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De la gran transformación al gran silencio

Rumbo a los cien días de gobierno, tiempo tope y políticamente correcto para dejar los buenos augurios, palmadas en el hombro y escepticismos, Gana Perú va acumulando crisis sin resolver de cara a cuestionamientos más sopesados pero no menos impacientes. En ese sentido, las señales pueden decir mucho o decir nada, pues es solo la acción, el hecho, lo que complementa la actitud política de la gestión.

Pero ni lo uno ni lo otro: atrás queda el eco del triunfo de “La Gran Transformación”. Y aunque el hoy oficialismo se esmere en hacer notar que se cuenta de uno en uno y un día a la vez, el tronar de los dedos en la mesa de sus propios votantes gana incertidumbre. En tanto, lo que parece ser más de lo mismo confirmaría que asistimos, una vez más, al triunfo de la frase hecha, el bebito en brazos y la promesa de calendario.

Se dijo lo que se quería escuchar y se aplaudió con telurismo, “de escarapela y banderita”. Y es que la expectativa de cambio que sembraron hoy cosecha ansias de cero injusticias y cero impunidad. Hecho que constituye un gran avance para un país acostumbrado al atropello y al cómo haríamos.

Pero la contraparte del entusiasmo de ser mejores se queda suspendida cuando nadie va en auxilio de los pequeños intoxicados en el poblado de Redondo, en Cajamarca. Nadie. Nadie va en auxilio de los pobladores de Huepetue que se hunden en la desidia y relaves de la minería informal. Nadie. Nadie asiste al auxilio de los pequeños abusados y violentados. Nadie. Luego la ola de estúpida violencia que acabó con la vida de un inocente de forma tan absurda. Nadie nada y luego el silencio. Silencio con estabilidad económica, silencio con gravamen minero, silencio en Nueva York.

No comparto la idea de la necesidad de un caudillo, pero entiendo que hay temas que demandan ser zanjados con claridad casi castrense, y por ello no ajena al Primer Mandatario. Pero la zanjada, ahí siguió esperando. Y al final como si nada hubiera pasado. Mala idea.

El silencio puede terminar siendo una crisis más por enfrentar ante la andanada de cuestionamientos contenidos en una oposición aún pasmada en el rol que parece todavía no asumir. Tras semanas turbulentas nos hemos quedado todos con el nudo en la garganta, con la sensación de hacer un alto para sanar y continuar con claridad.

Por el contrario, los anuncios con traje típico no tardaron, y tal vez pese a ser necesarios saben tan mal como el desatinado ritmo ministerial que no escatimó en quiebres frente al dolor insoportable de perder a un hijo en los brazos. Están a tiempo de cambiar el compás, al del atino y la acción. Pero el silencio se escucha, aun subiéndole al siempre bienvenido triunfo pelotero. Sobre todo, cuando no tienes nada que decir.