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Inti Briones: “En Sudamérica estamos viviendo una especie de Edad Media sofisticada”

(Foto: cinefilia.cl)

Hace magia con una cámara y con chorros de luz. Las sombras y los claroscuros son sus aliados. Este joven que se fue del Perú para empezar su carrera cinematográfica en Chile, se ha vuelto uno de los más cotizados directores de fotografía de Latinoamérica. No es raro porque creció y vivió entre artistas, y es un producto de dos sensibilidades: la artística y la social, que le inculcó su madre, Sybila Arredondo. Conversamos con él en el 18 Festival de Cine de Lima, donde fue homenajeado.

Solemos ver las películas como un todo, pero cada elemento técnico le aporta cualidades a la cinematografía. En el caso de la fotografía, solo los cinéfilos entienden cuál es su importancia.
Todavía nosotros los fotógrafos nos preguntamos cuál es nuestro rol, porquees muy variado los que nos toca hacer. Yo estoy llegando a la conclusión de que somos unos compañeros de viaje. El director elige una historia y quiere contarla, eso es planear un viaje, hacer una travesía, y en ese viaje el director de fotografía lo acompaña en términos visuales, de concepción. Va a depender mucho de lo que requiere el director. Muchas veces él tiene una claridad visual enorme, entonces uno es como un alter ego que le hace preguntas para ir desarrollando eso que ya tiene claro. En otros casos, el director quiere llegar a un lugar pero no sabe cómo. Uno prepara la embarcación, la estiva, busca a la tripulación, y en conjunto vamos buscando el guion, que es la carta de ruta. En términos prácticos, algunas veces me toca ser mucho más técnico; en otras, mucho más conceptual.

Entonces hay un lado muy creativo en tu trabajo y otro puramente técnico.
Sobre lo primero, debes hacer que en la pantalla se reflejen las atmósferas y las emociones. Leo el guion y trato de imaginarme la luz de la historia. Como ustedes saben, el cine se sustenta en la poética. La poesía te brinda elementos que hacen que no se pierda la esencia.

¿Llegas a definir las tomas?
En algunos casos las defino yo, en otros el director. Y yo preparo el ambiente para que él pueda trabajar sus encuadres. Es un matrimonio.

En el caso de Alejandro Fernández, el joven director chileno que ganó Sundance con Matar un hombre, se ha producido casi una simbiosis entre ustedes.
A Alejandro lo conozco hace 10 años. Él me llamó para ver si lo podía ayudar en un corto que estaba haciendo. Ha sido interesante porque en ese proceso hemos crecido juntos. Hicimos dos cortos, el largo Huacho, después Sentados frente al fuego, y luego esta película. Ya nosotros no hablamos mucho del proceso, o de cómo hacer las cosas porque él ya sabe cuál es mi estilo, yo ya sé cuál es el suyo. Yo conozco sus obsesiones y temores, él conoce los míos y empujamos hacia un lugar que ya sabemos cuál es. Vamos a llegar a un lugar por descubrir, pero sabemos cuál es el norte, el este, el oeste.

E imaginamos que tú prefieres ese tipo de relación a la otra más técnica.
Depende de los proyectos. Hay momentos en los que me gusta estar más distante, más silencioso, con una actitud más contemplativa con respecto de los que está sucediendo. Hace poco trabajé en una película que se llama Unitedpassions, que tenía casi todo establecido, y yo tenía que ejecutar solamente. Y también era placentero. Cuando los actores estaban en el set, yo trabajaba aparte, casi cubierto, con unos monitores especiales que eran de alta definición, chiquitos, y teníaun sistema remoto para controlar el diafragma de las dos cámaras. Ese aparato es que usan los foquistas y todos pensaban que yo era otro foquista, y era fantástico porque me podía mover por el set con menos protagonismo. A veces el director de fotografía tiende a tener un rol protagónico y queda fuera de otras cosas. En cambio en esta oportunidad pude disfrutar de ser más anónimo. Estaba en el set y podía ver puntos de vista que me permitían reaccionar antes y ofrecer cosas que no hubiera podidosi hubiera estado en el lado más visible.

¿Qué genera la fotografíaen la película? ¿Un clima, una personalidad?
Vittorio Storaro y la Asociación de Fotógrafos tiene una descripción muy linda que es: “foto – grafía”. Foto: igual luz. Grafía: igual escribir.“Escribir con la luz”. Cuando uno habla de escribir, uno habla de atmósfera, de historia, de emociones, de todo lo que significa expresarse.Nuestro rol es ayudar a que la historia se exprese de la mejor manera posible utilizando la luz.

¿Cómo ha sido tu carrera? Tú empezaste acá y de ahí te fuiste a Chile donde tienes familia. Pero en Chile tampoco había nada. El nuevo cine chileno es reciente.
Cuando me fui a Chile ya tenía muy claro que quería hacer cine y fotografía. Aquí estudié en el instituto de Armando Robles Godoy, y en el Inictel, a los 15 años, cuando todavía estaba en el colegio.

¿Cuándo descubres el “fascinante mundo del cine”, un arte completo porque toma elementos de las otras artes para crear un lenguaje propio?
Siempre tuve relación con la fotografía por razones familiares, artísticas. Mi familia tiene una influencia artística muy fuerte. Mi madre estuvo casada con dos escritores. Yo jugaba entre el arpa y el violín de Máximo Damián, había poesía. Primero pensé en ser músico, estudié un poco de guitarra con Manuelcha Prado. Mi padre es de Lambayeque, del norte, y había otra influencia. Mi hermana hacía teatro. Estuvo en el TUC, era parte de TELBA, y yo iba a los ensayos y veía los obras 10, 15 veces. Actuó en Calígula, era la luna que estaba en el tercer piso. Y en quieres estar conmigo, dirigida por Roberto Ángeles.

¿Y el cine?
Como mi madre trabajaba mucho, la mejor forma de dejarme en un lugar seguro era en los cineclubs. Hice sesiones de todo Kubrick, todo Truffaut, todo Fellini. La primera película que vi fue El acorazado Potemkin, no la olvido porque era intensa, La vi a los 7 años y me fascinó. Cuando en la película los soldados empiezan a disparar y a matar, me paré en la silla y grité: “No puede ser”. En mi casa había muchos libros de cine, y justamente había uno de Sergei Eisenstein. Es que mi madre, en algún momento de su vida en Chile, fue script en algunas películas. Por eso es que tenía tanto interés.Yo sentía un llamado a seguir el camino de arte. Y esto convergía con la apreciación del ser humano.En mi entorno siempre había un interés por el sentido de lo humano.

¿La decisión de irte tuvo que ver con el contexto político, la situación de tu mamá?
Yo iba todos los fines de semana a visitar a mi mamá a la cárcel, primero en Canto Grande y después en Chorrillos, y a pelear con la Policía para que me dejaran verla.

En Canto Grande hubo la masacre en 1992. ¿Tú la fuiste a ver después de eso?
Iba y venía de Chile y la visitaba cuando tenía vacaciones. La matanza fue un fin de semana que tocaba visita, y yo le llevaba los periódicos. Cuando fui a comprarlos, leí que mi madre se había muerto, pero era una equivocación y en realidad la que había muerto era Vilma Aguilar, la esposa de Miguel Gutiérrez.

¿Conociste a Vilma Aguilar?
Sí, allí en Canto Grande conocí a todas. Ella era muy especial, muy dulce. Era muy querida.

¿Cómo es la relación con tu mamá?
Buenísima. Nosotros vivíamos juntos y ella fue una influencia importante en mi relación con el sentido de lo humano, con la consideración social y con las artes. Ella estudió para ser bibliotecaria, pero antes estudió danza en Alemania. Estuvo casada primero con el poeta JorgeTellier, y luego con José María Arguedas. A través de ella conocí a los Yuyachkani, a Jaime Guardia, a Andrés Soto, a Kiri Escobar, que no solo eran músicos a quienes escuchaba, sino que yo escuchaba sus conversaciones sobre arte.

¿Y la política? Desde niño estuviste rodeado de gente que era militante o activista.
MI padre es ingeniero industrial, pero luego se dedicó a las matemáticas. Estuvo muy comprometido. Formó la Federación de Estudiantes de la Universidad de Ingeniería:. En esa época, eso era ser subversivo.

A veces de padres muy politizados, salen hijos que no quieren saber nada de política.
Es que yo creo que mis padres jamás tuvieron una relación de imposición. Ellos vivían sus procesos políticos, y yo estaba ahí presente y veía su preocupación por las personas más desposeídas. Más que las ideas políticas, lo que me permeó fue ver que ellos eran súper solidarios con la señora de la esquina que traía sus cositas de los Andes. Ellos conversaban con ella, la ayudaban a buscar un lugar donde quedarse. Por ejemplo,los jesuitas tenían esa relación con la gente. Mis padres no eran religiosos, pero también eran así. Era la praxis de la solidaridad.

¿Vivieron todo el tiempo en Lima?
Vivíamos en Huancayo y yo era el diferente: era rubio, tenía el pelo lacio, era el gringuito, y durante todos los años de mi infancia salía a la calle libre, solo, y el barrio entero me cuidaba. Yo me metía a la tienda porque me encantaba ver cómo la señora vendía, me ponía a jugar con sus animales, y cuando se pasaba la hora, ella me daba de almorzar, como si fuera su hijo. Y la señora que vendía licores igual, me daba de tomar lonche. Eran mis amigos. Y mis papás siempre sabían dónde estaba el gringuito. En Lima fue diferente porque era una sociedad más cerrada. Al llegar fue un choque violento. Lima tenía una carga mucho más agresiva.

¿Si te quedabas trabajando en Lima, lo de tu mamá podría haber sido como un estigma?
Pero no lo fue. Yo trabajé acá un tiempo, y todas las personas conocían mi historia. Trabajé en Full FathomFive, una producción de Iguana. Trabajé en seriales, cortometrajes.

Entonces, ¿por qué te fuiste si ya estabas desarrollando tu carrera en Lima?
Fueron varias las razones. Una era que yo quería hacer cine y aquí se trabajaba en video. Eran seriales para la televisión. Pero el año que yo empecé con los cortos, Fujimori eliminó el impuesto que permitía hacer cortometrajes, se lo robó. Y yo ya no veía la posibilidad de hacer cine. Después de salir del instituto de Armando Robles Godoy, me fui tres meses a París, y estuve viendo películas y tomando unos cursos de análisis cinematográfico. Eso me produjo un estado de efervescencia en el necesitaba buscar un nuevo universo.

Es muy difícil ingresar a un medio laboral que no es el tuyo, y hacerte un nombre en otro país.
Tuve la suerte de que Marita Barea, que en ese tiempo era la productora de Chasqui, me diera el dato de un curso que iba a dictar en Chile,Héctor Ríos,un director de fotografía que me había gustado mucho por su trabajo en El chacal de Nahueltoro, la película de Miguel Littin que más me gusta. Entonces pensé: “Tengo familia allá, tengo dónde llegar”. Busqué a don Héctorque fue muy generoso y me acogió como a un hijo.Él también tenía la conciencia de que la historia de Latinoamérica requería de su propia cinematografía. Le parecía importante que un chico peruano esté estudiando en Chile. Fue una relación maravillosa porque que fuera peruano era un elemento de aporte.

Hablemos de Sybila. ¿No sentiste que en algún momento, a partir de la segunda detención de tu mamá, muchos de sus amigos le dieron la espalda?
No considero que le dieran la espalda. Yo me daba cuenta de que el país se estaba polarizando, y en esa situación las personas tenían que situarse en algún punto. Los amigos no estaban de acuerdo con una propuesta armada. Ellos tomaron otra posición. Yo también tenía una clara oposición a Sendero Luminoso. Si bien esa organización pudo haber nacido con una buena intención, ésta se perdió cuando tomaron las armas. Hay un libro muy interesante de Alberto Gálvez Olaechea, líder del MRTA, que habla sobre cómo esos grupos al inicio querían la justicia social, algo que hasta hoy no alcanzamos porque Milton Friedman impuso su economía de una manera radical. Hoy estamos cada vez más lejos de ella. El sistema se ha sofisticado, antes era más tosco. Las corporaciones son un sistema más complejo. Todos toman Coca Cola y usan Nike, y eso es altamente contradictorio.

¿Qué crees que llevó a tu madre a asumir una posición y un compromiso tan radical, arriesgando todo, incluido el prestigio intelectual que tenía?
En el caso de mi madre, ella se sintió mucho tiempo frustrada porque trabajó en Amnistía Internacional, en Derechos Humanos, tratando de ayudar, pero no se podía. Ella nunca tomó un arma, nunca vi una en la casa, pero sí entiendo que los más desposeídos las tomaran porque estaban desesperados. La frustración lleva a la violencia, pero la frustración con hambre te lleva a morirte o a manifestarte desesperadamente.

¿Has conversado con ella sobre todo lo que ocurrió, ya con más distancia y calma?
Sí, conversando con Sybila en estos tiempos, coincidimos en que los cambios sociales comienzan con los individuos. Es el individuo el que tiene que generarlo desde su propio existir. Cada día uno elige si acepta una coima o no, si toma un arma o no, si uno tira basura a la calle o no.

¿No discutían, que es lo que sucede cuando dos personas tienen posiciones diferentes?
Ella no quería convencerme. En esta película no había una teoría del conflicto central. Conversábamos bastante, y ella me decía que había que entender que un ser humano frustrado y con hambre es agresivo, y que va a llegar a un punto de violencia. En mi caso, como vivía cómodamente y no estaba en esa situación, yo podía tener el privilegio de decir “no a las armas”. Mi madre había hecho un tremendo esfuerzo para que yo no me sintiera frustrado, más bien siempre estuve súper estimulado, rodeado de personas maravillosas, y nunca pasé hambre. Yo entendía la frustración que tenía Sybila de ver a tanta gente muriendo de hambre, sin zapatos, en un país tan rico.

En el penal conociste a mucha gente. Suponemos que ahí sí trataban de convencerte.
Había mucha conversación, pero tal vez por ser hijo de mi madre y además por haber estado en el colegio Los Reyes Rojos, tenía las cosas muy claras y podía defender lo que pensaba. Las personas con las que conversaba respetaban mis argumentos. Y como ya sabían cuál era mi posición, las conversaciones no pasaban por lo político sino por lo afectivo. Esas personas tienen sentimientos, aunque se les pinte como seres fríos y capaces de todo. Son seres humanos como cualquiera de nosotros, pero hay una tendencia en la sociedad a no querer ver su lado humano, su fragilidad, sus temores y pasiones. Recuerdo que llegaban las parejas de visita, se encontraban, hablaban y cantaban canciones románticas. Ese universo era altamente político, poético y musical. Por ejemplo, con Vilma Aguilarjamás hablé de política. Ella era cantante, y hablábamos de música. También recuerdo que a muchos les gustaba el cine, pero no porque fueran cinéfilos, sino porque les gustaban los westerns y las películas de acción, y a mí también. Entonces conversábamos de eso. Me pedían que les contara las películas porque yo iba bastante al cine y ellos no podían ir. “¿Qué viste?”, me preguntaban. Yo les decía que había visto una de Fellini, una de Kubrick, y se las contaba.

Hay un documental chileno que se llama Sybila, realizado por tu prima Teresa Arredondo, en el que tú sales hablando sobre la época de la violencia y sobre tu mamá. Acá en el país no se ha pasado.
Yo pienso que no es el momento. Todos los países de Sudamérica estamos viviendo como una especie de Edad Media sofisticada, en la que la tecnología se confunde con el progreso. Hay un científico japonés, que se apellida Susuki, que ha demostrado con una fórmula científica que si continuamos con este estilo de vida, en un futuro no muy lejano va a haber mucho dinero, pero nada que comer. Vamos a haber matado toda la flora y la fauna.

En Chile y otros países de Sudamérica hay un retorno a las fuentes de la ideología. Se vuelve a hablar de Marx, por ejemplo, y hay jóvenes comunistas. En cambio acá eso se ve como obsoleto.
Bueno, no solo de Marx, sino de Lenin, Engels. Mao es un poco más confuso; creo que el mundo oriental es más difícil de comprender para nosotros. Antes de hacerlo hay que leer a Confusio y el Tao Te King, y saber leer el I Ching. Son cuatro mil años de cultura. Cada ideograma que escriben equivale a cinco conceptos nuestros. Y la conjunción de los ideogramas hace una frase compuesta de cinco conceptos más. Por eso es una cultura más compleja. Estuve ahora haciendo un documental con Walter Salles sobre un director contemporáneo que se llama Jia Zhang-ke que es maravilloso, y que tiene una visión bien analítica y contradictoria de esa China profunda que él vive hoy día. Y mientras más avanzábamos en el documental, me daba cuenta de cuánto teníamos que aprender de esa cultura.

Tienes un lado espiritual que has ido desarrollando con el tiempo.
Estamos viviendo un momento en el que es necesario reflexionar, y no solo desde la perspectiva de Marx y Engels, sino también desde la de Confusio, de la del budismo tibetano, de los sufis, de los asháninkas, de los quechuas, de los herederos de los mochicas.

¿Practicas alguna meditación, alguna filosofía?
He investigado bastante; en un momento de mi vida quise estudiar religiones. Pensé que si no podía hacer cine, estudiaría psicología e historia de las religiones. Pero, felizmente, las dos cosas no fueron excluyentes, porque el cine fue el espacio donde yo pude tener la oportunidad de toparme con personas como Raúl Ruiz, que era un erudito aunque él lo negara, pero, además, un ser humano maravilloso. Había leído mucho, hablaba de forma fluida ocho idiomas.Era tan desarrollado en términos culturales y de relaciones humanas, que se sabía poner al nivel de la persona con la que estaba conversando y la ayudaba a romper sus prejuicios. Parte de lo que yo le puedo agradecer es esa posibilidad de estar siempre alerta y de no perder la capacidad de asombro. De él aprendí a querer saber y asociar eso al conocimiento universal, a las universitas. Hoy día las universidades son sistemas comerciales en los que se paga, pero universita viene de conocimiento universal, que significa intercambio de conocimentos: conocer cómo es el espíritu humano. Tampoco se puede negar que el budismo zen, el budismo tibetano, el cristianismo y el islamismo son religiones que nacen con un interés de comprender al ser humano, y que son el primer paso para tener una cosmovisión. Claro que después hay individuos que raptan ese conocimiento y lo transforman en una fuente de poder, y que esas religiones después se transforman en dogmas, del mismo modo que el pensamiento de Sendero Luminoso.

Relacionando lo que dices con el cine, ¿qué otros directores con los que has trabajado, además de Raúl Ruiz, te han llamado la atención desde el lado humano?
Está Pablo Perelman, e Ignacio Agüero que es una persona de quien aprendí muchísimo.

¿Qué tipo de cines prefieres?
A mí me gusta todo. Puedo ver hasta una película que se considera mala. Raúl Ruiz decía que el hecho de que una película exista es un intento de hablar de la propia existencia.

¿Te gusta el 3D?
Sí, vi Gravity en 3D.

Sobre el crecimiento del nuevo cine chileno: Tú que has visto toda la evolución, ¿cómo has vivido esa experiencia?
Bueno, como he sido parte de eso, es difícil que tenga una mirada objetiva. No veo el cine chileno como algo independiente, porque en toda Hispanoamérica hay un rebrote del cine, un intento por conservar la memoria, y por hablar de temas diversos, profundos, no tan profundos, y también de divertimento. El devenir de ese momento del cine chileno está siendo, y es difícil describir algo que vives. Siento el privilegio de dedicarme a lo que me gusta. Constantino Carvallo tenía razón,Juan Bullita tenía razón, mi madre tenía razón: yo estaba reculando y pensaba que de repente no me iba a poder dedicar al cine. Fueron ellos los que me impulsaron y me dijeron que siga mi llamado. Lo peor que existe es la frustración.

Cómo ves el proceso político en Chile. ¿Te entusiasma Bachelet?
Volviendo a lo que dije antes, considero que estamos en una Edad Media, y que hay algunas personas que están haciendo grandes esfuerzos por salir de ella. El Gobierno actual comete errores y equivocaciones. Yo muchas veces soy muy crítico, pero creo que hay que seguir adelante, y que lo que está pasando es lo que nos toca vivir. Yo no tengo ninguna participación política activa en algún partido, pero sí tengo una opinión que expreso y comparto. Prefiero que esté Bachelet a que esté Piñera. La cultura tuvo una baja muy grande en el gobierno de Piñera, y la estamos comenzando a sentir ahora. En cambio con Bachelet se pueden generar oportunidades, hay mayor potencial. Están las nuevas generaciones: Giorgio Jackson, Camila Vallejos que son senadores muy jóvenes, y tienen el impulso de cuestionar la vieja política. Eso se da porque ha habido una Bachelet, porque ha habido un proceso político de desarrollo.

¿Qué opinas de la gestión de Susana Villarán como alcaldesa de Lima?
Ha tenido la intención de hacer cosas. Es mucho mejor eso que alguien que solo quiere dedicarse a robar. Creo que la crítica pura no sirve para nada: hay que ser crítico, pero también apoyar.

Tu abuela, Matilde Ladrón de Guevara, era una escritora reconocida en Chile, una mujer de avanzada para su ápoca y una figura muy fuerte. ¿La relación que tuviste con ella era muy estrecha?
Bueno, era mi abuela, aunque no podía decirle abuela porque no le gustaba que supieran que tenía bastantes años. Ella venía al Perú cuando yo era niño, y nosotros íbamos a visitarla. Cuando me fui a vivir a Chile nos vimos mucho, porque juntos hicimos gestiones para salvarle la vida a Sybila. Es que hubo un momento muy difícil, de mucha agresividad. La forma como la estaban tratando a ella y a otras mujeres en la cárcel era de alto riesgo.

¿Sybila llegó a cumplir toda su condena?
Sí, e incluso pasó más tiempo de lo establecido. La situación de mi madre fue muy delicada porque ella era mujer, chilena, estaba casada con José María Arguedas. Son demasiados puntos para reaccionar mal en este país.

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