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Clyde Snow: “Traducimos lo que dicen los esqueletos”

El antropólogo Clyde Snow.

A sus 82 años, Clyde Snow ha contribuido a ponerles nombre y apellido a miles de esqueletos, con lo que ha aliviado la pena de los familiares y víctimas de guerras y desastres en todo el mundo. Su trabajo ha sido vital para hacer justicia en juicios históricos como aquel contra la Junta Militar argentina, que terminó condenando a los responsables. También ha ayudado a identificar restos de personajes tristemente célebres, como el del criminal de guerra nazi Josef Mengele. Conversamos con el padre de la antropología forense.


—La antropología forense es una disciplina que forma parte de la antropología física. En términos generales, ¿de qué se ocupa?

—La antropología forense es una subdisciplina de la antropología física que se ocupa del estudio del esqueleto humano. Usualmente estudiamos al hombre prehistórico o fósil, pero también ciertos casos que llaman la atención de la Policía y del médico forense: son restos de huesos, de esqueletos de personas que han sido víctimas de un crimen.

—¿Qué tratan de descifrar estudiando los esqueletos?

—Básicamente, descifrar o entender quiénes eran y cómo murieron. Nuestros informes pueden ser utilizados en una corte durante un juicio. Por ejemplo, si se está procesando al perpetrador de un homicidio, esos informes nuestros son presentados en el juicio, y muchas veces somos llamados para dar nuestro testimonio como expertos.

—¿Analizan qué pasó con la víctima?

—La identificamos usando, por ejemplo, los dental records. También podemos determinar la causa de su muerte: un disparo fatal, o que haya sido acuchillado. Además de la hora de su muerte.

—¿Qué características debe tener un antropólogo forense?

—Ése es un punto clave. Los antropólogos forenses y los patólogos, los que investigamos en la escena del crimen, tenemos una responsabilidad muy especial: presentar las evidencias, interpretarlas de manera objetiva y preservarlas. No es nuestro rol perseguir a los culpables; ni siquiera proteger a los inocentes. Muchas veces me preguntan desde hace cuánto tiempo soy un activista pro derechos humanos, y siempre respondo: no soy un activista pro derechos humanos; soy un experto, presento mi evidencia.

—Ustedes trabajan con evidencias, pero también con la intuición. ¿Cuándo les ha fallado?

—Actualmente no creo en la intuición. Creo que lo que llamamos intuición es una destilación de la experiencia. En casos criminales ordinarios, comunes, los huesos siempre traen sorpresas. Miras toda la evidencia y ésta puede probar algo que es contrario a lo que en un inicio se pensó o se supuso. De repente escuchas un rumor: tal persona fue muerta por un disparo en la cabeza. Pero realizas la exhumación y te das cuenta de que fue acuchillada, por las marcas sobre los huesos. Claro, empezamos con la información que nos dan, pero es la evidencia la que confirma los hechos. Los esqueletos en las tumbas son, como siempre digo, los reales testigos. Cuando testificamos en la corte, en realidad traducimos lo que dicen estos esqueletos.

—¿Qué tipo de información brinda un esqueleto y cuál es el límite?

—A partir de la experiencia puedo decir que los esqueletos son exactamente como las personas: algunas personas son muy tímidas y no obtienes mucha información de ellas; otras, en cambio, te hablan mucho. En los huesos hay evidencia que nos da información sobre la persona, empezando por su edad, la hora de su muerte (dentro de ciertos límites), su estatura, raza, género y mucho más: enfermedades pasadas, heridas que afectaron el hueso… La información que obtenemos se llama biografía ósea. Es la historia de vida de una persona que está más o menos preservada en sus huesos. Y una parte muy importante de esa biografía ósea es el último capítulo: nos dice cómo murió la persona. Entonces, sí, obtenemos mucha información a partir de los huesos.

—Usted fue el primero en aplicar la antropología forense en casos de violaciones de derechos humanos. Esto ocurrió en Argentina, de donde lo llamaron.

—Sí, en 1985, por el juicio a la Junta Militar. Llegué unos meses antes para ayudar en la investigación de los desaparecidos. Antes los jueces iban a los cementerios con retroexcavadoras para remover los lugares donde pensaban que podían estar los desaparecidos. Terminaban con montañas de huesos y destruían, sin querer, las evidencias. No sabían buscar, no tenían arqueólogos. Así se realizaron, creo, aproximadamente 400 exhumaciones. Estos huesos eran llevados a la morgue en La Plata.

—Por eso usted forma el equipo de antropología forense.

—Recluté a un equipo voluntario, ocho jóvenes argentinos estudiantes de Antropología y Medicina, y los entrené durante varios meses. Cuando comenzó el juicio, el fiscal Scorsera se enteró de nuestro trabajo. Por ese entonces nosotros habíamos realizado ya varias exhumaciones, y él nos preguntó si podíamos presentar nuestras conclusiones como evidencia en el juicio contra la Junta. El equipo estaba conformado por estos chicos muy jóvenes que eran tímidos y no querían testificar, de modo que lo hice yo.

—Los argentinos, entonces, son los pioneros; porque luego se formaron muchos equipos en Latinoamérica, incluyendo el peruano.

—Fue la primera vez que evidencia forense científica fue utilizada en una investigación sobre la violación de derechos humanos. Después el equipo argentino formó a un equipo chileno, y ambos fueron a Guatemala a constituir otro allá. Posteriormente se formó el Equipo Peruano de Antropología Forense. América Latina es pionera en la aplicación de la antropología forense a la violación de derechos humanos e investigaciones sobre crímenes de guerra y contra la humanidad.

—¿Qué descubrió en Argentina?

—Habíamos realizado un número significativo de exhumaciones, casi 100. Nos dijeron que teníamos un aproximado de dos horas para testificar, y nos pareció que si intentábamos hablar de todos los casos, terminaríamos con un montón de estadísticas: tal número de personas enterradas acá, tantas allá, etcétera. Aburridísimo: nuestro informe les hubiera dado sueño a los jueces. Entonces lo pensamos bien y decidimos que un desaparecido podría representar a los demás. Optamos, así, por hablar de dos casos muy típicos. Uno de ellos es el de una joven llamada Liliana Pereira, quien tenía aproximadamente 21 años de edad y fue encontrada en una tumba clandestina. La identificamos gracias a rayos X que le habían sido tomados antes de que fuera asesinada; es lo que llamamos rayos X anti mortem, hospitalarios. Comparamos los rayos X de los huesos con los rayos X anti mortem. También encontramos su historia dental. Su caso fue importante, porque fue una de varios cientos de mujeres detenidas que estaba embarazada al momento de su desaparición.


—Y se sabe que a las mujeres embarazadas las mantenían vivas hasta que dieran a luz; luego las ejecutaban y les daban los niños a las familias de militares o policías.


—Así es; y les falsificaban partidas de nacimiento. Incluso vendieron algunos de esos niños en el mercado negro (obtenían por cada uno aproximadamente 600 dólares). El caso de Liliana Pereira me sirvió para relatar la historia de varias mujeres desaparecidas. Mostré a la corte sus huesos, su cráneo completamente fracturado por causa de un impacto de bala disparado desde muy cerca. Enseñé fotos de ella tomadas unos años antes de su muerte. Impactó. Después uno de los jueces, a quien luego conocí, me dijo que antes de eso la mayor parte de la evidencia presentada en el juicio era documentaria.

—¡Por primera vez vieron lo que les pasó a estas personas!

—Lo bueno fue que los miembros de la Junta, que estaban sentados detrás de mí, pudieron ver el producto de sus acciones.

—¿Y el segundo caso que presentaron en el juicio?

—Fue el de un joven. Con su caso pude explicar las técnicas que utilizamos para la identificación. Una de las varias cosas que encontramos cuando exhumamos el esqueleto fue que los huesos de la mano derecha presentaban deformidad. Los rayos X nos permitieron hallar fragmentos de metal dentro de ellos. Había sufrido una herida de bala en la mano derecha varios años antes de ser asesinado. Entonces, ayudó en el proceso de identificación, porque había miles de hombres desaparecidos de su misma edad y estatura, pero solo uno tenía una antigua herida de bala en la mano derecha. Este caso sirvió para explicar cómo identificamos a las personas.

—Imaginamos que los antropólogos forenses sacaron importantes lecciones de esta experiencia, comenzando por la forma en la que se deben presentar los casos.

—Sobre todo que, así como una persona habla por muchas, un pueblo puede hablar por otros. Porque este tipo de evidencia, al enfocarse en lo micro, en los detalles, transmite una historia muy dramática a los jueces y jurados. No los aburres con estadísticas. Joseph Stalin tenía una observación muy interesante: cuando habló de las muertes ocurridas durante su reino de terror, dijo: “Una única muerte es una tragedia, un millón de muertes es una estadística”. Y es cierto.

Antes los jueces iban a los cementerios con retroexcavadoras para remover los lugares donde pensaban que podían estar los desaparecidos. Terminaban con montañas de huesos y destruían, sin querer, las evidencias.

—¿Cuál fue su relación con las Madres de la Plaza de Mayo?

—Justamente el caso de Liliana Pereira motivó la división entre ellas. Cuando ya estuvimos organizados y nos encontrábamos realizando exhumaciones, la señora Bonafini se molestó mucho, porque su posición era: “Nuestros hijos estaban vivos cuando ustedes se los llevaron; los queremos de vuelta vivos”. Por ese entonces todos sabían que estaban muertos, pero ella era antiexhumación. Dijo: “No queremos fardos de huesos”. En tales circunstancias, un grupo de esas madres se acercaron a nosotros y nos dijeron que querían que se procediera con las exhumaciones para encontrar a sus hijos. Una de ellas era la de Liliana Pereira. Fuimos a Mar de Plata, y en el cementerio habían identificado dos tumbas; no estaban seguros de cuál contenía el esqueleto de Liliana.

—¿Y procedieron a excavar la primera? 

—Sí, y allí encontramos el esqueleto de Liliana. Al día siguiente, cuando regresamos para exhumar el segundo cadáver, ¿adivinen quién estaba allí, en la entrada? La señora Bonafini, que había llegado a impedir la exhumación. Pobre señora Bonafini: estuvo allí solita; nadie fue. Y todo resultó muy vergonzoso para ella, porque buscaba una confrontación.

—¿La familia de Liliana quedó satisfecha?

—Lo realmente maravilloso ocurrió hace tres años, después de tanto tiempo: el ADN hizo posible identificar al hijo de Liliana. Vivía en Córdoba. Su abuela, la mamá de Liliana, se reunió con él. Aunque fue robado por una familia de militares, lo criaron bien. Fue una situación terrible para él, porque tuvo que testificar en contra de esta familia. Muchas veces los padres que compraron a esos niños en el mercado negro no sabían que eran hijos de desaparecidos. Los adoptaron de buena fe. Fue una experiencia muy difícil, tanto para los abuelos como para los padres adoptivos.

—El tener los restos y poder sepultarlos es un ritual que se repite en muchas culturas. ¿Es universal?

—Sí. En todas las áreas donde he trabajado, nunca he encontrado un grupo o una sociedad que no quisiera que se les devuelva a sus muertos; de modo que siempre podemos contar con el apoyo de los familiares. Con la excepción de la señora Bonafini. (Ríe.)

—¿Cuáles son las diferencias entre el proceso que se ha vivido en Argentina y los otros casos de violación de derechos humanos a nivel internacional o regional?

—En Argentina, los blancos de los escuadrones de la muerte eran individuos. Tenían tu nombre en la lista, te llevaban a un centro de detención, te torturaban durante algunas semanas o meses y después te ejecutaban y te enterraban. Las familias nunca eran notificadas; no les daban ninguna información. En Chile detenían a la persona y la mataban, pero dejaban el cadáver frente a la casa familiar. Por eso hay menos desaparecidos “reales”. En Guatemala, a su vez, había miles de indígenas maya. Por órdenes del general Ríos Montt, entraban en pueblos y masacraban a toda la población: hombres, mujeres y niños. Y esas víctimas terminaban en fosas masivas. También había un pequeño grupo de desaparecidos urbanos: estudiantes, profesores, activistas de derechos humanos; y que, como en el caso argentino, eran blancos específicos. Pero eran una minoría.

—¿En las zonas rurales las matanzas colectivas establecen un patrón?

—La última vez que fui a Kurdistán encontré que se había estimado que 3.900 pueblos kurdos fueron completamente destruidos. Mataban a todos los hombres; a los ancianos y a las mujeres los llevaban a los campos de detención en el desierto, y los tenían allí por varios años. Muchos de ellos murieron de hambre o de frío. En los pueblos de Guatemala mataban a las mujeres y niños al mismo tiempo que a los hombres. El accionar varía, aunque siempre hay similitudes. Creo que esos tipos leen las páginas web de sus “colegas”.

—La violación sexual es algo que la ciencia forense aún no puede determinar.

—Desafortunadamente, es una de las cosas que un esqueleto no nos puede revelar. Los huesos no nos pueden dar esa información, aunque sabemos que ha sido violada por los testimonios de sobrevivientes o testigos. En Guatemala, cuando las Fuerzas Armadas entraban en un pueblo, era una casi rutina separar a las mujeres más jóvenes de las demás y violarlas antes de ejecutarlas. Por eso, algo importante en nuestra investigación es que no se limite a los huesos: es muy útil hablar con los sobrevivientes y testigos; incluso con los militares —algunos se arrepintieron y nos han dado evidencia/testimonios—; usualmente son soldados de rangos más bajos.

—¿Se acuerda de algún caso específico en el que los testigos hayan sido un elemento clave?

—Me acuerdo. En un caso en Guatemala, en un pequeño pueblo llamado Chel, el Ejército entró y, en lugar de disparar contra todos los pobladores, decidió decapitarlos. Había un puente antiguo, hecho de piedras, donde llevaron a los hombres, mujeres y niños capturados. Los hicieron apoyarse sobre el borde del puente y los decapitaron con machetes. Algunos hombres que habían estado trabajando en las afueras del pueblo se escondieron y observaron la masacre desde sus escondites en las montañas. Dijeron que vieron cuando obligaron a las mujeres a quitarse la ropa y las violaron. A las que llevaban a un bebé en sus brazos les ordenaron que los colocaran sobre la montaña de ropa acumulada. Después de violarlas, las decapitaron y prendieron fuego a la montaña de ropa. Los bebés se quemaron vivos. Los arqueólogos que fueron al sitio encontraron los huesos de los recién nacidos. En ese caso, la evidencia de los testigos y la evidencia arqueológica contaron la misma historia.

—Usted ha sido el primero en plantear la necesidad de trabajar con los pobladores y familiares.

—Es absolutamente esencial trabajar con las familias, porque ellas nos proveen de la información que necesitamos para la identificación. No se trata de entrar y exhumar una fosa común, encontrar 50 ó 100 esqueletos y allí se acabó. Lo que tratamos de hacer con estas investigaciones es utilizar toda la evidencia para recrear el evento y contar una historia. Con la información que nos dan las familias y los sobrevivientes —quién entró en el pueblo, quién mató, quién fue asesinado—, tratamos de reconstruir una historia.

—Por lo general ustedes llegan a los países cuando ya los procesos de paz están en marcha. Sin embargo, ¿alguna vez se ha encontrado con obstáculos o interferencias de gobiernos o de altos funcionarios?

—Sí. Nos encontramos con este tipo de obstáculos en varios países (en Argentina, por ejemplo), lo que se debe simplemente a la burocracia. Hay que saber navegar en el sistema legal, porque es como un laberinto. El equipo argentino tuvo que aprender a realizar los trámites correspondientes para acceder a información. El otro inconveniente era que la antropología forense era entonces una disciplina relativamente nueva. En Argentina nadie había escuchado hablar de ella. Los médicos forenses eran muy conservadores; decían: ¿Quiénes son estas personas que están examinando los esqueletos? Creo que en el Perú pasaron por la misma situación.

—Sí, muchos años después, la percepción aquí parece ser la misma.

—Para ser forense tienes que ser médico: ésa es la percepción. En Europa, los Estados Unidos, Canadá, las disciplinas forenses trabajan juntas con los médicos forenses. Éstos reconocen la pericia de los antropólogos forenses. No tratan de hacerlo todo ellos mismos. También tienes que lidiar con el acoso activo: amenazas de muerte; todos los equipos —los del Perú, Guatemala y Argentina— reciben amenazas de muerte de vez en cuando. Los argentinos, por ejemplo, aprendieron muy tempranamente a lidiar con ellas. Cuando los llamaban por teléfono, les hacían bromas: “Perdón, solamente atendemos amenazas de muerte entre las 14 horas y las 16 horas; por favor, vuelva a llamar y pregunte por Mimí” (Mimí era uno de los miembros del equipo). Eso los paralizaba. Como no querían que nos riéramos de ellos, no volvían a llamar. Además, quieren interferir con tu trabajo; pero tú debes seguir con tu horario y tus tareas. Hay que ignorarlos. Cuando se dan cuenta de ello, se van. Felizmente, hasta hora, ninguna de las amenazas se ha materializado.

—¿Cuál es la experiencia que más lo ha impactado?

—Todos los casos son fascinantes; cada uno tiene su propia historia. En Chicago trabajé el del famoso asesino en serie John Wayne Gacy. Descubrimos 33 esqueletos enterrados debajo de su casa. Pertenecí también al equipo que examinó los huesos del doctor Mengele, en Brasil. Pero quizá el caso más importante de mi carrera es el de Irak. En la década de 1990 conformamos un equipo con argentinos, guatemaltecos y chilenos —en ese entonces los peruanos no estaban organizados— y fuimos a Irak para realizar exhumaciones de pueblos. Muchos pobladores habían sido asesinados por las fuerzas de seguridad de Saddam. Otra vez, un pueblo puede hablar por muchos otros.

—En ese momento Saddam seguía en el poder…

—Así es, y por eso parecía casi imposible que esta evidencia que recolectábamos fuera algún día utilizada. Pero en el 2005 me llamaron a Bagdad, me quedé algunas semanas y testifiqué en el juicio contra Saddam por sus crímenes contra los kurdos. Después de tantos años, esta evidencia fue utilizada. Fue muy gratificante; y el juicio, muy interesante. Los iraquíes son muy bulliciosos: los jueces gritaban a los abogados, y éstos se gritaban entre ellos. Testifiqué durante casi 4 horas —lo que jamás había hecho, y lo hice de pie—, aunque creo que solo hablé durante 45 minutos. Decía algunas palabras, me interrumpían y debía volver a empezar. También fue interesante porque cuando los jueces y los abogados terminaron de hablar, los acusados pudieron hacer preguntas.

—¿Saddam Hussein le preguntó algo?

—Sí. Se paró —tenía un Corán enorme en la mano— y se dedicó esencialmente a cuestionar mi credibilidad: quién era yo, que nunca había escuchado hablar de mí ni de la antropología forense. Después, con respecto a los esqueletos encontrados, dijo: “Irak está repleta de fosas comunes. ¿Cómo saber que no son hititas de hace unos 5 mil o 6 mil años?”. Yo quería responder; quería decir que sabía que los hititas eran una civilización muy avanzada, pero no tanto como para que algunos tuvieran relojes digitales. También hubiera querido decir que la mayoría de esos relojes habían dejado de funcionar el 28 de agosto de 1988. Pero antes de que pudiera hacerlo, el juez dijo que yo ya había sido confirmado como experto. Nunca pude responder a su pregunta.

Entrevista