¿Transición, consolidación

¿Transición, consolidación

Ideele Revista Nº 200

Concebimos a la democracia moderna como una nueva forma de entender y practicar las relaciones entre los seres humanos, basada en principios como la libertad y la igualdad. Considerar a los hombres y mujeres como seres libres e iguales es una idea muy reciente desde el punto de vista histórico, y que todavía no logra afianzarse en la mayoría de las sociedades de nuestro planeta, incluida, por supuesto, la peruana.
La existencia de nuestra especie humana —la del homo sapiens u homo moderno— data de aproximadamente 160.000 años, y solo desde fines del siglo XIX y comienzos del XX comienza a legislarse e implementarse de manera permanente el sufragio universal. Si tomamos como punto de inicio de la democracia moderna la instauración del sufragio universal, ésta tiene de existencia alrededor de 120 años, y, en el Perú, menos tiempo aun.
Desde una perspectiva porcentual-histórica, durante más del 99,9% de nuestra historia humana han prevalecido formas de organización políticas y sociales esclavistas, despóticas, totalitarias, autoritarias, etcétera, y solamente en un periodo equivalente a menos del 0,1% la humanidad ha empezado a experimentar formas de gobierno democráticas modernas. En conclusión, estamos en los albores o inicios de una nueva civilización basada en principios igualitarios y libertarios, fundamentos y guías para la construcción de nuestros sistemas democráticos de organización social, política y económica. 
Es desde esta perspectiva histórica —me parece— que debe analizarse el proceso de desarrollo del sistema democrático en el Perú.
Los principios y valores democráticos han propiciado la lucha de nuestra especie humana por la adquisición de diversos tipos de derechos relacionados con la libertad y la igualdad. Entre estos últimos se encuentra la conquista del derecho al sufragio universal, a elegir y ser elegidos a través de procedimientos o mecanismos propios de las democracias modernas, que pueden adquirir formas diferentes de acuerdo con las variadas tradiciones políticas de cada pueblo.
Por eso, cuando hablamos de los procesos de transición a la democracia nos estamos refiriendo al reemplazo gradual de una visión y principios no democráticos (autoritarios, totalitarios, etcétera) por una nueva percepción y valores que deben regir las interrelaciones humanas, basados en los dos pilares de la democracia moderna: la libertad y la igualdad. Asimismo, constituye un requisito ineludible en la transición la incorporación de procedimientos y mecanismos democráticos de elección de nuestros gobernantes.
En el año 2009, ante la pregunta ¿sabe usted qué es la democracia?, el 50% de los peruanos respondió que NO sabía.
De las respuestas a esta encuesta es posible deducir que en el Perú es imposible que se haya “consolidado” la democracia, cuando el 50% de sus habitantes responde no saber a ciencia cierta lo que ello significa. Más realista, en todo caso, es hablar de un proceso de transición a la democracia o, mejor aun, de un proceso de construcción de la democracia, a través del cual poco a poco la población va haciendo suyos los valores y procedimientos democráticos de elección de los gobernantes y va desarrollando diversas o nuevas formas de participación en la toma de decisiones políticas.
Actores y dificultades en la construcción de la democraciaLa conformación de nuestra sociedad durante el siglo XX, especialmente la de nuestro aparato productivo poco industrializado, no produjo actores sociales y políticos capaces de llevar adelante un proceso de democratización en los niveles económico, social y político comparables a los de los países industrializados. A una oligarquía conservadora y autoritaria se sumó, años más tarde, una izquierda marxista-leninista más propensa a una dictadura del proletariado que a un pluralismo político. No éramos ni europeos ni norteamericanos, nuestra realidad era otra; por ello nuestro caudillismo y populismo.
Los partidos conservadores entraron en una crisis terminal a raíz del Gobierno de Velasco; luego, hechos como la muerte de Mao (1976) y, con él, de su fracasado modelo, y la caída del Muro de Berlín (1989), produjeron también la práctica desaparición del escenario político de los partidos de la Izquierda Unida. La derrota de Sendero Luminoso y del MRTA fue la expresión final de la extinción de estos paradigmas políticos.

Desde una perspectiva porcentual-histórica, durante más del 99,9% de nuestra historia humana han prevalecido formas de organización políticas y sociales esclavistas, despóticas, totalitarias, autoritarias, etcétera.

Sin embargo, hay que reconocer el aporte al proceso de democratización social y económica de la sociedad peruana producido por las luchas y transformaciones en las que participaron actores como el APRA revolucionaria, la Iglesia católica, el velasquismo y la izquierda no terrorista. 
Instalados en pleno siglo XXI, cabe preguntarnos: ¿Qué actores políticos serán capaces de continuar con la construcción de una sociedad democrática en el Perú?
La desaparición de fuerzas otrora democratizadoras como la Izquierda Unida y el APRA ha dejado libre un amplio espacio político que el Partido Nacionalista (PNP) u otras organizaciones políticas no han logrado aún colmar. El rol democratizador actual de la mayoría de las ONG no debe ser pasado por alto.
En los últimos años han ido apareciendo líderes y movimientos políticos de inclinación liberal con una mayor o menor preocupación social, entre los que destacan Vargas Llosa y el Movimiento Libertad, Hernando de Soto, Rafael Belaunde y, últimamente, Jaime Bayly.
Con una práctica más populista, podemos citar a Perú Posible de Alejandro Toledo (populismo liberal) o al PNP de Ollanta Humala (populismo nacionalista).
Dentro del espacio de centro-izquierda, han aparecido incipientes liderazgos como el de Susana Villarán, el padre Marco Arana, Yehude Simon y Manuel Guillén (estos tres últimos con perfiles más regionales que nacionales).
Entre los importantes obstáculos que deben afrontar los actores democratizadores en el Perú se encuentra no solo el desconocimiento del significado de la democracia en amplios sectores populares, sino también la pobreza y la extrema pobreza, así como la peligrosa extensión de la corrupción en nuestro tejido social (y político), donde el narcotráfico aparece cada vez más como una fuerza corrosiva de primera magnitud.

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