone un ejemplo interesante para entenderlo. Imaginemos que estamos en un concierto cómodamente sentados y de pronto la persona que está delante de nosotros se para y obtiene una mejor vista. De pronto, todos empiezan a hacerlo y ¿todos obtienen una mejor vista? Desde luego que no. Todo vuelve a la situación inicial. Pero lo hicimos porque alguien lo inició y no queríamos tener una peor posición que la inicial.[6]

Eso es el Contagio Social. Funciona bien para entender el por qué hemos arrasado con las existencias de los supermercados, por qué hemos salido cuando quizás no debíamos. Porque los demás lo hacen. El punto de partida quizás sea distinto. Pero la consecuencia es la misma. Frente a una imagen de colas en tiendas, podemos tener la necesidad real de comprar, podemos angustiarnos por una potencial escasez, podemos creer que teniendo más tendremos mejores recursos a la crisis, podemos… Igual saldremos en la foto de la cola. Eso es el Contagio Social.

Como Frank afirma: es la situación, no la persona. ¿Por qué no pensar en medidas que nos ayuden a potenciar el Contagio Social hacia adentro de las casas? Por ejemplo, incentivando programas de delivery de bodegas y mercados, o cerrando temporalmente comercios de grandes superficies o cortando de raíz filas de personas que superen las 10. Si la restricción de salidas no funcionó por género, por qué no pensar en otras alternativas, por ejemplo, geográficas: hoy salen las manzanas x, y, z, mañana otras. Pasado mañana otras. Buscar alternativas. Y lograr que el Contagio Social funcione para quedarse en casa, no para salir.

· Intuyo que nada me va a pasar

 Yo salgo a la calle porque asumo que nada me pasará. Lo intuyo. Es una suerte de instinto de supervivencia. O incluso un discurso extremo, acuñado por gobernantes como Bolsonaro o López Obrador. En un libro sumamente interesante, John Bargh sostiene que confiamos en nuestra intuición en situaciones extremas y por encima del pensamiento reflexivo. “La información nos llega de forma fácil y natural, sin que intentemos asimilarla ni le dediquemos esfuerzo alguno, parece “verdadera” y “real” como cuando vemos una planta muy grande en el jardín y sabemos que es un árbol”[7]. Estamos programados para confiar en nuestros sentidos, sin cuestionarlos.

¿Y si nuestro instinto nos dice que en realidad esto no es una amenaza o que no lo es para nosotros? Con un nivel de discurso con relación a que el Perú es un permanente sobreviviente, ¿no bastará para que estemos programados a entender que el Covid-19 es casi una anécdota en una historia reciente de terrorismo, hiperinflación, corrupción y otras plagas? Eso sin duda podría relativizar la percepción de peligro y hacernos salir de casa como si nada.

Debemos entonces llevar la discusión hacia un terreno más reflexivo, consciente, racional. Que ayude a entender y redireccionar el instinto. Que explique que esta crisis puede ser potencialmente tan nociva como las otras. Quizás sea tiempo de discutir el tema allá y dejarnos de sentirnos las víctimas a las que nada más puede afectarles..

· ¿De qué castigo hablamos?

Vemos a dos tablistas en La Herradura. A una pareja en Colán. A usuarios de un gimnasio. A gente que insulta a los cuidadores. A personas trotando en sus parques. Siguiendo con el Contagio Social, hay muchos ejemplos que encontramos a diario que en lugar de reafirmarnos en la necesidad de dejarnos en casa, nos pueden motivar más a salir. Porque la consecuencia o no se conoce o se percibe como mínima. La pregunta que está rondando posiblemente sea: ¿vale la pena este encierro prolongado al 100% o salidas con un porcentaje bajo de probabilidad de ser atrapado y más bajo aún de ser castigado severamente?

Podemos hablar de lo que los economistas comportamentales llaman la aversión a la pérdida: “la cantidad de esfuerzo que las personas gastarán para resistirse a ser despojados de algo que ya poseen (libertad) es significativamente mayor que el esfuerzo que dedicarán a adquirir algo que no tienen aún” (contagio y/o consecuencias de salidas).[8] Al estar en juego un elemento importante, la libertad de desplazamiento, es posible decidir en contra de la norma, pues no hay evidencia de que eso genere una sanción importante. La consecuencia negativa no supera la ventaja de contradecir la norma.

¿Cómo resolver este asunto? Pues un marco normativo no sabemos si ayude. Quizás la evidencia de un castigo efectivo (por ejemplo, cárcel efectiva de una semana, embargo de vivienda o de vehículo para fines sociales, programas de limpieza en hospitales y comisarías, etc.) pueden ser más eficientes. O la vergüenza pública: la publicidad de nombres y fotos en espacios como tablones de tiendas y supermercados en la zona por donde viven. Pero la lógica es que los efectos negativos del Contagio Social sean claramente más amplios que las ventajas. Pues como señalan Tahler y Frank en su metáfora del Pleistoceno: si un recolector ve a un par de semejantes correr aterrados a su lado, la mejor decisión que podrá tomar es correr con ellos, pues puede asumir que una amenaza muy grande se cierne sobre ellos.

· Más allá de las AFPs y los bonos: recompensas que valgan

Pensando en todo el poder que debe tener la recompensa económica para paliar la falta de ingresos que debe afectar a buena parte del país, consideramos si eso es suficiente para frenar la salida del hogar. Entonces, por qué no entender lo que Ariely menciona cuando trata de explicar la desidia como un fuerte elemento de inhibición de conductas, Ariely pone de ejemplo el porcentaje de exámenes médicos preventivos a los que dejamos de ir. En efecto, cuando hemos conversado con algunas personas que trabajan en aseguradoras, estos porcentajes son de terror. A pesar de que los seguros privados ofrecen estos exámenes la asistencia es ridícula. ¿Por qué, dice Ariely, no se vincula el cumplimiento de esos exámenes con la devolución de una parte de la prima? ¿No es una buena forma de evitar el gasto en enfermedades más graves que demandarán mayor inversión cuando no son detectadas a tiempo?

De la misma forma, ¿por qué no se amarran los bonos y los beneficios al cumplimiento de la cuarentena? No está en nosotros el imaginar la forma de que se supervise este cumplimiento, pero ¿no sería una forma adecuada de lograr el confinamiento deseado? ¿No sería una forma eficiente de asegurarlo?

· ¿Es claro el mensaje? Quédate en casa, pero el lunes puedes salir, aunque sólo hasta las seis, aunque solo si eres hombre, pero mejor ya no

No somos críticos del gobierno. Consideramos que el despliegue de esfuerzos que se hacen son los mejores que se pueden tener en el país que somos. Pero hay una lógica de mensajes confusos que no terminan siendo poderosos comunicadores de normas sociales.

Ariely menciona constantemente la importancia de las ventajas relativas de los motivadores de las decisiones. Lo que es grande para unos, será pequeño para otros. Lo que es caliente, otros consideran que es frío y lo que es barato en una circunstancia, será caro en otra.[9]

El problema es que con un discurso que primero recomienda el aislamiento social, luego lo obliga, lo reglamenta, pero lo modifica significativamente, ya no es fácil que esas posiciones relativas se mantengan en el tiempo. Y es posible usar ese relativismo en conveniencia.

¿Por qué no pensar en redirigir la comunicación de forma menos centralizada, más sectorial y segmentada por distintos grupos sociales? Conocer diariamente cuantos casos nuevos se han dado en mi cuadra, en mi barrio, en mi distrito. Entender cuántas personas como yo estamos contagiadas, internadas y van falleciendo. Cómo ha aumentado la incidencia de la enfermedad por segmentos en otras partes. La información es una parte de la toma de decisión. 

En una situación como la que vivimos probablemente necesitemos menos relativismo y más regulación orientada. Que nos digan qué hacer y que eso no deje lugar a las interpretaciones ni a la buena fe de los encargados de cumplirlas.

¿Podemos sacar a las mascotas? Quizás no sea la mejor pregunta para hacer. Quizás lo sea ¿qué pasará si la policía me encuentra sacando a mi mascota? Resolviendo cualquier ambigüedad al respecto. Lo mismo con la perspectiva de género, el inicial uso de vehículos y la circulación en general. La orientación debe ser clara, indubitable y firme. No esperemos que en una emergencia el albedrío de los que tienen a su cargo la seguridad resuelva algo. Reglamento claro, bien difundido y que las excepciones sean eso, excepciones.

· Los niños: motores de conductas

El diario ABC de España publicó en enero de este año un estudio donde el 70% de consumidores en este país reconocía que tenía hábitos más conscientes de consumo gracias a los hijos menores. [10] Esta es sólo una evidencia reciente de lo que quienes trabajamos en el estudio del consumo sabemos como una verdad irrefutable: los niños marcan patrones de consumo en los hogares. No es casualidad que aguas, galletas, refrescos, toallas húmedas, entre otras categorías, opten por sacar versiones con licencias de personajes infantiles. Saben que en la tienda habrá un niño jalando el brazo a sus padres pidiendo que compren. Y los padres, si pueden lo harán. Porque es una tendencia natural darle gusto a los niños, que representan buena parte de lo que son nuestras expectativas de futuro.

¿Por qué no aprovechar esto que conocemos tan bien y aplicarlo en la campaña y la necesidad de quedarse en casa? ¿Por qué no tratar de que los niños del hogar sean los interlocutores del estatequieto y generar así más opinión afectiva favorable al permanecer en casa? Hace unos días el Ministerio de Educación lanzó el programa Aprendo en Casa a través de múltiples plataformas. ¿Por qué no aprovecharlas para difuminar un mensaje que llegue primero a los hijos y que se transmita a los padres de forma más directa? ¿Tendrías la misma probabilidad de salir si tu hijo de seis años te dice: “papá, si sales aumentas la probabilidad de contagiarme y de que me muera”? ¿Puede ser un mensaje potente?

· La información crea contexto

Como hemos señalado, uno de los principios de la economía del comportamiento es el entendimiento de que no somos tan racionales para tomar decisiones como se pensaría. Dentro de esas implicaciones, una de las razones que defiende la premisa es que muchas veces es el contexto el que define nuestra inclinación hacia una u otra opción. Como Frank ha reiterado en su trabajo: “Nuevamente, es la situación, no la persona. Esa breve oración captura el consenso de larga data entre los científicos sociales de que podemos predecir mejor lo que alguien hará al examinar el entorno social que al observar los rasgos individuales de carácter o personalidad.”[11]

La información que promueven los medios forman parte del contexto en el que nos movemos y que orienta nuestra  toma de decisiones. Si lo que tenemos al observar los medios es un tema manejado de forma unidireccional por todos, desde el punto de vista de la tragedia, pero también del saltarse la norma; si lo que vemos a diario en noticieros y en toda la programación es cuántos incumplen lo que se debería hacer; cuando la labor periodística está tan sesgada; entonces, vale la pena preguntarse si es que eso no está transmitiendo el efecto contrario. Si veo que todos se saltan la norma, si compruebo que todos salen a comprar, si además los veo en grupo, ¿por qué no lo voy a hacer? Quizás eso lleva a algunos las primeras veces, a muchos las siguientes y a todos en el futuro. Quizás por eso hay un crecimiento exponencial de gente en la calle cada vez que se puede salir.

¿Por qué no llegar de la mano con los medios a una agenda informativa que implique visitar ejemplos de ciudadanos que están en sus casas, cumpliendo las normas? ¿Por qué no tratar, desde las noticias, como se ve el mundo desde los hogares y no desde las calles? ¿Por qué es obligatorio el morbo social?

Además, hay otros temas relacionados con esto que sí parten de una irresponsabilidad mediática y que debe ser considerada severamente: que los medios de comunicación masivos sean transmisores de información falsa y de remedios no probados. Casos como el de Hurtado en Panamericana o Dos Santos en América, recomendando medicamentos sin fundamento deben ser inmediatamente corregidos y además penados. La información falsa es terriblemente nociva en estas circunstancias.

Estos son algunos elementos que debemos considerar desde el punto de vista del análisis del comportamiento. Ni pretenden ni buscan reemplazar puntos de vista ni alcances que desde otras áreas del conocimiento deben aplicarse. Pero no debemos descartar la mirada desde el comportamiento -irracional- humano. No debemos perder de vista el tracking de lo que se está haciendo y/o pensando desde la población. Hacerlo, pone en riesgo todo el trabajo que se está implementando.

[1] InTarget (2020). Distancia social. Encuesta.

[2] BID (2014). Empujoncitos sutiles: el uso de la economía del comportamiento en el diseño de proyectos de salud. En: https://publications.iadb.org/publications/spanish/document/Empujoncitos-sutiles-El-uso-de-la-econom%C3%ADa-del-comportamiento-en-el-dise%C3%B1o-de-proyectos-de-salud.pdf

[3] Al respecto, revisar el trabajo de Ariely, Dan (2008). Las trampas del deseo. Harper Collins

[4] Thaler & Sunstein (2009) Nudge: Improving Decisions about Health, Wealth and Happiness. Penguin

[5] Sunstein, Cass (2019). Conformity: The Power of Social Influences. NYU Press

[6] Frank, Robert (2020). Under the Influence: Putting Peer Pressure to Work. Princeton University Press

[7] Bargh, John (2018). ¿Por qué hacemos lo que hacemos? El poder del Inconsciente. Penguin Random House

[8] Si bien la cita es de Frank en el libro señalado, el término es de amplio uso en la economía conductual. Autores como Kahneman y Thaler lo conceptualizan y lo usan en sus obras.

[9] Dan Ariely es un psicólogo social israelí, que ha trabajado mucho la racionalidad en las tomas de decisiones en múltiples investigaciones

[10] En: https://www.abc.es/economia/abci-jovenes-impulsan-consumo-consciente-202001220131_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

[11] Frank, Robert (2020). Under the Influence: Putting Peer Pressure to Work. Princeton University Press

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