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La última contribución de Federico de Cárdenas

Foto: El Comercio.

Nadie se lo esperaba. Su presencia silenciosa ya no invade las salas oscuras; su reino de imágenes y música deja una butaca vacía para siempre. Si la muerte no lo hubiera sorprendido una fría mañana de junio, estaría hipnotizado por los rostros y susurros de Ingmar Bergman, el ciclo que había gestado por los cien años del nacimiento de este grande del cine. Había ayudado a reunir las 39 películas del que consta. El ciclo tenía que ser así de completo, así de riguroso, como todo en lo que se embarcaba.  

Pocos sabían más de Bergman y de cine que él. Ésta fue la última reseña que escribió en homenaje al maestro, y la publicamos en homenaje a este otro maestro.

INGMAR BERMAN  (1918 -2007)

Hijo de un pastor luterano de marcado rigor y de una madre distante a la que adoraba, con precoz vocación manifestada en su dominio cuando niño del teatro de marionetas, Ingmar Bergman siguió estudios en la universidad de Estocolmo y obtuvo una licencia en literatura e historia del arte con una tesis de August Strindberg, autor teatral que fue con Ibsen una gran influencia en su vida. Su formación procede  de los años en que permaneció ligado al teatro universitario y posteriormente fue ayudante de dirección del Gran Teatro Dramático de Estocolmo, donde estrenó una temprana obra, La muerte de Kasper en 1941. Dos años después la productora estatal Svensk Filmindustri (SF), que buscaba jóvenes guionistas, lo contrató para su departamento de guiones.

Un año más tarde su nombre ingresa a la industria gracias a que la misma empresa produjo una película a partir de un guion adaptado por el propio Bergman de su novela corta Tortura (Hets), que dirigió Alf Sjöberg. Entre 1944 y 1955 fue responsable artístico del teatro municipal de Helsingborg, etapa en la que también dirigió su ópera prima, Crisis (1946), producida por la Svensk Filmindustri, a la que siguió una serie de películas para el productor independiente Lorens Malmstedt, en las cuales aparecen ya sus preocupaciones trascendentales y que le lograron cierto reconocimiento local. En lo internacional, Bergman es descubierto a inicios de los años 50 por la crítica argentina y uruguaya que se adelantó a cualquier otra.

Sin embargo no fue hasta la aparición de la comedia Sonrisas de una noche de verano que el nombre de Bergman empezó a ser conocido a escala mundial. El éxito que alcanzó esta película en el Festival de Cannes de 1956 lo convirtió en el autor más apreciado dentro del cine europeo, y ello propició que se recuperaran numerosos filmes anteriores suyos.

El cine de Bergman recoge la herencia formal del expresionismo alemán y de la tradición naturalista escandinava, en especial la de la obra silente de Víctor Sjöstrom – a quien consideraba su maestro y dirigió en Hacia la felicidad y Las fresas salvajes -; también destaca por su gran sentido plástico y aprovechamiento de las posibilidades del blanco y negro y luego del color. Sus filmes giran en torno a constantes temáticas, en especial la muerte y el amor, marcadas por las preocupaciones existencialistas y religiosas del autor, y abordadas con un tono metafísico y una densidad de diálogos insólita para la época.

En el amplio conjunto de su obra ha escrito, producido y dirigido películas que abarcan desde la comedia ligera al drama psicológico o filosófico más profundo. En su universo de autor el contenido sexual está siempre presente, si bien tratado con extremo lirismo. Película emblemática dentro de su filmografía por su gran repercusión entre el público y la crítica, El séptimo sello (1956) constituye una alegoría que indaga en la relación del hombre con Dios y con la muerte, para la cual empleó recursos narrativos y formales tomados de la iconografía cristiana, en esta historia en la que un cruzado que huye de la peste con un grupo de comediantes reta a la muerte a jugar ajedrez. Su virtuosismo y sentido poético se hacen evidentes en Las fresas salvajes (1957), recreación de episodios de su propia infancia para la que utilizó una estructura temporal de narraciones superpuestas y presentó una de las mejores secuencias oníricas que pueda encontrarse en el cine.

La posición de Bergman como director se consolidó plenamente a lo largo de la década de 1960 a partir de su trilogía religiosa (Como en un espejo, Luz de invierno, El silencio). Pero la obra más representativa de esta etapa es Persona (1966), donde destacan las simetrías entre las actrices protagonistas, los primerísimos planos y el empleo evocador del sonido y la música. Bergman continúa explorando de película en película el alma humana, su incapacidad para la comunicación, para sentir y recibir amor.

Los 70 son años de pleno reconocimiento internacional para el director, en que los premios y los éxitos se suceden: Cannes, Hollywood, Venecia, Berlín… Su dedicación al cine no le impidió, sin embargo, seguir trabajando para el teatro –su vocación primera – y la televisión, para la que produce y dirige Escenas de la vida conyugal en doble versión, elaborando al mismo tiempo una más concentrada para la pantalla grande.

En 1976 abandonó abruptamente su país al ser acusado de fraude fiscal y se instaló en Munich, donde creó su propia productora. El huevo de la serpiente, De la vida de las marionetas datan de estos años. De retorno a Suecia cuando se le dio la razón, rueda su película más encantadora Fanny y Alexander (1982), una evocación poética de su infancia concebida también como su cálido adiós al cine.

Poco después Bergman decidió retirarse “por temor a no poder alcanzar el rigor necesario en sus siguientes películas”, si bien retornó al cine en ciertas ocasiones (En presencia del clown, Sarabanda) que demostraron que su arte depurado y personal visión del mundo seguían intactos. Gran director de actores, supo rodearse de un maravilloso grupo de hombres y mujeres que dieron vida a los personajes que su imaginación creaba.

Aislado por voluntad propia en la isla Faro, donde vivió retirado y siguió produciendo, publicó sus memorias en dos magistrales volúmenes, Linterna mágica (1988) e Imágenes (1990), y escribió guiones que cedió a otros directores, entre ellos su hijo Daniel, su exesposa la actriz Liv Ullman y Billie August. Falleció durante el sueño poco después de cumplir 89 años, cuando era considerado de forma unánime uno de los cineastas más representativos de la segunda mitad del siglo XX y uno de los pilares de séptimo arte. Su casa en Faro, convertida en museo, es lugar de peregrinaje para cineastas y cinéfilos del mundo entero.

(Bergman falleció durante el sueño, y Federico de Cárdenas unos minutos después del sueño).

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