Diego Osorno: “Hay tanto resentimiento hacia nuestros gobiernos que un liderazgo basado en la muerte nos reivindica”

Patricia Wiesse Directora de la Revista Ideele
Gerardo Saravia Editor de la Revista Ideele
Ideele Revista Nº 274
Foto: Carina Pérez García.

No llega a los 40 años pero ha escrito nueve libros, ha recorrido los países más conflictivos del planeta haciendo notas y crónicas, ha ganado dos premios internacionales de periodismo y el premio nacional 2013 en su país. Por si esto fuera poco, ha escrito los guiones de dos documentales, uno de ellos ganador en el Festival de Cine de Lima. Se le considera un experto en temas de narcotráfico.


Sabemos que vives en el desierto.

En Hermosillo, Sonora. En la frontera con Arizona.

¿Pero naciste en Monterrey?

Sí, pero he vivido en Oaxaca, en Madrid, en muchos lugares. Me gusta el sol. A diferencia de Lima, allá el sol sale 20 horas seguidas, y hace tiempo descubrí que soy solar. Necesito del sol para vivir. Y me gusta estar en un lugar como el desierto donde me puedo concentrar a trabajar. Yo viajo mucho, entonces cuando regreso tengo mucha calma ahí para sentarme a escribir.

¿Tienes un contrato con una editorial que publica tus libros?

No, soy independiente.

¿Cómo lograste que publicaran tu primer libro?

Yo estaba trabajando en ese momento para un periódico en Oaxaca, pero he escrito en muchos diarios haciendo notas del día a día desde los 15 años. Mientras estaba publicando en una revista muy importante en México, que se llama Letras Vivas y que fundó Octavio Paz, un editor leyó un texto largo que escribí ahí y me llamó.

En Oaxaca hubo una rebelión popular que tú documentaste.

En el año 2000, México tuvo una transición. El PRI, que había gobernado todo el siglo pasado, perdió por primera vez. Entonces pasamos de un régimen autoritario a la democracia con otros partidos en el poder. Hubo un momento en el que pensamos que la democracia iba a traer más desarrollo y más libertades. En Oaxaca el gobernador del PRI era un dictador que cerraba periódicos que lo criticaban, metía a la cárcel a quienes se manifestaban, mataba opositores. Por eso es que se produjo una insurrección que le exhibe a México que la democracia no había logrado erradicar un montón de islas autoritarias en el país. Después vino el desencanto de la democracia.

¿A partir de la publicación de Oaxaca sitiada te llaman para que integres la Comisión de la Verdad que se formó en esa ciudad?

La Comisión de la Verdad se formó ocho años después de que yo publicara el libro. Yo fui uno de los periodistas que estuvo muy involucrado con lo ocurrido, fui testigo de varios asesinatos, fui víctima de amenazas. Buscaron tres comisionados: uno que fuera representante de las víctimas, uno de gobierno y uno neutro. Yo fui como representante de las víctimas; fui invitado por ellas para que las represente. Me sirvió, además, porque tuve la posibilidad de tener recursos legales para acceder a la información que como periodista era difícil dec onseguir.

¿Cuál fue tu evaluación de la experiencia?

Terminé muy frustrado porque no pasamos a la acción judicial contra los perpetradores.

¿Hubo judicialización de algún caso?

Solo siete. Un alcalde, un jefe de la policía fueron sentenciados. No éramos vinculantes, pero logramos impulsar la judicialización de los casos mientras la Comisión existió porque los jueces sentían la presión de ser observados. Estoy frustrado porque yo hubiera querido no solo mostrar -como lo hicimos en el informe- los nombres, los métodos, los planes de los victimarios, sino que hubiera castigo para ellos y eso no ha ocurrido. El documento está empolvándose en las oficinas del Poder Judicial.

El retorno a la democracia no logró consolidar el país y a sus instituciones. Parece que el país ya no da más de tanta corrupción y violencia.

En aquel entonces la Comisión de la Verdad investigó alrededor de 30 ejecuciones y hoy día estamos hablando de que, desde el año 2007 a la fecha, México tiene casi 200 mil personas asesinadas de manera violenta. Ese fue el inicio de este periodo de barbarie.

¿Cómo es que México se llega a convertir en el centro más importante de distribución de drogas?

México, junto con el Perú, es el país más vinculado al tráfico de drogas. En Perú se producía cocaína desde 1920 y 1930. Los primeros traficantes en Latinoamérica fueron chilenos. Había una mafia chilena que se llevaba la droga de Perú y Bolivia por el Caribe y luego entraban a Estados Unidos por Florida. Después, en el gobierno de Allende y la Unidad Popular tratan de erradicarla y esto se logra en el gobierno de Pinochet. Estos chilenos llevan la semilla de la coca peruana a Colombia y Ecuador y en esos países se empieza a sembrar. Y es así que los narcos colombianos hacen de México el lugar de pase de la cocaína a Estados Unidos y Europa. Antes de eso el país  tradicionalmente era productor de marihuana y heroína.

¿La cocaína procesada aparece en el Perú primero?

Sí, unos alemanes hacen la fórmula y empiezan a producirla.

Ahora hay nuevas drogas que le hacen la competencia.

Un dato importante es que ahora la demanda de cocaína ha bajado en Estados Unidos y se consume más heroína. Por eso es que la violencia es tan fuerte en Guerrero, que es uno de los lugares de producción de esa droga.

Es extraño que en el Perú no se haya vivido esa guerra de los cárteles como en Colombia o México.

Es verdad que en el Perú la violencia no ha sido significativa como en un momento ocurrió en Colombia cuando había mucha producción. Después se frenó con el Plan Colombia y la movilización de las FARC. Yo cada vez oigo más sobre la cocaína peruana en México. Perú produce la cocaína que va para el sur: Argentina, Brasil; pero yo tengo la percepción de que se va a convertir en una zona que exportará más al norte. Cada vez más se consume cocaína peruana en Estados Unidos.

¿Quieres decir que la violencia se podría acrecentar acá?

Me parece que sí.

¿Estás a favor de la legalización de las drogas?

Claro, porque la violencia no se genera principalmente por el comercio ilícito internacional sino por la prohibición y el combate a las drogas. En México muere mucho más gente por combatir el tráfico de drogas que por consumirlas. El problema de México y de América Latina no es de salud por el consumo de drogas. Lo que ocurre es que la prohibición que existe en Estados Unidos es una política que se le impone a América Latina, cuando ellos no combaten el tráfico de drogas. Washington presiona para que acá se imponga esta política criminalizante.

¿Pero entonces lo que dices es que en Estados Unidos es más fácil trasladar y comercializar las drogas?

Yo he entrevistado a traficantes que encuentran por lo menos cinco retenes en México y otros tantos en Guatemala para poder pasar su droga, pero una vez que cruzan a territorio norteamericano -por ejemplo en Texas, en Mississipi, en Luisiana o en Nueva Orleans- no encuentran un solo retén porque obviamente eso genera incomodidad, una vulneración de la libertad que Estados Unidos no quiere para su población. No tiene sentido esa prohibición porque le hacemos el trabajo a Estados Unidos. No tenemos soberanía.

"No hay un solo narcotraficante que genere bienestar social".

No tenemos autonomía en las políticas antidrogas porque Estados Unidos las impone y entrega recursos para ello.

Yo no diría que las financia porque da una bicoca de recursos. El presupuesto de Latinoamérica se enfoca más en el combate al crimen organizado que en la educación. Eso es de ley en todos los países de la región, no sé si en Chile y Uruguay. No es cierto que Estados Unidos financie esa guerra; esa la pagamos nosotros con nuestra sangre. No tengo duda de que en 30 ó 40 años va a ser un escándalo reflexionar sobre este periodo.

¿Los cárteles mexicanos están ubicados básicamente en el norte y el noreste?

En el año 1980 teníamos un solo cártel, pero ahora son un montón. Con el neoliberalismo la economía criminal creció y se crearon cinco cárteles y hoy son más de 37. Ya no están ubicados en un territorio determinado, sino que utilizan Internet para hacer sus negocios. Hace 40 años tenían que mandar a alguien a Colombia para que hiciera los contactos y eso tardaba meses. Ahora, por la velocidad de las comunicaciones se han creado pequeños cárteles.

¿Ha habido alguna vez una estrategia que haya funcionado para combatir el narcotráfico por parte del Estado?

El gobierno mexicano, sometido como está a las políticas norteamericanas, ha convertido esa realidad en algo que utiliza políticamente. México ha tenido muchas rebeliones sofocadas por la fuerza policial con el pretexto de combatir el narcotráfico. El país se ha militarizado y el descontento que hay se ha contenido de esa manera. Yo tengo un libro que se llama El cártel de Sinaloa que es la historia de esa organización y ahí hago este análisis de la actuación del gobierno.

¿Se puede decir que es una guerra interna y la población está entre dos fuegos, como ocurrió en el Perú por otros motivos?

Hay una conflictividad permanente. Hay dos mil cuerpos policiales que son oficiales, del Estado, y cada uno tiene su propio jefe y su inventario de armas. Y estos grupos se enfrentan entre sí por el control de los territorios para pasar la droga, además de enfrentarse con el Ejército y la Marina. Yo diría que es más bien un Estado caótico.

¿Sería demasiado decir que se trata de un narco Estado?

Me parece un término muy estridente. Además, tampoco llega a serlo porque hay zonas en las que se privilegian otros intereses que no son los del narcotráfico. Lo que sí se puede decir es que en México los narcotraficantes son hijos de los políticos.

También hay grupos paramilitares que están metidos en el narcotráfico.

Sí, los Zetas son un grupo que se apropió de una zona del noreste del país. Los fundadores de esa organización habían sido miembros del ejército mexicano, los GATES. Pero eso es común: el Chapo Guzmán trabajó para la policía, Amado Carrillo fue policía. Los líderes de todos los cárteles son exfuncionarios de alguna de estas instituciones.

Hay cuerpos de la policía que sí obedecen a los intereses de los narcotraficantes, y estos financian a los políticos locales.

Sí, pero no es como Colombia donde Pablo Escobar quería ser presidente y llegó a ser senador. En México a los narcos no les interesa entrar en política; más bien lo que quieren es que el Estado les deje hacer lo que hacen. No tienen el afán de tomar el poder y por eso no hay un enfrentamiento entre los narcos y el Estado.

¿Y en algunos lugares la ciudadanía los apoya?

Sí, no solo los protege la policía sino la gente. Y a estas alturas yo creo que hay más gente que admira al “Chapo” Guzmán que al presidente de la república. A ese grado de degradación hemos llegado.

¿Y hay narcos que financian obras y dan aportes a los asentamientos populares, como lo hacía Pablo Escobar?

Esa es una mitificación que quizás los medios hemos exacerbado. En realidad son millonarios nuevos que gastan el dinero de manera absurda. Eso genera que en algunas zonas se mueva la economía, pero no los veo como Robin Hood. Hay tantos resentimientos con nuestros gobiernos en Latinoamérica que un liderazgo emergente, aunque sea uno basado en la muerte, nos reivindica de ese malestar que hay contra el poder. Pero eso es un espejismo. No hay un solo narcotraficante que genere bienestar social.

Esta cultura de los narcocorridos produce una especie de veneración hacia esa gente.

Ellos crean hasta sus propios santos. Se trata de un negocio muy peligroso. El que se mete ahí sabe que puede morir. La mayoría acaba en una fosa común o en la cárcel. Entonces, para reclutar a nuevos miembros el narcotráfico construye una visión heroica y alternativa, y utilizan la música para exaltar ese mundo que trae el dinero, las mujeres. En una época en la que hay millones de jóvenes sin trabajo y educación, les da la posibilidad de sentir pertenencia a algo.

Hay un documental mexicano sobre un cementerio de narcos y en él se ven los mausoleos que son casas de dos pisos. Es impresionante.

Son mansiones. En mi libro conté la historia de unos albañiles que construyen un mausoleo. Yo acompañé a los albañiles a su casa y era muy modesta, mucho más pequeña que la que estaban construyendo. La chica que hizo ese documental no me dio el crédito.

¿En la cultura narco existen códigos de honor y la preservación de la familia como se ve en ciertas películas?

Es un error creer que el narcotráfico tiene que ver con El Padrino. Es un mundo de asesinos, no hay sofisticación, no hay códigos. Hoy lo que impera es la competencia voraz. Así como cuando una compañía telefónica llega a un lugar y ataca a su competencia para desprestigiarla con todas las armas que tiene a su alcance. En el mundo criminal no se utilizan anuncios, sino que se hace una masacre de las personas del grupo contrario para generar miedo y que las autoridades se pongan de su lado. En El Padrino hay un afán de trascendencia, de honor, a los personajes les interesa que su familia tenga influencia en las comunidades donde viven; mientras que a estos narcos solo les interesa el dinero.

En tu libro El cártel de Sinaloa entrevistas a muchas personas, pero solo uno de los capos te da su testimonio por escrito. ¿Cómo lo lograste?

Es Miguel Ángel Félix Gallardo, el fundador del cártel de Sinaloa. Es la única entrevista que ha dado. Yo recibí una llamada en la que me citaban en un pueblo. Me llevaron con los ojos vendados a una casa que era de los familiares de Gallardo y me dijeron que quería hablar conmigo. Les pregunté los motivos porque yo no quería ser un instrumento de sus intereses.

"El narco en México es discreto; no quiere el poder ni la fama, solo quiere el dinero".

¿Te escogió por tu conocimiento y enfoque del tema?

Sí. Me dijeron que había leído mis textos sobre campesinos que sembraban marihuana y le habían gustado, y que quería hablar porque estaba mal de salud y estaba siendo castigado en el penal donde estaba recluido. Le interesaba dar a conocer algunas historias -no todas– para que la sociedad entendiera que no era lo mismo ser traficante en los años 80 que ahora. La imagen de las decapitaciones es reciente. Antes había más política y menos sangre. Se trataba de una entrevista, pero nunca me dieron el permiso en la cárcel. Intentamos por teléfono y nos colgaban las llamadas. A través de su abogado le mandé el temario y me respondió algunas preguntas.

Normalmente es muy difícil hablar con los jefes.

Esa es una diferencia con los narcos colombianos. La primera vez que estuve en Medellín me fui a comprar libros viejos y vi una torre de biografías y testimonios de narcos. En México es muy difícil que ocurra eso. El Chapo dio la entrevista famosa por su debilidad por Kate del Castillo. Y se dice que ahora se arrepiente. El narco en México es discreto; no quiere el poder ni la fama, solo quiere el dinero.

¿Esta perversión y crueldad de los asesinatos es para instaurar el terror?

Se busca usar el cuerpo como una amenaza para el enemigo y la comunidad. Tampoco es algo extraño en nuestros países. En el Perú también se cometieron asesinatos atroces, pero creo que lo que cambia en México es que se usan como espectáculo. Acá Sendero no fotografió esos cuerpos ni difundió las imágenes por las redes.

Pasando a la política, le has dedicado uno de tus premios periodísticos a los zapatistas. ¿Te identificas políticamente con ellos?

Cuando empecé a trabajar ocurrió la insurrección de Chiapas y el discurso zapatista se convirtió en una escuela crítica. Ellos han tenido posibilidades de acceder al poder y no lo han hecho, en un país donde el opositor y crítico independiente de hoy es el testaferro oficial del mañana. Los zapatistas fueron para mí una referencia filosófica, me politicé por ellos y me pareció que darles ese premio a las comunidades indígenas zapatistas era lo más congruente.

En el momento actual, ¿qué destacas del movimiento zapatista?

Ellos construyeron un movimiento a nivel nacional con cerca de 500 pueblos indios. Son comunidades que tienen autonomía indígena, que no tienen la autoviolencia que hay en otros lugares. Tienen mil hectáreas a las que llaman el territorio zapatista y donde el gobierno no entra. Viven en la pobreza pero han ido avanzando. Para mí es un camino para tratar de construir esperanza en México con hechos y palabras.

Sobre tu experiencia como reportero de guerra: has estado en El Líbano, en Siria.

En los dos casos no llegué en el 2006 sino en la posguerra. Es curioso porque mi experiencia de guerra más intensa ha sido en México. La guerra que como joven periodista soñaba encontrar en lugares lejanos, la encontré en frente de mis narices. En el 2007 pensaba irme a África a cubrir alguna guerra y de repente estaba subido en un camión de asalto del Ejército mexicano, con un  chaleco antibalas y un casco enfrentando una emboscada.

Has estado también en el Perú.

He estado en Tingo María y en Ilo. En 2004 yo estuve cubriendo la rebelión que hubo en Bolivia, en la que cambiaron dos veces de presidente, cuando Evo Morales era diputado y líder de la oposición. Él me recomendó venir y me presentó a Nancy Obregón -que ahora está presa - y escribí una historia. Luego estuve en Ilo, donde las empresas de Germán Larrea y el grupo México, que son dueños de varias minas aquí, entre ellas la Southern Perú, estaban contaminando el pueblo, e incluso habían desviado un río que estaba en la frontera entre Moquegua y Tacna para no tener que lidiar con uno de los gobernadores con el que tenían malas relaciones.

Debes estar un poco harto, pero es inevitable preguntarte sobre esa biografía no oficial que has escrito titulada Slim: Biografía política del mexicano más rico del mundo. Has descubierto hechos muy importantes e incómodos relacionados al personaje.

Algo que él me ha negado, y es que Slim fue militante del PRI, específicamente de una organización llamada Comisión de Fortalecimiento y Patrimonio. Yo tengo documentos que lo confirman. Ese dato es importante porque Slim utiliza el sistema político para formar una fortuna estratosférica. Las privatizaciones de fines de los años 80, durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se hicieron bajo serios cuestionamientos de corrupción y dentro de un marco autoritario. Se dice que Gortari prácticamente le regaló Telmex, la empresa pública de telecomunicaciones.

Finalmente, sabemos que Slim no te iba a dar entrevistas hasta que publicaste en Etiqueta Negra una crónica en la que mencionabas unos vínculos de su hermano con un cuerpo policial asesino.

Sí, yo empecé a averiguar sobre su vida en 2007. Entrevisté a sus colaboradores, enemigos, compañeros de estudio. En realidad el libro estaba planeado sin su participación. Pero como hice esos señalamientos decidió contactarse conmigo. Me dio tres entrevistas y en total pude hablar con él como siete horas. Lo que escribí fue que su hermano mayor tuvo relaciones con la Dirección Federal de Seguridad, un cuerpo policial que llevó a cabo ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas. Ese fue el detonante.

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