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Historia y espías

En el Perú, el espionaje y el periodismo, especialmente el de investigación, han tenido una relación que, siendo por lo general antagónica, recala a veces en una suerte de perversa complementariedad.

En el pasado ya no tan reciente, Vladimiro Montesinos resultó un involuntario pero eficacísimo procurador en la lucha contra la corrupción. La documentación electrónica de sus audios y vídeos fue la más exhaustiva descripción de la trastienda farisea donde las mentiras se revelaban puntualmente, y donde se confesaban, con perfecta inocencia electrónica, infamias y delitos.

Por supuesto que Montesinos no pensó, por lo menos no conscientemente, que su guión de gobernante secreto, que controlaba todos los niveles de gobierno y manejaba a las “fuerzas vivas” a través del soborno, la extorsión y, sobre todo, la complicidad, terminaría siendo deslumbrantemente público.

Fue la alquimia de un solo paso. El tránsito de la documentación secreta de un gobierno secreto desde la caja fuerte a la luz pública, cambió por completo el valor de todo el material electrónico tan prolijamente acumulado: de instrumento de extorsión en herramienta de revelación y verdad.

No veremos a Montesinos recibiendo un Pulitzer, o alguno de sus equivalentes castellanos. Pero, pese a ser del todo involuntario, no debe dejar de reconocerse su papel de prolijo documentalista de la ultracorrupción. Él armó su colección (que alucinó súper privada: curador y público en una sola persona) y después solo quedó por descorrer las cortinas y abrir los ventanales para comprender la historia.

Me cuentan que cuando logró la liberación de Anderson Kohatsu —arrestado por el FBI en Estados Unidos por la acusación de ser un torturador y liberado poco después por razones de ‘seguridad nacional’, presión mediante del Departamento de Estado—, Montesinos expuso su teoría del poder a los arrobados generales de entonces: el mundo y en especial los gobiernos, les dijo, está dividido entre los que hablan y los que mandan. Los que hablan son los congresistas, los ministros, los diplomáticos, los periodistas… piensen, me dicen que les dijo, en el cacareo de una granja de ponedoras... Los que mandan, dijo, somos nosotros, los ‘hombres de inteligencia’, en su hermandad internacional, los hombres de armas, algunos capitanes de empresa (con los que se podía hablar a “calzón quitado” y “poto pelao” como con el representante de Luksic, por ejemplo, o con Dionisio Romero) y los fríos políticos del poder sin moral y sin leyes. Ese mundo en el que las palabras públicas servían para mentir, y donde se podía mantener entretenida a la gente lamiendo axilas por una propina; en tanto los pocos al mando discutían, lucraban, decidían, jodían y, en caso de perder, se bajaban los metafóricos pantalones, mientras la cámara incansable registraba.

Cuán difícil debe de haberle sido, pienso, aceptar el hecho de que la palabra lo venció y que él contribuyó como pocos con su propia derrota. Fue, si se lo mira bien, una comisión de la verdad, de una sola persona y además involuntaria, pero del todo eficaz.

Son muy pocos los casos de tan obsesiva documentación de la trastienda secreta de ‘los que mandan’ y de sus maquinaciones. En estos tiempos, solo el SIN y la Stasi.

Por eso, pudo pensarse que ese había sido un episodio no solo excepcional sino único en nuestra historia y que podíamos dejarlo atrás y retornar a nuestras cotidianidades. Con sus grisuras, sus malevolencias y sus huachaferías; con sus peticiones engoladas de olvidar el pasado, ‘no mirar por el retrovisor’.

Pero las voces de ‘don Bieto’ y de Rómulo León protagonizaron, involuntariamente de nuevo, la mejor entrada narrativa —a través del diálogo, la picaresca de dos bribones menores— a una novela de corrupciones que empieza a revelarse desde sus últimos capítulos. Y para muchos ese prólogo significó entender, con temblores renovados y hasta aplausos esfintéricos, que la documentación electrónica de cutras no era solo una cosa del pasado sino revelaciones posibles en el futuro.

Otra vez, según parece, los espías terminaron excediendo sus intenciones. Y una vez más la relación conflictiva entre espías y periodistas terminó en una suerte de ¿perversa? complementariedad.

Hay diferencias, claro está, entre vladivideos y petroaudios. Estos no se hacen en el Gobierno sino desde fuera de él. No hay un Montesinos, aunque quizá algún montesinitos. Y puede ser que a partir de determinado momento los espías hayan actuado como reporteros no del todo involuntarios.

(La relación entre espías y periodistas es antagónica, aunque a veces resulta perversamente complementaria. En tanto una y otra profesión tienen como objetivo conseguir la mejor información, hay entre ambos cercanía genética y a la vez profunda animadversión, como la que, digamos, existe entre el perro y el lobo. El espía trabaja para gobiernos u organizaciones; el periodista para la sociedad. Cuanto mejor la información del espía, menos público la verá; cuanto mejor la información del periodista, más público la conocerá. Por eso se enfrentan pero, a veces, también se encuentran y colaboran, casi siempre en forma clandestina.)

En el caso de los “petroaudios”, todo indica que se trató de un caso de sostenido espionaje industrial, a lo largo de varios meses. Parece, además, que fue un espionaje industrial acometido como una forma de autodefensa.

Hasta donde he podido saber, el espionaje empezó por el negocio del cemento; siguió con el de la banca; continuó con los hospitales y terminó con el petróleo.

Las revelaciones, entonces, han partido por el final y podrían avanzar hacia el comienzo. Aunque también es probable que, caído el anterior Gabinete, apartado el ministro Garrido Lecca (quien parece haber sido el objetivo central del espionaje), se haya llegado a una paz implícita entre espiadores y espiados, y que se pase, gradualmente amortiguado por la jerga judicial y en la formalidad estéril de acciones judiciales, del escándalo al silencio.

¿Por qué espionaje en lugar de Indecopi, para protegerse de la competencia desleal? Todo indica que los empresarios que habrían contratado inicialmente a quienes proporcionaron el servicio de chuponeo sintieron que estaban siendo acorralados por la acción de altos funcionarios corruptos, que actuaron junto con lobiístas corruptos, en representación del interés de empresarios corruptos.

¿Cuál fue el punto de encuentro entre espías y periodistas? La necesidad del escándalo. Si el problema era el de la corrupción en el Gobierno, el típico proceso de la información de inteligencia (hacerla llegar al estamento estatal u organizativo correspondiente, una vez verificada y analizada) era inútil y contraproducente. El lanzar esa información desde su cuasi intimidad electrónica a la luz pública, lograba el fin deseado por ambas partes. Y así se produjo una de las raras instancias de cooperación entre periodismo y espionaje en la que ambas partes, usualmente enfrentadas, resultaron satisfechas. Por lo menos momentáneamente.

Desde el punto de vista periodístico, reitero lo que ya escribí en Caretas: la decisión de publicar la información corroborada fue correcta desde todo punto de vista. Si yo hubiera tenido esa información, la hubiera publicado luego de verificarla, como lo hubiera hecho, no tengo duda, cualquier editor serio o periodista de investigación responsable en una coyuntura similar. Tener la evidencia de una conspiración corrupta para robar a la nación y silenciar esa evidencia argumentando que fue obtenida mediante un chuponeo ilegal es un razonamiento de una endeblez tinterilla que insulta la inteligencia.Los resultados políticos, en cambio, fueron en buena medida imprevistos. El primer impacto de las revelaciones parece haber remecido considerablemente al Gobierno. Según fuentes bien informadas, el Presidente de la República sintió inicialmente que detrás del escándalo había el propósito de vacarlo, removerlo del cargo, maniobrado por una derecha extrema que buscaba colocar a Luis Giampietri en la Presidencia. Aunque cada término de ese razonamiento suene exagerado, esa fue, todo lo indica así, la percepción del Presidente y de los apristas con mayor conocimiento del tema de inteligencia, que fueron directa o indirectamente convocados en el apremio.

Las cosas pintaban mal para García, a los dos años de su Presidencia, y convocaban las memorias del fatídico segundo año de su primer Gobierno. A la caída ya no solo pareja sino precipitada de su popularidad y el auge de conflictos de acrecentada agresividad, se sumaba el escándalo que amenazaba con herir el sistema nervioso central de su Presidencia. Y encima, la crisis económica mundial despojaba de argumentos a su discurso y demostraba que el problema no era tanto el perro sino el patrón del hortelano.

Fue entonces cuando García jugó inesperadamente, cambió el escenario y, con una maniobra riesgosa pero brillante, convirtió la crisis en salida. El nombramiento de Yehude Simon al Premierato fue una decisión de gran inteligencia política. Sacrificó experiencia, conocimiento, manejo pragmático por la imagen de honestidad y la transparente buena fe de Simon. Hasta su obvia improvisación, las contradicciones y enredos de los primeros días abonaron la percepción de honestidad e inocencia (en sus varias acepciones) que Simon traía a un Gobierno percibido —algunas veces con justicia y otras no— como cínico, mecedor y, sobre todo, corrupto.

Pocos días después, Yehude Simon se abrumaba en el esfuerzo de aprender a ser Premier sobre el caballo. Y en ese improvisado rodeo, si bien sufrió la estética y no resaltó la eficacia, el hecho es que Simon sigue en la montura y que cada día que pase representa un nuevo aprendizaje en el arte peruano de gobernar, es decir, de improvisar.

No está claro a estas alturas si Simon será un Premier efímero o no. A menos que resbale de desatino en desatino (lo cual no me parece probable), creo que permanecerá varios meses, entre otras cosas para hacer frente a las emergencias y las crisis, naturales y sociales, que trae todo verano.

¿El ganador en este escenario de fermento y de maniobras? Sin duda alguna, el presidente Alan García. Ha ganado espacio y mejorado mucho su posición. Incluso, nuevamente de acuerdo con fuentes bien informadas, está muy tranquilo, a diferencia de los primeros días del escándalo de los petroaudios.

En estas vueltas de páginas y hasta cierre de algunos capítulos, hay ciertos colofones y hasta moralejas interesantes. A Hernán Garrido Lecca le cayó el apodo de Llanta Baja luego de su precipitado adelgazamiento. Ahora, además de ser un ex ministro aparentemente preocupado por los resultados aún inéditos del espionaje electrónico al que fue sometido, resultó siendo un profeta involuntario.

¿Lo recuerdan durante la huelga médica anunciando que iba a nombrar a un veterinario? Ahora que ve al veterinario Yehude Simon en la jefatura de un Gabinete al que ya no pertenece, quizá se pregunte con cierta preocupación qué especie de pacientes tratará Simon, y si él estará entre ellos.

El Premierato de Yehude Simon me hace pensar en otro aspecto, que tiende a perderse en medio de las hiperventilaciones cotidianas: el carácter literario de nuestra vida política. Es eso: no tenemos grandes estadistas y no tenemos un servicio civil eficiente, predecible y hasta prosaico. Pero una gran parte de la gente que entra en la política pareciera haber saltado de la novela, del folletín y hasta de la historieta, a la realidad. Desde Montesinos y Fujimori hasta “don Bieta”, estamos llenos de caracteres que parecen inmigrantes ilegales de la ficción, transitando sin visa por la realidad.

Y ahora Yehude Simon. Parece un Edmundo Dantés sin disfraz y sin venganza. Pero la historia, de ser sepultado en la prisión para emerger de ella y encontrar en pocos años el camino al poder, provoca releer a Dumas. Dantés tuvo al abate Faria y Simon a Hubert Lanssiers. Ambos religiosos influyeron decisivamente en los prisioneros y cambiaron sus vidas antes y después de la libertad.

Así que para hacer buen periodismo en el Perú, hay que poblar las redacciones con novelistas. A falta de ellos, los cursos de reportaje deberían incluir un alto porcentaje de literatura. Aquí en el Perú, si queremos reportar verazmente la realidad, debemos buscarla en la ficción.

 

El VRAE

La guerra nunca se fue del todo del VRAE. Entonces no se puede decir que haya vuelto sino que ha despertado. Desde hace tres meses, y luego de una preparación de cerca de dos años, la Fuerza Armada inició operaciones contra hasta el entonces inexpugnado reducto senderista en Vizcatán.

El ‘Plan VRAE’ suponía llevar a cabo un conjunto integrado de acciones, que utilizaría las maniobras militares contra Sendero como un instrumento más. En los hechos, las acciones militares han sido apenas acompañadas por las civiles y políticas. Así, aunque entiendo que se intentó evitarlo, las maniobras contrainsurgentes contra la organización senderista alzada en armas parecen tener algunas cosas en común con los comandos político-militares de antaño.

Una diferencia, sin embargo, es el control detallado que mantiene el Comando Conjunto sobre las operaciones, desde Lima.

La ofensiva sobre Vizcatán se realizó con alrededor de mil efectivos de la Fuerza Armada, de acuerdo con un plan denominado “Excelencia 777”. Es decir, se incorporó la numerología en auxilio de la estrategia.

Hasta ahora, la Fuerza Armada ha sufrido varias bajas sin haber logrado capturar o abatir a los líderes senderistas de las guerrillas activas en la zona. El éxito o fracaso de una operación de esa naturaleza no puede, sin embargo, medirse por la correlación de bajas en los primeros episodios de la lucha.

Está claro, en primer lugar, que la fuerza senderista en el VRAE está bien armada, conoce el terreno a fondo, lo ha “preparado” por medio de una multitud de trampas y cazabobos, y que tiene combatientes particularmente diestros en el arte de la emboscada.

Un funcionario de las fuerzas de seguridad, con conocimiento claro de lo que sucede en el VRAE, me dijo que: “… en el conocimiento que tengo del enemigo, dos son sus fortalezas principales… el conocimiento total que tienen del terreno y … su alta movilidad a pie (excelente estado físico para desplazarse rápidamente grandes distancias, particularmente en las quebradas y diversas zonas de esta agreste selva)”.

De acuerdo con la fuente, “su limitación principal [la de Sendero] está en que su fuerza de base y fuerza local es casi inexistente, porque todos han abandonado este reducto ‘invencible’”.

El hecho es que por primera vez en los años de la guerra interna, Vizcatán ha sido ocupada —bien que en forma gradual y penosa— por la Fuerza Armada. Según la fuente de seguridad: “Ahora solo la fuerza principal, dividida en grupos de 14 a 20 hombres, está que se desplaza; por tanto, sus apoyos son limitados”.

La misma fuente ha dicho que Sendero se ha visto obligado a salir y a buscar apoyo económico (y de explosivos) fuera de Vizcatán, y sobre todo en la zona andina aledaña.

En eso, los senderistas han tenido éxito hasta ahora. Han obtenido recursos y explosivos básicamente en las minas cercanas al VRAE. Hicieron además la emboscada de Tincaypunco, en Tayacaja, donde mataron a doce soldados de una guarnición que no estaba encuadrada dentro del comando operativo del VRAE.

A la vez, el constante hostigamiento a las tropas que ocupan Vizcatán y las trampas explosivas desperdigadas en toda la zona, producen bajas constantes, generalmente no letales, pero que requieren trabajosas evacuaciones.

Sin embargo, la presión ha obligado a los senderistas a dispersarse y salir de los terrenos que dominan mejor, con lo que su vulnerabilidad se acrecienta.

En medio de las operaciones, ha habido denuncias sobre desplazamientos forzados de poblaciones en la zona de las hostilidades. Según la fuente de las fuerzas de seguridad, hay, en efecto, desplazados, aunque en cantidades relativamente bajas.

“Los verdaderos desplazados”, dice la fuente, “serían la gente de las cercanías de Unión Mantaro, como las comunidades de Chivani (que vivían a unos mil metros del campamento senderista de Johnson… otros desplazados podrían considerarse a los comuneros de Nueva Esperanza, Pampa Aurora y algunas otras comunidades… haciendo una suma total de comuneros realmente desplazados, no creo que pasen de cuatrocientos)”. Según el funcionario, los otros desplazados son trabajadores temporales en el negocio de la coca y el narcotráfico, que calcula en alrededor de quinientos.

La muerte de cuatro personas en la desembocadura del río Vizcatán, que fue denunciada como desaparición y asesinato, continúa siendo investigada por la Fiscalía. Según las autoridades militares, se trató de un enfrentamiento de una banda del río a la otra, donde, indican, cayó herido uno de los soldados de la patrulla atacada.

Es obvio que tanto la muerte de las cuatro personas como la denuncia por desplazamiento forzado deben ser investigadas independientemente.

Los policías de la Dincote en el Alto Huallaga realizan casi todas sus operaciones con la presencia de un o una fiscal. Algo parecido debería tratar de hacerse en Vizcatán. Es cierto que las condiciones operativas son mucho más difíciles en el VRAE que en el Huallaga, pero el objetivo de las acciones militares —recobrar la soberanía del Estado, el imperio de la ley, sobre un territorio hasta ahora en poder de un grupo armado rebelde— exige la presencia operativa de fiscales.

La próxima estación de lluvias será un examen severo para las fuerzas de seguridad, y determinará su capacidad de operar y mantenerse en condiciones adversas.

Según otra fuente importante de las fuerzas de seguridad, “las lluvias van a afectar por igual, quizá más a ellos, puesto que nosotros estamos tomando previsiones; acá viene ¿? quién resiste más y quién golpea a quién. En este periodo eso va a marcar la diferencia”.

La violencia y los enfrentamientos continuarán, seguramente por varios meses más. Un firme mando político sería una de las principales garantías para prevenir el tipo de violaciones de los derechos humanos que, en esos mismos escenarios, dejó la guerra en el pasado.

 

Justicia