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Entronemos al bufón

(Foto: NBC News)

20 de Diciembre 2014. En una tarde fría, un muchacho entra a una comisaría de los suburbios de Tours, en el centro de Francia. Sus documentos lo nombran Bertrand Nzohabonayo, nacido en Burundi, pero hace ya varios años que responde al nombre de Bilal, en honor a un discípulo de Mahoma. Unos gritos confusos se oyen desde la puerta del edificio, pero el silencio vuelve en seguida, luego del el estruendo inequívoco de un cuerpo cayendo al suelo.

Los noticieros de toda Francia dan eco de lo sucedido. Bilal, un reciente converso al islam, habría sido abatido a las puertas de la comisaria, luego de atacar a tres policías con un arma blanca. Un detalle es repetido con insistencia en cada recuento: al entrar al recinto, el joven habría gritado “Al•lahu-àkbar”; “Alá es el más grande”.

En seguida la prensa se apresa en investigar. Para todo sospechoso de menos de 25 años, el primer paso consta en revisar su cuenta de Facebook: se descubre ahí la bandera del Estado Islámico colgada en su portada. Luego, se habla de su breve historial criminal, y de su hermano mayor, que habría intentado enrolarse en la insurrección Siria. Todo parece indicar una agresión premeditada, pero se recogen datos contradictorios de familia, amigos y testigos. Entre ellos, una duda: ¿Bilal habría verdaderamente invocado a Alá? (http://www.mediapart.fr/journal/france/271214/joue-les-tours-la-version-...)

Pronto nuevos eventos estallan, y la prensa, heroica, cumple el deber sagrado de seguir la noticia.

21 de Diciembre 2014, es de noche en el centro antiguo de Dijon. Un automóvil irrumpe en el escenario, toma las veredas y comienza a recorrerlas a plena velocidad, atropellándolo todo a su paso. Después de una tensa persecución, la gendarmería consigue detenerlo, pero el criminal ya ha dejado a trece heridos tras de sí.

El país entero sigue los eventos de Dijon. Muy pronto, un rumor parece confirmar los temores: el piloto habría gritado ““Al•lahu-àkbar”. Luego, los noticieros se retractan, el hombre seria un desequilibrado de unos 40 años, con un largo historial médico, y un discurso absolutamente incoherente. La opinión no sabe que opinar, la “prudencia” es lo único que se recomienda.

En seguida el destino fatal perturba la reflexión de periodistas y cartesianos.

22 de Diciembre de 2014, 6:55pm. Una noche más en el mercado navideño de Nantes: las familias se reúnen entre las tiendas de madera para a comer dulces, tomar bebidas calientes, contemplar las decoraciones. Una camioneta aparece en la entrada de la plaza, y se precipita al encuentro de la multitud, hasta chocarse contra un poste. El bólido cobra una vida, y nueve heridos.

“¿Habrá gritado “Al•lahu-àkbar”?” murmura Francia. “Sin duda alguna” responden de inmediato la radio, la televisión, y los rumores. El asunto era claro, todo estaba conectado, y este ataque al Mercado de Navidad era prueba contundente de un choque de Civilizaciones. Todo seria confirmado en aquel pequeño cuaderno que la policía había descubierto en la chaqueta del asesino.

Cual no fue el estupor cuando se descubrió que el supuesto djihadista era un francesísimo Sébastien de 37 años, dueño de una granja en un pueblito del sudoeste de Nantes, en el que ejercía el oficio de jardinero. Ese agresor a los valores supremos de Occidente había vivido una vida discreta y silenciosa, y lo único que revelaba su cuaderno era una aguda paranoia, que lo hacía sentirse perseguido por los Servicios Secretos.

La aclaración apenas si impactó la opinión nacional. Eran ya tres días de psicosis, y esos ataques, conectados, planeados, o no, habían desgastado los nervios de Francia. El Gobierno, sintiendo el país amenazado, llamo a la Unión y a la vigilancia, tratando de sofocar toda sospecha infundada.

Por fortuna, la llegada de navidad y de las fiestas actuó como un bálsamo que fue aliviando, poco a poco, la tensión de esos tres días insoportables.

Nada preparó el país para los eventos del 7 de Enero. A comienzos del día, dos hombres armados irrumpen en las oficinas de la revista Charlie Hebdo, matando a once personas e hiriendo a once más. El impacto no puede ser mayor, la publicación satírica más leída había perdido a sus caricaturistas más prestigiosos: la habían tratado de asesinar. Pero el miedo no terminó ahí: como una cruel parodia de los tres días de Diciembre, París vivió una serie de ataques indudablemente coordinados y motivados por el fanatismo religioso. El día 8, los dos criminales eran perseguidos, mientras un cómplice aparece en el corazón de París y mata a una policía. El día 9, el cómplice toma rehenes en un supermercado judío (cuatro de ellos pierden la vida) y los dos asesinos son rodeados dentro de una fábrica. Esa misma tarde, los terroristas son muertos. Pero ya no es tiempo de dar un respiro.

Todos han caído en el estupor. Francia no había estado exenta de amenazas por Islamistas radicales, mucho menos desde sus intervenciones militares en Afganistán, Libia, Mali y tantos otros países. Charlie Hebdo, con sus caricaturas de Mahoma, también había sido blanco de amenaza y ataques menores. Pero lo que había sido un peligro lejano, un fantasma que algunos sacaban para excitar las imaginaciones, cobraba ya todas las marcas de la realidad. No hacia falta indagar si el criminal había invocado a algún Dios; la intenciones no podían ser mas claras, y era el horror vivido por las victimas lo que más impactaba al mundo.

Sin duda no hubo víctima más invocada que Charlie. Los dos días siguientes, las calles de las grandes ciudades se llenaron en una gran Marcha Republicana, rechazando el terror y, muchas veces, blandiendo el lema “Yo soy Charlie”. La revista se había convertido en un mártir: su solo nombre parecía poder condensar todo lo vivido en estos días espantosos. Es más, la imagen cobró tal fuerza que traspasó fronteras, y muy pronto jóvenes, adultos y tantos otros facebookeros bien intencionados empezaron a decirse “Charlie”. Junto a ellos, estaban también los que decían no ser Charlie, ser más bien “Charlie Coulibaly”, o escupirle a ese tal Charlie.

Esta de más decir que la sobre-exposición y el disfuerzo de los medios de comunicación no han hecho sino esfumar los contornos del verdadero Charlie, y un pequeño resumen biográfico sin duda está a la orden del día.

 

No hay lugar a dudas de que Charlie es un símbolo manoseado y simplificado por todos quienes lo invocan

¿Quién es Charlie?

En esencia, es un seudónimo, tras el cual se esconde una larga historia de irreverencia y de mofa a todo lo que nos hacen venerar. Su primer nombre fue Hara Kiri, la criatura de un colectivo de humoristas y dibujantes que, hartos del recato francés, deciden fundar un espacio desde el cual burlarse de todas y de todos. Desde sus inicios, las historietas y caricaturas de esta revista “Tonta y perversa” (insulto de un ciudadano que los Hara Kiri decidieron inmortalizar como sub-titulo) tuvo fuertes embates con el Gobierno, que llevaron a múltiples censuras y súbitos cierres. La paciencia de los bien-pensantes llegó a su limite cuando, a la muerte de Charles de Gaulle, la publicación hizo una caratula mofándose del fenecido.

Obligados al cierre definitivo, los periodistas evadieron la ley creando una publicación nueva, idéntica salvo por el nombre: Charlie Hebdo, bautizada presuntamente por las tiras de Charlie Brown que incluía, aunque, ni que decirlo, era también un homenaje al desaparecido Charlie De Gaulle.

Lo que siguió fueron varias décadas de burlas, cierres y resurrecciones, jugando con la paciencia de toda Institución habida y por haber. El catálogo de caratulas de Charlie incluye al presidente François Hollande exhibiendo un pene diminuto, la Trinidad Cristiana haciendo una Orgía de a tres, y el beso apasionado de un Imam y un caricaturista. Charlie Hebdo nunca ha sido una revista que buscara hacerse amigos, pero su irreverencia tenía un efecto profundamente sano, pues curaba a Francia de sus excesos de solemnidad, quebrando alegremente los pedestales de los que se sentían intocables. Como Rabelais antes que ellos, los Charlie actuaban como sátiros, librando al país de la saturación de seriedad y de fatalismo que las historias de crisis, racismo y corrupción esparcían. En vez de usarlo como vía de escape, el humor era una forma de recordar que ningún ídolo es inatacable. Acción democrática si la hay.

Enhorabuena que semejante espacio de libertad sea defendido por tal multitud. Este comediante solitario, que se dedicaba a crear enemigos para que ninguno quedara en pie, se ha convertido en un estandarte de la democracia de la noche a la mañana. Los 7 millones que su último numero acaba de vender son absolutamente asombrosos, considerando que la revista nunca fue de fácil financiamiento.

Aun así, uno no puede sino imaginar lo que dirían Cabu, Charb o Wolinski (los tres muertos en la masacre) si vieran la cantidad de políticos y diplomáticos grises que hoy dicen “ser Charlie”, y buscan ser fotografiados en las marchas. De tanto ser invocado, el destructor de ídolos corre el riesgo de convertirse, a su vez, en un nuevo tótem intocable...

Al cabo de dos semanas, no hay lugar a dudas de que Charlie es un símbolo manoseado y simplificado por todos quienes lo invocan. En vez de recordar su verdadero valor, el de la irreverencia absoluta, lo están convirtiendo en un nuevo objeto sagrado. La Prensa tampoco parece buscar adoptar el método de Charlie: en vez de atacar creativamente a todo lo inquebrantable, se respeta siempre a los mismos monolitos, y se ataca a los mismos enemigos.

Y es que, por más que desagrade a los bien pensantes, hay muchos que no se declaran Charlie; cantidad de hombres y mujeres que, en esa región que algunos llaman “Mundo Árabe”, pero que no está tan alejada de la Vieja Francia, grandes manifestaciones rechazan rotundamente a Charlie Hebdo. La Prensa occidental los llama fundamentalistas, manipulados; es aun común oír a intelectuales decir que son tan solo sociedades “más jóvenes”, entendiendo que la madurez está en esa Sociedad Occidental que goza de tan buena salud.

En un mundo como el de hoy, ya no es posible seguir pensando en “Mundos” separados. Esta gente herida no es una masa irracional, sino que puede estar movida por una indignación legítima. Yo mismo defiendo y admiro a los sátiros por su ataque sin cuartel a los ídolos, pero lo digo desde el marco de mi sociedad y de mi pensamiento. ¿Qué hacer cuando los mensajes de los sátiros llegan a un espacio que no comparte nuestros códigos?

Una cosa es segura: seguir los padrones actuales de la prensa no es una solución. La psicosis de diciembre es un ejemplo evidente: estamos ya tan acostumbrados a que nos demuestren a los islámicos como salvajes, que buscamos a Ala donde no lo está. Charlie en cierta forma está indicando un camino: demoler monolitos. Acabar con estas imágenes construidas que nos proyectan para mantenernos en nuestra comodidad: salvajes designados, mártires absolutos, causas inatacables. No aceptar a Charlie como mártir si hacerlo implica callar a los que lo cuestionan. No creerse del todo las narraciones que nos muestran a los anti-Charlie de Nigeria o Pakistán como una masa irracional. Defendiendo a Charlie, estamos entronando al bufón: hagámoslo del todo. Tengamos la valentía de burlarnos del marco de miedos y prejuicios que estamos acostumbrados a tener.

Hoy, los noticieros de Francia repiten un discurso que da un eco preocupante al 11 de Setiembre. Se habla de protección y de vigilancia, y se cubre la indignación de los pueblos musulmanes como si se tratase de energúmenos incomprensibles. Solo queda esperar que el espíritu analítico, orgullo del pueblo Francés, les impida caer masivamente en la trampa. Seamos Charlie o no, compartimos un mundo, y no podemos seguir negándolo. Es ya admirable que este ataque nos haya reunido en defensa de la sátira: es hora de dar un paso más, y vivir de sátira para volvernos menos ciegos.

Entrevista