Nada es más humano que el crimen

Ideele Revista Nº 268
Foto: Perú21.

En un viaje en auto me enteré de la matanza de Independencia perpetrada por Eduardo Romero Naupay. Me tocó escuchar por la radio durante casi una hora los comentarios más absurdos.

Después de dar escabrosos detalles de los hechos, los periodistas convocan a los “expertos“ que siempre están dispuestos a librarnos de culpa. Decían, categóricos, los profesionales consultados que el sujeto había buscado matar mujeres (basándose en que hubieran muerto más mujeres que hombres); que se trataba de un asesino serial (porque habían sido muchos los muertos y heridos); que se trataba de un psicópata; que se trataba de un enfermo mental, y de ahí en más todos concluían que la solución pasaba por la elaboración de una política de salud mental.

El jefe de Psicología de Solidaridad Salud, llegó a decir, muy suelto de huesos, que más del 50% de peruanos presenta problemas psicopáticos.
¿Problemas psicopáticos? ¿Serán psicopáticos los problemas, doctor Núñez Patiño? ¿O serán psicopáticos los rasgos de algunos? ¿Y si a esto se refería, en qué se basa para decirlo? ¿Sabrá de algún censo de salud mental del que no nos hemos enterado? ¿O se habrá hecho una encuesta de opinión? (¿“Es usted un psicópata?", "¿Tiene problemas psicopáticos?”).

Sin embargo, esa aseveración tan infundada como irresponsable se convirtió en portada de un pasquín y fue replicada como noticia en varios medios, incluido RPP noticias.

Otro consultado en calidad de experto decidió que las fotos que Romero exhibía en su cuenta de Facebook con armas demostraban atisbos de una personalidad desequilibrada y agresiva. No vale, doctor Henderson, diagnosticar de agresivo a alguien después de que ha matado a cuatro y herido a nueve. 

El micrófono ejercía una enorme atracción, aunque no tuvieran nada que decir que no hubieran dicho hasta el cansancio los periodistas y “tu opinión importa”. ¿Importa circular los sentidos comunes más primarios y retrógrados?

¿Importa darle el micro a Beatriz Mejía para que diga que el currículo de género incita a la homosexualidad? ¿Importa que Butters se mantenga en los medios a pesar de promover el odio, la misoginia y la homofobia? Sí, importa, porque ellos también nos representan. Los Romero, los Toledo, los Butters, los Cuba son parte de nosotros, los producimos.

En lo que respecta al crimen de Independencia, algunas declaraciones coinciden con las posiciones del movimiento “No te metas con mis hijos”.  Es como si dijeran: “No te metas con mi equilibrio”. Los malos son los otros, los desequilibrados son aquellos, los corruptos son otros. Nosotros estamos todos bien.”

Se parapetan detrás de la psicopatología individual de los “desviados”, los que matan, los que golpean, los que coimean. Son enfermos, son locos, tienen problemas psicopáticos. Son monstruos. Se les deshumaniza y luego ya no importan, son deshechos.

La mala noticia es que estamos hechos del mismo material de Romero Naupay.

"Es como si dijeran: 'No te metas con mi equilibrio'. Los malos son los otros, los desequilibrados son aquellos, los corruptos son otros. Nosotros estamos todos bien'".

Miller dice que lo que parece más inhumano ha sido reintroducido en lo humano por Freud y que en ese sentido el crimen “desenmascara algo propio de la naturaleza humana”.  Porque al lado de las pulsiones de vida, que ligan, que construyen, están las pulsiones destructivas, también llamadas de muerte, y la existencia humana se juega permanentemente en la tensión entre ambas.

Somos sujetos divididos: El buen hijo que vendía salchipapas para mantener a su madre era el mismo que mató e hirió a mansalva. Y el valiente suboficial Lorenzo Machaca, que fue condecorado por abatir a Naupay y salvar de morir a muchos otros parroquianos que se encontraban esa noche en el centro comercial de Independencia, sería también un maltratador, un abusivo que usa su arma de salvar para amedrentar a su esposa, para imponer su voluntad sobre la de ella.

Psicopatologizar la violencia no es un mal negocio.  Por lo menos nos ahorramos la tarea de asumir la responsabilidad que nos toca como sociedad:

Asumir que la violencia contra las mujeres no tiene que ver con la intrínseca maldad de los hombres sino con una cultura machista que a pesar de los logros todavía se resiste a conceder a las mujeres un verdadero lugar de valor en la sociedad, y que sigue usando la violencia como herramienta de control sobre sus deseos. Asumir que la violencia cotidiana y la inseguridad que ella conlleva tiene que ver con la exclusión, la discriminación, el racismo, el abandono, la falta de goteo, la inconmensurable brecha entre ricos y pobres, la obscenidad con la que los medios nos empujan al consumo al que no pueden acceder grandes grupos de nuestra sociedad.  Asumir que el neoliberalismo empuja a ambos padres -cuando hay padre- a jornadas interminables, mientras que a los niños los acompaña y forma la televisión basura que propalan unos medios a los que, a pesar de ser concesiones, no hay Estado que les ponga coto, que negocie contenidos que no embrutezcan sino ilustren. Porque cualquier intervención despierta la paranoia del estatismo.

Ni siquiera se puede decidir incluir la perspectiva de género en el currículo. Los padres pueden educar a sus hijos como consideren más adecuado, pero no pueden maltratarlos. La ley pone límites a la Patria Potestad. Asimismo, el Estado tiene el derecho y la obligación de establecer definir una política educativa cuyos contenidos promuevan el respeto por la diferencia, la equidad y la democracia.

El único que le ha respondido a la Iglesia es el ministro de Cultura, pero no para decirle al obispo de Arequipa que el Estado es laico, sino para hablarle de compasión cristiana. Son muy respetables las convicciones cristianas del ministro de Cultura, pero alguien desde el Ejecutivo tiene que decirles fuerte y claro a los curas que deben limitarse a predicar en los púlpitos y no hacer política en las plazas públicas.

Somos un Estado laico sólo en el papel. En la práctica, los funcionarios siguen jurando frente al crucifijo y sobre la biblia (esta vez con excepción de Jorge Nieto) y se convoca a Cipriani para ser mediador político.

El Estado ausente de muchas esferas de la sociedad cede espacio a las Iglesias y ya sabemos que tanto el Ejército como la Iglesia funcionan con la lógica del pensamiento único, de la uniformización.  No se tolera la diferencia, el otro diferente constituye siempre una amenaza, una desestabilización. Así es el fanatismo: “la afirmación del sí mismo, cabalga inexorablemente sobre la negación del otro”.

"Somos sujetos divididos: el hijo que vendía salchipapas para mantener a su madre era el mismo que mató e hirió a mansalva. Y el valiente suboficial Lorenzo Machaca [...] sería también un maltratador que usa su arma para amedrentar a su esposa, para imponer su voluntad sobre la de ella".

El criminal no es distinto de nosotros en su estructura psíquica. Por eso, no tiene sentido intentar elaborar un perfil o hablar de una psicopatología particular en la que coincidan todos lo que empuñen un arma para matar. El crimen tiene que ver con la dinámica inconsciente, con la subjetividad que sólo se produce en la relación con el otro, con el modo en el que se ha incorporado la ley, con el conflicto entre las pulsiones de vida y de muerte.

Hablar de él sólo en términos de psicopatología producida por un desarreglo genético u hormonal, reducirlo a un cuadro nosológico que coincida con alguna de las etiquetas del Manual de Psiquiatría, nos impide ver más allá, nos exime de prestar atención a la singularidad de su subjetividad, al contexto social que lo rodeó y que rodea a muchos Romero que no matan de a nueve pero que encuentran en el crimen una forma de recuperar el orgullo.  No para eximirlos de responsabilidad sino para intentar entender las causas subjetivas de la transgresión,

Dice Héctor Gallo que “El delito no es todo desadaptación; también es una forma de tratamiento subjetivo de lo que no marcha en la sociedad”. 

El empuje al consumo del capitalismo neoliberal ha disparado las ansias de tener pero no ofrece los medios para poder. El problema es la falta de expectativas. Delinquen “quienes tienen aspiraciones para alcanzar las metas prescritas por la sociedad” y no pueden materializaras, señala un informe del PNUD.  El narcotráfico, y el crimen en general, ofrecen lo que el sistema niega.

Ya podríamos ir encargándonos de eso, que hace rato estamos atrasados.

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