Los límites del mandatario

Ideele Revista Nº 214

A poco que se conocieran los resultados de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, alguien me dijo: “En el Perú la derecha siempre pierde las elecciones, pero termina gobernando”; después de pensarlo, he llegado a la conclusión de que tal afirmación tiene mucho de cierto. Hasta 1963, con pocas excepciones, el Perú fue gobernado básicamente por la oligarquía, turnándose civiles y militares. Ese año resultó elegido Fernando Belaunde Terry, quien representó en su momento el gran cambio que el país necesitaba pero fue rápidamente envuelto por la oligarquía limeña y terminó haciendo tímidas reformas que podrían ejemplarizarse con la agraria de la ley 15037 de 1964, si se la puede llamar tal cosa.

El descalabro de ese gobierno nos llevó al golpe velasquista que nos enseñó que las reformas no se pueden hacer desde arriba, peor si son improvisadas y la población no tiene la suficiente educación y, en consecuencia, no está preparada. Ése fue el primer fracaso de un gobierno de izquierda en nuestro país, a cuyo término se inició la aventura senderista que tuvimos que sufrir por más de veinte años.

Tras el regreso de Belaunde en 1980, que tampoco tuvo éxito esa segunda vez, se presentó la primera oportunidad para el APRA, cuyo primer gobierno muchos vivimos: la inflación, el descalabro económico, precedido por el fallido intento de estatizar la banca, además de la corrupción, resultaron en otra oportunidad desperdiciada, en este caso por la centro-izquierda.

La elección de Fujimori en 1990, resultado del temor al shock que sembró García desde el gobierno, y el posterior autogolpe, nos mostraron que la derecha, esta vez apoyada por la caída del Muro (1989) y la globalización, era capaz de envolver esta vez a un gobernante improvisado y se hizo eco de aquella frase que dice que “el candidato debe ser de izquierda, pero el gobierno de derecha”. Nuestra sociedad cortesana volvió a maniatar al gobernante de turno de la manera clásica, haciéndole concesiones sociales, usando la franela y participando en la corrupción que luego vimos en los vladivideos.

Los gobiernos más recientes de Toledo y García, dos personajes de origen más bien humilde, son otra muestra de la maestría con que la oligarquía y el poder económico pueden controlar y encauzar a supuestos líderes populares. Ahora, la elección de Humala constituye una nueva oportunidad. Antes que asumiera el mandato se temía que Humala se convirtiera en un presidente con un plan cuidadosamente establecido para eternizarse en el poder siguiendo un modelo similar al de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Sin embargo, lo visto hasta ahora es un Gobierno de composición variopinta y con un rumbo no del todo definido. La pregunta es: ¿Podrá liberarse del control de los grandes intereses que en estos tiempos pertenecen al mundo globalizado? Ojalá sepa utilizarlos y aprovecharse de ellos en beneficio de nuestro país, en especial de los más necesitados.

Como hizo notar en algún momento el politólogo Steven Levitsky, los contrapesos de poder del Gobierno de Humala son muy importantes: el empresariado, entendido como poder económico, y los medios, que tienen la obligación de vigilar que no se salga del libreto. El lado positivo de la situación que estamos viviendo es que han cobrado especial importancia las ofertas electorales, los planes de gobierno y su cumplimiento. Es prioritario por lo tanto que, aprovechando la coyuntura, la prensa y los medios hagan un seguimiento, pero no solo para reclamar lo que les conviene o parece bien, sino incluso lo que no les gusta y preferirían que no se haga. Alguna media está apostando al fracaso del Gobierno, y hay una ofensiva para encontrar “la paja en el ojo ajeno” y tener un gobierno desprestigiado al que puedan manipular, olvidando al país y mostrando que lo único que les interesa es mantener la posibilidad de regresar al poder el 2016 e incluso antes. Esta media solo insiste en los aspectos que favorecen a sus fines, olvidando otros más importantes como la educación y la salud. Tenemos que poner fin a lo que hemos vivido hasta ahora, en que los planes de gobierno y ofertas electorales solo servían para conseguir el voto de los electores. Nunca se hicieron con la idea de cumplirlos. Nosotros, desde el Observatorio de Cumplimiento de Planes de Gobierno, haremos un seguimiento de lo ofrecido. Ojalá nos den el espacio y el eco que se dieron en la campaña a los ofrecimientos y planes de gobierno. Hay que tener presente que lo importante es cumplir, porque ofrecer lo hace cualquiera. Todos debemos estar dispuestos a salir a las calles a protestar si el Gobierno empieza a actuar contra —o busca manipular— las instituciones.

Estamos por primera vez en situación de tener una democracia que vaya más allá de la simple elección, para lo que es necesaria una ciudadanía activa que bien puede ser uno de los corolarios de la polarización vivida antes de las elecciones. Toca a la sociedad civil empoderarse y exigir los cambios. Las grandes reformas se consiguen desde abajo, son producto de la maduración de un pueblo y casi nunca de leyes iluminadoras que lo logran. El fracaso de la Revolución de Velasco debería habérnoslo enseñado a los peruanos.

Un gran amigo, el doctor Luis Tejeda Macedo, me decía, hace algún tiempo, que no era casualidad que desde que el Perú se reinsertó en la economía internacional, todos los ministros de Economía hayan sido tecnócratas. Éstos son impuestos por los organismos internacionales —aseveró—, que prefieren tener personas de su confianza a cargo del manejo económico.

Algo que ya está aprendiendo Ollanta Humala, como ocurrió con los que lo precedieron cuando recién asumieron el mando, es que el poder del primer mandatario tiene sus límites. Cuando el elegido se sienta en el sillón presidencial, se percata de que existen icebergs de poder que están debajo de la superficie y no se ven. Hay cosas que se pueden hacer y otras que no. Las risas de Truman cuando pensaba que su sucesor, Eisenhower, creía que le obedecerían las órdenes, nos dicen con claridad que estos límites no solo existen en el Perú, sino en todas partes.

Las políticas inclusivas tienen que ir más allá del puro populismo. La inclusión social está hoy día muy de moda, porque fue una de las ofertas electorales de nuestro actual Gobierno y también porque mucha gente la entiende como sinónimo de “occidentalización” y la reclama, pero creo que cabe preguntarse si entendida así es el mejor camino en un país como el Perú, lleno de culturas milenarias y distintas que por esta vía podrían resultar perdiendo su identidad.

La globalización tiene el problema de estar occidentalizando y homogeneizando a un mundo de lo más diverso; considero que por ese camino podemos perder muchas de las riquezas de sociedades diferentes que no tienen por qué ser absorbidas por la cultura imperante que, como sabemos, tiene muchos problemas y sin duda no nos hace felices.

Si entendemos “inclusión social” como la generación de oportunidades que permitan la expansión de la libertad de las personas y no su restricción a un “rincón” de la economía, la sociedad y la historia, y también como la integración a la vida nacional de quienes viven apartados, pero que continuarán con sus costumbres y aportarán a nuestra identidad desde sus propias culturas, todos estaremos de acuerdo en que ése es el camino; pero si la idea es más bien que adopten nuestras prácticas y forma de vida, porque creemos que son superiores, tengo la impresión de que varios discreparemos.

La gran pregunta, en este caso, es si quienes pensamos así no nos estamos oponiendo a lo inevitable. Algunos creen que la globalización terminará homogeneizando nuestro mundo, y al final se impondrán los hábitos y valores de Occidente, que ahora es la locomotora a la que siguen casi todos los vagones de nuestro mundo, incluida China. El desarrollo de los medios de comunicación, aseveran, hace imposible resistirse a lo que ocurrirá de todas maneras. Otros sostienen que la agricultura orgánica, muchos de los movimientos ambientalistas y contraculturales no solo sobreviven, sino que se están fortaleciendo.

Como buen idealista, soñador y buscador de utopías, creo que la batalla vale la pena, sobre todo porque me resulta evidente que el sistema no funciona, nos está deshumanizando y cosificando, como ya lo señalaron importantes filósofos del siglo pasado. La preservación de lo diferente aunque parezca inferior a primera vista es una de las riquezas de la humanidad y no tiene sentido que lo perdamos para construir un mundo que no es mejor.

En mi modesta opinión, no hemos llegado al final de la historia, como algunos creen, y solo estamos en una etapa que superaremos de una u otra manera, contra lo que opinan los filósofos posmodernos, más bien críticos del progreso histórico hegeliano. Lo importante es recordar que lo que vivimos, especialmente las recetas neoliberales, no son definitivas, y que probablemente encontraremos otras que nos permitan hacer la vida más llevadera. Así como en el mundo antiguo nadie se imaginaba que sería posible vivir sin esclavos y en la época de la Revolución Industrial tampoco se pensaba que algún día tendríamos el límite de ocho horas de trabajo, las vacaciones, gratificaciones y los otros beneficios de los que actualmente gozamos, ahora no somos capaces de figurarnos lo que nuestros descendientes construirán en el futuro.

Es cierto que a lo largo de la historia han desaparecido un sinnúmero de culturas, pero también lo es que el mundo sería más rico si sus aportes no hubieran sido olvidados. Muchos de los esfuerzos científicos de arqueólogos, geólogos y otros estudiosos no serían necesarios o serían más fáciles y exitosos. El uso que debiéramos darle al extraordinario desarrollo de la comunicación sería el de la preservación de las diferentes culturas que todavía subsisten y no desaparecerlas por la vía de la disimulada imposición de lo que hoy nos parece mejor cuando no necesariamente lo es.

Hay logros que nunca nos propusimos pero que hoy son realidad. En el Perú los gobiernos fueron fracasando uno tras otro, las expectativas de la población no fueron atendidas y los peruanos se vieron en la necesidad de reconocer que los únicos que podrían ayudarlos serían ellos mismos. Este proceso fue bastante más complejo y menos lineal en la realidad, pero pienso que puede resumirse de la manera en que lo he hecho.

Esos años coincidieron con el proceso de migración de las zonas rurales a las ciudades, que se agudizaron con el caos causado por Sendero Luminoso. Unos vivimos zozobra y escepticismo respecto del futuro, otros vieron amenazada su subsistencia y migraron huyendo del terrorismo. Algunos, entre los últimos, pronto se convencieron de que los gobiernos no solucionarían sus problemas y que solo les quedaba su propio ingenio para salir adelante, y, buscando alternativas, crearon empresas informales que hoy son la principal fuente de empleo en el país.

La población ha ido aprendiendo que el camino no es pedirle al gobierno que solucione sus problemas, sino hacer uso de sus propias capacidades para subsistir. Se ha creado conciencia de que la mejor forma de avanzar no es protestando y pidiendo apoyo, sino trabajando y generando riqueza.

No quiero decir que los gobiernos no tengan la obligación de apoyar a sus ciudadanos en la cobertura de sus necesidades (al final, para eso existen), en especial de los más necesitados, sino que el péndulo está de regreso, porque las demandas eran excesivas y los primeros ineficientes y corruptos. Se ha aprendido a no esperar tanto de “Papá Gobierno” y a confiar más en las propias fuerzas y habilidades. Es claro que lo expuesto es también producto de la evolución en el pensamiento político y económico. La caída del Muro de Berlín (1989) nos hizo ver el fracaso de las sociedades totalitarias con las que “Papá Gobierno” solucionaba todo y mostró que, por ahora (no hemos llegado al fin de la historia, si tal cosa es posible), la economía de mercado es el camino más eficiente para el desarrollo económico.

En mi modesta opinión, no hemos llegado al final de la historia, como algunos creen, y solo estamos en una etapa que superaremos de una u otra manera. Lo importante es recordar que lo que vivimos, especialmente las recetas neoliberales, no son definitivas, y que probablemente encontraremos otras que nos permitan hacer la vida más llevadera.

Mas el péndulo se ha ido al otro extremo, y hay quienes creen que el mercado es un dios que puede solucionar todos los problemas; se ha desarrollado así una especie de fanatismo que no tiene ningún asidero en la realidad, ya que ningún país lo aplica por completo. Como los marxistas de antaño, los neoliberales de hoy han construido un sistema teórico que, como los anteriores, terminará aterrizando en la realidad, si algún día se aplica. Espero que tengamos la cordura necesaria y tal cosa nunca ocurra. Hay que dejar de mezclar las teorías económicas y filosóficas con la religión, evitando lo que les pasó a los marxistas que confundieron a un gran filósofo con un líder religioso, y que hoy quieren repetir algunos neoliberales que, como dije, han creado un nuevo dios: el mercado.

Algunos de ellos pueden llegar a extremos inconcebibles. Recuerdo a uno que me dijo que la crisis del 2008 pudo deberse a un exceso de regulación y no a falta de ésta, como sostienen los expertos, porque la actividad financiera era y es una de las más reguladas. Esto último es cierto, pero afirmar que causó la crisis, cuando los hechos dicen lo contrario, es una aberración.

Si algo deberíamos haber aprendido es que hay que tomar los aportes teóricos con pinzas y recordar que su única prueba de validez se da cuando se aplican a la realidad. Por otro lado, para alguien que viva en el Perú de nuestros días, resulta obvio que necesitamos fortalecer al Estado en aspectos claves como la capacidad de recaudar, fiscalizar el cumplimiento de las leyes, administrar justicia de manera fluida y eficiente, proveer acceso universal a la salud y la seguridad social y mejorar la calidad de la educación estatal.

Nuestro Congreso es un pequeño retrato del Perú. Cumple a cabalidad su papel de representación. Allí podemos vernos como país en todas sus miserias. La institucionalidad es todavía muy pobre y esto es en especial palpable en los partidos políticos, si así podemos llamarlos. Los miembros de la clase política, con muy pocas excepciones, están allí para lucrar y enriquecerse. La política entendida como servicio al Perú casi no existe. Cuando un gobierno es elegido, lo que tenemos que hacer todos es tratar de que tenga éxito y no intentar por todos los medios que fracase. Parte de la labor de la oposición es fiscalizar, y es útil que cumpla con esta tarea, pero tampoco se trata de “buscarle cinco pies al gato”. Casi no está haciendo un trabajo constructivo. Sería bueno que trabajen en legislar y no a favor de los grandes lobistas, sino de las mayorías de este país, en especial de los más necesitados.

El periodismo sucumbe al sistema y hace eco y escarnio de las noticias que venden (el negocio es lo primero) y olvida o posterga las importantes. La principal labor de los medios es informar, pero son responsables también de educar, y de esto último, en su mayoría, se han olvidado.

Es importante que, de una vez por todas, los medios, la clase política y la ciudadanía en general entiendan que vivimos una democracia con separación de poderes y respeten los diferentes fueros sin inmiscuirse ni tratar de manipularlos. En el Perú se sigue creyendo que el Presidente es una especie de Rey que puede invadir los ámbitos de los otros poderes del Estado. Si descendemos al detalle de las noticias recientes, pienso que sería conveniente dejar que las instituciones encargadas asuman sus responsabilidades dejándolas trabajar, con lo que no quiero decir que hay que dejar fiscalizar, que es otra tarea que tienen los medios, pero no haciendo escarnio y escándalo por cosas que no tienen importancia. Hay muchas otras que, porque no venden, son dejadas de lado.

La fijación de metas en los principales índices con que se mide el desarrollo de un país debe ser parte del programa de este Gobierno. Por eso aplaudí el discurso de Salomón Lerner ante el Congreso, ya que parcialmente lo hizo, fijando incluso plazos que sabe luego le serán enrostrados.

A los cien días vemos que se han cumplido algunas de las ofertas electorales, como la promulgación de la Ley de Consulta Previa (29785), el aumento del salario mínimo, el impuesto sobre la utilidad operativa a las empresas mineras, Pensión 65, la creación del Ministerio de Desarrollo e Inclu¬sión Social, y la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción se verá muy pronto.

Más es importante tener presente que no basta con aumentar significativamente los presupuestos de Educación y Salud. No es suficiente la asignación de más recursos; es necesario que se usen bien. Por ejemplo, se ha aprobado un presupuesto de S/.1.429 millones para cinco programas sociales en el 2012: Juntos (S/.822 millones), Pensión 65 (S/.241 millones), Cuna Más (S/.190 millones), Beca 18 (S/.136 millones) y Servicio de Atención Médica de Urgencias (S/.40 millones), pero lo que sigue, de ahora en adelante, es bastante más difícil: la capacidad de gestión y la eficiencia en el gasto.

En cualquier caso, la publicación de “Perú en 100 días de Gobierno” es también motivo para felicitar a Gana Perú, especialmente a Salomón Lerner. Otra cosa que merece mi aprobación es que Humala haya admitido públicamente que no cumplirá su promesa de un hospital por provincia, explicando por qué, ya que eso muestra la disposición a dar cuenta a los que lo eligieron del cumplimiento o no de sus promesas. Hay que tener en cuenta que ni las promesas electorales ni un plan de gobierno pueden convertirse en camisas de fuerza. Siempre el gobernante puede optar por no cumplir si da una explicación válida.

Por desgracia, hay también aspectos negativos. Humala no ha podido escapar a la maldición de tener que repartir los cargos de gestión entre allegados políticos y su soporte de campaña. Hay casos de notoria incompetencia y otros en los que la necesidad de repartir puestos entre facciones distintas (mariateguistas, nacionalistas, comunistas ortodoxos) está produciendo parálisis. Al día siguiente de que el Presidente apareciera dando declaraciones en televisión después de algún tiempo, la primera página de La República  resumió muy bien los aspectos tranquilizadores de sus comentarios. Citaba seis frases:

1. Compromisos: “Quiero que me recuerden como un Presidente que no robó y cumplió sus promesas”.

2. Indulto: “No podemos tener una política de indultos particular, pero nadie debe morir en la cárcel”.

3. Medios: “Yo prefiero una prensa que tenga libertad a una prensa parametrada”.

4. Amnistía: “La amnistía general no es una posición del gobierno”.

5. Antauro: “Él no es un actor político. No comparto ninguna de sus ideas”.

6. Constitución: “Para el gobierno (la) reforma constitucional no es una prioridad”.

Creo que respondió a los temores de muchos, sobre todo después de su discurso en Asunción, Paraguay, durante la XXI Cumbre Iberoamericana. Lo que sí vale la pena es hacer notar cómo se “interpretan” ciertas declaraciones. Un importante diario puso un titular que decía: “Humala descarta pedir cambio de Constitución”. Como dije, se busca que el Gobierno haga lo que algunos quieren; en otras palabras, se intenta manipularlo.

Considero que este Gobierno está pagando su inexperiencia, pero sobre todo su falta de institucionalidad partidaria, que, como he señalado, es uno más de los problemas de nuestro Perú. Me temo que el tema de la corrupción saltará de cuando en cuando, porque es evidente a estas alturas que Gana Perú no es la excepción a la clase política peruana. Por otro lado, preveo disputas de poder a nivel del Gabinete Ministerial. Recordemos que el gobierno de Fujimori se consideró también como un triunfo sobre la derecha y se inició igualmente con una composición variopinta, pero al final la derecha terminó manejando el país, como ya comenté. Hoy el Perú es un poco más fuerte institucionalmente, sobre todo a nivel de las organizaciones de vanguardia (defensores de los derechos humanos, del medio ambiente, etcétera). Ojalá que puedan ser un verdadero contrapeso al poder económico y de los medios de comunicación. A estas alturas, ya sabemos que les pueden ganar las elecciones, pero, como nos lo dice la historia, eso no basta.

Hay dos temas adicionales. El primero: como ya hemos podido notar con los recientes sucesos de Andahuaylas, al Gobierno se le viene la presión de su “ala izquierda” reclamando que se haga lo inviable o lo indebido, y que habrá movilizaciones, paros y agitación social. Sin un proyecto claro y capacidad de generar consensos nacionales, el Gobierno será minado por la derecha y por la izquierda, por encima y por debajo de la línea de flotación.

El segundo: es indispensable tener gerentes en los lugares claves para la inclusión social, pero no se nota esa tendencia en salud, seguridad social, ni en la parte más ejecutiva del sector Educación. Si los proyectos no se ponen en marcha, es probable que al Gobierno le pase lo mismo que a Susana Villarán: antes del año de gestión, pasará del 60% de aprobación al 25% o menos, haciendo complicada la gobernabilidad, y el país y la democracia estarán en riesgo de que reaparezcan las alternativas más retrógradas.

Quiero terminar planteando un asunto muy específico y técnico vinculado a mi especialidad profesional, pero en el que se están jugando los intereses de los ciudadanos que contratan seguros frente al poder económico y que de alguna manera mostrarán hacia qué lado se inclina la balanza. Hace muy poco tiempo el congresista Javier Bedoya de Vivanco rescató y presentó un Proyecto de Ley de Contrato de Seguros que fue preparado a fines del gobierno de Toledo por una comisión de la que formé parte y que se había quedado refundido en el olvido, porque había y hay interesados en preservar el statu quo, que es el Código de Comercio de 1902, inspirado en el español de medio siglo antes, es decir, que es como si no hubiera nada. El proyecto que indiqué está actualmente en las comisiones de Justicia y Economía. Esperemos que esta vez vea la luz, aunque ya tengo noticias de que entre las sombras se mueve gente para tratar de encarpetarlo otra vez.

*El autor es Abogado, magíster en Derecho de la Integración y en Derecho Constitucional, Master of Business Administration (MBA), graduado en Lingüística y Literatura, además de en Filosofía, en que también es magíster. Es fundador y Director Ejecutivo del Observatorio de Cumplimiento de Planes de Gobierno, profesor universitario, árbitro de la Cámara de Comercio y conferencista. Publica habitualmente en revistas jurídicas y en los principales diarios de Lima. Asimismo, es Presidente y Director de varias entidades del sistema asegurador; y miembro de diversas asociaciones y colegios profesionales. Director Ejecutivo del Observatorio de Cumplimiento de Planes de Gobierno.

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