Los muertos del ayer

Ideele Revista Nº 261

Un cuento del escritor Enrique Barreto Lineras.

La joven y bella Gina Concepción Del Giudice tenía tanto miedo que corrió a esconderse. Cruzó la calle de tierra con una rapidez inesperada, casi con violencia, y se ocultó en la casa de una vecina, que en una fracción de segundo la llamó por su nombre.

Todos los presentes nos quedamos con un nudo en la garganta, pues era el día de su boda. El novio, que era un hombre con la virilidad, buenas maneras y elegancia de los de antaño, era hijo de una familia de terratenientes costeños, y había llegado a Pucallpa cuando ésta comenzaba a ser una ciudad industrial, hace más de cuarenta años. Su nombre era Aldo Acosta, y era además diestro en las artes de la equitación y la conversación. Su carácter amigable, su carisma y sus dotes de buen bailarín de marinera, junto con su acertada visión empresarial, le habían abierto muchas puertas y acercado a Gina Concepción Del Giudice, mujer inteligente y de inmenso corazón que vivía con sus tíos desde que perdió a su mamá, allá en su niñez. Hasta ese momento pocos sabían que tenía dos hermanos.

La boda y la fiesta iban a ser en mi barrio de una sola calle en pendiente, y todos estábamos muy felices. Ya habíamos decorado las fachadas de las casas y puesto las rutilantes luces de colores en todos los árboles, pues pensábamos divertirnos toda la noche. Mi vecina Dora había preparado la torta y los bocaditos, y más tarde iba a preparar los manjares que sólo ella sabía hacer; los primos de Gina habían puesto las cervezas a congelarse; y mis amigos y yo pusimos mecedoras por doquier, unos potentes parlantes negros a mitad de la cuadra, y unos bancos de madera afuera de la casa de Ricardo Bardales, en donde, a pedido de sus padres, la novia se vestiría. Gina salió radiante, con un par de rosas rojas sin abrir decorándole el cabello negro, un vestido sobrio que resaltaba su silueta, y un maquillaje sencillo que no hacía otra cosa más que relucir su piel nacarada y sus rubores naturales.

Eran las diez de la mañana, y Gina y Aldo se daban un emocionado beso de confirmación ante la funcionaria civil. Los tres tenían un semblante de alegría, y estaban ubicados debajo de una ponciana que les brindaba frescor y rumoreaba con el viento. La dicha se volvió entonces contagiosa, y todos sin excepción nos dispusimos a brindar por esta pareja joven. Pero en eso escuchamos un grito agudo de mujer, que venía desde atrás. Al voltear las cabezas, vimos a dos hombres con las miradas fijas en Gina. Eran de similar estatura, altos y fornidos, y estaban vestidos con camisas claras, y correas, pantalones y botas de vaqueros. Uno de ellos tenía las patillas largas y un rostro pálido; y el otro, una barba de cuatro días, una mirada ingenua y temerosa a la vez, y unas ojeras de policía nocturno. O quizás de hombre nostálgico y arrepentido.

Todas estas características aumentaban el aura indescifrable que se percibía detrás de sus amplias sonrisas, y nos desconcertaron desde ese instante. Gina los observó por unos minutos, y entonces corrió a la casa de mi vecina, ante la sorpresa del novio, que deseando saber qué sucedía, fue tras ella. Los demás nos mirábamos, y mirábamos en silencio a los recién llegados, que no obstante lucían confiados y serenos.

La incertidumbre se hacía cada vez más grande, y una tensión de muerte se esparcía sigilosa y lenta, como la neblina de la madrugada. Lo mismo hacía la tenue música, que alguien puso para calmarnos a todos y recordarnos que era un día de fiesta. Y el papá de Ricardo, con su bigote blanco, su piel tostada levemente, pero de forma pareja, su jovialidad y su simplicidad ante los momentos difíciles, se acercó a ellos. Con su característica voz de bebedor y su tono de apertura, los llamó por sus nombres, que eran Alfredo y Alonso Del Giudice. Luego se colocaron en uno de los bancos y destaparon una cerveza.

Aunque la fiesta comenzó un rato después, sin los noveles esposos, la tensión todavía flotaba alrededor. Un grupo de mujeres hablaban en voz baja e intercambiaban miradas furtivas, mientras los jóvenes abrían las cervezas y se reían con y sin ganas. Como yo no lograba atar todos los cabos, me acerqué hacia Evelyn, mujer robusta que pese a su lengua de víbora, era disculpada por ser la memoria viva del barrio. Evelyn observaba todo con cierta burla, y al parecer ya le picaban los labios y la lengua por hablar. Se balanceaba en su mecedora, casi muerta de risa, y no esperó que me siente a su costado para abrir la boca.

- Mira joven, te voy a contar. Ellos dos son los hermanos de Gina, pero se fugaron luego de que murió la mamá. ¿Por qué? Pues porque son unos muchachos descarriados. Al mayor, que es Alfredo, se le notaba desde muy pequeño que no terminaría bien. Era triste, joven, ver cómo andaba. Si yo hubiera sido su madre, hace rato que le habría corregido. Un par de correazos, y asunto arreglado. Pero no ha sido así, y mira cómo han terminado.

Evelyn tenía las mañas de una narradora vieja, y esperaba que yo le pregunte constantemente, para que así me envuelva a su antojo en la fina telaraña que eran sus relatos.

- Los dos son hijos de mala leche, joven. No lo dudes.
- ¿Pero por qué?
- El Alonso tenía salvación, pero admiraba mucho a su hermano, que era mafioso, ladrón y alocado como un aprista que yo conozco.
- Ya, ¿y luego?
- Pues una tarde, Alfredo robó una escopeta de dos cañones a un vecino de la otra cuadra, y con ella comenzó a asaltar a los turistas. Los llevaba a un extremo de la ciudad, a donde no iban ni las almas, y los amarraba a una lupuna gigante. Luego les despojaba de todo, y si eran mujeres, las violaba. Como el asunto ya estaba llegado a mayores, doña Lorenza, su mamá, lo amenazó con entregar a la policía.
- ¿Y ahí se acabó todo?
- No, joven, no sea iluso. ¡A la hora en que le amenazó! Alfredo convirtió a su hermano en otro delincuente, y un buen día los dos mataron a su mamá, que terminó mutilada y con el rostro irreconocible. Desde entonces no se volvió a saber de ellos.

En ese momento comprendí el pavor de Gina, pues seguramente yo hubiera reaccionado igual. O quizás no: los hubiera enfrentado a golpes. De repente se abrió la puerta de la casa, y salió ella. Un poco adolorida y con los ojos hinchados por el llanto, dio unos pasos. Pero no se atrevió a llegar hasta sus hermanos.

Entonces Alfredo fue a su encuentro, y con un tono que podría ser de sincero arrepentimiento como de la más perversa frialdad, dijo:

- Vinimos a compartir tu felicidad.

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