Comentario a las declaraciones de Tania Pariona sobre el censo étnico 2017

Mariella Villasante Doctora en Antropología social (EHESS, Francia). Investigadora asociada al IDEHPUCP.
Ideele Revista Nº 273
Fuente: RPP/Ministerio de Cultura.

El 3 de julio de 2017, la congresista Tania Pariona, del bloque Nuevo Perú y de la bancada del Frente amplio, expuso sus ideas sobre el Censo de 2017 que organiza el INEI el 22 de octubre en el programa de Ideeleradio, a partir de su autoidentificación étnica como miembro de la “población indígena” del país[1]. Sus declaraciones son muy explícitas sobre las implicaciones profundas de este nuevo censo de la población y de la vivienda en el Perú que pueden resumirse en la pregunta: “¿la etnicidad se opone a la ciudadanía?” Vasto interrogante que concierne tanto la antropología social, como la identidad “étnica” de los Peruanos en el marco de los valores de la república y de la nación peruana.

En este pequeño Post-scriptum al debate que recién va a empezar, me gustaría presentar algunos comentarios a las declaraciones de T. Pariona.

Los censos “étnicos” en América Latina: la etnicidad, la raza y la identidad nacional

En el programa radial, la congresista Tania Pariona consideró que el nuevo censo étnico es positivo, pero desaprobó la utilización del “fenotipo” adoptado por el INEI (“blanco”, “mestizo”), afirmó que el “color de la piel” no está asociado a la autoidentificación étnica, que las personas que deseen “blanquearse” podrían “negar su identidad”, y consideró que no se debe tolerar ninguna forma de discriminación o de racismo. Veamos estas declaraciones en detalle:

“ “La autoidentificación es positiva, pero que en la cédula no se incluya, pues, una cuestión fenotipo como INEI ha incluido en la ficha, el color blanco, además de mestizo y criollo cuando su intención es identificar cuánta población indígena y afroperuana en nuestro país existe. Eso no calza”, argumentó.

La legisladora del bloque Nuevo Perú sostuvo que el tema del color de piel ya no es motivo de discusión en temas de autoidentificación étnica. Sostuvo que este tema no ayuda a sincerar las cifras.

“Es algo que los movimientos indígenas en nuestro país, en este caso las organizaciones han ido peleando. Me dicen que hay cambios, esperamos que esa opción sea retirada porque lo que va a ocurrir es que en esta idea de blanquearse,  porque eso es lo que ocurre se niegue la identidad solo por tener un color de piel blanca, marque blanco”, comentó. “Eso no ayudaría a sincerar las cifras ni la data estadística de quiénes son los pueblos indígenas, en qué condiciones de vida actualmente estamos viviendo y cuáles son las brechas de desigualdad que no logran ser resueltas por políticas públicas”, agregó.

(…)

Por otra parte, sostuvo que en el país no se debe tolerar ninguna forma de discriminación ni racismo de ningún tipo. Sin embargo, refirió que hay un tema recurrente respecto a los afroperuanos e indígenas.

“Hay una discriminación frente a los hermanos afroperuanos por su color de piel, por el cabello, pero esto es recurrente y cotidiano con hermanos indígenas de procedencia andina, amazónica de aquí de Lima”, argumentó. “Es mucho más indignante cuando en un medio de comunicación, que debe promover una cultura educativa con mensajes que ayuden a la población a que sean ciudadanos más éticos, se siga  tolerando e incluso justificando [la discriminación]. Creo que en el Perú no deberíamos tolerar ninguna forma de discriminación ni racismo por ninguna razón”, anotó.”

Como sabemos, el Perú es el último país en América Latina que se apresta a realizar el primer Censo nacional de población y vivienda que incluye la pregunta sobre la “autoidentificación étnica”, según los términos adoptados por el INEI y por el resto de países latinoamericanos desde 1990.

• En primer lugar, podemos afirmar que no se trata solamente de definir cual es la población que se considera “indígena” o de “origen africano”, sino de determinar cuales son los orígenes “étnicos” de todos los Peruanos.

• En segundo lugar, el INEI ha adoptado una clasificación llamada “étnica”, es decir relativa a la cultura y a la lengua de las personas, pero que se mezcla (en la percepción ordinaria) con una clasificación simplemente “racial”. Esto es una constante en América Latina, y más explicita en Estados Unidos y en Canadá donde las personas son clasificadas según su “raza”. El “fenotipo” al que hace alusión T. Pariona concierne el “color de la piel” de las personas, y es considerado, de manera ordinaria, como el elemento más “objetivo” de clasificación racial.

Dicho esto, en antropología social el término “raza” no tiene ninguna validez; por un lado porque se ha demostrado que la unidad de la especie humana (del Homo Sapiens) es remarcable[2], y de otro lado, porque los clasamientos (para retomar un término de Pierre Bourdieu) raciales han estado al origen de las políticas racistas asumidas por los defensores de la “supremacía de la raza aria” sobre los otros seres humanos. Me refiero a la ideología y a la política de Hitler en Alemania nazi. Después de la Segunda guerra mundial, el término “raza” cayó en desuso en el campo de la antropología y de la sociología tal como se conciben en Europa. Sin embargo, en los países anglosajones las personas siguieron siendo clasificadas oficialmente según sus “razas”, tal y como fueron concebidas en el siglo XIX en Europa, donde la humanidad fue distinguida en “blancos”, “amarillos” o “asiáticos”, “negros” e “indios”. Estos clasamientos de la antropología física premoderna eran considerados como perfectamente “objetivos o naturales”, cuando en realidad se trata de construcciones sociales englobantes que no tienen en cuenta las particularidades culturales o lingüísticas de lo que habría que llamar, siguiendo los trabajos de Fredrik Barth (1969), los “grupos étnicos”.

Por ejemplo, en la Republica islámica de Mauritania, donde realizo investigaciones desde hace mas de treinta años, los Mauritanos de origen africano son llamados en francés “Noirs” [Negros] y los de habla árabe (mayoritarios) son dichos “Arabo-berbères”. Pero los tales “Negros” no se reconocen en esa clasificación englobante que anula sus identidades diferentes, y prefieren ser llamados por sus propios etnónimos (Pulaar, Wolof, Soninké). Los “árabo-bereberes” tienen también ancestros y matrimonios con los grupos africanos, y se autodenominan “Bidân”. Existen también grupos serviles de origen africano y de habla y cultura árabe englobados bajo el término de “harâtîn”, que los grupos politizados de Haalpular’en pretenden presentar como “Negros” para oponerse a los grupos árabes libres/nobles de la sociedad que administran el país gracias a la colonización francesa. Dicho esto, en África no existen censos étnicos o raciales desde las independencias coloniales de 1960 pues las guerras y los conflictos entre “etnias” han sido y siguen siendo muy importantes y dramáticas. Recordemos que en 1994, en Rwanda los Tutsis fueron diezmados por los Hutus, que masacraron más de 800,00 entre abril y julio. La distinción entre los pastores Tutsis y los agricultores Hutus fue una obra de la colonización belga que inventó la idea “científica” según la cual “los Tutsis eran mas nobles y superiores racialmente a los Hutus”. Después del genocidio, el presidente Paul Kagame (desde 1994 hasta hoy), de origen tutsi, ha eliminado la clasificación racial de los censos, ha agregado como lengua oficial en inglés; y si el país esta en paz y se ha desarrollado bastante, sigue siendo gobernado en modo autoritario, represivo e incluso totalitario.

 

¿Habrá la suficiente voluntad política para plantear y concretizar esos programas ambiciosos y urgentes en un contexto de gobierno central debilitado por la mayoría fujimorista en el Congreso?

Como sabemos, en el Perú el último censo nacional que tuvo en cuenta la “raza” fue realizado en 1940. Pero en el lenguaje ordinario se siguió hablando de “razas” y ello perdura hasta el día de hoy, con todas las implicaciones ideológicas del racismo que, desde la época colonial y mucho antes de la aparición de una “ciencia de razas” en Europa, considera la existencia de una jerarquía “natural” de razas humanas que plaza el origen europeo como “superior” a los otros.

• En tercer lugar, Tania Pariona se opone al uso de clasificaciones de “color de piel” porque, según ella, no tiene ningún lazo con la autoidentificación étnica, y podría provocar la voluntad de “blanquearse” por medio de la negación de la identidad de las personas “no-Blancas”. Por ello, la congresista espera que el INEI retire esos términos del cuestionario.

En realidad esta opinión carece de fundamento, en primer lugar porque a pesar de ser términos con significados diferentes, la “etnicidad” y las “razas” se confunden de manera trivial. En segundo lugar, porque el objetivo global del Censo étnico en el Perú es determinar cuales son los origines étnicos de todos los Peruanos y no solamente de los que se autoclasifican como “pueblos indígenas” o “afrodescendientes”. En tercer lugar, la congresista parece desconocer que el INEI ha retomado términos étnico-raciales utilizados en el resto de América Latina. El tema es muy complejo, pero podemos aportar algunas indicaciones.

• En la Constitución del Perú, el artículo 1 declara: “La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado.” Lo cual confirma la adopción del valor central de la modernidad política heredada de la Ilustración. En efecto, el Estado-nación que se construye en Europa después de la Revolución francesa de 1789, se funda sobre la idea crucial de la primacía acordada al bien de los individuos de un país, los ciudadanos, por encima de los particularismos comunitarios. De manera contradictoria, pero adaptada a la existencia de grupos étnicos en el país (con lenguas propias como los “pueblos indígenas”, o no como los afroperuanos), la Constitución reconoce al mismo tiempo la “pluralidad étnica y cultural de la nación” (Artículo 2, inciso 19), el uso de diversas lenguas (Artículo 48), y la existencia de “comunidades campesinas y nativas” (Artículo 89) que tienen derecho a tener un sistema de justicia consuetudinario, “siempre que no violen los derechos fundamentales de la persona.” (Artículo 149).

• La determinación de quienes son los indígenas peruanos es un tema muy delicado, como lo ha notado Daniel Sánchez, responsable de Pueblos indígenas de la Defensoría del Pueblo en 2015[3]. En el Censo de 2017, los nativos de la sierra reciben sus nombres tradicionales (Quechua y Aymara) y no son englobados bajo el apelativo “indígena” que sigue siendo considerado como un insulto, sobre todo en su versión de “indio” (utilizado con frecuencia por los militares durante la guerra interna para denigrar a los acusados de terrorismo originarios de la sierra según el Informe Final de la CVR). Los grupos étnicos de la Amazonía siguen siendo clasificados como “nativos” o “indígenas”, y en realidad ellos son los únicos que han adoptado esta clasificación oficial desde la promulgación de la Ley de comunidades nativas en 1974; y a la cual se ha agregado la expresión de las organizaciones internacionales: “pueblos originarios”. En Brasil[4] y en Colombia[5] se han usado términos similares, con varias especificaciones del nivel de mestizaje de las personas de origen africano, llegadas al continente en el marco de la trata de esclavos Africanos (siglos XVI-XIX). Así por ejemplo en Brasil se distinguen: los Pretos [Negros] y los Pardos [Mulatos]; y los Afrocolombianos se distinguen en población negraraizal y palenquera.

En fin, la congresista T. Pariona evoca con razón la permanencia del racismo y de la discriminación de los indígenas y de los afroperuanos. Aun cuando el racismo está excluido formalmente de los principios republicanos que rigen el país, como lo indica el Artículo 2 de la Constitución: “Toda persona tiene derecho: 2- A la igualdad ante la ley. Nadie de debe ser discriminado por motivo de origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquiera otra índole.” La practica social es sin embargo diferente; y ello en gran parte porque el Estado peruano no ha lanzado nunca una campaña nacional contra el racismo y por la defensa de la igualdad social y étnica entre todos los Peruanos.

Reflexiones finales

La mayoría de analistas considera que el censo de autoidentificación étnica de 2017 es positivo para el país y para la creación de programas de desarrollo social y económico de los sectores marginalizados que viven en modo mayoritario en las regiones rurales, en situación de gran pobreza y de abandono estatal. Ciertamente, podemos esperar que estos sectores beneficien a corto plazo de esta nueva política implementada con mucho retraso en razón de la guerra interna que sufrimos, y de la indiferencia de los gobiernos ulteriores a 2000. Es incluso posible que se apliquen más tarde las políticas de discriminación positiva en el área universitaria y en el sector público, como se viene realizando en Brasil desde 2008.

Sin embargo existen algunos puntos preocupantes: en primer lugar el peligro de racializar abiertamente las relaciones sociales, con lo que ello implica en términos de conflicto y de violencia potencial.

En segundo lugar, el Censo étnico no se ha acompañado de una campaña nacional que explique los objetivos estatales de mejorar la situación de los grupos tradicionalmente excluídos de la nación, pero también de reafirmar los valores republicanos de igualdad de todos los Peruanos, más allá de las diferencias étnicas (que serán percibidas simplemente como “diferencias raciales”).

En tercer lugar, el discurso estatal parece privilegiar solamente a los grupos étnicos discriminados, dejando de lado a la mayoría de peruanos que, probablemente, se reconozca más bien como “mestizos”.

En fin, para tener efectos positivos a mediano plazo, este primer censo étnico deberá ser acompañado rápidamente de estudios de antropología, de sociología y de historia sobre los grupos étnicos identificados en las diversas regiones del país. Esto permitirá no solo un conocimiento preciso de la situación actual de estos grupos en términos de zonas habitadas, de actividades económicas, de patrimonio y de organización social y política, sino también de la inclusión de las historias étnicas/locales dentro de la historia oficial peruana -que desconoce héroes regionales tales como Juan Santos Atahualpa (1741), héroe anticolonial de la selva central. Sin un mito nacional compartido por todos los ciudadanos las naciones modernas no pueden afianzarse en el tiempo. El Censo de 2017 aparece así como el primer paso para una gran reforma de la educación nacional y de los valores ciudadanos -de igualdad, de democracia y de respeto de derechos humanos-, de todos los Peruanos, vengan de donde vengan.

¿Habrá la suficiente voluntad política para plantear y concretizar esos programas ambiciosos y urgentes en un contexto de gobierno central debilitado por la mayoría fujimorista en el Congreso? La pregunta queda abierta.

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