¿Y cuando se acaben las criadas y las materias primas?

¿Y cuando se acaben las criadas y las materias primas?

Ideele Revista Nº 200

El año 1990 pareció en las vidas de los peruanos un claro fin de era. Una larga crisis económica arrastrada desde los años del Gobierno Militar había deprimido los salarios y, lo que es peor, las ilusiones, lanzando a la desesperación a las promociones de jóvenes que salían de las aulas para enfrentar una vida independiente. La hiperinflación llegó ese año a sus cifras récord. Como si se tratase de un aguacero, la gente corría a refugiarse bajo los dólares como medio de cambio, renegando de una moneda nacional cada vez más inútil. Me recuerdo en esos días negociando mis ahorros con los cambistas (uno de los pocos empleos que surgió en la coyuntura) para comprar una cocinilla de gas con que enfrentar los apagones; o haciendo cola frente a un teléfono público, con mi “rin” en la mano, para llamar a mi esposa y contarle, satisfecho, que había podido conseguir un kilo de azúcar o un tarro de leche; o angustiado en una sobrepoblada esquina, a la espera del “Enatru” con algún trozo de pasamano sobrante en la puerta en el que poder llegar a las clases que dictaba en la Universidad. 
No se trataba solo de las penurias económicas: la violencia política había crecido hasta el punto de afectar la vida cotidiana. Había que andar con documentos en el bolsillo y sin bolsas o maletines en la mano que pudieran llamar a sospecha. Un carro desconocido sobre la vereda de enfrente hacía que los vecinos se pusieran nerviosos y alertasen a la Policía. Supongo que días así, cargados de escasez, de zozobra y de la conciencia de que algo, pronto, iba a cambiar —tenía que cambiar— se vivieron en el país durante la guerra de independencia o durante los años de crisis que siguieron a la Guerra con Chile. El cambio no tenía que darse necesariamente aquí. No pocos sacaron su pasaporte y buscaron cambiar de vida afuera, en lo que fue el inicio de una prolongada diáspora migratoria que por primera vez convirtió a los peruanos en seres errantes por el mundo, que procuraban una nueva nacionalidad, más propicia para encarar el futuro.
Veinte años después, es innegable que el país ha mejorado, aunque sin duda todo depende de cuál sea nuestro punto de observación. Las mejoras más notorias se advierten en las comunicaciones (tanto telefónicas, de Internet o físicas, a través de las carreteras), en el acceso al consumo (desde los apabullantes centros comerciales hasta la proliferación de tarjetas de crédito), el apaciguamiento de la violencia política y una cierta mejora en las prestaciones de los servicios del Estado, incluida la educación, que hoy luce al menos unos remozados locales escolares. Nadie tiene muy claro cuál fue el puente hacia esta mejoría: ¿La captura de Abimael Guzmán y la consiguiente derrota del terrorismo? ¿El tirón del mercado mundial que, tras el colapso de la Unión Soviética y de la Guerra Fría, inició un nuevo ciclo de crecimiento, atizado por nuevos actores como China y la India? ¿El modelo económico neoliberal que tres regímenes sucesivos han mantenido en el Perú durante estos veinte años? De momento hay que repartir el crédito entre todos; pero sí comienza a haber más claridad en cuáles son sus límites y sus efectos colaterales.

La hiperinflación llegó ese año a sus cifras récord. Como si se tratase de un aguacero, la gente corría a refugiarse bajo los dólares como medio de cambio, renegando de una moneda nacional cada vez más inútil.

En la medida en que el crecimiento económico se ha dado sobre la base del viejo esquema de exportación de materias primas, es claro que no puede tener continuidad y que está condenado a caerse en cualquier momento. Incluso si los precios mundiales de nuestras exportaciones siguiesen altos, los yacimientos de las materias primas irán agotándose, y cuando quieran buscarse nuevos ya no habrá, como en la época del sabio Raimondi, regiones vírgenes (esto es, despobladas o con pobladores sin derecho a voz ni voto) donde fundar nuevos enclaves. Otros “Baguazos”, “Islays” y “Tías María” nos esperan en ese camino de crecimiento económico. Porque no se trata solo de repartir mejor entre los peruanos la renta que resulta de la riqueza natural que exportamos, sino de reconocer que un país rico en recursos naturales no puede serlo indefinidamente y, por lo mismo, no puede vivir principalmente de ello, como nos enseñó la experiencia del guano en el siglo XIX. 
Tal vez la reiteración de ese viejo patrón de crecimiento económico tenga que ver que en materia de costumbres sociales y electorales muy poco avance hemos tenido en estos veinte años. Cuando veo las páginas sociales de Somos, la escena de los clubes sociales o los parques de Surco por la tarde, llenos de niños de la élite cuidados por nanas de mandil blanco que jamás podrían ser sus madres, uno se siente, no transportado al pasado, porque las moles de edificios de veinte pisos que asoman tras los árboles impiden cualquier nostalgia pasadista, pero sí instalado en una sociedad de antiguo régimen, en la que los roles de quienes mandan y quienes obedecen parecen tan fijos y sólidos como los pétreos muros incas. Y sin embargo tengo la impresión de que así como se agotarán los yacimientos de oro y de gas, también se acabarán algún día los pobres dispuestos a fregar los pisos y la ropa de los señores. De momento la emigración también ha tocado a los trabajadores del hogar y se marchan a continuar su tarea en otros lares. Ya que no por la economía, quizá por ahí comience la gran transformación en el Perú de este siglo.

No se trataba solo de las penurias económicas: la violencia política había crecido hasta el punto de afectar la vida cotidiana. Había que andar con documentos en el bolsillo y sin bolsas o maletines en la mano que pudieran llamar a sospecha.

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