El hombre para los comunitaristas

Ideele Revista Nº 273

Foto: dialogosenlacaverna.blogspot.com

La crítica comunitarista al liberalismo es básicamente de corte sociológico y empírico. Al observar las sociedades contemporáneas, comprueban la erradicación de las identidades colectivas, el aumento de los egoísmos, la disolución del lazo social y la generalización del sinsentido (especialmente en las grandes ciudades de los países desarrollados); y esto es, según ellos, producto de la atomización social, que legitima que cada individuo busque su propio interés, considerando al otro como un rival y enemigo. Esta filosofía política defiende, para ellos, una concepción antihistórica y desencarnada del sujeto, olvidando que los compromisos y las relaciones de pertenencia de los seres humanos son constitutivos de su personalidad; logrando -desde un universalismo abstracto- el olvido de las tradiciones y la erosión de los modos de vida diferenciados. Además -como hace Rawls- solamente ven en la sociedad una especie de empresa cooperativa basada en el ventaja mutua, negando la existencia del bien común y, bajo la careta de neutralidad, generalizan el escepticismo moral; y, finalmente, de una manera más general, olvidan la noción de pertenencia, de destino compartido y de valores comunes.

Entre las principales críticas -limitadas a la filosofía política liberal o a la concepción individualista del hombre- que los comunitaristas hacen a los libertarios están:

- Descuidan y hasta permiten que desaparezcan las comunidades, que son un elemento importante y que no puede ser reemplazado en la vida del hombre.

- Desvalorizan la vida política al considerar la asociación como un instrumento para otros fines más individuales, olvidando que la participación de las personas en la vida comunitaria es parte constitutiva de éstas.

- Niegan o no pueden explicar ciertos compromisos y obligaciones, como las obligaciones familiares, el servicio a la patria, o la preferencia de lo público a lo privado, que no devienen de elecciones voluntarias o acuerdos contractuales.

- Tienen una concepción equivocada del “yo” (self), ya que olvidan que está contextualizado social e históricamente y que está constituido, por lo menos parcialmente, por los valores y compromisos que no son producto de una elección, ni son revocables voluntariamente.

- Han permitido el desarrollo de una política de los derechos que no tiene nada que ver con el Derecho mismo, ya que reclamar sus derechos es únicamente, para ellos, maximizar sus intereses en desmedro de los de los demás.

- Consideran sin mayor sustento que la justicia es la más importante de las instituciones sociales, cuando en realidad es sólo un remedio necesario cuando falla la vida comunitaria.

- Debido a su formalismo jurídico, desconocen el importante papel que juegan la lengua, la cultura, las costumbres y las prácticas y valores compartidos como base del reconocimiento de las identidades y de los derechos colectivos.

Podríamos decir entonces que el hombre es -para los comunitaristas- un “animal político y social”. Y es a partir de esto que la igualdad es definida, no como lo que resta del individuo, luego que se ha hecho desaparecer su contexto social e histórico, sino como lo que es producto de la libre expresión de las identidades elegidas en ese contexto. Los derechos no son entonces los atributos universales y abstractos, producidos por una naturaleza distinta del estado social y que formarían un dominio autónomo, sino la expresión de los valores propios de las colectividades o de los grupos diferenciados al mismo tiempo que el reflejo de una teoría más general de la acción moral. La justicia es confundida con la adopción de un tipo de vida (buena) que persigue la solidaridad, la reciprocidad y el bien común. La manida neutralidad del Estado liberal es considerada como ilusoria, porque engañosamente nos encamina a una concepción singular de bien sin confesarlo.

La crítica de los comunitaristas de la filosofía liberal de la persona se dirige especialmente contra el individualismo. El liberalismo extrae al individuo de su comunidad y lo define como lo que queda del sujeto, una vez que se le han quitado sus condicionamientos personales, culturales, sociales e históricos. Además, insiste en la autosuficiencia de los individuos respecto a la sociedad, sosteniendo que hacen elecciones libres y racionales, en busca de su mejor interés, sin que el contexto sociohistórico en que se encuentran influya en su capacidad de ejercer sus potencialidades morales, es decir de elegir una particular concepción de vida buena. Para esto, los liberales han tenido que considerar contingentes o de poca importancia, lo referente a la pertenencia, rol social, contexto cultural de las prácticas y de los significados compartidos, ya que cuando entra en sociedad, el individuo nunca compromete la totalidad de su ser, sino la parte de él que expresa su voluntad racional. En cambio para los comunitaristas, una idea presocial del “yo” es sencillamente impensable. El individuo siempre nace y crece en una sociedad y es ésta la que ordena sus referencias, forma su manera de ser en el mundo, modelando sus objetivos. Por ejemplo, se insiste en que los liberales exageran la capacidad del sujeto para tomar distancia frente a sus roles. También se indica que el “yo” no puede ser confrontado con la sociedad, como una cosa que le sea exterior y que la capacidad de la persona de hacer elecciones no puede separarse de su contexto sociocultural.

"El sujeto trascendental no es más que una posibilidad. Pero es una posibilidad necesaria de postular si nos consideramos como personas morales libres".

Para los liberales esta descontextualización del hombre, constituye el fundamento de su libertad. Los individuos tienen deseos diferentes y todo principio derivado de estos deseos, sólo puede ser contingente y la ley moral requiere una base categórica y no contingente. Ni siquiera un deseo tan universal como la felicidad, puede servir de fundamento, porque la idea que hay de ella es subjetiva. Por eso Kant construyó su sistema sobre la idea de libertad en las relaciones entre las personas. Lo justo entonces no tiene relación con el fin que los hombres tienen por su naturaleza o con los medios que usan para llegar a él. El fundamento tiene que ser buscado más allá de todo fin empírico, en lo que ocurre en el sujeto capaz de tener voluntad autónoma, que es el mismo ser racional que es fundamento de la acción moral y este no es un ser en tanto persona particular, sino un ser en tanto que participante de la pura razón práctica, es decir, en cuanto sujeto trascendental.

Esto se cuestiona, preguntando "¿Qué es lo que me garantiza que yo soy tal sujeto capaz de apelar a la pura razón práctica?" Y nada me lo garantiza. El sujeto trascendental no es más que una posibilidad. Pero es una posibilidad necesaria de postular si nos consideramos como personas morales libres. Si no fuéramos más que seres empíricos, no podríamos ser libres, porque nuestra voluntad estaría siempre condicionada por nuestros deseos. Todas las elecciones serían elecciones heterónomas, sometidas a la búsqueda de un objetivo. Nuestra voluntad no podría ser causa primera, sino la consecuencia de una anterior, el instrumento de cualquier causa anterior, de un impulso o inclinación. La idea de un sujeto puesto anteriormente e independiente de toda experiencia, como lo exige la moral kantiana resulta indispensable, ya que es un presupuesto necesario para la existencia de la libertad. Solamente si nuestra identidad no está ligada a nuestros objetivos e intereses en todo momento, es que podemos considerarnos capaces de elegir libremente. Para los comunitaristas esta libertad moderna se da como independiente de toda determinación, en todas las oportunidades de ser, no solamente formal sino vacías de sentido. Una libertad completa sería un espacio vacío en lo que nada tendría valor. Todo intento de subordinar la totalidad de los presupuestos de nuestra situación social a nuestra capacidad de autodeterminación racional se enfrenta con la exigencia de si la libre determinación es ella misma indeterminada: ella no puede dar ningún contenido a nuestros actos fuera de la situación que nos asigna las metas, da forma a nuestra racionalidad e inspiración a nuestra creatividad. Imaginar a una persona incapaz de apegos constitutivos, no la convierte en libre, sino en alguien desprovisto de carácter y de profundidad moral.

La concepción liberal del “yo” supone que el universo está vacío de sentido. Ligada a la idea del individuo “separado”, está la visión del universo que éste habita. Y contrariamente a las concepciones griega y cristiana el universo de esta moral  es un lugar privado de toda significación intrínseca. Es un mundo “desencantado”, es decir un mundo sin orden moral objetivo. Es un universo vacío de fines (telos), que hace posible concebir un sujeto independiente y anterior a ellos. Cuando ni la naturaleza ni el cosmos permiten aprehender un orden dotado de sentido, es en los seres humanos que recae construir por ellos mismos los significados.

La “posición original” de Rawls presupone también esta imagen de un “yo” despojado de todos sus atributos contingentes y dotado de una especie de status supra-empírico. Descansa, adicionalmente, en la idea de una permanente distancia entre los valores que tengo y lo que soy. Para el “yo” liberal decir que poseo una característica significa, de un lado, que ella es mía y no de otro, pero que existe también una distancia entre la misma y yo. Es mía pero no soy yo y si la pierdo no sería menos yo. Sobre esta base, el comportamiento racional, sería el que me permitiese razonar, olvidando esas características que siendo mías no son parte de mí. Esto sería lo que Rawls quiere decir cuando sostiene que el “yo” es anterior a los fines que se establece; resultando que la relación entre el “yo” y los fines está determinada solamente por la elección que éste hace de los mismos. La persona no puede pertenecer a una comunidad en que su mismo “yo” estuviese en juego, porque esa comunidad que sería constitutiva y no sólo cooperativa, comprometería tanto la identidad como los intereses de sus miembros.

En mi propia impresión, esta concepción contradice la percepción que el hombre tiene de sí mismo. Si el “yo” pre-existiese a sus fines, deberíamos por medio de la introspección poder aprehenderlo independientemente de aquellos y que yo sepa, no nos aprehendemos nunca como una abstracción pura —cuando no queda en nosotros nada que pueda reflejarnos como tales— sólo lo hacemos en relación a las motivaciones y a los proyectos que nos constituyen.

Si así fuera, los límites del “yo” estarían predeterminados, éste no podría aprehender nada sobre el mismo, respecto de los fines que ha elegido. El “yo” estaría situado lejos del alcance de la experiencia y se haría extraño a sí mismo.

A esta concepción instrumental del “yo”, los comunitaristas oponen una constitutiva en la que éste, lejos de ser anterior a sus fines, está constituido por ellos, ya que no son más que parte de sus elecciones. Desaparece también la distancia que había entre lo que poseo y lo que soy: El “yo” es todo lo que lo constituye y la razón sólo puede ser usada dentro del marco de lo que es. Para ellos, el “yo” es siempre parte de un contexto del que no se puede abstraer, ya que está situado y encarnado. Resulta entonces que la comunidad no es un simple medio en el que el individuo realiza sus fines o inclusive el marco en que despliega esfuerzos para obtener ventajas. La comunidad es parte del fundamento de las elecciones que el “yo” realiza, ya que contribuye a fundar su identidad: la familia, la iglesia, las instituciones, los sistemas políticos y educativos, los hechos sociales constituyen a la persona desde la infancia. Desde esta perspectiva los individuos no pueden ser considerados como sujetos separados que tienen algunas cosas en común, como miembros de una comunidad dada, en la que sus tratos son particulares. Tenemos así, que el modo de vida socio-histórico es inseparable del “yo”. También es imposible apreciar en su medida el valor de un modo de vida si no se admite que la influencia que ejerce es constitutiva de la identidad de las personas. Lo que quiere decir es que es a partir de un modo de vida dado que los individuos hacen sus elecciones (inclusive las opuestas a ese modo de vida) y que también éste constituye en valor o en no-valor lo que los individuos consideran o no como válido. Si alguien pertenece a una comunidad de vida específica. sus elecciones en materia alimenticia estarán predeterminadas por sus reglas. En otras palabras, ciertos modos de vida (costumbres, lazos lingüísticos y geográficos, convenciones religiosas) forman la noción misma de valor, en base a la que se toman decisiones y se hacen elecciones. Estos modos de vida se han vuelto nuestros, no porque los hayamos elegido, sino esencialmente porque constituyen las tradiciones a las que nosotros pertenecemos.

"Si el hombre moderno está en una permanente búsqueda de sí mismo -para los comunitaristas- es porque su identidad no está más constituida por nada".

Si nuestros roles, relaciones de pertenencia y compromisos son constitutivos de las personas que somos y si somos en parte definidos por las comunidades de las que formamos parte, entonces también debemos estar comprometidos en los objetivos que caracterizan a estas comunidades. Para los comunitaristas todo lo que nos vincula a la comunidad, no hace sólo una diferencia psicológica, sino moral.

Para ellos, todo ser humano esta en medio de un conjunto de circunstancias naturales y sociales que constituyen su individualidad y determinan por lo menos en parte su concepción moral. Esta concepción no es producto de una “libre elección, sino que traduce los apegos y compromisos que son constitutivos de su ser”. Hay valores que yo puedo mantener a cierta distancia y que van más allá de las obligaciones que contraigo voluntariamente y de los deberes naturales que les debo a los otros seres humanos en tanto tales. Son obligaciones que les debo, aunque la justicia no lo mande o no lo autorice y no son producto de los compromisos que he contraído o resultado de las exigencias de la razón, sino resultado de los lazos y obligaciones que asumimos juntos y constituyen en parte la persona que somos. Así nadie hace elecciones a partir de una libertad soberana, sino a partir de lo que lo une a los otros.

Reaparece en esta crítica la distinción entre la eticidad hegeliana y la moralidad kantiana. La eticidad corresponde a las obligaciones morales que se tiene con la comunidad de la que uno es miembro y que se funda en sus costumbres, usos y normas. La moralidad, en cambio, las obligaciones categóricas del individuo, no como miembro de una comunidad, sino como persona portadora de una voluntad racional. En la eticidad, no hay evidente oposición entre el “ser” y el “deber ser”, mientras en la moralidad es clara, ya que la obligación categórica me impone realizar una acción moral que no se funda en una contingencia empírica. Hegel pone por encima a la eticidad, que hace remontar a la ética griega (la misma que puso en duda Sócrates): la libertad y la felicidad florecen cuando las normas y los fines que se manifiestan en la vida pública, permiten a los miembros de la ciudad atender su telos.

No se puede considerar, entonces,  que una comunidad auténtica sea una simple reunión o adición de individuos. Sus miembros tienen fines comunes, ligados a valores o experiencias compartidas y no solamente intereses privados más o menos congruentes Estos fines son propios de la misma comunidad y no los particulares que serían los mismos de todos o de la mayor parte de los miembros. En una asociación, los individuos miran sus intereses como independientes y potencialmente divergentes. Las relaciones entre estos intereses no constituyen en consecuencia un bien en sí, sino solamente un medio de obtener fines particulares. La comunidad, por el contrario, es un bien intrínseco para todos sus miembros. Se puede decir que hay dos maneras distintas de concebir los valores compartidos. Estos podrían resultar de la coincidencia de preferencias individuales que, incluso combinadas entre ellas, conservan todas las características de la subjetividad individual, lo que corresponde al pensamiento liberal. O en el otro caso, los valores compartidos serían los valores del grupo que no son ni individuales, ni subjetivos, lo que está de acuerdo con el pensamiento comunitarista. La pertenencia va en proporción a lo que los miembros de una comunidad política se deben unos a otros y lo primero sería asegurarse su seguridad y bienestar comunes. Y esto puede invertirse como planteamiento, ya que si no tuviésemos nada que aportar a los otros y no hiciésemos diferencia entre miembros y no miembros, no existiría razón para constituir y mantener comunidades políticas.

Si el hombre moderno está en una permanente búsqueda de sí mismo -para los comunitaristas- es porque su identidad no está más constituida por nada.

El movimiento comunitarista es hoy, en opinión de la mayoría, de difícil clasificación desde el punto de vista político. Por algunos aspectos, como la importancia que da a las tradiciones y a las normas pre-modernas, parece cercano a cierto conservadurismo republicano. Pero, por otra parte, comparte algunas de las aspiraciones del socialismo clásico, lo que con el hecho de que dé preferencia a los aspectos sociales sobre los individuales, hace que algunos lo hayan vinculado con los trabajos del joven Marx.

Aun cuando las ideas comunitaristas, en sus diversos matices han tenido acogida por las más diversas tendencias políticas, tienen ciertos puntos de convergencia. Prácticamente todos los comunitaristas, ponen en duda la idea de “ciudadanía económica”, que transforma a los miembros de la sociedad en “espectadores que votan” y en consumidores siempre deseosos de mejorar su posición, poniendo a los industriales en la posición de sacar el máximo provecho, lejos de toda regulación democrática. Casi todos critican el centralismo, la burocracia estatal y preconizan formas variadas de democracia participativa.

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Buena crítica y acertado

Buena crítica y acertado principio el concebir la comunidad como determinante. Pero debe considerarse también que ninguna sociedad está constituida por una sola comunidad, sino por varias. Y los ricos o monopolistas o como quiera llamárselos también constituyen una comunidad de intereses, valores, costumbres diferentes a las comunidades (subrayado el plural) de trabajadores. Olvidar esto cae en reducir la comunidad a la misma abstracción de los "liberales" de considerar individuos abstractos. Si somos consecuentes con la necesidad de superar las abstracciones, veremos que la idea de considerar individuos abstractos es también un producto comunitario, es decir, producto de la comunidad de los grandes propietarios que se creen autosuficientes por sus riquezas.

Entonces, cuando combatimos su individualismo teórico no lo podemos hacer desde otra abstracción de "comunidad" en general, sino desde la comunidad de los trabajadores.

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