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¿La izquierda tiene algo que celebrar?

Foto: Diario Voces.

Los que no nos contentamos con la mediocridad, los que menos aún nos conformamos con la injusticia, somos frecuentemente designados como pesimistas. Pero, en verdad, el pesimismo domina mucho menos nuestro espíritu que el optimismo. No creemos que el mundo deba ser fatal y eternamente como es. Creemos que puede y debe ser mejor. El optimismo que rechazamos es el fácil y perezoso optimismo panglosiano de los que piensan que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

 

José Carlos Mariátegui

 

“Sí se pudo”. Tras anunciarse la disolución del Congreso, la tarde del 30 de setiembre, esa fue una de las consignas que los parlamentarios de Nuevo Perú, plenos de júbilo, posicionaron en las redes sociales. La frase también fue enarbolada con el mismo ánimo festivo por varias organizaciones y activistas opositores al fujimorismo, encabezados por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH). El Frente Amplio, por su parte, celebró el cierre en un tono igual de entusiasta y hasta pudo verse a ambas bancadas dar declaraciones juntas de un modo que ninguna otra coyuntura había logrado desde su mediático divorcio.

Por supuesto, el apoyo a la medida presidencial fue general en la ciudadanía. El aprofujimorismo fracasó en todos sus intentos de resistencia y nos divirtió con su intento ridículo de convocar a las masas en su defensa. Pero el análisis político tiene el antipático rol de bajar las fiebres e intentar evaluar con frialdad los hechos. Solo a modo de provocación, recordemos que Alberto Fujimori tuvo aprobación masiva cuando realizó el autogolpe de 1992, así que la caída de un Parlamento repudiado no siempre es motivo automático de fiesta.

La fotografía, sin embargo, es una izquierda que celebra. ¿Tiene algo que celebrar? Quisiera reflexionar sobre esta cuestión y aportar con ello a un debate que espero tenga lugar en torno a un tema más amplio: el balance de la acción de la izquierda en todo el periodo neoliberal que inicia en 1990 y sigue hasta nuestros días.

 

Lucha entre “antis”. El anti-fujimorismo primó frente al anti-neoliberalismo

Como es sabido, la izquierda de la década de 1970 que, con sus divisiones internas y sus múltiples taras, tenía un arraigo real de masas, una apuesta unánime por la revolución y constituía una importante fuerza política, llegó a la década de 1990 sin masas, sin apuesta revolucionaria y debilitada (por supuesto, también dividida). En su debilidad, sin embargo, dio pelea contra la dictadura y definió su identidad en resistencia, a partir de dos negaciones: el anti-neoliberalismo y el anti-fujimorismo.

Sus cuadros otrora socialistas, se enfrentaban al autoritarismo neoliberal de Fujimori apelando a la democracia y a un modelo económico, por lo menos, de corte social-demócrata. El marxismo fue desplazado por el razonamiento liberal. Por supuesto, hablo de los sectores más visibles y “fuertes” dentro de ese conjunto diverso que es la izquierda y también debo decir que este fenómeno de vaciamiento de identidad y pérdida de norte estratégico fue común a escala global tras el colapso del bloque soviético.

Pero sigamos con nuestros asuntos peruanos. Una vez caído el gobierno de Fujimori e iniciada la transición a la democracia, las fuerzas de izquierda no tuvieron la capacidad de lograr que se abriera un nuevo pacto social producto de un proceso constituyente. No se logró cambiar la Constitución de 1993 y replantear el contenido de las instituciones; es decir, poner fin al neoliberalismo. La democracia que siguió fue la continuación de la dictadura bajo retórica y maneras democráticas.

La izquierda, que era anti-fujimorista y anti-neoliberal, tenía todavía capacidad de denunciarlo. Quizá no tenía claridad sobre hacia dónde más caminar ni sobre lo que había cambiado realmente en el Perú posterior al gobierno militar, pero podía hacer esa denuncia, podía señalar el neoliberalismo y pelear contra él.

El 2016, sin embargo, inauguró una coyuntura política en la que aquella izquierda vio competir entre sí a las dos únicas consignas que, a pesar de su pobreza política, a pesar de su carácter reactivo, la definían. Ante la posibilidad palpable de que el fujimorismo volviera al gobierno, su componente anti-fujimorista primó frente a su componente anti-neoliberal.

El apoyo, inicialmente crítico y progresivamente entusiasta, que recibió Kuczynski en la segunda vuelta electoral es un símbolo. Marca el inicio de un tipo de desempeño en los sectores más visibles de la izquierda. No había candidato más neoliberal que Kuczynski en todo el espectro político peruano, pero una parte importante de la izquierda “se vio forzada” a apoyarlo.

Lo llamativo es que lo que pudo ser una concesión táctica –de ahí las comillas, pues aquella fue la respuesta recurrente ante la interpelación- que evitara un escenario peligroso para una izquierda débil, se tornó progresivamente en un comportamiento regular. Emergió entonces una tesis que ha marcado el centro del desempeño de la izquierda liberal, tanto a nivel parlamentario como en parte de su tejido organizativo ciudadano.

La tesis, planteada de forma esquemática, reza como sigue: la derecha está dividida, el fujimorismo representa a la peor de las derechas (la otra es moderna e institucional) y la izquierda y el movimiento social son débiles; por lo tanto, el fujimorismo y sus aliados son el enemigo principal y debemos apoyar a todo el que se le oponga.

Cuando esta tesis es adoptada, el anti-neoliberalismo pasa a segundo plano. No solo se apoyó a Kuczynski en las elecciones. Se defendió de ser censurado al que quizá fuera el gabinete más empresarial de la historia republicana, el de Fernando Zavala. Se exclamó indignación por un ministro eficiente y popular entre los empresarios, pero odiado por los maestros, como Jaime Saavedra, hoy funcionario del Banco Mundial. Se denunció un intento de “fujigolpe” cuando Kuczynski atravesó un proceso de vacancia y, aun con el corazón roto luego de que éste liberara a Fujimori, se mantuvo el respaldo en el segundo intento por sacarlo.

Es cierto que, a nivel parlamentario, este comportamiento fue claro en Nuevo Perú (NP) pero no tanto en el Frente Amplio (FA). En las situaciones aludidas, el FA intentó tener iniciativa contra el gobierno, pero fue poco consistente. Explicó mal sus decisiones, fue avasallado por sus críticos de izquierda situados en la clase media urbana -que hasta los acusó de fujimoristas- y fue aprovechado por el fujimorismo en su pugna contra el gobierno. No obstante, al transcurrir el tiempo, estas posturas críticas del FA se fueron agotando y ambas bancadas progresivamente se alinearon en un comportamiento similar: carencia total de iniciativa y apuesta por “el mal menor”.

El fujimorismo fue lo que fue en los años noventa porque hizo el trabajo sucio que los grandes grupos de poder económico, nacionales y extranjeros, requerían. Por eso tuvo todo su apoyo y hasta hoy defienden con fervor su Constitución.

La falta de iniciativa y la defensa de las instituciones (o el nuevo oficialismo)

En el periodo de Vizcarra este comportamiento fue más transparente y más convencido. Vizcarra tuvo una primera acción inteligente al asumir el gobierno. Le puso un nombre y un rostro al culpable de la corrupción. Construyó su chivo expiatorio. Trazó la línea divisoria. El fujimorismo, situado en el Congreso, con mayoría absoluta, se convirtió en la personificación del mal. Todo ataque contra el Congreso sería parte de la batalla contra los corruptos. Todo ataque contra el Gobierno sería apoyar a los corruptos. Vizcarra hizo del anti-fujimorismo la política central de su gobierno.

¿Qué hizo la izquierda? Nuevo Perú apoyó, a pie juntillas, todas y cada una de las grandes propuestas del gobierno orientadas a alimentar esa polarización conveniente: el referéndum del 2018 (con la fórmula exacta de votación, el sí-sí-sí-no), la reforma política, la modificación del procedimiento de elección de magistrados del TC y el cierre del Congreso. El FA llamó al voto nulo en el referéndum, pero, o se sumó a las iniciativas posteriores o no tuvo capacidad de desmarcarse del juego planteado por el Presidente. En la escena final, ambas bancadas celebraban, callaban o no criticaban con claridad al gobierno.

En el movimiento social, los sectores anti-fujimoristas, empoderados con la visibilidad que lograba el relato presidencial, se esforzaron por marcar el ritmo, la forma y el contenido de las protestas ciudadanas. La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH), la CGTP y las organizaciones conformantes del Comando Nacional Unitario de Lucha (CNUL) jugaron un rol decisivo para la estabilidad del gobierno de Vizcarra. Dada su visibilidad mediática, lograron atribuir a la movilización ciudadana un contenido que no siempre tenía: la defensa de las instituciones frente a la corrupción fujimorista.

El Presidente declaraba en la prensa señalando al enemigo, la CNDDHH y la CGTP convocaban a movilizarse, la gente salía y la protesta era interpretada, desde esas mismas vocerías, en los términos del relato gubernamental. A ello sumemos la red de líderes de opinión y de técnicos que articula el anti-fujimorismo y que el gobierno logró poner de su lado mediante la adopción de agendas específicas (género, ambiente), la creación de comisiones de trabajo y el nombramiento de ministros cercanos. Con una bancada diezmada y sin partido político, en los hechos Vizcarra tuvo como soporte organizado a la izquierda anti-fujimorista.

Alguien podrá replicar que, al ser el fujimorismo el “enemigo principal”, no quedaba otra alternativa que jugar ese rol, que había que “utilizar” a Vizcarra para liquidar al fujimorismo. Agregaría triunfante este interlocutor que, “ahora que están fuera del Congreso, recién podemos apuntar a Vizcarra. Hay que pelear con uno a la vez, no tenemos fuerza para otra cosa”. Al margen de preguntarnos quién utilizó a quién, preguntémonos si tiene sentido este razonamiento.

 

Cuando la izquierda fue el salvavidas del neoliberalismo peruano

El anti-fujimorismo parte de un problema que le costará caro a la izquierda peruana que lo adoptó como consigna principal: se sostiene en la condena moral y razona de forma liberal la política. Si al año 2000 la izquierda podía decir con claridad que la institucionalidad neoliberal había sido producto de la dictadura y, por tanto, esas instituciones y el autoritarismo eran la misma cosa, el 2016 parece haberlo olvidado por completo.

El fujimorismo fue lo que fue en los años noventa porque hizo el trabajo sucio que los grandes grupos de poder económico, nacionales y extranjeros, requerían. Por eso tuvo todo su apoyo y hasta hoy defienden con fervor su Constitución. Fujimori fue lo que fue Pinochet en Chile. El rol del fujimorismo fue instalar de manera radical el modelo económico y generar, por la fuerza, una estructura de poder en la que anularon casi toda oposición. Como en Chile, tras la salida de los militares, acá también la democracia que siguió agregó “buenas maneras” a ese nuevo régimen social producto de la fuerza.

Pero el anti-fujimorismo, indignado ante el crimen, solo ve al sicario y se indigna por la crueldad, pero parece no interesarle quién le dio las órdenes para hacer su trabajo. La lectura moralista, además, lo lleva a un razonamiento de contrastes que enaltece a todo aquel que se oponga al polo más “malo” de la relación. Recuerdo cómo el actor Jason Day decía que, si Kenji Fujimori tenía apertura a ideas liberales y se enfrentaba a su hermana Keiko, entonces no tenía problemas con apoyarlo.

De todo ello, se desprende una apuesta por la defensa de las instituciones democráticas y el estado de derecho que pone en segundo orden (o en ninguno) el cuestionamiento de la Constitución fujimorista de 1993 y el modelo económico. De hecho, el escándalo de Lava Jato y la cuantiosa evidencia de corrupción que se ha ido acumulando en los últimos años, que implica a todos los gobiernos del periodo democrático formal post-Fujimori, al ser leído moralmente, se concentró solo en el aspecto judicial y en una apelación metafísica a la lucha contra el “mal endémico de la corrupción”.

Lo que no se ha querido (o podido) ver es que detrás de los actos de la dictadura de Fujimori y de los actos de mega-corrupción, había actores específicos que han logrado sus intereses por la fuerza o copando instituciones públicas mediante mecanismos de “captura”. Estos son los grandes grupos empresariales: precisamente aquellos que respaldaban a Kuczynski, a los que ha favorecido Vizcarra y los que han sabido jugar a ganador financiando tiendas políticas que van desde el aborrecido partido naranja hasta a los progresistas Humala y Villarán.

Y no olvidemos que estos sectores han usado la fuerza cuando lo han requerido. Ahí están los muertos en conflictos sociales de nuestro periodo democrático y la persecución judicial a centenares de dirigentes sociales. ¿Entonces, cuál es el “enemigo principal”?

 

El mal menor y la debilidad conveniente

La lógica del mal menor, que subyace detrás de la tesis del “fujimorismo como enemigo principal”, perdió toda posibilidad de tener un carácter táctico desde el momento en que se dejó de ver que en la política las estructuras de poder son distintas a los operadores políticos. Los operadores son intercambiables. Juegan en estructuras de poder que hay que saber identificar. Lo que importa de los operadores es saber a qué intereses responden, con qué sectores sociales se entroncan. Son como los jugadores de un partido de fútbol. Se lesiona uno y entra otro que estaba en la banca. El asunto es saber en qué equipo juegan y cuáles son las reglas de ese juego. Pero sobre eso el razonamiento anti-fujimorista del mal menor no ha tenido nada que decir.

Esa forma de pensar la política, asimismo, se sostiene en una lamentable aceptación del fracaso permanente. Cuando deja de lado su eventual carácter táctico, cuando deja de sentirse como un retroceso incómodo pero obligado y se convierte en comportamiento cómodo y natural, la lógica del mal menor logra algo inaudito: hace de la mediocridad, motivo de orgullo. El crítico aparece como un aburrido pesimista o un infantil voluntarista, por no decir un incorregible sectario.

Es común escuchar esta sentencia: “somos una izquierda débil, un movimiento social fragmentado y una sociedad poco movilizada, no hay condiciones para exigir otra cosa que vaya más allá de la defensa del mal menor”. Y es común escucharla más o menos desde el año 2000 en adelante. Tras casi veinte años y con resultados escasamente favorables, lejos de gastarse, se ha adoptado como el único pensamiento posible.

Al suceder esto, aquella debilidad de la izquierda y del movimiento social, se convierte en un hecho conveniente para justificar toda concesión y se hace pocos o nulos esfuerzos por remontarla. Incluso, cuando esta debilidad puede ser dejada atrás, se ignora la oportunidad, se la deja pasar cómodamente o hasta se hacen esfuerzos especiales para truncarla. Atendamos solamente a lo significa el periodo que hemos vivido y cómo la izquierda anti-fujimorista lo ha desperdiciado.

Ante una derecha que ha copado el Ejecutivo y el Legislativo, donde los casos de corrupción demuestran que el periodo neoliberal fue un festín en el que los grupos empresariales y sus operadores devoraron el país, donde la derecha se encuentra carente de liderazgos consistentes y donde la gran mayoría de la población no cree más en el sistema político, ¿no existía acaso una oportunidad para que la izquierda construya un relato que evidencie el fin del ciclo neoliberal?

No diré que el régimen neoliberal está en crisis terminal, pues el relato anti-fujimorista le ha dado aire nuevo que respirar luego de la renuncia de Kuczynski.

Ante una economía que no puede ofrecer ya lo que ofrecía, que se desacelera y casi no genera empleo, donde la pobreza deja de reducirse y el sueldo alcanza menos, en la que los grupos económicos más poderosos solo tienen como salida profundizar lo que se viene aplicando desde los años noventa, exprimiendo más al trabajador y pagando menos tributos, ¿no existía acaso condiciones para desmarcarse del mal menor y tratar de representar, en serio, a los sectores más desfavorecidos de la población?

 

Subir al barco con esfuerzo justo cuando el barco se está hundiendo

Durante todo este periodo, el relato anti-fujimorista ha llevado a ocultar que la agenda empresarial que busca profundizar el neoliberalismo en el Perú -ante la desaceleración del PBI-, y que se aprecia con nitidez desde el 2013 con la famosa “Ley Pulpín” y el “Paquetazo ambiental”, ha venido avanzando. El ejemplo más palpable de ello es la Política Nacional de Competitividad y Productividad, promulgada por Vizcarra el 31 de diciembre del 2018.

La política que recoge de la forma más explícita la visión del empresariado sobre lo que debe hacerse en el Perú hasta el 2030, fue promulgada el mismo día que el anti-fujimorismo convocaba a salir a las calles a defender a José Domingo Pérez y Rafael Vela frente al ex Fiscal de la Nación Pedro Chávarry, que intentó removerlos. Ese llamado a salir a las calles fue secundado desde Brasil por Vizcarra, lugar al que había viajado a saludar al ultraderechista Bolsonaro en su asunción de mando, en claro alineamiento con la política de Donald Trump para América Latina.

A la izquierda oficial, esa que pugna por hacerse un espacio en el régimen a partir del discurso anti-fujimorista de la defensa institucional, le podría estar pasando, entonces, lo que al APRA en los años sesenta. El intento aprista por hacerse un espacio en el sistema político lo llevó a abrazar a la oligarquía tradicional justo cuando el orden oligárquico se encontraba en crisis terminal. El giro a la derecha aprista, salvo un caótico hiato entre 1985 y 1987, no tuvo marcha atrás.

No diré que el régimen neoliberal está en crisis terminal, pues el relato anti-fujimorista le ha dado aire nuevo que respirar luego de la renuncia de Kuczynski. Pero sí es posible encontrar que ha llegado a un límite y que, ante la ausencia de contendor, el juego se va a agotar rápidamente y quedará la imagen de una izquierda que se inmoló por defender al barco que se venía hundiendo.

La economía no crece igual, se cree menos en el sistema político y los principales liderazgos de la derecha o están presos o se han auto-eliminado. A la vez, los grandes empresarios -que no conocen límites-, tienen a un gobierno popular que, con decretos de urgencia, sin control político alguno, puede hacer las reformas que exigen y reprimir, como en el militarizado corredor minero del sur, a quienes se opongan.

Su agenda de menor tributación, mayores subsidios públicos (mediante las APP o incentivos diversos), trabajo más barato, menos impuestos y megaproyectos de inversión que salgan a como dé lugar, avanza a paso firme y ante ello la izquierda anti-fujimorista no solo ha callado o ha hablado a media voz, sino que ha pretendido presentar a la CONFIEP como enemiga del gobierno y al Presidente como un rebelde “muchacho provinciano” que se enfrenta a los poderosos.

En este escenario, el descontento que genera el estancamiento económico y la sensación de que las instituciones colapsan, descontento que evidentemente se acumula y que, en otros países de la región ha motivado estallidos sociales, ¿será canalizado por una izquierda que se ha comprometido militantemente con el régimen neoliberal? En lo personal, lo dudo mucho. La credibilidad de esa izquierda podrá aumentar en las capas medias liberales, pero este sector confiará siempre más en personajes como Guzmán o Barnechea y verá como intercambiables a De Belaúnde o a Glave, siempre que levanten sus demandas modernizadoras.

¿Confiarán en las figuras de la izquierda oficial los sectores más golpeados por el régimen neoliberal? ¿O serán escuchadas con más interés voces que sean más frontales? Ojo que la ausencia clara de una representación orgánica del descontento que se irá acumulando por el estancamiento neoliberal, puede dar lugar a expresiones de lo más disímiles, desde figuras como Antauro Humala hasta personajes de ultraderecha que ofrezcan mano dura y orden. ¿Qué lugar tendrá la izquierda del mal menor? ¿Cómo borrará su compromiso con el régimen que colapsa? ¿Tiene, entonces, algo que celebrar? ¿Tenemos, en todo caso, que celebrar con ellos?

Mariátegui decía en “El alma matinal”, que el optimismo revolucionario consiste en no aceptar que el “mundo debe ser fatal y eternamente como es”. Hoy podemos decir lo mismo y agregar que necesario dejar de asumir de antemano una derrota natural, dejar de optar fatalmente por el enemigo menos malo como única fórmula táctica.

Por suerte, no toda la izquierda ha seguido la línea del mal menor. Los que no lo han hecho todavía son grupos pequeños, pero esta coyuntura quizá sea una oportunidad para que pasen al frente. Las múltiples luchas que hoy se dan en diversos sectores, que no tienen los reflectores mediáticos y que no importan al liberalismo anti-fujimorista, están activas, comienzan a confluir y abren posibilidades concretas de cambio frente a la crisis del régimen neoliberal. Cuando avancemos en esa ruta de transformación profunda que el Perú reclama con urgencia, entonces quizá sí haya algo que celebrar.

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