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Las izquierdas después de las elecciones regionales y locales y el desafío de construir un Frente Amplio para transformar el país

(Foto: La República)

Varios análisis se han hecho sobre las elecciones regionales y locales recientes. Sin embargo, y para huir un poco del análisis externo, trataré en el siguiente artículo de plantear algunas ideas tomando posición como militante de izquierda. Es necesario sacar lecciones de lo ocurrido para no correr el riesgo de simplificar el debate acudiendo al muy útil y simple recurso de afirmar supuestas líneas correctas como se suele hacer para descalificar a los adversarios; o de magnificar situaciones (triunfos y derrotas) que no permiten se vea lo arduo de las tareas para construir un proyecto de largo plazo, para terminar justificando la toma de atajos como ha ocurrido en los últimos años en los que se ha sido incapaz de construir un proyecto definidamente de izquierdas en nombre de la correlación de fuerzas o la afinidad de algunos candidatos “viables” y “progresistas”, centrando lo medular de la política en lo estrictamente electoral. Estas reflexiones las tomo de conversaciones colectivas, no son de mi exclusividad, aunque si son de mi responsabilidad las interpretaciones que les he dado.

Una primera reflexión tiene que ver con lo que ha significado el gobierno actual para vaciar de sentido la política, el cambio, e incluso la democracia contribuyendo así a consolidar la hegemonía neoliberal y a frustrar el cambio, lo que ha tenido repercusiones en sectores sociales movilizados a lo largo de varias décadas que propugnaban otro rumbo para el país. Este es un aspecto que no se debe dejar de lado para explicar los resultados de las recientes elecciones regionales y locales. El humalismo fue resultado de un proceso de agregación de luchas y descontentos sociales que se fue fraguando desde la lucha contra la dictadura y aún en un marco de crecimiento macroeconómico, con fuentes diversas tanto democráticas como autoritarias, que se movían desde la apuesta por tener un país más democrático y con mayor justicia social y consideración por los pueblos indígenas y el ambiente, hasta quienes propugnaban “orden” en medio de un festín económico que sin embargo reproducía de manera creciente corrupción e inseguridad, para lo que sería adecuado un militar como Humala.

Al ser frustradas estas expectativas y al operar el actual gobierno como instrumento de consolidación del modelo económico y orientado a defender políticamente los intereses de los grupos de poder económico, se produce un vacío, y una consecuente fragmentación social, así como la ausencia de un discurso articulador y un referente político que, una izquierda agotada e indigente en ideas e inserción social ha sido incapaz de suplir y construir. A ello se debe sumar la profundización de ciertas tendencias “estructurales”. La debilidad de un Estado (en sus distintos niveles) y una “clase” política más dispuestos a defender a los poderes económicos y operar en el estado para ellos y por tanto la imposición de la “economía” sobre la “política” y la democracia; un modelo primario exportador que se profundiza y que presiona en los territorios no sólo con la explotación de los recursos naturales sino con el encarecimiento de la vida y desigualdad que produce en entonos donde persiste la pobreza; la informalidad e ilegalidad que se produce con una estructura productiva que no absorbe mano de obra y actividades ilícitas que se relacionan con las lícitas para extraer recursos naturales, traficar drogas y lavar los dineros ilícitos en el sector financiero e inmobiliario.

A la ya histórica fragmentación social, cultural y territorial, a los siempre olvidados pero inevitables efectos de ser una sociedad post guerra, se le agregan estos factores que han transformado dramáticamente la sociedad peruana y que junto al consumismo sobre todo en las ciudades licúan las solidaridades y establecen formas de sociabilidad basadas en la desconfianza, el individualismo, la transgresión e incluso la violencia que se multiplican en las relaciones cotidianas. En ese terreno la crisis de representación de los partidos y la fragmentación política con infinidad de organizaciones políticas es perfectamente explicable por las múltiples brechas que separan a la sociedad peruana pero además por un sistema electoral y político perverso que ha ido permitiendo que las elecciones impliquen altas inversiones de dinero, se convierta en un asunto mercantil y un mecanismo a través del cual el Estado y la sociedad son permeados por la criminalidad.

Es a la luz de este contexto que podemos explicar la derrota de los partidos nacionales y el “triunfo” de organizaciones locales y regionales convertidas todas en vehículos que se compran y venden; la prevalencia de caudillos a todo nivel que pueden representar desde apuestas políticas contestatarias, maquinarias electorales que suman y “fichan” candidatos, y la representación de intereses relacionados con la minería y la tala ilegal o el narcotráfico. Hallamos, en esta perspectiva disputas por redistribución de recursos y poder, disputas eco-territoriales por los recursos y usos del territorio, y la búsqueda de representación de economías legales e ilegales que vienen “cartelizando” y dominando crecientemente territorios y espacios institucionales.

En este contexto, las izquierdas han sido derrotadas afrontando divididas las elecciones y han terminado evaporadas con algunas excepciones que nos dicen que no todo está perdido, pero tampoco nos deben llevar a falsos triunfalismos que consideren que esos triunfos son generalizables o expresan una identidad de izquierda. El triunfo del MAS en Cajamarca, del FA y afines en Islay, de Tierra y Libertad en algunas provincias del Cusco, así como la existencia de un voto duro de 10% “progresista” en Lima más allá del fracaso electoral, contrastan con su desempeño lamentable en otros territorios y la pérdida de Lima explicada no sólo por una mala campaña, cosa que no pretendemos analizar aquí.

Son varias las lecciones, preguntas y los desafíos que se plantean frente a este escenario desde unas izquierdas que están atravesadas y expresan también esta compleja realidad. Una primera es si todavía existe ese pueblo nacionalista-popular que votó por Humala en primera vuelta y que busca ser representado. Nuestra hipótesis es que no, como ya hemos explicado más arriba, y que ahora se viene produciendo una ofensiva mayor desde el gobierno para consolidar el modelo desmontando la ya limitada capacidad regulatoria del Estado, buscando re-centralizar el poder atacando la descentralización, facilitando el despojo territorial, privatizando servicios públicos como la salud, desregulando los derechos laborales y generando dinámicas de disciplinamiento social sea a través de los medios o a través de la lucha contra la inseguridad y la corrupción de la que en realidad hace parte sin que haya capacidad de respuesta. Por tanto, no hay un pueblo construido para ser representado, hay un pueblo por construir lo que no puede hacerse surfeando en los estallidos sociales o entrando en la discusión de temas nacionales, eso es absolutamente insuficiente.

Una segunda cuestión es la que tiene que ver con el análisis específico de ciertas situaciones. Cajamarca, por ejemplo, es parte de una realidad muy particular donde hay un movimiento social rondero construido de la mano del movimiento magisterial, sustentado con una organización política y con un liderazgo que ha sido capaz de capitalizar la polarización en torno al proyecto Conga y la minería Yanacocha rechazada por la mayoría de la población. Sobre lo ocurrido caben varias preguntas: ¿esta experiencia es replicable en lugares donde muchas veces los conflictos llamado socio-ambientales han sido más bien explosiones sociales? ¿Las luchas están en ascenso o están más bien arrinconadas en una sociedad que ha ido haciéndose parte del “extractivismo” tanto en las comunidades campesinas, “nativas” como en las ciudades y más bien se han articulado a otras lógicas como la tala ilegal o la minería ilegal o defienden proyectos extractivos por el canon aunque estos afecten a otros ciudadanos? ¿Es proyectable lo obtenido en Cajamarca a las otras regiones convirtiéndose en una opción nacional? Lo mismo cabe preguntarse sobre Islay o Cañaris donde ganaron los anti-extractivistas.

Las izquierdas han terminado evaporadas con algunas excepciones que nos dicen que no todo está perdido, pero tampoco nos deben llevar a falsos triunfalismos

Debemos agregar a esto la complejización de los sujetos, sus intereses e identidades. Muchas veces pecamos de idealización de los mismos escondiendo a su vez una especie de subestimación ya  que se termina caricaturizando al “otro” poniéndolo además como un “radicalmente otro”. Las comunidades amazónicas y andinas están asediadas por los mismos problemas y sufren las mismas presiones que otros actores, por tanto se oponen, negocian y muchas veces terminan siendo parte de las lógicas del poder o del mercado, en lo legal o ilegal. En el caso de la minería ilegal hallamos que efectivamente muchos son trabajadores que han encontrado en estas actividades opciones de subsistencia, sin embargo se movilizan de manera corporativa encabezados y articulados a mafias millonarias pero que encuentran su sustento en este tipo de actividades. Por otra parte, existen demandas que no son atendidas como la lucha de muchos sindicatos jóvenes que difícilmente pueden encontrar proyección en organizaciones sindicales burocratizadas que le temen incluso a crecer; o la lucha de la comunidad de la diversidad sexual que ha desplegado una gran energía en torno a la Unión Civil y cuyas demandas las viejas dirigencias consideran un asunto secundario.

Por otra parte ¿qué le estamos diciendo al mundo popular urbano? Es evidente que existe una desconexión al respecto con los pobladores, trabajadores, pequeños y medianos empresarios, entre otros. Además, el territorio urbano está siendo conquistado también por las dinámicas ilegales, y avasallada por el poder inmobiliario y financiero. En este escenario, en medio de los espejismos del modelo y una realidad cada vez más agresiva, la “política”, la “izquierda” o “derecha” y hasta la “democracia” a mucha gente no le dicen nada.

Las izquierdas han tenido un importante fracaso en su esfuerzo unitario por razones de las que se ha hablado bastante y el desafío, evidentemente, es más que juntar a los pequeños partidos y organizaciones, es vertebrar las resistencias y contribuir a articular lo fragmentado, desde las luchas sociales, los movimientos regionales o locales, las organizaciones, además de disputar en lo cotidiano el sentido común y producir una identidad colectiva que debe recoger lo diverso. Existen una infinidad de luchas y de liderazgos, que al quedar sin una referencia nacional terminan siendo ganados a una política marcada por la disputa pragmática en los términos de lo que se denomina la mercantilización de la política, y también terminan víctimas de una fragmentación de interpretaciones de la realidad en las que el exitismo, el consumismo, la “autoayuda”, o sectas religiosas ganan terreno como interpretación del mundo.

En esa perspectiva es importante considerar que si tiene sentido un Frente Amplio es para construir ese sujeto social y político múltiple que nos permita cambiar la correlación de fuerzas y generar un proyecto nacional alternativo, que permita ganar elecciones pero también acumular fuerzas y disputar en todos los terrenos prácticas y sentidos. En este momento se pueden mencionar hasta tres espacios de reagrupamiento después de las elecciones: el de Ciudadanos por el Cambio y otros que han decidido seguir su proceso propio, no sin descartar un encuentro futuro en un frente mayor y que se mueve en la perspectiva de la “coalición paniaguista” que probablemente busque armar un bloque de “centro-izquierda” buscando derrotar al Apra y al fujimorismo y que buscará hacerse de una inscripción. El otro espacio es del MAS que buscará proyectar el triunfo cajamarquino a otros espacios y que insistirá con obtener una inscripción propia. Finalmente está Tierra y Libertad, que cuenta con una inscripción, que se debate en insistir en la conformación de un Frente Amplio que vaya más allá de ellos o en asumir que basta con sus propias fuerzas después de las
tensiones generadas por su oposición a la alianza con el Toledismo y las tensiones con otras organizaciones de izquierda en las regiones. Más allá de estos espacios están pequeñas organizaciones que sin un referente frentista terminarán a la deriva y ciudadanos y ciudadanas que se crearon una expectativa del frente se irán a cualquier cosa.

En lo particular creo que el Frente es todavía una posibilidad y que ante el impasse hoy existente se debe impulsar un proceso de relanzamiento sobre la base de los comités frentistas que aún persisten en muchos lados, a la vez que este pasará por varias condiciones que hagan que este sea un espacio atractivo para muchos y muchas que están hartos de más de lo mismo, que buscan una transformación real del país, para lo que puede tomarse como referencia el Congreso convocado para abril y que debe implicar necesariamente: 1) Abrir el Frente Amplio buscando que haya una auto-representación popular, no puede ser un espacio de cascarones ni burocracias; 2) Eso significa democratizar el espacio para la toma de decisiones, criterios claros y democráticos de organización; 3) Convertir el FA en un instrumento de lucha, organización, formación, acumulación y no sólo en un instrumento electoral, el Frente debe desarrollar una oposición
en las calles; 4) Significa no caer en la ideologización, pero a la vez buscar los “puntos de gravedad” del modelo y dialogar con el cotidiano hablándole al cotidiano de la población lo que debe permitir avanzar para romper el consenso neoliberal; 4) Tiene que procesarse una renovación generacional, simbólica y discursiva concreta. 5) No caer en la lógica fratricida que ha caracterizado a las izquierdas, asumir que las rutas tácticas tomadas son parte de hipótesis que deben ser puestas a prueba. Veremos si estamos a la altura de tamaños desafíos.

Entrevista

Colaboraciones