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Vaticano: ¿El comienzo del fin?

 La negativa de Juan Pablo II, hace más de 30 años, a aceptar la dimisión del entonces “Papa Negro”, Pedro Arrupe SJ, para evitar así un precedente para el papado, quedó en nada después de que su sucesor, Benedicto XVI, abdicó motu proprio, poniendo fin a más de 600 años de tradición en la Iglesia católica. En realidad, ésta tuvo su antecedente en la aceptación de la renuncia del también Padre General de la Compañía de Jesús, Peter Hans Kolvenbach SJ, por el propio Benedicto XVI en enero del 2008.

Más allá de lo loable del acto, me temo que mucha gente no es consciente de su importancia, ya que pone fin a una de las características de la monarquía papal —la de ser ad vitam (de por vida)—, y la convierte en ad vitalitatem (mientras tenga vitalidad). Benedicto XVI, un papa considerado conservador al momento de su elección, dio varias sorpresas, como cuando, en septiembre del 2011, en Friburgo, sugirió que la Iglesia debía dejar el poder temporal:

“En el desarrollo histórico de la Iglesia se manifiesta […] una tendencia contraria, la de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios. Por ello da una mayor importancia a la organización y a la institucionalización que a su vocación a la apertura.

”Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: ‘No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo’ (Jn 17, 16). En un cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.

”En efecto, las secularizaciones […] han significado siempre un profundo desarrollo de la Iglesia, en el que se despojaba de su riqueza terrena a la vez que volvía a abrazar plenamente su pobreza terrena [...] la Iglesia compartía en cada momento histórico, la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para separarse de su vínculos materiales y, así también, su actuación misionera volvía a ser creíble.

”Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia ‘desmundanizada’ resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible. La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a aquel [...].

”No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para valorizar otra vez la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy viviéndola totalmente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que solo aparentemente es fe, pero en realidad no son más que convenciones y hábitos”.

Y luego se permitió abdicar sin consultar a nadie, ya que de haberlo hecho es probable que hubiera tenido una nutrida oposición al interior de la Curia Romana. La dimisión puede ser leída como el principio de imponer límites a la institución del Papado y quizá como hasta el inicio de su extinción con el pasar de los años. En la Iglesia del primer siglo los obispos eran elegidos por los fieles y no había Papa, y hoy hay muchos cristianos clamando por el regreso a los orígenes.

Aunque la tradición lo ha vinculado con las palabras de Jesús a Pedro en el evangelio de Mateo (16, 18-20), los Hechos de los apóstoles muestran que durante el primer siglo —y hasta bastante más adelante— no existía el título de Papa y que en esos tiempos no había nadie que primara sobre los otros, como lo demuestran las diferencias y conflictos que hubo entre Pedro y Pablo y también con Santiago. En realidad, el título se usó originalmente para los obispos del Asia Menor (por ejemplo, Cipriano de Cartago) en el siglo III, y la primera vez que se conoce del empleo de esa expresión para el obispo de Roma es en una carta de Siricio (cf. Carta VI en PL 13, 1164), a fines del siglo IV, pero seguía utilizándose indistintamente para otros obispos. Solo con Gregorio VII (siglo XI) se convierte en un título solo del Obispo de Roma.

La reciente elección de Francisco I, un jesuita latinoamericano, puede ser leída de muchas maneras. Una podría ser el abandono del eurocentrismo tan presente en la historia de la Iglesia católica. En cuanto a las acusaciones que le hacen de su actuación durante la dictadura argentina y que él siempre ha negado, yo respondería, en todo caso, que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, como dijo Jesús en el evangelio. Por otra parte, lo que se ha publicado de sus costumbres cotidianas tan alejadas del lujo y el boato cardenalicio abre la puerta a posibles futuras acciones que podrían implicar el inicio del alejamiento del poder temporal que recomendó su predecesor. Cuando entre sus primeras declaraciones dijo que “la Iglesia no debe volverse mundana”, y, más recientemente, “me gustaría una Iglesia pobre para los pobres”, estuvo en la línea e hizo eco a la “Iglesia ‘desmundanizada’” de las declaraciones citadas de Benedicto XVI.

Para terminar, quiero citar las palabras llenas de esperanza de una querida amiga uruguaya en las redes sociales:

“Más allá de tantas cosas que circulan sobre él, sobre su pasado y ni qué decir la opinión que muchos tienen porque lo han conocido en diversos ámbitos, hoy elijo quedarme con esto que leí:

‘Un Papa que sonríe, que da las buenas tardes, que hace una broma apenas unos minutos después de recibir sobre sus hombros el peso entero de una Iglesia lastimada, que pide la bendición antes de darla, que es jesuita como tantos otros que consiguieron hacer caminar de la mano la fe y el conocimiento, que vivía en un apartamento en vez de en un palacio cardenalicio y se montaba en el transporte público para ir a confortar a los enfermos y a los pobres, un Papa que hace ocho años pudo serlo y dijo que pase de mí este cáliz, un Papa que viene del nuevo mundo, que tiene cara de buena persona y que elige el sencillo nombre de Francisco, es una oportunidad a la esperanza’” (Verónica Piñeyrúa Artagaveytia en Facebook, 14 de marzo del 2003).