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El Papa que ya está entre nosotros

Foto: Getty Images

La elección del papa Francisco fue una verdadera  sorpresa: por ser latinoamericano, por ser jesuita y por su propia manera de  ser. Esto significa que para los cardenales electores ya era hora de tomar en  serio a la Iglesia latinoamericana, con más de 500 años de maduración, con  pastoral y teología propias, y con miles de mártires: ella ha contribuido  con creces a la Iglesia universal.

La orden jesuita,  abierta a los cambios del Vaticano II y a los reclamos de la humanidad y de la  historia, pero relegada en los últimos dos pontificados, es invitada a hacer su  necesaria contribución para el cambio de la Iglesia.

  Se ha elegido a un  hombre sencillo y humilde, no amante de lujos y boatos, amable, espontáneo,  carismático, creativo, cercano a la gente, especialmente a los más  pobres; un pastor alejado de la curia vaticana, abierto a los medios de  comunicación, crítico de las innumerables injusticias en Latinoamérica y  en todo el mundo.

  Un hombre inflexible en  aspectos doctrinales y de moral pero, a la vez, abierto al diálogo y buscador  de consensos. Que, como Obispo de la Iglesia argentina, carga el peso del  apoyo oficial de la jerarquía de su país a la dictadura de la década de 1970, que  dejó unos 30.000 muertos, por lo que él mismo ha sido objeto de  acusaciones y desmentidos

El nombre que ha  escogido, Francisco, es por sí mismo un programa de vida y de acción, pues  evoca a Francisco de Asís, pobre entre los pobres y promotor del cambio. En los  pocos días desde su elección ha tenido una multitud de gestos positivos.  Su gran reto es mostrarse pronto como un hombre de acciones y decisiones  en relación con el cambio que clama la Iglesia y el mundo. Uno de los más urgentes, solo uno, es el vinculado con la elección de los obispos.  Actualmente, un gran porcentaje de ellos son demasiado conservadores y  pegados al poder.

  Muchos se portan  como dictadores, contrarios a la exigencia profética de Jesús, hasta el  punto de perseguir, sancionar y expulsar de sus diócesis a laicos y laicas, religiosos y religiosas y sacerdotes solidarios con los más pobres y excluidos.  La Iglesia del Perú, en parte, es un trágico ejemplo de esta situación.

  Cuando, después de unos  años, Francisco renuncie al papado, mostrará con los hechos que vivió el ser Papa como un servicio de amor, y contribuirá a desmitificar la figura  del Papa, que más que romano pontífice, santo padre o vicario de Cristo está  llamado a ser el hermano de todos y de todas, el siervo de los siervos de  Dios. En esta hora de la historia, creyentes y no creyentes tenemos una razón  para la esperanza.