Un relato imborrable: memoria histórica y reparaciones en el Perú

Ideele Revista Nº 269
Imagen: Edilberto Jiménez

Estamos en pleno siglo XXI y me aterra la inhumanidad en la que vivimos. No es necesario contarles al respecto, no es más que se sienten 10 minutos a ver las noticias y tendrán suficientes razones para salir espantados. Pero si hay algo que me aterra aún más, es la insensibilidad ante el dolor y la injusticia cuando los que las sufren están tan cerca.

Hay una historia sobre tiempos en que los campos eran arrasados, las casas destruidas e incendiadas, los hombres torturados, masacrados y desaparecidos, las mujeres violadas, una y otra vez. Los que ejercían la violencia consideraban a sus víctimas inferiores, por pertenecer a un grupo étnico distinto y por hablar otra lengua, a pesar de haber nacido en su misma tierra. ¿Me creerían si les digo que han trascurrido cinco, diez, quince, veinte años, y sigue pasando el tiempo, y a muchos nunca les ha importado que la violencia haya arrebatado 69.280 vidas y que el país se hubiera desangrado? Este relato no está inspirado en tierras lejanas del continente africano o asiático, no, este es un fragmento de la historia reciente del Perú. La historia que muchos no le han contado a sus nietos y de la que, lamento decirles, son cómplices por su silencio e indolencia.

Evidentemente, los miles de peruanos que sufrieron el conflicto armado no están de moda y paseándose por los medios de comunicación; no hacen parte de la trama de Odebrecht, no juegan en la selección de fútbol que fantasea con clasificar al mundial, y mucho menos hacen parte de las disputas pseudoideológicas que se dan en el Congreso. No obstante, ellos han llevado el peso de la historia y tienen ustedes, en sus manos, el mandato ético y moral de no dejarlos en el olvido. El Perú pide a gritos una historia inclusiva, que requiere de construir nuevos relatos. El relato de quien sufrió, de quien resistió, de quienes están muriendo sin ser escuchados. No habrá jamás compensación que valga, si no se reconoce y dignifica a quienes vivieron el rigor de la violencia.

Y es que recientemente he visto que la institucionalidad competente (la Comisión Intersectorial de Alto Nivel -CMAN- desde el Ministerio de Justicia) ha tenido un despertar del entumecimiento en que se encontraba. Ahora bien, mis líneas aquí no se ocuparán de si la entidad está haciendo o no una buena gestión (porque, por supuesto, esa no es mi labor), pero tengo que confesarles que identificar, desde la distancia, que se intentan reparar las consecuencias de las graves violaciones que tuvieron lugar durante el conflicto armado, da un poco de aliento y es un llamado a la acción.

La reparación no es una tarea fácil. De hecho, es tan compleja que hay mayores probabilidades de fracasar en el intento que de salir bien librado. Sin embargo, es una de esas luchas justas y  moralmente ineludibles que hay que dar, a pesar de la dificultad de cumplir con su objetivo a cabalidad. Tanto horror, tanta barbarie serán imposible de reparar, pero es jurídica y éticamente condenable no hacerlo.

Pues bien, teniendo en cuenta las particularidades del caso peruano, y el tiempo que ha pasado, estoy convencida de que las reparaciones, si realmente se quiere que tengan un verdadero impacto, deberán ir acompañadas de tres aspectos fundamentales: un fuerte y dedicado trabajo de recuperación de la memoria histórica, tener un enfoque intergeneracional y tener un enfoque diferencial. A continuación, me referiré brevemente a cada uno de estos aspectos.

"No habrá jamás compensación que valga, si no se reconoce y dignifica a quienes vivieron el rigor de la violencia".

Las reparaciones y la recuperación de la memoria histórica

No voy a insistir en los debates de la memoria, que bien se dieron durante la década del 2000 en el Perú. Ya todos sabemos que la existencia de diferentes interpretaciones del pasado conlleva a que es impensable encontrar una memoria, una visión e interpretación única de lo ocurrido compartida por toda una sociedad. La apuesta aquí de las reparaciones (en este caso las simbólicas) y su trabajo con la memoria es facilitar espacios comunes fundamentados en hechos del pasado para construir un futuro compartido. Es propiciar escenarios de concertación y reconstrucción de significados de ese pasado violento, que permitan reinterpretar y dar un nuevo sentido al dolor, a la pérdida y al sufrimiento, para crear nuevas realidades en donde encuentren un espacio la reconciliación y la justicia. Así, la reparación simbólica sería un acto de justicia en sí mismo, al contribuir a la reparación del daño causado, a la recuperación o preservación de la memoria y al viabilizar que las víctimas dejen de ser in-significantes y se conviertan en sujetos de derechos y creadores de transformación.

 

Las reparaciones y el enfoque intergeneracional

Ha pasado mucho tiempo en el Perú desde que ocurrió el conflicto armado. Muchas de las personas afectadas ya están envejeciendo, algunas ya no están. Por ello, será esencial promover espacios intergeneracionales de reflexión y autoconciencia, que tendrán gran valor al posibilitar un diálogo que contribuiría a movilizar la memoria con la finalidad de contrarrestar el olvido. Estos espacios ofrecen la oportunidad para dar visibilidad a las experiencias que las víctimas y sus familiares cercanos (quienes también son víctimas)[1] han sufrido durante el conflicto armado, lo cual facilitaría el fomento de las medidas de reparación. Aquí los niños y jóvenes como ciudadanos del presente y del futuro son esenciales, al igual que las personas mayores, quienes han tenido la mayor dignidad para sobrellevar tanto dolor y tanta desidia por parte del Estado y de la sociedad. Estos espacios favorecerían a que las víctimas le dieran sentido al proceso de reparación, mientras también se aportaría al fortalecimiento de las estructuras familiares y comunitarias.

"La apuesta aquí de las reparaciones y su trabajo con la memoria es facilitar espacios comunes fundamentados en hechos del pasado para construir un futuro compartido".

Las reparaciones y el enfoque diferencial

También se ha hablado y escrito bastante al respecto. Pero es indiscutible que para diseñar medidas de reparación, e iniciativas para la preservación de la memoria histórica con enfoque reparador, que tengan un impacto real en la vida de las personas, se debe entender la naturaleza, las dimensiones, las condiciones, las consecuencias de la violencia y el daño que han causado de manera diferencial. En un escenario como el peruano, en donde el peso de los años agudiza el impacto y las consecuencias que la violencia dejó en las personas, el enfoque diferencial toma un matiz aún más agudo. Así, por ejemplo, no solo será el impacto que una mujer haya sufrido a causa de la violencia sexual (en su vida joven o adulta), sino que habrá que identificar los daños que ocurrieron en el momento y sus repercusiones a través del tiempo, siendo ahora una mujer mayor.

En síntesis, dos ideas: la primera es pensarse e implementar programas de reparaciones con un enfoque dignificante que permita recuperar las historias de quienes sufrieron el terror. De ahí que no se puedan pensar las reparaciones sin construir un nuevo relato, uno imborrable, que aunque cambie en el tiempo por las dinámicas históricas y socioculturales, jamás deje por fuera la voz de quienes resistieron con dignidad. La segunda: si los peruanos quieren salir triunfantes de este episodio de su historia, tendrán que establecer un diálogo en el que las voces de las víctimas siempre tengan lugar.

 



[1]Aunque no es el propósito de este documento, es importante hacer referencia a Huyse cuandoplantea que los hijos, o inclusive los nietos, pueden sufrir las consecuencias de los crímenes, y se pueden sentir y comportar como víctimas, manifestando dolor y rencor. El autor afirma que la segunda generación tiende, particularmente, a absorber y retener el sufrimiento y la tristeza, sea de manera consciente o inconsciente. Para una revisión véase HUYSE, L., “Victims”, en BLOOMFIELD, T. et al. (eds.), Reconciliation after violent conflict. A handbook, International Idea, Estocolmo, 2003.

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