Esos jóvenes senderistas

Ideele Revista Nº 268

¿Cómo y por qué la propuesta de Sendero Luminoso se convirtió en una opción de adhesión para hombres y mujeres jóvenes principalmente, desde un inicio y sobre todo en el contexto de finales de los años ochenta y comienzos de los noventa? Esa es la pregunta de la cual parte el libro de Dynnik Asencios (La ciudad acorralada. Jóvenes y Sendero Luminoso en Lima de los 80 y 90, Instituto de Estudios Peruanos, 2016), para responder la cual ofrece el testimonio de treinta entrevistados (16 hombres, 14 mujeres) que en algún momento fueron detenidos y condenados; la mayoría de ellos “no tenían más de 25 años de edad cuando se incorporaron al Partido” (p. 170). Las entrevistas fueron realizadas entre septiembre de 2007 y mayo de 2008, una buena parte de ellas cuando los participantes se hallaban en prisión. Veintitrés integrantes del grupo “tenían educación superior incompleta al momento de ser detenidos” (p. 82) y solo tres habían participado antes en otra formación política de izquierda.

La pregunta tiene actualidad porque el Movimiento por Amnistía y Derechos Fundamentales (MOVADEF) cuenta con miles de seguidores del pensamiento de Abimael Guzmán que han buscado actuar hoy en día dentro de la legalidad. Recuérdese que en diciembre de 2015, el FUDEPP –la cara electoral del MOVADEF– presentó los planillones para inscribirse ante el Jurado Nacional de Elecciones y que el Registro de Organizaciones Políticas verificó entonces la validez de 189,585 firmas. Casi ciento noventa mil peruanos que, pese al clima imperante en torno a la herencia senderista, se arriesgaron a respaldar la inscripción legal de los sucesores.

Existe ya una importante bibliografía sobre Sendero Luminoso. Sin embargo, poco de ella corresponde a trabajos con base empírica, al tiempo que se ha puesto un acento excesivo en las llamadas “causas de la guerra” o los “factores estructurales” en desmedro de las razones por las que determinados individuos decidieron participar en la lucha armada. De allí la relevancia de la pregunta central del trabajo de Ascensios, que él busca responder desde “la subjetividad de los miembros” del partido, explorada mediante las entrevistas en profundidad.

Las motivaciones de los jóvenes reclutados no eran solo ideológicas. Un entrevistado puntualiza que en su caso han “confluido tres factores: el buscar salir de la familia, el buscar conocer eso nuevo que se gestaba (…) y la oportunidad de ser útil (…) Me llamaba la atención el ser parte de ese cambio” (p. 93). Otro testimonio indica: “Fue una alegría participar y ser parte de la historia y que era tan comentado (…) y fue para ser parte de ese movimiento (…) una sensación bien grande, ser parte integrante” (p. 95).

La experiencia de “ser parte” de un movimiento armado es vivida por una joven como “una responsabilidad mayor (…) ya estaba en tus manos, como que tenías el poder (…) el poder de actuar, es algo” (p. 100). Otro militante confiesa: “Me emocionaba, me emocionaba, pensando que sí tenía una participación, era protagonista de algo” (p. 130). El PCP-SL ofrecía una posibilidad de integración a quien en la ciudad se consideraba a sí mismo como un excluido.

El autor examina factores estructurales y factores ideológicos en la raíz de la expansión de Sendero Luminoso. Entre los “factores ideológicos”, el autor destaca la importancia de “la idea crítica” acerca del país, el “efecto demostración” construido por el PCP-SL sobre la base de acciones eficaces y el mito del “Sendero ganador” extendido en la sociedad peruana de la época mediante la contribución de los medios de comunicación (pp. 34-35). La “idea crítica” es algo así como un clima de cultivo, desarrollado durante años en la educación formal e informal, en el que se idealiza el pasado incaico y se responsabiliza del atraso del país a las clases dominantes y el imperialismo (p. 126). El “efecto demostración” consistía en integrarse “a una organización en ascenso, que había ganado prestigio, era eficaz, consecuente y, además, daba poder y, sobre todo, transformaba” (p. 129).

Para Asencios, “la dinámica de la guerra fue convertida en un hecho artificioso que ocultaba serios problemas del Partido” (p. 116). En esa vía, cuando el PCP-SL sufre retrocesos en el campo –debido a las acciones contrasubversivas y al rechazo campesino a la imposición de los alzados en armas– , el liderazgo del partido decide situar el principal escenario de lucha en las ciudades, Lima en particular; entonces, “la composición social de la organización varió” y “el perfil de los miembros en los niveles de base fue conformado mayoritariamente por jóvenes nacidos en Lima, muchos de ellos hijos de migrantes”, jóvenes “entre los 17 y los 25 años de edad” (p. 20). El cambio de composición condujo a un cambio de prácticas entre las cuales el autor destaca cierto “relajamiento político e ideológico y la violencia extrema” (p. 22) de “jóvenes inexpertos que se centraban principalmente en la ejecución de las acciones militares” (p. 107).

La idea del “Sendero ganador” hizo “subestimar a las fuerzas del orden” y produjo “un relajamiento del trabajo clandestino”. En palabras de un entrevistado, “siempre pensábamos que íbamos a salir airosos de cualquier acción” (p. 135). El triunfalismo fue reforzado cuando Guzmán proclamó que se había llegado al “equilibrio estratégico”, una suerte de empate de fuerzas entre los alzados en armas y el Estado. Sin saberlo, se preparaba así condiciones para la derrota.

El incremento de las detenciones efectuadas por la policía tuvo un efecto acelerador: se recurre a reclutar cada vez más gente joven, que no solo carece de formación política sino que halla en el partido escasas posibilidades de encontrarla dado que las acciones armadas concentraban toda la atención de los cuadros mejor formados. El autor sostiene que la “formación ideológica se realizó cada cierto tiempo en los niveles de mayor jerarquía hasta septiembre de 1992” (p. 107); después se hizo esporádica y en todo caso insuficiente para los simples militantes, combatientes y simpatizantes. “El debilitamiento de la formación ideológica en el PCP-SL (…) permitió la expansión de una actitud puramente militarista” (p. 109).

Cuando el número de detenidos crece, la acción organizada del PCP-SL encuentra lugar en la cárcel. La irresponsabilidad de las autoridades entrega al control del Partido pabellones exclusivos para senderistas y en ellos se establece un orden riguroso de trabajo y estudio que un entrevistado describe como “una vida avanzada e intensa” que “le hacía sentir la cárcel como un lugar que ‘la gente recuerda con mucha alegría y cariño’” (pp. 145-146). Otro de los participantes relata que en el “pabellón donde están los compañeros” él encontró “una vida organizada, bien elevada” (p. 116). La prisión es convertida en anticipo de la nueva sociedad a ser construida, un espacio que incluso genera ilusión en quien aún no había sido detenido: “Yo tenía una expectativa muy fuerte entonces de formarme como un comunista dentro (…) pensaba que en ese lugar iba a encontrar mis referentes” (p. 151).

“Aún no hay lugar para hablar serenamente de lo que pasó durante el conflicto armado interno, entre comienzos de los años ochenta y mediados de los años noventa: el Perú prefiere enterrar su propia historia, no aprender de ella”.

En sus reflexiones finales, Asencios vuelve al presente. En su interpretación, el MOVADEF heredero del PCP-SL “surge en un contexto en el que muchos de los miembros y exmiembros que salieron en libertad no encontraron posibilidades favorables de reinsertarse con éxito en la sociedad, fuera por desintegración familiar, falta de oportunidades de empleo o dificultades para construir nuevas relaciones sociales fuera de la organización” (p. 175). Este apunte nos lleva al serio error de la sociedad peruana en el tratamiento dado a exsenderistas, condenados o no, luego de la derrota de la lucha armada.

El país se ha dividido en torno a la explicación de por qué surgió Sendero. Una porción acaso mayoritaria de la ciudadanía –pero cuyo peso en los medios de comunicación y la escena oficial en todo caso es preponderante– ha preferido ver en quienes tomaron las armas, o contribuyeron de algún modo a ella, a seres fanáticos, desquiciados, envenenados por el odio… La Comisión de la Verdad, que propuso una interpretación alternativa a esa, vinculada a las características del país que alumbró a Sendero, fue satanizada; tanto o más que los propios senderistas.

Las consecuencias de esta opción del país son varias pero todas son nefastas. Aún no hay lugar para hablar serenamente de lo que pasó durante el conflicto armado interno, entre comienzos de los años ochenta y mediados de los años noventa: el Perú prefiere enterrar su propia historia, no aprender de ella. Paralelamente, algo grave ocurre con quienes debieron ser reintegrados a la sociedad luego de concluido el enfrentamiento. Las voces más enardecidas de la opinión prevaleciente reclaman todo lo contrario: que cuando cumplan su condena sean procesados por otros delitos, y que si son puestos en libertad no sean reincorporados, que sus “antecedentes” los inhabiliten a perpetuidad. Esto es, que se les considere una suerte de leprosos políticos. En ese contexto, la decisión del Jurado Nacional de Elecciones de no inscribir al FUDEPP se hace inteligible más allá de su argumentación legal: tiene un considerable respaldo social, amplificado por la vociferación irreflexiva de diversos medios de prensa.

El libro de Asencios confirma algo que se sabía: más allá de las razones ideológicas de sus promotores, la lucha armada atrajo a gentes que se sentían marginales en el país, les ofreció un lugar para participar y una identidad mediante la lucha. Si después de producida su derrota, se insiste en marginarlos se está alimentando algo que en algún momento volverá como un búmeran.

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