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¿A dónde va Vizcarra?

Foto: RPP.

La opinión pública ha recibido auspiciosamente al nuevo gobierno de Martín Vizcarra, como reflejan todas las encuestas. No obstante, todavía prevalece la duda, la incertidumbre y la expectativa en las élites económicas y políticas.

La aprobación del presidente (57% según Ipsos, 55% según Datum), es significativa y es similar a la de Pedro Pablo Kuczynski (PPK) en agosto de 2016, sobre todo teniendo en cuenta que en las encuestas previas a asumir el mando un alto porcentaje no lo conocía.

En gran medida ese respaldo se explica porque la salida de PPK fue recibida con alivio por la mayoría. Los últimos meses de su gobierno fueron críticos. El enfrentamiento constante con la oposición –sobre todo keikista pero también de sectores del Apra, AP e izquierdas- se hizo insoportable para los ciudadanos preocupados por el empleo, los ingresos, la inseguridad y la corrupción, que observaban indignados a los políticos peleándose entre ellos sin atender sus demandas ni prestar atención a sus problemas.

Como era de suponer, Vizcarra ha sido bien recibido por casi todos los grupos políticos presentes en el Congreso. Al final, casi todos se habían manifestado a favor de la vacancia de PPK, así es que son responsables de que Vizcarra esté ocupando el sillón presidencial. Por tanto, tienen que respaldarlo, por lo menos durante un tiempo prudencial.

El cambio de comportamiento de la mayoría congresal ha sido recibido también con beneplácito por la opinión pública, como muestra el muy significativo aumento de su aprobación (pasó de 14% a 25% según Ipsos). Ese será sin duda un incentivo para que el Parlamento, en particular la mayoría keikista, mantenga las buenas relaciones con el gobierno.

Por supuesto, en estas condiciones, el voto de investidura al gabinete que preside César Villanueva será ampliamente mayoritario.

El gabinete con que se estrena el nuevo gobierno es más bien opaco, contrastando nítidamente con el de lujo con el que se inauguró PPK, lleno de figuras rutilantes de la tecnocracia o del empresariado, y que terminó fracasando estrepitosamente (06 sobre 20 fue la nota que le asignó la ciudadanía en la encuesta de Datum de diciembre de 2017).

Ese hecho está siendo aprovechado por el gobierno, que se presenta a sí mismo como modesto, bastante provinciano, sin grandes ínfulas, destacando ese contraste con su antecesor.

Varios de los nuevos ministros han desempeñado cargos en gobiernos anteriores –viceministros, directores, etc.- sin identificarse abiertamente con esos gobiernos. El presidente y el premier han buscado personas con alguna experiencia en el sector público, aunque la verdad es que tampoco tenían mucho de donde escoger.

Lo positivo de un gabinete gris es que no se levantan las expectativas, que siempre son perniciosas, como se demostró claramente con PPK, que despertó enormes esperanzas y luego las defraudó.

La mala gestión de PPK también ayuda a Vizcarra, porque la valla no está muy alta y una gestión medianamente eficiente podría obtener la aprobación ciudadana. Y esto es importantísimo para un gobierno que carece de partido y de bancada, pues es su principal instrumento para poder relacionarse con el Congreso equilibradamente.

En efecto, si la aprobación presidencial cae-como ocurrió con PPK queal final estaba en 15%-, quedará totalmente inerme ante el Congreso que podrá vapulearlo a su antojo.

Sin duda, Vizcarra y Villanueva han tenido que realizar algún tipo de negociación con el keikismo y otras bancadas del Congreso. Pero eso no implica necesariamente que estén sometidos o que sean marionetas del keikismo, como sostienen algunos de los más radicales antifujimoristas transformados ahora en antikeikistas y pro fujimoristas (su nuevo héroe es Kenji Fujimori).

En el gabinete hay personas cercanas a las izquierdas que han sido criticadas desde el extremo opuesto, y viceversa, derechistas tachados por los izquierdistas. Pero finalmente esas censuras se han diluido rápidamente, aunque es probable que reaparezcan cuando unos u otros quieran atacar al gobierno.

En suma, no hay ninguna evidencia de esa supuesta sumisión al keikismo o a cualquier otro grupo político. Tampoco al keikismo le conviene aparecer vinculado al gobierno, porque si este tiene un mal desempeño cargarían con ese lastre.

Lo que no puede descartarse es que si el gobierno comete errores, si su aprobación cae, puede ser avasallado por el keikismo. Pero esa no es la situación ahora ni necesariamente tiene que ocurrir.

El asunto es que todavía no se sabe cuál será el rumbo del nuevo gobierno, sobre todo en los temas que más interesan y preocupan a los ciudadanos.

Una posibilidad muy peligrosa en el terreno económico, es lo que ha adelantado el ministro de Economía David Tuesta: la reducción de los gastos corrientes del Estado, lo que implica despedir a miles de empleados gubernamentales en momentos en que el empleo formal viene cayendo preocupantemente desde el año pasado. (Ver: Fernando Rospigliosi, “El empleo de Martín Vizcarra”, El Comercio, 21.4.18).

Si realmente lo hacen, sería el suicidio político de un gobierno que ha empezado con buen pie, pero que no deja de ser precario por su falta de sustento propio en el Congreso y en la sociedad.

Ese y otros desafíos son los que tiene que afrontar ahora el gobierno de Martín Vizcarra. Decisiones difíciles que tiene que tomar, con el peligro de cometer errores que, en su caso, pueden ser fatales, porque no tiene ni el tiempo ni el respaldo político para corregirlos y superarlos.

Por el momento el vacío lo ha llenado el presidente con discursos alentadores, tratando de aparecer cercano a la población, viajando y visitando a lugares con problemas. Todo eso está muy bien y ha sido recibido con beneplácito por la población. Pero eso no dura mucho. En algunos meses todos querrán ver resultados, aunque sean modestos.

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