Lo que dejó el Óscar: la izquierda de los grandes temas

Mónica Delgado Crítica de cine
Ideele Revista Nº 268
Foto: Youtube

La pasada edición del Óscar quedará en la historia como la ceremonia del papelón, sobre todo por su descuidada logística que hizo que la película con más expectativa y lobby publicitario (La La Land) no recibiera el premio a mejor film del año. Más allá de este traspié protocolar, que hizo ver a Warren Beatty más otoñal que nunca, la entrega anual de los premios de la Academia confirmó dos cosas, que vienen marcando la sensibilidad mundial en torno a la calidad de una película: su influencia en el plano político y la valoración de un film por los “grandes temas” que propone.

A pesar de que todas las estrellas de megaHollywood se mostraron anti Trump y defensores de las libertades en diversidad, sobre todo de los migrantes, la ceremonia de este año ha servido como termómetro de una gran contradicción, la de mostrar un entorno de estrellas con una posición social clara, pese a su rol de élite: cuasi militantes de izquierda, activísimos en sus discursos transformadores y en sus donaciones a través de fundaciones para el tercer mundo. Esta tendencia política de actores, actrices, directores, guionistas, sonidistas, la mayoría agremiados y que tienen como ícono a Meryl Streep, se ha convertido ya en un valor per se para ser considerado un personaje de interés o valorable dentro del circuito industrial de estrellas. Esto permite llamar a la meca del cine como el bastión fashion de una izquierda o centro izquierda de glamour y limosinas.

"Incluso pareciera que si Moonlight obtuvo nominaciones, al igual que Hidden Figures o Fences, es porque al año pasado se criticó en redes sociales la ausencia de actores negros en las nominaciones, un ninguneo que afirmaba que pese al 'desarrollo', Hollywood seguía perseverando en las trabas raciales."

Sin embargo, este parentesco ideológico light, que fue utilizado por diversos políticos en la pasada elección electoral, no aterriza aún en una propuesta contundente en el modo en que Hollywood produce sus films. Siguen trabajando con la misma maquinaria imperial de sus inicios: jerárquica, aleccionadora y aplastante. Incluso pareciera que si Luz de Luna (Moonlight) obtuvo nominaciones, al igual que Hidden Figures o Fences, es porque al año pasado se criticó en redes sociales la ausencia de actores negros en las nominaciones, un ninguneo que afirmaba que pese al “desarrollo”, Hollywood seguía perseverando en las trabas raciales.

Por otro lado, el ejemplo de Moonlight también afirma otro sentido común que Hollywood y su academia han ido afirmando cada año: la premiación de los temas edificantes, a películas que con su mensaje buscan hacer mejores personas y ciudadanos y que aportan a una gran arca de Noé moral sobre el deber ser de la humanidad. Así de grandilocuente es este sentido común sobre lo que es una buena película, donde no se valora su estética, su aporte al lenguaje del cine, su riesgo o inteligencia para proponer un cine distinto a estas alturas de la historia, sino su respuesta a un manual de valoración sobre qué películas deben ganar cada año, y que simplifico así: películas que hagan llorar y que no hagan reír (hace años que las comedias no se premian, porque reír no transforma las almas), films que hablen de problemáticas urgentes sin ser propagandas onegeístas (lucha contra el racismo y discriminación, defensa de las libertades sexuales, feminismo, militancias, héroes cotidianos que revelan la maldad del mundo) y obras que recuerden la necesidad de transformar status quo, aunque esto solo quede en el campo de la ilusión.

"Por otro lado, el ejemplo de Moonlight también afirma otro sentido común que Hollywood y su academia han ido afirmando cada año: la premiación de los temas edificantes, a películas que con su mensaje buscan hacer mejores personas y ciudadanos y que aportan a una gran arca de Noé moral sobre el deber ser de la humanidad".

La mejor película entre las nominadas al Óscar de este año fue Hell or High Water (Sin nada que perder) de David Mackenzie, un western a la vieja usanza que pone en evidencia a un Jeff Bridges de lujo pero también a la vigencia de un género cinematográfico que hace ver como atorado en el tiempo al EEUU sureño y conservador. Sin embargo, el film no se llevó ni un solo premio. Lo mismo pasó con Silence, obra maestra de Martin Scorsese, que solo obtuvo una nominación a mejor fotografía, premio que tampoco ganó, a pesar del trabajo exhaustivo y brillante del mexicano Rodrigo Prieto. Así, Silence quedó como el film más ninguneado por la Academia, pero como no hubo ningún reclamo en redes sociales, no creo que el año que viene brillen las nominaciones a películas de viejas leyendas del cine.

Esta edición del Óscar queda en la historia por su desorganizada ceremonia, por sus descuidos en el modo de hacer espectáculo en vivo, y por quitar el premio a un film y dárselo a otro, quizás la metáfora perfecta para un equívoco sistemático, donde decenas de preseas lucen su brillo en estantes de méritos cuestionables.

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