Esperando el "giro de mediocridad" del gobierno (y dos escenarios posibles)

Jorge Morel Instituto de Estudios Peruanos
Ideele Revista Nº 268
Foto: Andina

Queda claro que el gobierno empieza a experimentar la previsible caída de popularidad de los presidentes peruanos después de la luna de miel de los primeros meses. Sin embargo, éste no es el fenómeno más preocupante que debemos esperar en lo político. Lo es “el giro de mediocridad” de los presidentes peruanos que padecemos desde 2001. Pareciera haber una etapa en cada gobierno en que el presidente “tira la toalla” y se entrega a la inercia de gestionar su oficina, inaugurar obras que otros diseñaron, priorizar la política exterior, defenderse impávidamente de la oposición con comentarios anodinos y, así, esperar el 28 de julio del quinto año.

García pudo ocultar el giro con sus discursos soberbios (y en algunos casos incendiarios), pero todos sabemos que su gobierno prendió el piloto automático tan temprano como en 2007. Toledo y Humala acabaron pareciéndose mucho: ambos descansaron en la tecnocracia desde su primer año, a tal punto que los discursos espontáneos del presidente no se correspondían con lo que hacían los ministros y demás funcionarios (recuerdo una oportunidad cuando el presidente Humala rememoraba a Juan Velasco en la inauguración de una obra). Ambos rozaron el dígito de aprobación, en su etapa más crítica.

El giro de mediocridad no necesariamente se corresponde con la pérdida de popularidad, pero sí la acelera, al asentar la idea de que el presidente no gobierna. El giro de mediocridad, a su vez, es natural en personalidades que no tienen vocación política (es decir el gusto por crear consensos y atajar conflictosdesde el gobierno), sino que han incursionado en la política como una extensión de sus aspiraciones profesionales o por cierto mesianismo de “salvar al Perú”. Básicamente la historia de todos los presidentes desde Fujimori.

Muchos creíamos que el nuevo gobierno había tomado nota del porqué del destino desafortunado de las presidencias de Toledo, García y Humala. Su cercanía en campaña con líderes de opinión muy conscientes de la importancia de la gestión política pareció abrir un flanco de esperanza. Hoy, determinadas actitudes del gobierno parecen demostrar que no, que ha primado ese sentido común primario de las elites peruanas por el cual “es mejor no meterse en política”. La selección de ministros sin experiencia en la gestión pública (mucho menos en la política), la triste despedida del ex ministro Saavedra y en general la percepción de que el fujimorismo pone la agenda del gobierno pareciera apuntar a un nuevo caso de giro de mediocridad.

El giro de mediocridad no necesariamente se corresponde con la pérdida de popularidad, pero sí la acelera, al asentar la idea de que el presidente no gobierna.

En este contexto dos escenarios son posibles. Conscientes del escenario de minoría parlamentaria al que estará condenado el Ejecutivo por cinco años (más aún, todo indica que esa bancada se va a seguir reduciendo), muchos esperamos que el gobierno y el fujimorismo sean “invitados a pactar” -por no decir llamados al orden- por los defensores del modelo económico, que fueron tan protagónicos durante las campañas de Ollanta Humala. En concreto, que algún tipo de consenso forzado -probablemente fraseado alrededor del crecimiento económico- lleve a una alianza informal con ministros filo-fujimoristas y una agenda estrictamente económica. Esta posibilidad sigue en pie y aún creo viable el ingreso de cierta tecnocracia cercana al fujimorismo a cargos ministeriales (eso sí, alejada del liderazgo de los Fujimori y del partido para no empañarlos el 2021).

El problema en este escenario es que será imposible hacer lógica a un gobierno con una agenda reformista, antiburocrática y liberal en su primera etapa, con una segunda etapa donde prime el sentido común del populismo fujimorista. Los enemigos de la primera etapa (particularmente los sociales, como autoridades universitarias y líderes evangélicos, entre otros) no se volverán amigos en la segunda; y la pesadez de estar dirigidos por un gobierno sin agenda propia podrá llevarnos a un escenario similar a Toledo en 2004 y Humala en 2015.

El problema en este escenario es que será imposible hacer lógica a un gobierno con una agenda reformista, antiburocrática y liberal en su primera etapa, con una segunda etapa donde prime el sentido común del populismo fujimorista.

Una segunda posibilidad es que el gobierno se atrinchere en su liberalismo económico y social y resista las embestidas de la oposición política y social tendiendo puentes con sectores urbanos progresistas (líderes de opinión liberales y de izquierda), apoyándose en el respaldo de plataformas multilaterales y trasnacionales defensores de las libertades y con un énfasis en el manejo comunicacional que los acerque a los sectores menos ideologizados de las clases medias y el mundo rural.

Algo de esto ya se está viendo: el gobierno tiene una estrategia comunicacional en que el Presidente habla directamente a la población (sin leer un discurso prefabricado como en los mensajes a la nación), aunque la falta de un lenguaje confrontacional -el estilo que ha empoderado a personajes como Phillip Butters en la radio- sin duda reduce el appeal del Presidente en sectores de clase media para los que hablar de política pasa por insultar a los opositores.

Este segundo escenario sería un experimento que no hemos visto en la historia contemporánea peruana: un gobierno de derecha defendiendo la esencia del liberalismo (algo que se le reclamaba a la derecha peruana desde la transicióndel 2000 y particularmente tras el informe de la CVR). Aunque loable en su esencia, sería una apuesta arriesgada para el gobierno en el contexto mundial bajo la presidencia de Trump(en que a Estados Unidos le importará poco el destino de un presidente de un país al sur del muro).

Este artículo se escribió antes del temporal de lluvias que cayó sobre la costa norte y central del país en las últimas dos semanas. ¿Cómo cambia esto las perspectivas del gobierno? En lo inmediato representa un respiro a la polarización política que estaba a punto de tener como segunda víctima al ministro Vizcarra por el asunto Chinchero. También ha permitido que el gobierno luzca su estrategia comunicacional a través de la campaña Una Sola Fuerza. En lo sustantivo, el gobierno deberá plantear nuevos énfasis en la política de simplificación que prometió para promover la inversión pública. A estas alturas queda claro que la “política del cemento” o el “obrismo” a la que tanto adhieren las municipalidades del Perú ha llevado a la construcción de infraestructura de dudosa calidad. Es la coyuntura precisa para plantear el debate de la calidad en la infraestructura y para que el gobierno lidere esa iniciativa. Finalmente, el gobierno debe recoger las lecciones del terremoto de 2007 y esquivar los llamados a constituir un “zar de la reconstrucción”. Políticamente solo abrirá otro flanco con el fujimorismo, que estará presto a denunciar cualquier tipo de demoras. Por el contrario, se requiere una respuesta articulada con los gobiernos regionales y locales que bien podría darse en la coyuntura de implementación del nuevo sistema de inversión pública Invierte.pe.

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