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Las arenas movedizas de la política y el gobierno de Vizcarra

Foto: RPP.

Vizcarra se mueve desde el inicio de su gobierno en arenas movedizas. Aprendió rápidamente, o quizá lo recordó de su experiencia anterior, que hay que estar atento a lo que piensa la gente y responderle con iniciativas concretas para mantener un nivel de aprobación aceptable. Pero está claro también que su reciente desaprobación, además de sus propias debilidades políticas evidencian un estado de ánimo desconfiado y crítico de la población, por lo que el repetir los mismos discursos o usar los mismos recursos no da necesariamente los resultados esperados. No hay pues un público conquistado incondicionalmente, en la política actual las simpatías y antipatías suben y bajan y debiera llevar a preguntarse por la necesidad de inventar otras estrategias que busquen justamente fortalecer esta relación. La pregunta es cuan posible es lograr esto cuando se gobierna en medio de arenas movedizas.

El Presidente supo recoger el descontento de la gente con el poder judicial en la coyuntura de los audios de Hinostroza y los cuellos blancos del puerto, entender que la lucha contra la corrupción traía consigo a las reformas judiciales y políticas y que había cierto apoyo a ellas al menos en un buen sector ciudadano. Pero la lentitud y falta de reflejos para canalizarlas en el Congreso fueron desgastando lo acumulado a su favor. Y luego querer repetir el plato con las reformas políticas no resultó igual. Por otro lado, es indispensable ver las iniciativas de Vizcarra en temas de la agenda social aunque las dificultades en el logro de resultados inmediatos le juegan en contra. Cuesta mucho mover el aparato del Estado, éste es muy lento, lleno de papeleos a veces contradictorios con controles burocráticos y con autoridades que temen tomar iniciativas. Por eso pese a que algunos funcionarios de los ministerios tratan de sacar proyectos adelante, eso demora, y encima se pone a prueba si son capaces de ejercitar la articulación inter estatal que se necesita a cada momento sea para proyectos nuevos o para responder a emergencias que sufre la población.

Menos mal como público estamos expuestos cotidianamente a conocer muchas de las situaciones de emergencia en la que vive la población en muchos lugares, y como al rebalsar por alguna emergencia nos dejan entrever la precariedad de los servicios públicos de educación o salud o el manejo de los llamados fenómenos naturales o la inexistente gestión de residuos sólidos en las ciudades y sigue la lista. El ciclo se repite cada año, una vez que pasa la ola de presión social y el ojo público deja de fijarse en los hechos resaltados, se reinstala nuevamente la inercia y el Estado baja su atención a la emergencia o simplemente la deja allí, a medio resolver así que volverá a reventar. No sorprende por eso que las gentes que viven en medio de estas condiciones difícilmente pueden creer en la cabeza del Ejecutivo, sencillamente no ven como su poder actúa en favor de ellos. Entonces aunque en esas situaciones salga a relucir el sentido práctico del ingeniero Vizcarra, éste choca con la inercia y deficiencias del aparato del Estado, y claro al final como cabeza del Ejecutivo concentra las críticas por no solucionar tantos problemas cotidianos y baja su aprobación.

Resaltar estas condiciones de gobierno y manejo del Estado no es una disculpa de nada, solo se intenta explicar que las arenas movedizas a las que aludí arriba muestran contenidos diferentes, unos ligados a la agenda política que se relaciona con los aspectos institucionales como la reforma de la justicia y de la política y otros vinculados a la agenda social. Esta última sobre todo le importa a la mayoría de la gente porque obviamente su vida cotidiana está afectada por lo que el Estado deja de mirar o hacer y donde además a este sector no siempre le resulta evidente la conexión que existe entre la agenda político institucional y la social, que si la tienen más clara. ¿Cómo esperamos le pueda ir bien a un Presidente que gobierna en medio de una agenda social embalsada? ¿Cómo resuelves problemas concretos con un estilo burocrático o distante que no cambia en el Estado? Que siga pendiente la reconstrucción del norte resulta por decir lo menos insólito. Igualmente que se acumulen casos como Las Bambas, donde aparentemente todo se dejó a medio hacer desde el 2016, preguntamos ¿bajo qué premisa?, ¿no era urgente?, ¿era solo un trato entre privados? o ¿se pensó que la gente de las comunidades se iba a quedar callada?  Son ejemplos, pero claro hay otros tantos casos recurrentes cuya solución sigue postergada, pues por diferentes motivos su capacidad de resonancia no impacta en el imaginario ciudadano, como han sido los casos vinculados a los derrames de petróleo que siguen sin solución y afectan a varios pueblos indígenas en la Amazonía.

Vizcarra, presidente primero sin bancada y ahora con una débil, parece haber apostado al perfil personal como casi todos los políticos. Dicho perfil busca mostrar que está en la cancha de la acción desde tempranito y regaña a otras instituciones por no hacer bien su trabajo. No aparecen con fuerza otras caras del Ejecutivo. Esto fue criticado antes y claro ha mejorado un poco, pero no tanto, ¿es pura coincidencia? Pareciera que construir un perfil personal y ejecutivo no necesitara del trabajo en equipo o de alianzas políticas e institucionales para sacar las reformas adelante y solucionar problemas cotidianos. Si bien ha sido importante el apoyo de profesionales expertos en las reformas propuestas, el Presidente necesita construir correlaciones políticas en el Congreso contando con algunos jugadores de las bancadas que apoyen en sacarlas. Pareciera que se impone la lógica institucional de competencia del fuero Legislativo con el Ejecutivo y viceversa, así como el protagonismo personal de cada quien reforzando la tendencia anterior. El juego personal del Presidente aunque apele a la lucha contra la corrupción, que menos mal es una causa popular, no puede funcionar como algo individual ni en lo institucional ni en lo social. Al contrario así como en política necesita gestar alianzas en el Congreso y con otras instituciones, en lo social impulsar intensas campañas que eduquen al ciudadano mostrándole las ganancias para la sociedad y el Estado de esta lucha y se consolide el apoyo a esta indispensable bandera anti corrupción que tiene para rato.

"Fomentar un espíritu constructivo en la vida política pasa por explicitar los lazos afectivos con ese objeto al que queremos transformar y no mirarlo solo como el recipiente del desahogo de nuestra rabia o decepción".

Las tierras movedizas de la política peruana

A las debilidades de fábrica del sistema político peruano se suma el gran impacto de los destapes de la corrupción que venimos conociendo y que abarcan los últimos casi 20 años con Lavajato y con el reciente caso de Lavajuez. Todos los ex presidentes, salvo Paniagua, han sido acusados de corrupción. La propia institución de la Presidencia, el Ejecutivo con sus ministerios y del Poder Judicial fueron atrapadas por prácticas de corrupción que desvían fines y procedimientos en favor de fines privados en cada organización. La corrupción corroe la actividad política y sus instituciones, lo que lleva a que no confiemos ni en su dimensión institucional ni personal. El suicidio del ex Presidente García coronó este proceso, al ser presentada su muerte como justificación de su proclamada inocencia, y para colmo, se buscó mellar al equipo fiscal responsable de las investigaciones.

Los destapes de la corrupción nos hacen ver como el Estado y las autoridades políticas no siguieron las prioridades fijadas para el país, sino que favorecieron al poder económico, para ganar ellos millonarias coimas en la gestión de grandes proyectos.  No sorprende entonces que seamos el país del continente donde se desconfíe mas de las instituciones del Estado. Como tampoco que a golpes hayamos ido aprendiendo a bajar a los presidentes de sus intocables pedestales, para juzgarlos como se merecen dejando de ser los grandes e intocables personajes. Sin embargo, debe quedar claro que corrupción en el Estado y en la política está bien enlazada y alimentada por prácticas y mentalidades que se promueven en la sociedad donde está extendida la mentalidad de sacar partido personal de cualquier situación, sin importar las consecuencias para la organización, sus reglas o los miembros de la misma. Esto lo vemos en todas partes y no podemos caer en esta idea facilista por la cual solo en el Estado y en la política están los corruptos, como si se tratara de un mundo aparte. De allí que la lucha contra la corrupción implique no solo levantar el dedo acusador al Estado y la política, sin dejar de mirar qué tenemos que cambiar desde ya en la sociedad.

Menos mal no podemos negar, que en las instituciones que han sufrido corrupción hay núcleos de funcionarios honestos e identificados con sacar su institución adelante y que lo están haciendo. Eso implica recuperar en las instituciones su sentido, un ejercicio de transparencia, haciendo regularmente rendición de cuentas y sobretodo generando procedimientos eficientes y creíbles al servicio del ciudadano. Limpiar la corrupción pasa entonces no solo por sacar a los corruptos y castigarlos, sino transformar las prácticas de las instituciones, dejando atrás la burocratización de enmarañados procedimientos que invitan a formar sistemas paralelos corruptos lejos de la gente. Al contrario, la transparencia y eficacia en los resultados se debieran enlazar con el servicio al ciudadano. Y justamente esa es la vía de la recuperación de la confianza.

El Estado peruano actual en cualquiera de sus poderes o estamentos de gobierno se encuentra bajo la lupa ciudadana, recibiendo más que nunca los odios y desconfianzas de las ciudadanías que se sienten defraudadas y experimentan mucha hambre y sed de justicia. El afán de venganza se percibe por doquier así como también la fatalidad del no hay nada que hacer. No juzgo estos sentimientos, entiendo que la catarsis y la desconfianza forman parte de la vida cívica; pero trato de analizarlas en función de construir el futuro. Así la fatalidad lleva a la pasividad, dejando en manos de las autoridades la función pública, y eliminando el control social ciudadano. ¿Acaso eso no ha venido ocurriendo? Por otro lado, el afán justiciero se entiende como la energía que debiera promover, y no dificultar, que surja una salida constructiva. Sin embargo mientras persista la idea de que el Estado en todos sus niveles, no es nuestro, sino simplemente un ente externo a la ciudadanía que además funciona como un botín que pasa de mano en mano, poco podremos hacer para impedir que no se expanda más la corrupción.

La fe en que algo es susceptible de cambiar no nace solamente ni principalmente de un acto racional sino de también de los sentimientos y creencias. Fomentar un espíritu constructivo en la vida política pasa por explicitar los lazos afectivos con ese objeto al que queremos transformar y no mirarlo solo como el recipiente del desahogo de nuestra rabia o decepción. Da la impresión que no hemos expresado otros sentimientos; por ejemplo, alguien me compartía un sentido de vergüenza ajena con lo ocurrido por la corrupción y la necesidad de preguntarse cómo todo eso viene afectando los vínculos entre peruanos y peruanas.

Siendo la sed de venganza un efecto comprensible por las injusticias de la corrupción, este sentimiento no necesariamente expresa una identificación con el problema que se ha generado en el Estado peruano y en las autoridades.  La insistencia solamente en una perspectiva punitiva y desconfiada nos devuelve a un estado de guerra y nos distancia de un escenario de reconstrucción de las instituciones del Estado y los vínculos entre ciudadanos y autoridades que sin duda dan carne a la política. Sin haber terminado de conocer el final de la película, ya hoy estamos obligados a repensar y proponer otras formas de convivencia y gobierno. Para luchar contra la corrupción y vencerla necesitamos que esta perspectiva tome cauce entre nosotros, me refiero autoridades y ciudadanos, por supuesto. ¿Cómo hacemos las instituciones creíbles? ¿Queremos como ciudadanos promover este proceso de reconstrucción? ¿Cómo se hacen creíbles los vínculos entre ciudadanos, estado y autoridades?  En definitiva, ¿qué contenidos y sentidos le queremos adjudicar a la política?

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