Cacería de misioneros

Cacería de misioneros

Ideele Revista Nº 200

Fue nada menos que el Primer Ministro el encargado de sustentar ante el país la expulsión del misionero Paul McAuley. ¿Qué puede hacer que a comienzos del siglo XXI un Gobierno supuestamente democrático decida expulsar a un sacerdote para cortar el vínculo que desde hace años mantiene con la población indígena? 

Un hábeas corpus ha frenado este acto prepotente e ilegal -expresión de la ofensiva en la que están las fuerzas más retrógradas del país- contra una persona que solo merece nuestra gratitud y reconocimiento. 

-Se lo ha acusado de varias cosas: de alterar el orden público, de ser agitador, de actuar en contra del Estado. ¿Hay algo de cierto? 

-De ninguna manera. Muchas veces en la historia de la humanidad hubo entidades que prefirieron que la gente se quedara sin información. Y me parece que esta mentalidad sigue manteniéndose en ciertos grupos. Nuestro trabajo es educar: animar a la gente a leer, a analizar, a responder democráticamente, a hacer propuestas. Si eso es agitar, bueno, es vocabulario de ellos. Nunca, ojalá, tendríamos razón para actuar en contra del Estado peruano. Hemos estado claramente en contra de ciertas políticas del Gobierno cuando infringía derechos constitucionales. Por ejemplo, cuando no se ejecutó la sentencia del TC en relación con las concesiones forestales de la cuenca del río Mazán, hemos demostrado nuestro desacuerdo con el descuido del gobierno de turno. Pero, en realidad, somos aliados del Estado. 

-¿Cómo así? 

-Cuando el INDEPA inició su trabajo aquí en Iquitos, no tenía oficina. Nosotros les ofrecimos un espacio. Les dimos un cuarto, servicio de telefonía e Internet, e iba a haber un pequeño pago cada mes, pero de hecho nunca nos han pagado. Hemos colaborado con el Estado, y me sorprende bastante esta acusación ahora. 

-¿A qué atribuye la persecución? 

-Yo no he cometido ningún delito, y mi trabajo es público. Como Iglesia, acompañamos a los pobladores cuando la causa nos parece justa. Lo que sí es cierto es que el trabajo educativo tiene que ver con analizar las nuevas leyes que van a afectar, creemos, los intereses de la Amazonía; tanto de la población como de la naturaleza. Una de estas leyes es la nueva Ley Forestal. Entonces, sí, hemos estado difundiendo los artículos de la ley para que la población pueda opinar, enterarse. Podría ser causa de recelo por parte de los que quieren tener acceso a estas extensiones de bosque. No puedo comprobarlo, pero sí es cierto que los temas que tocamos son sensibles porque tienen que ver con grandes intereses económicos. 

-¿Cuáles son las consecuencias que podría traer esta nueva Ley Forestal? 

-Tomemos, por ejemplo, el artículo 44.º sobre la subasta pública de los bosques. La ley actual señala que los lotes más pequeños tienen una extensión de 5 mil hectáreas, y los más grandes, una de 9 mil hectáreas. Un solo postor puede tener un máximo de 5 lotes. La nueva ley propone que el lote más pequeño mida 9 mil hectáreas y el más grande 40 mil. Lo más peligroso es que ya no existirá límite para la cantidad de lotes que pueda tener un solo postor. Lo que hay que subrayar es que se trata de una subasta pública. Eso quiere decir que un grupo poderoso y con gran capital podría adquirir medio millón o un millón de hectáreas: no hay nada en la ley que pueda objetarlo. 

-¿Y la gente no está al tanto de los cambios propuestos por esta ley? 

-No, para nada. El interés es el negocio de los agrocombustibles. No se trata de reforestación. No van a mantener el bosque como ecosistema. Van a ser cientos de miles de hectáreas de puros monocultivos. Palma aceitera o maíz, tal vez. Los monocultivos destruyen totalmente el ecosistema del cual depende el ribereño o el indígena para cazar, para pescar… para vivir. Lo vemos con mucho temor. 

-¿Como asociación civil o como persona, usted tiene algún vinculo político?

-No, ninguno. Nunca he tenido contactos con ningún miembro de un partido político. Es ridícula la sugerencia. No vale la pena. Que lo comprueben.

Vale un Perú 

-Cuéntenos un poco de su trayectoria. ¿Cómo encontró el camino misionero? 

 

-Luego de completar mis estudios en la Universidad de Oxford y en Bélgica, entré a la congregación de La Salle como profesor. Después de unos años me pidieron ir a Nigeria, en África. Poco después de mi retorno, me trasladé a Roma, al Centro Internacional Lasalliano. Aunque estaba muy cómodo en Italia, a los 40 años sentí las ganas de retomar el trabajo de campo. Pedí a mis superiores que me trasladaran a América Latina y me propusieron ir al Perú.

Gracias por perseguirme 
Una pequeña reflexión, nada más. Me parece un poco irónico que desde hace varios años vamos jalándonos el pelo, tratando de sensibilizar a Lima sobre la situación que vivimos aquí, el abandono, la delicada situación de los bosques y de los ríos. Yo nunca lo he logrado. Y gracias a esta actuación del Gobierno de turno, hemos tenido, en el lapso de solo unos días, una tremenda apertura hacia el mundo y hacia el país para explicar lo que está pasando. Yo creo que ha sido providencial. Por algo ha pasado.

-¿A qué se dedicó cuando llegó a nuestro país? 

-Llegué al Perú en 1990 y decidí colaborar con Fe y Alegría. En esa época, en Zapallal, un arenal ubicado en el Cono Norte de Lima, los pobladores estaban pidiendo la apertura de un colegio. Me quedé nueve años trabajando como director de este colegio.

-¿Cómo fue su experiencia?

-Fue muy lindo. Al inicio no había nada, era puro desierto. No había luz, agua, ni una planta. Nuestra primera meta fue transformar el desierto en bosque. Sembramos arbolitos pero desafortunadamente todos se murieron. En el segundo intento, ya más preparados, empezamos a hacer compost y trajimos lombrices del Cuzco para producir humus. Y el colegio se convirtió en un vivero forestal. En cuanto al problema de escasez de agua, implementamos un proyecto de hidroponía. Logramos demostrar que sí se puede, a pesar de ciertas adversidades, levantar un buen colegio. El Ministerio de Educación reconoció nuestro esfuerzo e incluso nos otorgó un premio.

-¿Cómo se pasó del arenal a la selva?

-En el año 2000, los hermanos de La Salle decidieron fundar una comunidad en Iquitos. Al inicio trabajé en todo lo que era pastoral juvenil, y también como asesor. Empecé a viajar a los vicariatos de Yurimaguas, Moyobamba, San José de Amazonas, entre otros. Así me di cuenta de la fragilidad de los recursos naturales y de las comunidades. Por eso en el 2004 decidimos fundar la Red Ambiental Loretana. Nuestra idea era monitorear y vigilar lo que estaba pasando con los recursos naturales y apoyar a las personas que sentían que sus derechos estaban siendo vulnerados o afectados. 

-¿Cómo logró establecer una relación con las comunidades indígenas? 

-Fue paso a paso; inicialmente, con los estudiantes universitarios indígenas. A través de ellos conocí algunas de sus comunidades. Así fui aprendiendo sus lugares de origen, sus problemas; conocimos del robo que perpetraron contra ellos varios madereros, la contaminación de ríos. Mi entrada ha sido y sigue siendo muy gradual. No soy un experto. Sigo aprendiendo. Pero lo que sí he notado es que desde el punto de vista del trato y desde el punto de vista de los derechos, del acceso a educación y a la salud, hay grandes diferencias entre los indígenas y los demás peruanos. 

-¿Qué está haciendo con la Red Ambiental Loretana? ¿Qué tipo de actividades realizó en los últimos meses? 

-El trabajo educativo implica ir a colegios, a universidades y a las parroquias cuando nos invitan. Damos charlas acerca de la situación ambiental, sobre las leyes actuales y lo que está por venir. También hemos canalizado pleitos. A veces, cuando ocurre algo en las comunidades ribereñas e indígenas, los pobladores no saben cómo ni a quiénes dirigir este malestar. Nosotros los ayudamos a acudir a la Defensoría del Pueblo o la Fiscalía del Medio Ambiente. Es también parte de nuestro trabajo.

Las fuerzas de la selva

-¿Cómo ha reaccionado la gente con la cual trabaja, la gente de Iquitos, las comunidades indígenas? 

-Lo más fuerte, lo más simbólico para mí, ha sido la reacción de la gente común y corriente. La gente que me saluda en la calle, la gente que antes no me conocía. Pienso que estamos haciendo un buen trabajo, aunque lentamente. Nos frustra a veces que el público no responda al tema del medio ambiente. Pero parece que alguito ha ido entrando. Ojalá estos momentos difíciles puedan servir para que nazca un nuevo amanecer de conciencia aquí en la selva. Y creo que lo que tiene que salir de todo esto es un gran debate sobre el límite muy delgado entre lo que algunos consideran como trabajo religioso y lo que otros consideran como participación política. Los planteamientos sociales de Vaticano Segundo y del documento episcopal Aparecida nos exigen, como cristianos, y sobre todo si estamos libres de familia e hijos, asegurarnos de que los sistemas depredatorios o sistemas económicos injustos no les quiten los derechos y las fuentes de vida a las personas sencillas. Por eso tenemos que tomar ciertas posiciones. Y eso ha sido percibido por otros como si fuera injerencia en temas políticos. 

-¿Cómo está su ánimo? 

-Hace algunos días, estaba sentado a la orilla del río. Era de noche. Y le dije a la naturaleza: “Mira, ahora les toca a ustedes”. Toca a los espíritus del bosque y del río, porque yo no puedo más. Creo que estamos haciendo un trabajo positivo, y ahora toca a la selva apoyarme. Sí, siento que tengo la energía de la selva conmigo. 

-¿Qué siente que lo une al Perú? 

 

-No es al Perú como concepto geográfico o político; es a esta linda tierra y su gente. Yo soy hijo de un irlandés que había sido marginado por los ingleses. Y aquí he sentido que hay gente que también ha sufrido, en caso de algunos, siglos de marginación. Y es lindo ser parte de un proceso gradual en el cual la gente va superándose, creando un país más abierto y más justo.

Religiosos ambientalistas en la mira 

Varios sacerdotes que trabajan en defensa del medio ambiente, de la biodiversidad y de los derechos indígenas, han sido acusados de desvirtuar su labor pastoral y dedicarse a soliviantar a la población indígena en contra del Estado.

José Luis Astigarraga Lizarralde, obispo de Yurimaguas (español de origen vasco nacionalizado peruano)

En el 2009, los congresistas del APRA Wilder Calderón, Aníbal Huerta y Aurelio Pastor denunciaron a Astigarraga ante la fiscalía por los presuntos delitos contra la tranquilidad y la paz pública, bloqueo de carreteras, apología del delito de rebelión, entre otros.

Daniel Turley, obispo de Chulucanas (estadounidense nacionalizado peruano)

Fue amenazado de muerte en el 2007, durante las protestas contra el proyecto minero Majaz/Río Blanco.El presidente Alan García dijo que ninguna Iglesia iba a hacer el milagro de desarrollar el país sin dinero y calificó a Turley de “falso Cristo”. 

Francisco Muguiro, Vicaría de Jaén (español nacionalizado peruano)

En el 2005 fue acusado por el programa Panorama, de Panamericana Televisión, de dirigir una red terrorista unida al narcotráfico. La falsedad del hecho se corroboró, tras largos procedimientos judiciales, y el periodista Alejandro Guerrero, entonces director de Panorama, fue condenado a un año de prisión condicional y al pago de una reparación civil de dos mil nuevos soles. 

Mario Bartolini, párroco de Barranquita (ha decidido mantener su nacionalidad italiana)

Apoyó a los campesinos de Barranquita, en San Martín, frente al Grupo Romero cuando éste abrió trochas sin respetar los cultivos de los pobladores.

A raíz del levantamiento indígena del 2009, se le acusó de entorpecimiento de los servicios públicos e instigación a la rebelión. Podría ser condenado a 11 años de prisión.

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