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Las puntas de la estrella

El APRA y el fujimorismo, dos agrupaciones políticas que compartieron tanto en estos cuatro años, ahora comparten también turbulencias internas.

El APRA es un partido curtido de crisis y peleas. La turbulencia por la que está pasando no es la primera ni será la última. Las contradicciones, disputas y broncas pueden ser latidos que expresan la vitalidad de un partido. Pero el asunto comienza a oler mal cuando la madre de las disputas tiene un origen pecuniario, igual que en el primer gobierno. Mismo partido, mismo presidente, mismo precedente.

La corrupción parece ser al mismo tiempo un ADN y un sambenito del cual, lejos de despercudirse, se ha agravado en estos años.

La última gran crisis del APRA se vivió veinte años atrás, luego del discutido primer gobierno de García Pérez. Muchos pronosticaron en ese entonces su defunción. Pero el APRA, valgan verdades, fue más grande que sus problemas. En esa época el chivo expiatorio fue el propio García Pérez. El ex mandatario era un personaje del que todos querían desmarcarse. Sus ex acusadores externos e internos ahora figuran como sus principales escuderos.

Ahora García es más bien el punto de concurrencia al que buscan aferrarse los sectores en contienda. Que disputan en su sobrevivencia la gracia del dignatario.
En los años 1990 el APRA parecía hundirse en la crisis-país y la corrupción interna. En esta ocasión el descrédito ha hundido hasta la renuncia (forzada) a sus dos secretarios generales: Jorge del Castillo y Omar Quesada.

Todo partido tiene sus facciones, empezando por las tradicionales “alas” —derecha, izquierda, centro— hasta liderazgos personales que representan las distintas variaciones de pensamiento. Detrás de estos liderazgos se aglutina la militancia, los granos de la disputa. Eso sucedió en la confrontación Villanueva-Townsend luego de la muerte de Víctor Raúl, el fundador. ¿Ésta es la situación del APRA actual?

Héctor Vargas Haya, ex presidente de la Cámara de Diputados, quien hace algunos años renunciara al APRA, considera que no es así:
La lucha actual no es ideológica y sincera por enrumbar al Partido. Se trata de una lucha de intereses y ambiciones personales de gente que se está enriqueciendo. La competencia actual consiste en ver quién amasa más fortuna y quién captura más cargos”.

García culpable

Jesús Guzmán Gallardo fue un connotado dirigente aprista, ahora marginado. Es un gran conocedor de los tejes y manejes de su partido. A la hora de señalar responsabilidades, no duda:
“Yo considero que es la crisis más grave del Partido a lo largo de su historia. Hemos tenido crisis importantes en varias oportunidades. Sería ocioso recordarlas todas, pero todas tuvieron carácter político. Todo esto empieza desde el año 1983, cuando Alan asume la Secretaría General y comienza un desmantelamiento de muchas cosas del partido: disciplina, símbolos, planteamientos básicos; ya no se debate como se hacía antes. Todo lo que hemos vivido después es el agravamiento, porque no se corrigió y se dejó avanzar.

“En el congreso de 1983 García llega con gente que había sido expulsada, como Mercedes Cabanillas y González Posada. Gente que se vendió a la dictadura militar luego de renegar del partido y de Haya de la Torre. También con personajes como León Alegría y Del Castillo, que no eran apristas.

“García ha acostumbrado a los apristas al peseteo. Ahora nadie hace un trabajo si no tiene un sueldo en la administración pública.

“Alan García tampoco estuvo al margen del caso Lamberg, como quieren hacer ver. Los que estuvimos al margen fuimos nosotros, los que nunca recibimos un sueldo del partido. Ellos tenían sueldo, ellos están más cerca de ese tema. Yo nunca toqué un centavo. García en cambio se terminó comprando una casa en San Borja apenas terminó la campaña electoral. Yo conocí a un Alan García pobre y ahora es millonario; ni siquiera es de clase media acomodada.

“En los diferentes sectores del Estado donde trabajé viví presiones y amenazas. Querían que haga negocio con determinadas personas que eran recomendadas de Palacio. Debía hacer el negocio no en defensa de los intereses de la empresa del Estado sino en defensa de los negocios del amigo, pero yo siempre me resistí.

“No creo que García haya estado al margen, porque cuando yo necesité su apoyo para enfrentarme a esos grandes corruptos, me dijo que ser honesto no es importante. La última vez que conversé con él fue en 1992, cuando no estuve de acuerdo con su candidatura a la Secretaría del partido porque lo quería usar para cubrirse. Le acababan de salvar la vida en el Senado los fujimoristas”.

Los Jorges’ Boys
Los grupos que hoy contienden por la dirección del APRA son los Jorgistas y los Cuarentones. Muy por debajo están los sectores liderados por Mauricio Mulder y Wilbert Bendezú. En otro nivel observamos los liderazgos regionales que pactan de cuando en vez, y según conveniencia, con los que tienen presencia nacional.
Jorge del Castillo era un muy subestimado alcalde de Lima en la década de 1980. Por esos tiempos “Jorgito” había reemplazado al popular “Jaimito” en la chistología popular. Cuenta la leyenda que antes de que ingresara con fuerza a la política, Del Castillo era un modesto taxista en Barranco y que un tal Rómulo León se lo presentó a su barrunto Alan García.

Es que muchas veces las adherencias nacen en el barrio. Por ejemplo, Agustín Mantilla, el innombrable y omnipresente ex ministro del Interior, tiene su hinchada más fuerte en el distrito de toda su vida: Pueblo Libre. ¿Quiénes vivían por ahí? Mmm…

El Jorgito de antaño se convirtió en un Jorgazo. Se le reconoce como un excelente operador político. Hasta se llegó a decir que el mismo García tenía celos de él y buscaba maneras de bajarle la llanta. Del Castillo se ganó después de los 90 y a pulso el prestigio en su partido y prácticamente se reinventó en la férrea defensa que hizo de García cuando éste era casi un apestado en el mismo PAP. En la segunda mitad de los 90 el APRA dejaba de tener el perfil bajo para unirse a la protesta general que se alzaba contra Fujimori, y ahí también Del Castillo jugó un rol interesante.

Económicamente también prosperó. Muchísimo. Pero ese tema lo dejamos mejor para judiciales (o policiales).

Cuando se descubrió el video de Mantilla en el fenecido Gobierno fujimorista, Del Castillo lució un aura de moralidad y lealtad, y se fue marqueteando como “lo mejor del APRA”. Los empresarios veían en él a una persona seria identificada con una moderna economía de mercado. Los “caviares” lo intuían como una persona dialogante, sin esos arranques de bufalería tan llamativos en otros líderes apristas.

Pero todo da vueltas y el eterno retorno le está pasando factura. Hoy se encuentra entrampado en una serie de denuncias de corrupción, sobre las cuales hasta ahora no ofrece una respuesta convincente.

Los Cuarentones y más
El segundo grupo de más arraigo en el APRA se hace llamar Cuarentones y está encabezado por Omar Quezada, ex director de Cofopri y, hoy, ex secretario general del APRA. La frase “divide y reinarás” se aplica sobre todo a los emperadores y hace referencia al modo de actuar con los pueblos enemigos, pero García parece haberla adecuado a su propio partido, ya que él fue su gestor.

A pocos días de llegar a Palacio, el Presidente mandó a llamar a un grupo de militantes que frisaban la cuarentena, a quienes tenía especial aprecio por su labor partidaria. En vista de que muchos de los ministros iban a ser independientes, quería que gente del Partido apuntalara los programas sociales. Poco a poco este grupo fue adquiriendo perfil propio, y en breve lapso se convirtió en una facción fuerte.

El intento frustrado

Hubo un tiempo en que algunos apristas hastiados de la corrupción del primer gobierno de Alan García quisieron demostrar a la gente que en el APRA se sabía castigar la corrupción y formaron una comisión para que investigue, de Rey a paje, todas las irregularidades cometidas por los funcionarios apristas dentro del Estado. Esta es la historia relatada por Hector Vargas Haya:

“Planteamos entonces cambios sustanciales y la realización de una catarsis moral en el interior del Partido en un congreso extraordinario, a fin de ejecutar el inventario de la tarea cumplida por el gobierno aprista de 1985 a 1990. Propusimos investigar las declaraciones de bienes y rentas de los apristas que ejercieron tareas de gobierno durante aquel periodo y, finalmente, la democratización partidaria mediante la elección de sus autoridades por el voto universal y directo. Pero desde el primer momento fue notoria la resistencia a tales solicitudes.

“El Comité Ejecutivo Nacional dirigido por Luis Alva Castro solo cumplía las directivas impartidas por Alan García desde su autoexilio en Bogotá-Colombia para contrarrestar todo intento moralizador. Les giraba boletos aéreos para reunirse con él y llevar a cabo estrategias y coordinaciones con el gobierno de Alberto Fujimori, a fin de bloquear su extradición. Los dirigentes Mercedes Cabanillas, Jorge del Castillo, Carlos Roca, César Zumaeta, el propio Alva Castro, entre otros, mantuvieron la consigna a la espera del transcurso del tiempo señalado en el Código Penal para el logro de la prescripción de las causas penales contra el ex presidente, caído en contumacia. El plan consistía en su retorno al Perú, libre de toda acusación, no por sentencia absolutoria sino por la vía de la prescripción y el consiguiente archivo de sus procesos por la Corte Suprema de Justicia, en la que aún figuraban algunos amigos y militantes apristas, ansiosos de suscribir resoluciones complacientes.

“En los intríngulis judiciales se suscitaron ciertos raros movimientos con la intervención de amigos solapados que encomendaban a sus abogados la visita a magistrados para el logro de sus vedados propósitos. Por su parte, el gobierno de Fujimori jamás ejercitó acciones para acelerar el trámite de extradición contra el incriminado, con el evidente propósito de que transcurriera el tiempo para la prescripción. Quedó así evidenciado el odioso concierto de favores recíprocos, es decir la sucia política  del ‘dame que te doy’, forjada en los albores de la candidatura presidencial de Fujimori y continuada indefinidamente”.

Cuenta la leyenda que antes de que ingresara con fuerza a la política, Del Castillo era un modesto taxista en Barranco y que un tal Rómulo León se lo presentó a su barrunto Alan García.

Jesús Guzmán Gallardo es un antiguo militante aprista que, a sus cortos 24 años de edad, llegó a la Secretaría General. Ahora es un militante de base decepcionado y marginado. Se ríe cuando escucha que los Cuarentones hablan de renovación:

“Los Cuarentones son una expresión frívola de la política Todo lo manejan alrededor de una persona encumbrando y endiosando a Alan. ¿De qué renovación hablan? En nuestros tiempos había movimiento con contenido generacional. Éramos un movimiento contestatario al interior del partido, que leíamos nuestra historia con espíritu crítico”.

Los Cuarentones provienen de diversas vertientes. Omar Quesada es un líder local. Tuvo una conocida actuación como Presidente Regional de Ayacucho. Su gestión dejó adeptos, dependientes y juicios pendientes.

La ruptura definitiva de los Cuarentones con el ex Secretario General Mauricio Mulder se dió el 20 de setiembre pasado cuando Omar Quesada decidió hacer un mitín sin su autorización en Ate.

Carlos Arana es otra de las columnas de los Cuarentones. Algunos señalan que él sería su líder natural si no fuese por su profusa vinculación con Agustín Mantilla. Arana es un organizador eficiente. García le encargó parar la campaña del 2006 desplazando a quien hasta el momento le había servido tan bien…

Wilbert Bendezú. Fue el gestor de la campaña “Alan Vuelve”, quedó a la intemperie y pujando. Fue considerado en la lista para el Parlamento Andino, en el cual tiene un escaño. A partir del 2006 sus discrepancias con la Dirección Nacional del APRA fueron creciendo. Casi se le llegó a considerar una voz de la disidencia. Su posición crítica a los dirigentes más mediáticos del APRA y el discurso a favor del regreso a la Constitución de 1979 fue calando en un sector del aprismo y lo encaramó como líder de una pequeña facción muy crítica a…

Mauricio Mulder, el último Secretario General del APRA antes de la Secretaría Colegiada. Mulder no tiene, como podría pensarse, una inmensa “hinchada”. Adquirió poder en su gestión luego de que Alan García lo apadrinara frente a un Del Castillo peligrosón y cada día más autónomo. Cuando Del Castillo asumió el Premierato, Mulder quedó solo como Secretario General.
Su experiencia en la Secretaría General le sirvió para reforzar un poder hasta el momento exiguo pero, también, para ganarse muchos detractores, debido a su actuación muchas veces dictatorial. En su gestión expulsó a Bendezú de la Secretaría de Organización, y se lo acusa asimismo de ser el causante de la derrota en Trujillo, bastión histórico del APRA.

En la tierra de la marinera, Mulder quiso imponer su propio candidato desconociendo la elección interna, lo que generó un enorme descontento. Muchos de los militantes apristas de esa zona se negaron a trabajar para la campaña aprista y le allanaron el terreno al opositor César Acuña.

Bases descontentas
“Las bases están descontentas”, revela un dirigente aprista. Pero esta insatisfacción también tiene un cariz distinto del de otras veces. El pragmatismo parece haber usurpado también la rebeldía. Adivinen cuál es la principal reivindicación de las bases: ¿Constitución del 79? ¿Retomar la ideología? ¿Razzia contra la corrupción dentro del Partido? Qué va, eso está bien para discurso de la vieja guardia. El punto uno del pliego de reclamos de la militancia aprista es tener más presencia en el Gobierno. Traducción: ¡Quiero chamba! Los puntos dos, tres y cuatro, bis.

Luis Alberto Sánchez, dirigente juvenil del APRA, bosqueja esta desilusión: “Las bases se sienten maltratadas. Es sabido que dentro del aparato del partido hay muchos que no pudieron ingresar al Estado y que las bases tuvieron que acatar eso disciplinadamente. Ellas han visto cómo en diversas partes del país ha ingresado personal de otros partidos. Yo hablo del militante de a pie, del que ha repartido volantes y se ha sacrificado, del que ha tenido que pasar muchos insultos a la hora de hacer campaña por el Presidente. La prensa dice que hay un copamiento aprista, pero eso no es así”.

Puede parecer banal, pero la decepción de la militancia va en serio, y algunos dirigentes temen un nivel de deserción como el que hubo en los 90. Fuentes del interior del APRA calculan que el activismo se puede reducir al 35%.

En el Partido Aprista nadie tiene la suerte comprada, y por esas vueltas que da la vida, a Wilbert Bendezú, el dirigente marginado por Mulder y compañía, ahora le tocó estar al frente del Partido junto a Javier Morán. ¿Seguirá insistiendo en la Constitución del 79? ¿Intentará imponer la renovación del partido de la que tanto habló?

En Javier Morán las expectativas son menores. Fue hombre de Del Castillo hasta que la ola de los Cuarentones tocó su puerta. Morán miró su DNI, hizo cálculos de fechas y se puso en cuarentena.

El provisional apaciguamiento del conflicto también tiene un aroma a déja vu. García amenazó con renunciar a la dirección de su partido si no acataban sus órdenes. Igual que hace 22 años:

“La dolida carta de García renunciando al cargo de Presidente del Partido contribuyó a postergar la plenaria. En su carta se quejaba muy sentidamente de la falta de apoyo del partido a su gestión y de la incomprensión demostrada”, informaba la revista Sí en diciembre de 1988.

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Las dos gestiones de García despiertan serias dudas sobre el ADN moral de un partido histórico. Pero hay escenas que permiten dudar a favor. Entrevistamos a Héctor Vargas Haya y a Jesús Guzmán, ambos ex dirigentes apristas de larga data y ambos también dirigentes que han ocupado importantes cargos en el Estado. El primero vive ahora en una casa alquilada en un barrio de clase media de Magdalena, al segundo nos lo cruzamos “chapando su combi” en la avenida Angamos. Ellos también son apristas, y su historia sirve para matizar el desencanto.