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El Perú a cachetadas

Crédito: Andina.pe

I

 Un griterío lejano de insultos me despierta de mi letargo, cuando la noche apenas estaba empezando a asomarse. Miro por la ventana, cauteloso, y en la canchita que da al frente de la casa de mi madre veo un grupo de jóvenes discutir acaloradamente. Solo era un partido de fulbito. Pero es el primer día de cuarentena decretado por el Gobierno. El Perú tiene que afrontar, para empezar, quince días de inusitado confinamiento. El COVID-19, enfermedad causada por un nuevo virus que afecta el sistema respiratorio, viene expandiéndose por todo el mundo, cobrando miles de víctimas y paralizando naciones enteras. Nuestro país no ha sido la excepción, y por ello se decretó la inamovilidad social. Nadie puede salir a hacer ninguna actividad que no sean trabajos esenciales, compras de primera necesidad o recibir atención médica. Esto en la canchita poco importa: el reclamo por la falta se resuelve con un tiro penal. Nadie va a ganar.  

Me encuentro en San Martín de Porres, un extenso y populoso distrito del norte de la ciudad, en los límites con Callao y Los Olivos. Aquí no vive ningún familiar, no tengo amigos y no conozco bien a los vecinos: solo tengo un gato medio naranja a quien cuido desde hace doce años, cuando lo criaba en los Barrios Altos. La cuarentena me agarró en este lugar y no tengo cómo salir sin que la Policía me detenga o me llene de preguntas. Tampoco quiero irme: en el centro histórico, donde vive mi familia, mis abuelos tienen más de ochenta años y mi madre padece de diabetes. Son población en riesgo y no me gustaría que yo, muy propenso a las enfermedades bronquiales, pudiera exponerlos a contagio.

El segundo día salgo al mercado del barrio a hacer compras y la curiosidad me ayuda a romper mis barreras y el rezago de timidez que a veces me queda:

—Todo ha subido, joven. Los camiones ya no quieren venir así nomás y todito nos han subido. Dicen que no habrá desabastecimiento. Dicen. Pero no sé hasta cuándo será esto.

Ni yo tampoco. Vuelvo a casa y la jornada debe continuar desde el teletrabajo. Por la noche, nuevamente la canchita se llena de peloteros. Gritos, risas, nuevas broncas, hasta que la Policía aparece en un convoy de automóviles y los espanta. La vecina de al lado, una señora ya entrada en años, también se asoma por la ventana y murmura:

—Bien hecho, bien hecho.

Como ellos, cientos de peruanos infringieron el estado de cuarentena y se volcaron a las calles a toda hora. Esto mismo han registrado los medios de comunicación en imágenes, en todas las regiones del país y en todos los estratos sociales. La orden de inamovilidad está hecha para que no se propague el virus, cuyo contagio se produce por contacto humano. Pero algunos no lo han entendido así, no lo toman en serio o simplemente no les importa hacerle caso. Tan solo un día después, enterado del asunto, el Gobierno decidió tomar medidas más drásticas: declarar toque de queda. En los próximos días de cuarentena, desde las 5 a. m. hasta las 8 p. m., ningún ciudadano puede estar en las calles bajo pena de retención y arresto. Un poco aturdido, pienso en mi vecina y en su sonrisa de satisfacción:

—Bien hecho, bien hecho.

En efecto, el menor de edad ha infringido la ley. Pero el capitán no es la ley, es su representante, y también la ha infringido. En un país donde por todos lados le intentamos sacar la vuelta a la ley, e interpretamos a nuestro gusto quién puede hacerlo, dejamos un camino abierto a la violencia. Y este es un paso a la impunidad.

II

Al tercer día, la canchita se encuentra vacía y lo único que se escucha son los sonidos del viento que escarba la tierra. Pero al cuarto día, dos amigos se sientan en las gradas y empiezan a conversar de largo. Ya son más de las 9 p. m. y el toque de queda debe reinar en las calles. Nuevamente aparece un convoy policial y los muchachos se retiran en sigilo, pero esta vez se les detiene.

—¿Qué pasa? Están fuera de su casa, nomás —reclama una vecina.

—Oiga, ¡abusivo! —sale gritando quien parece ser la madre.

Pero los policías no han sido particularmente agresivos. Le pusieron una barrera a la madre y a otra persona, aparentemente un familiar, y terminaron por llevarse a los amigos sin mucha resistencia. Las armas expuestas al aire impresionan. Cuando el convoy se pierde en la esquina de la calle, muchos vecinos nos miramos acongojados desde las ventanas. Esta vez no hay murmullos.

A pesar del toque de queda, cada día los detenidos también se cuentan por cientos en toda la ciudad. Lo mismo sucede en cada una de las regiones del país. Aunque más allá del cuestionado acto de desobediencia e irresponsabilidad que es salir a la calle, tengo que admitir que quedarse en casa es complicado y sumamente estresante. Necesitas organizar bien tu tiempo y tus actividades, y en soledad esto se lleva también con otro tipo de cargas. Pero la cuarentena, dicen los expertos en salud, es necesaria, así que allí le damos.

Exploro un poco las redes sociales, y mucha gente empieza a hacer denuncias públicas de quienes rompen la cuarentena y el toque de queda. Los medios de comunicación también se han convertido en una suerte de policía de la moral y el deber. Se pide mano dura, se recuerdan tiempos violentos, se arrojan cientos de insultos: esta vez la canchita se transportó a las redes sociales, con todo y barra brava. Mientras tanto, en las calles la Policía y las Fuerzas Armadas realizan patrullas mixtas. En un país, con una experiencia de violencia tan solo tres décadas atrás, ver militares en las calles trae siempre zozobras. Nunca estuvieron preparados. Y, sin embargo, son muchos los peruanos que reclaman su presencia sin titubear:

—Solo así habrá orden. Es la única forma. Los militares traen orden, autoridad —comenta don Alberto, un vendedor de verduras en el mercado.

La historia peruana ha estado plagada de militarismo y autoritarismo. Son dos sellos indelebles que parecerían calados, lamentablemente, en la sangre de muchos de nosotros. Por “autoridad” no se entienda el poder aceptado como legítimo, propuesto por el alemán Max Weber. Esta vez por autoridad entiéndase a quien impone el orden (o más bien el miedo) a punta de cachetadas.

 

III

 

Hace tan solo unos días fue tema de debate nacional, o mejor dicho, de celebración nacional —no exageremos, quizá solo de esas barras bravas—, las bofetadas que el capitán EP Christian Cueva le propinó a un menor de edad en Bellavista, Sullana. El agravio, la humillación y los insultos, además de los nada benevolentes golpes, fueron compartidos en redes sociales como advertencia para quienes pudieran quebrar el estado de emergencia. #QuédateEnCasa. Pero como toda historia de heroísmo necesita un poco de salsa picante, allí nomás llegó la tragedia: el capitán fue separado de la operación y se le ha abierto proceso disciplinario, así como una posible sanción administrativa. Las Fuerzas Armadas actuaron de oficio.

La indignación colectiva, por supuesto, tampoco tardó en llegar. Llovieron miles de mensajes, por todas partes, de que así se desmoralizaba el trabajo de las Fuerzas Armadas, quienes solo cumplen con su misión: proteger al país en estos tiempos duros de pandemia. Al respecto, se pueden leer todo tipo de opiniones y experiencias aleccionadoras (y qué tal lecciones):

—Mi padre me enseñó a punta de cachetadas y correazos cómo debo comportarme. ¿Acaso soy un delincuente? Lo que ellos necesitan es mano dura.

—Cachetada es poco, palo le deben dar. No quieren entender. Así es la ley. ¿Acaso quieren que les pidan por favor, que les digan con cariño “Entra a casa, joven”?

—Los derechos civiles se pierden en un estado de emergencia y toque de queda. Si estás en la calle y te disparan por desacato, no hay nada que hacer. Eso no entiende la gente.

Un poco atribulado, he buscado en el decreto de urgencia emitido por el presidente Vizcarra si además de suspenderse algunos derechos como el derecho de tránsito, de libertad de reunión o inviolabilidad del domicilio, también se suspendieron otros derechos fundamentales: el derecho a la vida, al respeto, a la integridad. No encuentro nada de eso (“Negativo, capitán”). Dudo mucho que los procedimientos o los protocolos de detención policial y de las Fuerzas Armadas para estos casos tengan una línea específica que rece así: “Si alguno que se te antoja con cara de delincuente ofrece resistencia, o simplemente está en la calle, puedes humillarlo a punta de cachetadas”. O creer que uno tiene la prerrogativa de “perdonar la vida”. No. El estado de derecho continúa. Si lo dejáramos al antojo de quienes detentan la fuerza, este sería un campo de batalla pretoriano.

Pero más allá de lo que policías o militares puedan hacer (un punto de debate también amplio, aunque con sus matices), me empezó a preocupar nuestra repuesta ciudadana. El morbo con el que se disfruta la violencia, justificando las agresiones y creyendo que es la única salida, nos retrata como una sociedad con serios problemas. Quise explorar entre las personas allegadas a mí qué opinión tenían al respecto. Cojo el teléfono y empiezo a marcar algunos números:

—No está bien, pero no entiendo qué hacía ese chico allí, a esas horas. Se expone a que lo golpeen.

—Mira, me parece mal que haya violencia, yo no soy partidario de que se golpee a la gente, pero en esas circunstancias qué se puede hacer. No obedecen, entonces sucede esto. Es inevitable.

Enciendo la radio y escucho el mismo argumento por parte de un reconocido médico: “No se justifica la violencia, pero entiendo que el capitán se ha encontrado en estado de estrés y el muchacho ha infringido la ley”. Damos nuevamente vueltas sobre el mismo asunto. En efecto, el menor de edad ha infringido la ley. Pero el capitán no es la ley, es su representante, y también la ha infringido. En un país donde por todos lados le intentamos sacar la vuelta a la ley, e interpretamos a nuestro gusto quién puede hacerlo (“porque tiene estrés”, o porque tiene botas, es más grande, macho y fuerte), dejamos un camino abierto a la violencia. Y este es un paso a la impunidad.

            Un golpe a la memoria: los miles de muertos que dejó la guerra interna no han sido suficientes.

           

IV

 

Llevamos varios días de cuarentena. Lo que me han parecido sube y bajas de estado de ánimos al fin empiezan a tener mejor forma: un orden con criterio, conciencia y disciplina. He vuelto a prender el celular y reviso las redes sociales: cada día, las turbas encuentran siempre a un nuevo personaje a quien linchar. Supongo que debo pensar: son momentos de estrés, qué más nos queda (!). En las calles más bien se respira un mejor aire: cada vez hay menos personas, la mayoría con mascarillas y toma sus distancias. ¿Debemos ser siempre pesimistas?

—A las personas les cuesta seguir un orden, no nos han enseñado. Pero ese orden consiste en que todos cumplamos las normas, las leyes. El de arriba, el de abajo. Para golpear a alguien, como militar, como policía, hay un procedimiento en caso te ataquen: medir el uso de la fuerza. Si eso se cumpliera, nadie tendría problemas.

Sí, hay salidas, una luz al final del túnel. El que me hace recordarlas es Julio César, mi amigo de la Marina, un buen tipo que conozco desde la primaria. Y, por supuesto, desde hace años que vienen trabajándose en ellas. A pesar de que la dureza es parte de la formación de rigor en nuestras Fuerzas Armadas y la Policía, creo que sí han existido avances significativos a comparación de lo que unas décadas atrás se venía mostrando. ¿Pero en el caso de los militares, deben prepararlos para cuidar las calles? No, su función de ahora es solo extraordinaria. Y así siguen marchando: uno, dos; uno dos…

El presidente habla por la radio. Se evaluará la extensión de la cuarentena, dependiendo de cómo avancen los resultados. Hasta la fecha, ya son más de 400 peruanos los que padecen del COVID-19. Y sigue en aumento. Por supuesto, aún son muchas las personas que siguen infringiendo la cuarentena, extendiendo la enfermedad hasta quién sabe cuándo y hasta quién sabe dónde. Es verdad, hay lecciones por aprender: “Al de arriba y al de abajo”. Y estamos aprendiéndolas.

            La cuarentena por este nuevo coronavirus va a continuar, al parecer, por algunas semanas más. Y el mundo no será el mismo. El Perú no será el mismo. O eso espero, mientras de vuelta a casa, con la bolsa de mercado bajo el brazo, un par de niños corren hacia la suya con sus mascarillas en el rostro. ¿Qué es lo que marcará un momento como este en nuestras conciencias, qué moldeará en nuestras subjetividades, qué cambiará en nuestras estructuras? ¿Y qué es lo que se mantendrá? Seguramente mucho, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Solo sé que por las noches la canchita seguirá vacía y, por lo menos allí, el toque de queda se respetará. Seguramente mi vecina caminará a paso lento y murmurará, esta vez con el mejor semblante del mundo:

—Bien hecho, bien hecho.