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Cristina Gallego: “La sociedad wayúu es matriarcal, pero absolutamente machista”

Foto: Vanguardia Liberal.

“Pájaros de verano” ha ganado el premio del jurado a la mejor dirección en el 22 Festival de Cine de Lima. Está ambientada en la época del boom del tráfico de la marihuana en La Guajira colombiana. Un miembro del pueblo wayúu se ve involucrado en el negocio y en una guerra que termina destruyendo sus valores ancestrales y a su familia. Cristina Gallego ha codirigido la película junto a Ciro Guerra, cuya película “El abrazo de la serpiente” ganó el premio a la mejor película hace tres años en el mismo festival.


¿La película está basada en hechos reales?

Sí. Lo que pasó durante la bonanza marimbera, entre 1968 y 1980, es una historia que conocimos pero que no está bien documentada; es un periodo del que no se ha contado mucho, a pesar de que es el germen de este tráfico de drogas en el que estamos metidos nosotros, ustedes, Centroamérica y, en general, todo el planeta. Hace 10 años estuvimos rodando “Los viajes del viento”. En esta película los personajes pasan por donde estaba un grupo de marimberos. Para crear esa escena, que tenía actores naturales, recogimos las historias de muchos de ellos. También se han escrito novelas sobre el tema.

¿La bonanza marimbera se extendió a todo el país?

Por ejemplo, cuando yo vivía en Bogotá, muchos de mis vecinos, que eran amigos de mi hermano, estuvieron metidos en esto de alguna u otra forma. Eso permeó toda la sociedad, y luego evolucionó al tráfico de cocaína. Las familias que se hicieron de esas cantidades de dinero lo limpiaran y pasaron a otros negocios. Algunas de las grandes familias políticas de hoy comenzaron así. Se volvió ilegal solamente cuando el gobierno de Reagan declaró la guerra contra las drogas en el en los años 80, por la violencia que generó en Estados Unidos y Miami y el control del tráfico de drogas, porque antes  era el terreno de nadie. Los que instalaron las rutas del tráfico fueron los mismos gringos que venían a buscarla. Luego los carteles establecieron otras.

¿Las comunidades indígenas toman el control del tráfico de la marihuana?

La sociedad wayúu es la dueña de ese territorio por el que salían los cargamentos en las avionetas. Ellos convivieron con eso. A nosotros nos interesaba trabajar en esta comunidad porque es una sociedad tradicional, una comunidad cerrada y queríamos hablar de ese rompimiento de las tradiciones; pero además porque los wayúu son un pueblo con mentalidad capitalista. Tienen esa dicotomía y ese perfil que encaja perfectamente con una película de gangsters. Su organización se parece más a la de esas familias de la mafia italiana.

En “El abrazo de la serpiente” ustedes se acercan a los pueblos amazónicos; en esta película a un pueblo guajiro de la costa. ¿Cuáles son las diferencias entre ellos?

Son sociedades completamente diferentes. El mundo amazónico está relacionado a su entorno, a la riqueza del espacio natural. Para mí son las comunidades que están más conectadas con la cuestión superior, son más espirituales. El ser amazónico tiene que ver con la posibilidad de trascendencia, con la creación de la vida, con lo natural, con ser selva, con ser agua. En cambio, el mundo wayúu es una sociedad muy arraigada a la tierra, a sus muertos, a sus entierros y al miedo. Esa es la base sobre la cual se establece su comercio: ahí una ofensa y unas lágrimas tienen precio, lo intangible tiene un valor. En la sociedad wayúu si tú me causas un dolor, yo no te perdono sino que te lo cobro en chivos, en collares, en dinero. Es una sociedad extremadamente capitalista.

¿Siempre fueron así o es que algo cambió en esa sociedad?

El Código Hammurabi establece lo mismo. Si haces una ofensa tienes que pagar tanto, si ofendes a la hija de un ser poderoso lo pagas en dinero. Tiene que ver con la forma en la que se constituyen las sociedades.

La película trata de desmitificar la forma en la que algunos occidentales ven a las comunidades indígenas, a los que piensan que son impolutas e inmaculadas.

Me parece interesante cómo nosotros glorificamos a las sociedades tradicionales. Acá intentamos verlos como tradicionales, pero también como humanos. La película hace que me pregunte por qué el encierro de una niña hasta que llega la pubertad hace que ella cobre valor. Lo relaciono con la sexualidad de  la mujer en la sociedad moderna que también tiene un valor, y cómo el fenómeno del MeToo ha develado el comercio que hay detrás de ello.

¿Cómo establecieron la relación con los wayúu para que aceptaran filmar con ustedes?

Con ellos todo pasa por una negociación. Tuvimos el apoyo de antropólogos expertos en cultura wayúu en la investigación; le hicieron observaciones al guion después de leerlo y también dieron consejos que sirvieron en los departamentos de dirección, producción y arte para que todo lo que hiciéramos fuera respetuoso y real. En la producción tuvimos que negociar con los diferentes clanes para tener acceso a los territorios y ver cuánta gente iba a trabajar. Fueron nueve semanas de rodaje y ocho semanas de preproducción.

¿Hubo momentos de tensión en estas negociaciones?

Muchos. Se negocia con cada clan, son varias familias. Ponerse de acuerdo y ver cómo se benefician todos es complicado. Y había diferencias entre ellos. Hay comunidades con las que tuvimos más relación, que nos acogieron y en las que filmamos la mayor parte de la película.

¿Ellos han visto la película?

Las han visto dos veces. Hicimos una premier al aire libre en la capital indígena que se llama Uribi. Fueron 1500 personas. Luego hicimos otra función para los que participaron directamente en la película y les gustó mucho.

¿Te interesa particularmente el tema indígena?

No, me interesan las revisiones históricas de ciertos asuntos, pero no como una cuestión de época, ni antropológica sino como preguntas desde donde estamos hoy.

La película tiene un enfoque de género, y hay líderes mujeres que toman las decisiones.

Sí, es una sociedad matriarcal; sin embargo es una sociedad absolutamente machista. La película está llena de contradicciones, de encuentros y desencuentros. Está regida por la línea de sangre de la madre, en la que las mujeres son poderosas, son intuitivas, saben qué va a suceder, pero de la puerta para afuera no hacen nada. Hacia afuera no son poderosas. En eso también se parecen a nuestra sociedad. Por eso es que cuando la ven los árabes, los italianos o los neoyorquinos dicen: “Siento que estoy en mi familia”, en la familia en la que la mamá y la abuela se las saben todas, pero en la práctica los que tienen la voz y determinan las acciones en el ámbito público son los hombres. Los hombres salen a la calle y comercian y matan y la cagan.

Se nota claramente que hay dos formas de relacionarse con el mundo, de mirarlo y entenderlo.

Exacto, se produce ese desencuentro entre lo racional y lo intuitivo. Úrsula sabe, pero no actúa, y por eso Rapayet es quien toma las decisiones.

¿Por eso es que Úrsula cede y permite el tráfico de marihuana?

Ella le pone un reto para casarse con su hija, le pone un precio alto, y ella no piensa que pueda lograrlo. Pero él lo logra y ella es una mujer ambiciosa que sí tiene dudas, pero en ese momento no lo ve como algo tan grave. Para mí eso fue lo que pasó en Colombia: que ese fenómeno empezó de manera inocente. Ellos eran traficantes de whisky, de ropa, es una zona de frontera en la que aún hoy el comercio ilegal está a la orden del día. El paso del café a la marihuana era un paso natural que después fue satanizado.

Regido por el mercado: si la marihuana paga más, siembro marihuana; si la coca paga más, siembro coca. Pero volviendo a Úrsula, ella encarna la tradición y los valores.

Sí, ella encarna todo eso y la unidad de la familia. Pero ese es el principio fundamental del código familiar y la moral de la película. Ella es un oráculo, pero el oráculo nunca es claro porque depende de la interpretación y ella va descubriendo que se equivocaron. Llega un momento en el que los sueños se callan y ya no le hablan, y ella entiende que las recomendaciones se han silenciado. La película está planteada como una gran tragedia en la que la familia no tiene forma de salir y en la que el destino está trazado. En ese proceso de ser familia y de entrar en un negocio, ella permite la entrada de Rapayet, y al principio no lo ve como una amenaza real hasta que se vuelve real. Lo ve como alguien que podría beneficiar a la comunidad porque trae crecimiento económico y les abre el comercio con los alijuna (blancos). Hasta que todo eso finalmente se rompe.

¿En la sociedad colombiana se repite lo que pasa con las mujeres wayúu que son poderosas hacia adentro pero no hacia afuera?

Yo me he preguntado eso durante mucho tiempo; por ejemplo, cuando entro a una sala VIP en un aeropuerto y veo que el 80% son hombres. ¿Dónde están las mujeres en los cargos directivos, en la política? El Ministerio de Cultura tradicionalmente lo dirige una mujer, y es el que menos presupuesto maneja: el del Ministerio de Defensa es 360 más grande que el del Ministerio de Cultura. Somos vistas para el lugar privado, para la cocina, para la costura.

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