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Ocho millones de cabezas

No hay noche ni día en Lima. 
Entre la niebla es difícil saber 
quién te habla, quién te ama, quién te escupe 
–Cesáreo Martínez

Dejé el frío norte hace cuatro años. Había soñado, antes del viaje, con eso: una bestia con [ocho] millones de cabezas. Como el niño de junto al cielo, protagonista del cuento de Enrique Congrains, venía preparándome para una nueva vida en Lima. ¿Me devoraría o me haría parte de ella?

Ciudad-monstruo
Caracterizada por sentimientos de entusiasmo, la primera etapa del choque cultural, conocida como luna de miel, me llevó a pasar por alto esas “pequeñas” dolencias: el tráfico, las interminables colas, la llamada “viveza criolla” y la impuntualidad crónica. Tenía sol, mar y pisco sour en mano; nada más, según un viejo refrán, era necesario para hacer de mí un marinero contento.

Pero tal como vino, se fue. Mi luna de miel se esfumó.

Empecé a dar vueltas, atisbándome dentro de la bestia, en el ombligo mismo de ésta, hasta que me dio mareo. Me encontré con un mal aliento de guetos y de ciudades cerradas. Con una sociedad ensimismada en su propia realidad, agresiva, machista, homofóbica, clasista y conflictiva. Con una ciudad-monstruo, mas no al estilo Frankenstein o pishtaco, ambos imaginarios, sino visible y cotidiana.

Presencié el racismo imperante, que encasilla, pisotea, separa y enfrenta. Dime dónde estudiaste, dónde vives, y te diré quién eres, cuánto vales.

Nunca imaginé que era posible prohibir a trabajadoras del hogar el acceso a ascensores de “propietarios”. O que en lugares como Eisha existieran condominios cuyos reglamentos prohíben que ellas hagan uso de la playa durante el día. Nada que ver, entonces, con la “ciudad mestiza por excelencia” referida en los folletos de PromPerú.

También percibí un desprecio por Lima. Es como si la ciudad perteneciera a cualquiera, salvo a sus habitantes. ¿Cuántos árboles se han convertido en letrinas al paso? ¿Cuánta basura es arrojada a la calle cada día? ¿Cuántos gritos, insultos? 

Razón tenía Héctor Lavoe cuando dijo que la calle es una selva de cemento.

Sopa de gringos
Durante la segunda etapa del choque cultural, apropiadamente llamada crisis, el país —o ciudad— de adopción se transmuta en una especie de enemigo; las diferencias de valores y las costumbres pueden generar ira, frustración, agobio y hasta alienación. 

En mi caso, la ciudad me devoraba, con sus dientes de soledad. ¿Eso era Lima, Lima, Lima...? La palabra sonaba a hueco.

Así fue que busqué —¿por instinto de supervivencia, será?— consolidar amistades con otros que también habían dejado el frío atrás. En mi primer intento, me sirvieron un plato de refrito: ¿Dónde vives? Al mencionar un lugar ubicado fuera del recinto —¿o gueto?— Miraflores-Surco-Monterrico-La Molina, se me cayó un chorro de signos de interrogación: “Sorry, I don’t know”.

Descubrí, desgraciadamente, la prepotencia de ciertos extranjeros hacia los peruanos. Actitudes de superioridad, discriminación y hasta racismo. Conocí a extranjeros que viven en Lima hace varios años y cuyo vocabulario se limita a “sí”, “no” y “no comprendo”. Esta realidad contrasta —¿hipocráticamente?— con la lista de países europeos que exigen conocimientos del idioma local para conceder permisos de trabajo o la ciudadanía.

Otros intentos me llevaron a conocer a personas encantadoras, solidarias y con quienes llegué a forjar sólidas amistades. Pero después de seis meses, un año, o a veces dos, los contratos de trabajo de estos voluntarios o funcionarios llegan a su fin. Los pingüinos vuelven al nido; regresan al frío. La relación se termina, abruptamente, quitándome las ganas de volver a empezar desde cero… una y otra vez.

Y ahora una más
La gente, después de leer líneas arriba, se preguntará: ¿Entonces, por qué te quedas? Yo también me he hecho esa pregunta, varias veces. Porque considero que la retrospección debe ser parte de la agenda diaria.

Un sano ejercicio de autocrítica, difícilmente admitido en un país tan enganchado al paradigma “Somos-Marca-Perú”, es sumamente importante para saber hasta qué punto estamos contribuyendo —o no— a consolidar una sociedad cada vez más equitativa. Y justamente por eso me quedo. Aunque pueda parecer contradictorio, me quedo porque en Lima, tal como en el Perú, existen grandes e importantes oportunidades de cambio. Y quiero ser parte de ello.

Me quedo porque aquí aprendí a jugar frontón, a tocar cajón y a bailar la culebrítica. Me quedo por el mar, por la jerga y las juergas, y, ante todo, por la hospitalidad de los limeños.

Como diría el niño de junto al cielo, me quedo porque la bestia de (ocho) millones de cabezas no era tan espantosa como había soñado.

[Ocho] millones de cabezas, y ahora una más.

Entrevista