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Yehude Simon: ¿entre Friedman y Capone?

Cualquier análisis de lo que debe haber pasado por el cerebro de Alan García a la hora de elegir a Yehude Simon como reemplazante de Jorge del Castillo en el Premierato o por el del presidente regional lambayecano para aceptar el encargo, pasa a un segundo plano dadas las circunstancias muy particulares en las que se produce el hecho y que ponen el futuro inmediato en primer orden de prioridad respecto del pasado.

Cuando a los funcionarios provenientes del partido de la avenida Alfonso Ugarte se les debe haber dicho que el gobierno iba a aplicar en esta, su segunda gestión, los principios de la llamada escuela de Chicago, unos cuantos, muy pocos, deben haber pensado en Milton Friedman. Otros, no tan pocos lamentablemente, deben haber creído que era la que impuso a fuerza de sicarios y metralla, el no menos famoso Al Capone. Entre uno y otro se tendrá que mover con cintura Simon.

Llega al Premierato en medio de ambas sombras y en sus primeros días lejos de alumbrar parece haberlas acentuado. La crisis financiera mundial –que ha hecho decir a Stiglitz que equivale a la caída del muro de Berlín (prueba tangible de que en Suecia no son muy avispados los que deciden la entrega de los Nobel)- tocó nuestras orillas afectando la estabilidad de los precios golpeando la línea de flotación del régimen.

Sin ese telón de fondo, el escándalo de los “petroaudios” quizás no hubiera generado el sismo político que terminó con el gabinete Del Castillo. Pero lo terrible para el gobierno es que en menos de un mes, los dos grandes fantasmas de su pasado afloraron, como si fueran síntomas vinculados en su inconsciente. Inflación y corrupción son las bestias negras de la historia aprista y ambas mostraron sus fauces en un mes poco milagroso para los compañeros. No ha sido morado sino amoratado este octubre del 2008.

Bastaron dos días para que Simon aprendiera que ser Premier invitado en un gobierno partidario no es un lecho de rosas. Su desliz sobre la irrelevancia de subir uno o dos puntitos de inflación a fin de evitar una recesión fue técnicamente un disparate, pero políticamente fue la prueba de que mayor margen de acción heterodoxa no le será permitida.

Y su otro gran anuncio, el de luchar contra la corrupción hasta ahora no pasa de esgrima verbal. El nuevo formalismo para elegir Contralor no es gran cosa. Más agresivo y efectivo hubiera sido, en cambio, reactivar con mayores poderes la Oficina Nacional Anticorrupción, una entelequia institucional que hizo huir en estampida a casi todos los designados para dirigirla.

Lo cierto es que hace ya más de una semana que el señor Simon parece haber hecho abandono del cargo. Desbordado por el escándalo de los “petroaudios”, se muestra incapaz de marcar su agenda. O, lo que sería aún peor, cree que la estrategia del silencio lo puede librar de cargar con semejantes pasivos.

En cualquiera de ambos casos, la claúsula de rescisión de su “contrato ministerial” muy probablemente le será aplicada más temprano que tarde. Más allá de que García lo haya querido catapultar como candidato presidencial para agregar una baraja a su naipe anti Jorge del Castillo el 2011 o si, por el contrario, el maquiavélico objetivo haya sido quemarlo, si el Premier no le sirve de escudero al régimen, no sólo perderá liderazgo en el gabinete sino que deteriorará su relación política con el Primer Mandatario.

A la postre, lo preocupante es que la falta de estatura de Simon para el Premierato sólo pondría en evidencia un hecho más crítico, que a quien la sigue quedando grande el traje de estadista es a Alan García, muy hábil para la contienda y la trastienda, pero poco ducho para el ejercicio templado del viejo arte de gobernar.

 

Justicia