Tejiendo colores y mitos en el Valle del Mantaro: Retrato de un pintor huanca

Annie Thériault Investigadora Revista Ideele
Ideele Revista Nº 199

Cronista de su tierra, su gente y sus tradiciones. Como una suerte de himno a los versos de Vallejo, la obra del reconocido pintor huancaíno Josué Sánchez Cerrón exalta y cuenta, como si fuera un canto colectivo o un libro abierto, las noches plagadas de estrellas, las chacras de mil colores, la siembra y la cosecha, las fiestas rituales andinas.

La pintura de Sánchez, cuya belleza reposa en una vuelta a los orígenes y se presenta como una expresión del ser del Ande, rinde homenaje a un mundo andino no solamente vivo, sino en movimiento y pluricultural. Se nutre de las emociones de la vida agrícola y comunitaria del Valle del Mantaro, de la historia y del legado cultural prehispánico, de la mitografía andina tripartita y de las expresiones del arte popular. Pero también denuncia la deshumanización del mundo urbano y las amenazas que pesan sobre la Amazonía.

Toritos de terracota

Sánchez, quien en realidad es escultor, no ha tenido jamás la intención de convertirse en pintor. Más bien, hubiera querido ser músico.
Muchacho, en el Huancayo de los años 50, Sánchez vivía cerca de una fábrica de tejas de barro. A cambio de una propinita, confeccionaba pequeñas esculturas de toros e iglesias de terracota para la fábrica, que obsequiaba a sus clientes. Y junto a su madre, quien urdía pukuyakatas o mantas, Sánchez fue iniciado en la armonía de los tintes y colores, y también en el de las texturas.

“Yo la ayudaba con los urdíos y circulaba con las manos llenas de hilos de diferentes colores. Eso también me ayudó mucho, porque utilizo esos colores en mis pinturas, los colores fuertes. Siempre me ha gustado la exaltación de los colores”, recuerda Sánchez.

Obligado a abandonar el Conservatorio para cuidar de su madre gravemente enferma, Sánchez, “para no perder el tiempo”, comenzó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Huancayo. Bajo la dirección del maestro Alejandro Gonzales Trujillo, el joven estudiante supo reproducir con minuciosidad los apacibles paisajes y motivos de inspiración Chavín, Mochica, Paracas y Nazca.

“Un día se me ocurrió llenar mis dibujos de colores. Con temor los mostré a Gonzales Trujillo. Pero se maravilló. Así, en 1969, un año antes de terminar los estudios de arte empecé con una primera exposición. Desde entonces decidí seguir con la pintura y el dibujo”, señala Sánchez.

Viene del pueblo y va hacia él

La fuerza plástica y la gracia de las obras de Sánchez dan a la pintura andina un frescor particular. Sus telas, inspiradas por la labor de los artesanos y de los campesinos de la región, así como por la vida comunitaria, dan vida a una amplia gama de personajes. Se trata de seres cotidianos, y los motivos que los rodean son extraídos de la iconografía Mochica y Nazca, pero retrabajados con una sensibilidad moderna. Los colores puros, incendiarios y contrastantes, cuentan el gozo y las fiestas, pero también, desde hace unos años, la pobreza, la violencia y la confrontación entre el mundo indígena y el occidental.

Según Josué, su estilo y su pasión por la pintura se afirmaron realmente en 1973, en la iglesia de la comunidad de Chongos Altos, situada al sur de Huancayo. Allí, cubriendo pared tras pared con imágenes que narran el Antiguo y el Nuevo Testamento, Sánchez rindió un homenaje no solo a la educación religiosa que él recibió de su padre, un pastor evangélico que habitó la iglesia de Warivilca, sino también a la realidad, el orgullo y la belleza del mundo andino, donde se yuxtaponen lo mítico, lo religioso, la realidad y la alegoría, los Apus y los santos.

“Un jesuita francés quiso que se pintara una iglesia. Me emocioné porque vi inmensos muros, pero la primera cosa que le dije fue: ‘Si vamos a pintar eso, yo no quiero nada de juicio final’. Hemos tenido 500 años de dominación de una u otra forma y siempre los mensajes de la Iglesia son para humillarnos, que somos pecadores, que vamos al infierno y todas esas cosas. ¿Seguimos con la cabeza por abajo? Ya no”, señaló Sánchez.

Perfil

Josué Sánchez (Huancayo, 1945) es uno de los pintores más representativos de la sierra central del Perú.
Egresó de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional del Centro de Huancayo (1965-1970).

Realizó murales: en la iglesia de Chongos Altos en 1973, en el centro minero de Morococha en 1982, en el Santuario de Missio en Aachen (Alemania) y en la iglesia del Espíritu Santo en 1983. Además, hizo un mural en el Convento Franciscano Santa Rosa de Ocopa en 1993 (400 m2).

Ha ilustrado más de cien libros de autores peruanos y extranjeros. Se le encargó hacer la portada y dibujos interiores del libro de José María Arguedas Dioses y hombres de Huarochirí.
De sus más de 2.000 pinturas, muchas han sido expuestas en el Perú y Europa (Alemania, España, Francia, Inglaterra, Suiza).

Vive en Huancayo, con su esposa y su hijo.

Pintura es color

Lograr un nombre no fue sencillo para Sánchez, quien aún recuerda su primera exposición en la gran capital, en 1974.

“Fue todo un cargamontón de la gente. Trataba de ignorar las acerbas críticas de los profesores de la Escuela de Bellas Artes de Lima invitados por la galerista, que encontraban insoportables mi pintura plana y el restallante colorido de mis cuadros. ¿Por qué los colores planos? ¿Por qué la perspectiva sin dimensiones y la ausencia de sombras? ¿Por qué tienes que usar el negro? El negro no se usa. ¿Por qué el rojo tan violento? Entonces yo les dije: ‘Pero si son colores. ¿Y qué es pintura? Pintura es color’”, recuerda Sánchez.

Para sorpresa de todos los presentes —y especialmente de Josué—, llegó a la galería la famosa escultora boliviana Marina Núñez del Prado. Y, en voz alta, le dio el espaldarazo y la confianza que necesitaba para consolidar su estilo basado en una estética andina: “¡Qué maravilla, Josué! ¡Esta exposición en París, hoy, sería un boom! Esto sí es andino, esto sí es nuestro”.

Ni ciego ni sordo

Las primeras obras de Sánchez poseen un tono poético y casi bucólico. Como una celebración lírica de la vida cantada por los pájaros despintados en sus telas y cartulinas, los campesinos parecen vivir en plenitud con la naturaleza. Vacantes en sus ocupaciones cotidianas al ritmo del ciclo agrario, estos hombres y mujeres forman parte intrínseca de un paisaje inalterable e infinito, no contaminado por la expansión urbana, la civilización occidental o la violencia política.

“Estos cuadros nos hablan de la vida del campo; es el ciclo agrario, el ciclo ganadero, las fiestas. Pero este estilo ya me satura un poco. Siempre estoy evolucionando y trabajando otras cosas. Más abstractos. Hay cambios. Sí, he empezado con un trabajo más crítico. Un artista no puede ser tampoco ciego ni sordo de lo que está pasando”, señala el pintor.

Es cierto. Desde hace algunos años, el estilo y los temas trabajados por Sánchez han evolucionado. Son más oscuros, más duros. Ciertas obras, como Ayacucho y Selva trágica, despiertan no solo los fantasmas de la época de la violencia, sino que denuncian además la actual destrucción y explotación sin límites de nuestra Amazonía.

“Nuestra selva está quemando y ardiendo”, dice Sánchez. “Y hay que denunciarlo.”

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