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La pugna ideológica en el Gobierno

La crisis de gobernabilidad que sufre actualmente el Gobierno de Ollanta Humala a propósito del conflicto por el proyecto minero Conga, en Cajamarca, puede interpretarse como el episodio más importante —un punto de inflexión, si se quiere— en una sucesión de disputas políticas de distinto calibre con trasfondo ideológico. Más que analizar los detalles, los nombres propios y las particularidades de cada momento crítico, quiero llamar aquí la atención sobre un conflictivo proceso de pugna política por el poder (entendido como la capacidad de orientar la toma de decisiones del Gobierno) y un debate críptico —en clave ideológica— que convendría asumir abiertamente.

La pugna se produce entre sectores que gruesamente se identifican en la opinión pública como “derecha” e “izquierda”. La derecha agrupa a quienes defienden con pasión y convicción el modelo neoliberal, reivindicando las bondades del capitalismo global y la economía de libre mercado, sin tomar en cuenta las causas del despliegue y ahondamiento de la actual crisis financiera internacional. La izquierda, a su vez, agrupa (para variar) a actores, estrategias y discursos diversos alrededor de demandas de redistribución económica e inclusión social y política, pero también en torno de un discurso de defensa del medio ambiente. Está por verse si este discurso, en el actual contexto de crisis ecológica y económica, logra convertirse en hegemónico y articular efectivamente a la oposición política de izquierda en el Perú.

Lo interesante de la conformación de posiciones de izquierda y derecha es que ninguna de ellas puede asociarse con la pertenencia a determinadas opciones político-partidarias, ni a sectores socioeconómicos específicos, ni a género, edad o procedencia. El propio Gobierno incluye en este momento a grupos y funcionarios de uno u otro sector. Lo que sí parece ser recurrente en los últimos 20 años es que los grupos de derecha logran posicionarse bien en los gobiernos, mientras que los de izquierda se expresan con más fuerza desde la calle. Por ello, el discurso de lo que gruesamente estamos identificando aquí como derecha se reviste de defensa de la institucionalidad del gobierno y la economía de mercado, mientras que la izquierda se expresa como cuestionamiento del orden establecido.

En el actual Gobierno, el conflicto ideológico se produce, sin embargo, a dos niveles: 1) al interior del Gobierno, de manera poco visible y a media voz; y, 2) en las relaciones entre Estado y sociedad, como una confrontación abierta a viva voz. El conflicto por el proyecto minero Conga se viene desarrollando a ambos niveles y es revelador de la forma en que se despliega el debate ideológico.

Al interior del Gobierno, particularmente en el Ejecutivo, la contienda se ha expresado en las posiciones encontradas del Ministerio del Ambiente (MINAM) y el Ministerio de Energía y Minas (MEM). En esta pugna interna perdió el MINAM y ganó el MEM, una derrota que parece alinearse bien con el progresivo debilitamiento del ala de izquierda, que ha dado pie a que se hable de la derechización del Gobierno de Humala.

En el ámbito de las relaciones entre Estado y sociedad se despliegan importantes fuerzas de oposición en una sociedad altamente politizada, que no siempre puede articular protestas nacionales o regionales pero que ocasionalmente lo logra, haciendo uso de los recursos y la fuerza construida en los últimos diez años en las calles.

El fenómeno de las protestas tiene más de diez años en el Perú, tiempo en el que ha ido creciendo a ritmo sostenido y paralelo al del crecimiento económico, como lo muestran los informes de la Defensoría del Pueblo. Las protestas son muy diversas a juzgar por sus actores, estrategias y demandas, pero tienen en común un reclamo de mayor participación en la toma de decisiones, es decir, una demanda de inclusión política. Esto es muy importante, porque muestra que hace rato hay más capacidad de acción política en las calles del Perú que en lo que queda del sistema de partidos y de la democracia representativa.

 En las instituciones formales, estatales y político-representativas, hay poca iniciativa y agencia, mientras que en la calle hay mucha.

No quiero decir con esto que la calle es esencialmente democrática y la práctica estatal no lo es. Para nada. La calle incluye también prácticas antidemocráticas y antidialogantes, que se expresan en comportamientos violentos y demandas de todo o nada. Lo que quiero resaltar es que en las instituciones formales, estatales y político-representativas, hay poca iniciativa y agencia, mientras que en la calle hay mucha.

Y, sin embargo, no asistimos a un debate abierto que permita identificar con claridad los planteamientos de fondo de uno y otro sector. No hay un debate sobre el modelo económico y productivo en el actual contexto global, sobre el rol del Estado y su necesaria reforma, ni sobre las formas de participación y autonomía política que permitirían descentralizar y democratizar el ejercicio del poder. Se habla de posiciones de derecha y de izquierda pero no se debaten diagnósticos de la realidad actual, principios y valores orientadores de la acción política ni programas y lineamientos para esta acción. Ciertamente, no hemos salido del todo de la época de la antipolítica que tan bien describiera Carlos Iván Degregori (La década de la antipolítica: Auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2001).

Se trata, entonces, de un debate más bien críptico en la esfera pública peruana después de años de proscripción desde los tiempos de la guerra. Es comprensible el silencio ideológico que trajo la guerra a nuestro país, si consideramos que una guerra se desarrolla no solo en el terreno de lo militar, social y económico, sino también en el de la cultura política y la ideología. ¿Cuáles son las secuelas y aprendizajes de la guerra en materia de cultura política en nuestra sociedad? Ésta es una pregunta fundamental a la que no le hemos dado atención suficiente y que nos ayudaría a comprender por qué evadimos el debate ideológico.

Rápidamente, en la línea de abrir el tema a la discusión, quisiera señalar dos aspectos que, creo, inciden en el carácter críptico del debate: el “unipolarismo” ideológico y el uso creciente de la diatriba como estilo de discusión.

En el Perú, el combate ideológico a Sendero Luminoso proyectó la idea generalizadora de que todo proyecto de izquierda es consustancialmente antidemocrático y violentista. La guerra dejó deslegitimada políticamente a toda la izquierda peruana y el Perú se volvió paulatinamente unipolar en términos ideológicos en el contexto de la guerra, proceso que además se reforzó con el propio proceso de “unipolarización” internacional luego de la caída del Muro de Berlín.

Bastante agua ha corrido bajo el puente desde el fin de la guerra, pero en el Perú ha tomado unos buenos veinte años poder decir “izquierda” de nuevo sin asociar la palabra automáticamente a Sendero Luminoso. Por cierto, la deslegitimación de la izquierda como proyecto político y de las izquierdas como organizaciones y actores políticos concretos no ha concluido, y es quizá por eso que la renovación de la contienda ideológica entre derecha e izquierda se produce crípticamente, sin entrar abiertamente a los temas de fondo.

El uso de la diatriba, por su parte, nos remite más bien a la manera en que se desarrolla el debate político. La diatriba es una forma injuriosa de ataque a través del discurso que no reconoce interlocutores sino solamente enemigos, que descalifica al antagonista evadiendo la confrontación de argumentos e ideas. Hemos olvidado que en democracia se pueden dar debates ideológicos sin tener que apelar a la violencia. Hemos olvidado que en democracia se puede y se debe discrepar, argumentar, escuchar, intercambiar, conversar y debatir desde enfoques ideológicos diversos; que los acuerdos y las decisiones deben nacer más bien de la confrontación abierta de ideas y programas.

Entrevista