García Márquez: ¿El último tábano del continente?

García Márquez: ¿El último tábano del continente?

Ideele Revista Nº 238

(Foto: canalcultura.org)

Soy como el tábano que Dios ha puesto en esta ciudad y todo el día y en todo lugar siempre estoy yo, aguijoneándoos, despertándoos y persuadiéndoos y reprochándoos. No entroneraréis fácilmente otro como yo y por esos os aconsejo absolverme […] Si dejareis caer el golpe sobre mí, como Anito os aconseja, y me lleváis precipitadamente a la muerte, entonces habréis de permanecer dormidos durante el resto de vuestras vidas, a menos que Dios se apiade y os envíe otro tábano.
SÓCRATES

Gabriel García Márquez es el intelectual latinoamericano más conocido en el mundo: Cien años de soledad, junto con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, es la novela más célebre escrita en lengua castellana. García Márquez elevó el reportaje a la categoría de género literario; los demás grandes novelistas conocen todos los secretos de las técnicas novelísticas, mientras que él, además de conocerlas, las inventa todas.

Lo aquí escrito son algunas de las ideas que circulan en el mundo de la literatura y, por consiguiente, son analizadas rigurosamente por los especialistas, más aún por los “garcíamarquistas”, que abundan en el universo académico y las universidades. De ahí que no insistiremos en ellas, porque, además, son tópicos que trascienden los objetivos de este estudio.

Nosotros analizaremos al otro García Márquez, al crítico del sistema, al rebelde de lo establecido. Al hombre de ideas y planteamientos, en la medida en que este aspecto de su vida es negado hasta por sus grandes admiradores, quienes pueden entender al novelista de la fantasía genial pero no al crítico — menos, al rebelde—. Veamos solo un caso como muestra. En la segunda semana del mes de abril de 1997 se celebró el Congreso Internacional de la Lengua Española en la ciudad mexicana de Zacatecas. Allí García Márquez dijo, entre otras cosas, que: [...] se deberían modificar ciertas reglas de la actual ortografía”.

Las críticas vinieron de todos lados; la mayoría de ellas lo descalificaron de buenas a primeras sin discutir el fondo de lo dicho. De estos críticos, fue su otrora amigo personal, y hoy enemigo personal, Mario Vargas Llosa, quien llegó más lejos; incluso lo calificó de payaso y le negó su condición de intelectual. Leamos lo que el novelista peruano-español respondió ante la siguiente pregunta.

Martínez: “Como académico de la Lengua Española, ¿qué opina?”.
Vargas Llosa: “García Márquez es un hombre de imágenes y de gestos, no es un hombre de ideas. [...] García Márquez no escribe ensayos, jamás ha escrito un ensayo explicando sus posiciones políticas, porque sus posiciones políticas son también gestos, desplantes, pero no hay detrás de eso un planteamiento de tipo intelectual. [...] García Márquez está en su derecho de decir disparates, cosas graciosas o travesuras o hacer una payasada. Ésta es una payasada, en realidad, divertida; hay que tomarlo como una payasada” (Martínez 1997: 3).

El Intelectual y el poder
Nosotros deseamos insistir en un antiguo y espinoso tema: la relación entre el intelectual y el poder, particularmente en estos tiempos en los que reina el neoliberalismo, en los que el designio del pragmatismo y el imperio de la libre concurrencia, que pretende regresarnos al “estado normal imperante en el reino animal”, sostiene que dicho problema no solo no tiene importancia sino que además es antihistórico.

Entendemos como poder el orden establecido y dominante en el plano económico, político, ideológico y cultural. Y es menester recordar, una vez más, que en todas las etapas históricas por las cuales ha transitado, hasta hoy, la humanidad, dicho tema ha sido motivo de largos debates. Y de todos ellos, el poder por excelencia, el Estado, ha estado en la primera línea de debate.
En torno a él se ha escrito en abundancia; para no remontarnos al año de la pera, recordemos lo escrito por cuatro intelectuales en el siglo pasado; y para ser más precisos: dichas opiniones fueron publicadas entre los años 1926 y 1930. En ellas se conceptualizan y sintetizan las ideas básicas en torno al papel del intelectual y su relación con el poder.

En el ya clásico libro La traición de los intelectuales, Julián Benda se lamenta de la actitud tomada por la mayoría de ellos, sobre todo a partir del Renacimiento, por haber abandonado la esencia misma del intelecto, que consiste en trabajar solo y exclusivamente en función del “pensamiento puro”, por amor al “conocimiento por el conocimiento” y, más aún, haberlo desvalorizado al ponerlo al servicio de la política. Para Benda, hay un solo principio que distingue al auténtico intelectual del otro, del falso, que no solo ha corrompido el término sino también la esencia misma del concepto. Él traza la siguiente regla:

Existe un criterio seguro para saber si el clerc actúa por encima de las pasiones políticas, amordazándolas: el clerc, en este caso, es eliminado inmediatamente de la sociedad, como Jesús y Sócrates. Si, por el contrario, el pensador convive con la sociedad es porque traiciona su función superpolítica, como en el caso de todos los pensadores modernos (Benda 1952: 45).

Luego, insistiendo en los “traidores”, escribe:

Con una ciencia y una conciencia que llenarán de estupor a la historia, se ha visto a aquéllos cuya prédica de veinte siglos tendió a humillar las pasiones realistas en provecho de algo trascendental, dedicarse a erigir tales pasiones y los movimientos que la aseguran, como las más altas virtudes, y a no tener desprecio bastante hacia la existencia que, bajo alguna forma, se coloca más allá de lo temporal (Benda 1952: 51).

En total contraposición con las ideas del intelectual francés, el poeta César Vallejo decía: “El artista es inevitablemente un sujeto político. Su neutralidad, su carencia de sensibilidad política, probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética” (Vallejo 1978: 253 y 254).

Los hechos posteriores, entre éstos las guerras y las revoluciones, terminaron dando la razón a los que pensaban como Vallejo; pero la polémica siguió su curso, y la contradicción intelectual puro versus intelectual político cedió su lugar al intelectual político que vive y actúa para el sistema establecido y, por otro lado, el intelectual político que vive en el orden pero actúa en contra de él.

Antonio Gramsci no solo ve al intelectual en general, sino que, profundizando más, comprende que cada clase social, en el proceso histórico, genera y organiza a sus intelectuales:

Cada grupo social —escribe el italiano— naciente en el terreno originario de una función esencial del mundo de la producción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de la propia función, no solo en el campo económico sino también en el social y en el político; el empresario capitalista crea consigo mismo al técnico industrial y al especialista en economía política, a los organizadores de una nueva cultura, de un nuevo derecho, etc., etc. (Gramsci 1975: 11).

Por último, el ensayista José Carlos Mariátegui es concluyente al respecto cuando escribe:

El intelectual, como cualquier idiota, está sujeto a la influencia de su ambiente, de su educación y de su interés. Su inteligencia no funciona libremente. Tiene una natural inclinación a adaptarse a las ideas más cómodas; no a las ideas más justas. El reaccionarismo de un intelectual, en una palabra, nace de los mismos móviles y raíces que el reacionarismo de un tendero. El lenguaje es diferente; pero el mecanismo de la actitud es idéntica (Mariátegui 1975: 117).

En América Latina, un continente en permanente crisis y ebullición, donde a los problemas histórico-económicos y político-sociales hay que agregar los de carácter étnico-racial y los de identidad cultural, estas ideas básicas en torno al papel de los intelectuales y su relación con el poder han perdurado y, sin la menor duda, a la denominada “Generación del 50” la ha marcado con fuego; prueba de lo dicho es la actitud política, en algunos casos hasta militante, de García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, los llamados cuatro grandes del boom de la novela latinoamericana.

Hasta 1971, en los del denominado “cogollo”, encontramos una actitud política más o menos similar en torno a los principales problemas del mundo y, en especial, de América Latina. Todos reclamaban ser de izquierda, y esto pasaba por la crítica permanente al sistema imperante en el continente y el lógico apoyo a la posible alternativa representada en esos momentos por la Revolución cubana. Después de esta fecha, los caminos se bifurcaron: Carlos Fuentes presenta sus certificados de buena conducta y se reconcilia con el orden, pero tiene el tino de no devenir un anticomunista. Mario Vargas Llosa, por ser de dominio público, nos ahorra comentarios. Julio Cortázar muere persistiendo en sus ideas, y García Márquez podría decir, con José Carlos Mariátegui, “he madurado más que cambiado” (Mariátegui 1986: 153).

El entorno sociocultural
Colombia es un país de una rica tradición cultural, tanto en música como en poesía, así en estudios gramaticales como filológicos. Solo a manera de ejemplos mencionaremos a dos reconocidos académicos: Rufino José Cuervo y Miguel Antonio Caro. Los estudiosos de estas disciplinas conocen perfectamente los aportes de los mencionados en la estructuración y desarrollo del idioma español.

En el género de novela, hay dos autores que encandilaron por largo tiempo a los lectores, no solo de Colombia, sino de Latinoamérica en su conjunto: Jorge Isaacs y José María Vargas Vila. María, donde se combina el amor y la muerte, fue hasta los años 60 del siglo pasado no solo la novela más leída, sino la más vendida desde México hasta Chile. Hizo llorar, por un siglo entero, a las quinceañeras del continente.

Mientras que Flor de fango, Aura o las violetas, etcétera, fueron las preferidas de los rebeldes, de los inconformes, de los “poseídos por los demonios”, según la opinión generalizada de los curas de esta parte del mundo. Y, por último, en las primeras décadas del siglo X aparece La vorágine, de José Eustasio Rivera, que nos acerca a los llanos del Orinoco y la selva amazónica, para, después, narrarnos con un patetismo enervante la vida, la explotación y el sufrimiento de que son víctimas los hombres buscadores de caucho.

Por tanto, García Márquez, como podemos ver, no es producto de la mera casualidad, ni, mucho menos, de la voluntad divina; es, más bien, el resultado de una larga y excelente producción colectiva, para lo cual ha tenido los ojos para ver, los oídos para escuchar, las manos para palpar, el aire para respirar y, sobre todo, la formidable memoria para recordar. Lo demás es cuestión de trabajo, tiempo y perseverancia.

Entre las décadas del 30 y 40 del siglo pasado no aparece ninguna novela de importancia en el país de García Márquez; Colombia sufría un vacío en este género literario; en ese momento, podríamos decir “Colombia, novela sin novelistas”, robando la figura a un crítico literario peruano. La verdad es que, como se verá posteriormente, “la chicha estaba fermentando”, para decirlo con una metáfora muy común en el Nuevo Mundo.

Después de conocer casi todo Colombia y parte del mundo como corresponsal del diario bogotano El Espectador, a los 28 años de edad, García Márquez da la cara al sol en otra faceta de su vida, y así se somete a la crítica de los que todo lo saben al publicar su primera novela, titulada La hojarasca, que no tuvo mayor repercusión en el ambiente de la crítica literaria y, además, fue un fracaso editorial. Incluso se dice que fue “al mismo Gabo [...] a quien le correspondió distribuir personalmente el libro” (Cano 1972: 85).

Luego tendrán que pasar 12 largos años para que apareciera la “nueva Biblia” del continente: Cien años de soledad había nacido para nunca morir, según la expresión de un extraviado. A partir de la aparición de esta novela se podía esperar todo o nada. Con la publicación de este libro, o muere la novela —y, por lo tanto, los novelistas— o, de lo contrario, se inicia una nueva etapa en la narrativa del continente. (Aunque, para García Márquez, es El otoño del patriarca su novela mejor lograda.)

A pesar de esta opinión del propio Gabo, el gran público, en el mundo entero, los ve casi como sinónimos: Cien años de soledad es a García Márquez como García Márquez es a Cien años de soledad. Esta plena y total identificación del autor con la obra solo se ha dado en los realmente grandes escritores en otras partes del mundo y en otros momentos históricos. En los autores del boom de la novela latinoamericana, además de García Márquez, solo Julio Cortázar ha logrado algún nivel de identificación con Rayuela.

Con Cien años de soledad y García Márquez se ha torcido en parte el amargo destino de los grandes novelistas, el de ganar la gloria y la celebridad en el mejor momento de su vida, a los 40 años, y no como la mayoría de los clásicos, que han tenido que morir, pasar años y hasta siglos para ganar las pequeñas batallas y las grandes guerras que en vida perdieron.
Sobre la famosa novela se ha escrito mucho; incluso, se cree que hasta la cantidad de páginas es lo ideal para una novela de su naturaleza. ¿Será una novela que pase a la historia? Esperemos pacientemente que el tiempo tome su tiempo.

En esta oportunidad, para no ahogarnos en un mar de referencias y así, de paso, no ahogar al lector, solo deseamos transcribir las opiniones de Mario Benedetti y Mario Vargas Llosa. El peruano, en su etapa de mayor distanciamiento ideológico y personal del escritor colombiano, declara: “En ese libro, la grandeza está en que al mismo tiempo que es fantasía e imaginación efervescente, tiene sus raíces hundidas en una problemática histórica, social, política, en la que reconoces América Latina y el mundo contemporáneo” (Alameda 1995: 56).

Por su parte, en el año de la publicación de la novela el escritor uruguayo escribió:

Si tuviera que elegir una sola palabra para dar el tono de esta novela, creo que esa palabra sería: aventura. La aventura invade la peripecia y el estilo, el paisaje y el tiempo, la mente y el corazón de personajes y lectores. El autor aparece como un mero instigador de tanta disponibilidad aventurera como posee la historia, como propone la geografía, como tolera la parábola. Incluso el elemento fantástico está prodigiosamente imbricado en esta trabazón aventurera (Benedetti 1995: 360).

Lo mismo se puede decir del autor: solo por mencionar lo primero que se nos viene a la memoria, la documentada investigación publicada en 1971 y escrita también por Vargas Llosa titulada García Márquez: Historia de un deicidio. En conclusión, después de la aparición de García Márquez y, sobre todo, “de Cien años de soledad —dice Rosalba Campra— todos los latinoamericanos, de algún modo, hemos nacido en Macondo” (Campra 1987: 61).

A partir de ese momento García Márquez adquiere tanta popularidad; por decirlo de alguna manera, “le es permitido todo”, pero esa fama ganada en ningún momento lo marea, y dicen sus allegados que sigue siendo sustancialmente el mismo.

En el plano de sus ideas y simpatías políticas, a pesar de los chantajes y seducciones que a diario recibe, en un momento tan difícil para las ideas de cambio y de progreso, cuando los grandes teóricos del sistema han decretado “el fin de la historia”, él está allí resistiendo a pie firme las veleidades del “oro y la astucia”, y sigue combatiendo como hace más de 40 años. En ningún momento loando al orden cuando casi todos los de su especie lo hacen, y más aún denunciando siempre sus crímenes y embustes cuando casi todos sus pares lo justifican o callan. De ahí que, junto al infatigable disidente estadounidense Noam Chomsky, se haya convertido en la más alta conciencia crítica del continente americano, la “bestia negra” que el sistema, con sus trampas, artes y encantos, hasta hoy no ha podido ni seducir ni domesticar como a otros.

García Márquez nunca ha sido militante de ningún partido político: él es militante de la higiene mental y de la decencia moral y eso, en este mundo y en estas circunstancias, ya es bastante. Se ha contentado con ser una piedra en el zapato del orden, o, como dirían otros, una pulga en el oído del sistema, porque éste es todavía “un monstruo grande y pisa fuerte”, como dice un verso de una canción del compositor argentino León Gieco.

El escritor y el idioma español
Con su libro Notas de prensa en la mano, tomamos solo al azar algunas de ellas, que versan sobre algunos temas culturales y personales, pero con un trasfondo ideológico-cultural importante. Son artículos que nos permiten tener una idea más completa del escritor y nos confirman que García Márquez está sentenciado a remar siempre, como la mayoría de los humanistas rebeldes, en contra de la corriente.

Gabriel García Márquez no tiene una buena opinión de los diccionarios en general, y se alegra de ser un escritor que se guía frecuentemente por el instinto del idioma y por el sentido común antes que por estos engendros. Leamos: “Con el tiempo he terminado por confiar más en mi instinto del idioma, tal como se oye en la calle, y en las leyes infalibles del sentido común. De todos modos, consulto siempre el diccionario, pero no antes de escribir, sino después, para comprobar si estamos de acuerdo” (García Márquez 1993: 262).

La máxima y última autoridad del idioma español es, para el común de los hablantes de esta lengua, naturalmente, la Real Academia de la Lengua y su viejo hijo, el Diccionario; ésta es una verdad aceptada sin pestañear. En contra de este revelado principio se levanta la voz de García Márquez cuando, al valorar el diccionario escrito por la señora María Moliner, dice: “Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3,000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y —a mi juicio— más de dos veces mejor” (García Márquez 1993: 58).

En la página siguiente recuerda que el diccionario de María Moliner es el más actual y vivo, porque ella tomó las palabras del diario vivir, reflejadas principalmente en los periódicos, mientras que en “el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo” (García Márquez 1993: 59).
En otra nota, lamentándose de lo difícil que resulta escribir en un idioma como el español, que tiene tantas variantes y regionalismos, escribe: “La guerra es más desigual aún si el idioma en que se escribe es el castellano, cuyas palabras cambian de sentido cada cien leguas, y tienen que pasar cien años en el purgatorio del uso común antes que la Real Academia les dé permiso para ser enterradas en el mausoleo de su diccionario” (García Márquez 1993: 87).
Estas opiniones del famoso escritor quizá expliquen el porqué los “sabios burócratas” de la consagrada institución no hayan integrado en el pasado a la Academia a la señora Moliner, y, hoy, al más célebre escritor en lengua hispana. El argumento es que no ha escrito un trabajo “científico”. Con esa lógica tampoco el padre del idioma, don Miguel de Cervantes Saavedra, tendría cabida en ese círculo de sabios.
El europeo común que se interesa por el idioma español tiene la idea —falsa o verdadera, ése es otro problema— de que en Colombia se habla el español más puro del continente americano, mientras que para algunos nacionalistas colombianos no solo sería el mejor de América sino del mundo entero. García Márquez sale al encuentro y opina:
Los colombianos, que en los últimos tiempos hemos ganado tan mala fama en el mundo por tantas razones distintas, tenemos desde hace años la de hablar el castellano más puro. Dormimos en falsos laureles, pues en realidad hablamos por la calle una lengua muy bella, rica y útil, pero la que nos ha dado la fama no es ésa, sino la que recitan como loros nuestros académicos polvorientos y nuestros presidentes embalsamados”.

A renglón seguido, sin ninguna duda, sentencia:

Para mí, el mejor idioma no es el más puro, sino el más vivo. Es decir: el más impuro. El de México me parece el más imaginativo, el más expresivo, el más flexible. Tal vez porque es la lengua de emergencia de una nación que olvidó los idiomas nacionales antiguos, y al mismo tiempo aprendió mal el que trajo Hernán Cortés. La síntesis logra a veces dimensiones mágicas (García Márquez 1993: 106).

Sin duda, lo afirmado por García Márquez es una verdad que a los puristas conservadores de todos lados y de todos los tiempos no les parece bien, en la medida en que desprecian a los verdaderos creadores e innovadores de las lenguas. Alfonso Reyes, a comienzos del siglo XX, luchaba contra los mismos y con argumentos parecidos a los del novelista colombiano. Teniendo presente la experiencia de lo que pasó con el latín culto y el latín vulgar, escribió:

Eso que leemos en los libros no es el idioma, sino el retrato o reflejo de un solo momento del idioma. Es la fría ceniza que cae de la combustión de la vida. Es como la huella de los idiomas. Mas éstos siguen adelante, y van caminando según las flexiones que les comunica el habla familiar. Y, como la gente culta tiene la superstición de las formas establecidas; como se ha enfriado en ella el don de hablar; como recibe ya hechos los idiomas, de padres a hijos, de hijos a nietos [...], se va enseñando a repetir iguales palabras e iguales giros, y prolonga así un filón de lengua fósil en el torbellino hirviente del idioma. Solo el populacho tiene el valor de innovar, pronunciar mal, de ir haciendo mudarse los giros y las expresiones. Así les da vida (Reyes 1974: 65).

Y para terminar este aún polémico punto, merece citar lo que sobre el tópico escribió el exquisito y nada fácil Martin Heidegger; recordando que muchos de los términos por él utilizados en sus libros de filosofía y poesía fueron tomados del habla de los campesinos de la Selva Negra, con quienes se reunía para conversar de cosas cotidianas y fumar su pipa de tabaco. El filósofo dijo: “La memoria campesina tiene su fidelidad sencilla, segura e incesante”, idea que es interpretada por el heideggariano filósofo argentino Arturo García, así: “[...] y de esa memoria, Heidegger recoge viejas historias y antiguas palabras y sentencias casi ininteligibles para las nuevas generaciones” (García 1998: 13).

El novelista como animal político
El siglo XVII es el momento de la gran acumulación originaria del capital, base del sistema capitalista. Los hombres de esta época vivían en carne propia los efectos de la acción devastadora del nuevo sistema. El oro se había consagrado como la nueva deidad universal. Eran los tiempos cuando se presentaba al dinero con aquel sacrosanto principio de que “todo lo hace y todo lo puede”. De Shakespeare, de su pieza teatral Timon von Athen, extraemos algunos versos en los que, gracias a su sensibilidad humana, pinta con mano maestra el papel que juega el dinero —en este momento el oro— en la vida de los hombres y de los pueblos. Leamos: “¿Oro? ¿Precioso, rojo, fascinante? No, dioses de los cielos, he suplicado sinceramente... Aquí hay oro bastante para hacer blanco al negro y hermoso al feo, justo al injusto, noble al infame, joven al viejo, valiente al cobarde” (Shakespeare 1993: 94).

Hacemos esta mención en la medida en que este fenómeno, al pasar los años y los siglos, se ha acentuado y, por consiguiente, los que disponen de él creen que “todo lo hacen y todo lo pueden”, como es el caso del famoso, hoy desaparecido, actor Anthony Quinn con su conocida oferta de un millón de dólares a García Márquez por los derechos para el cine de Cien años de soledad. El actor metido a productor declaró en el mes de abril de 1982 a una revista española:

Cien años de soledad sería ideal para una serial de cincuenta horas de televisión, pero García Márquez no quiere venderlo. Yo le ofrecí un millón de dólares y no quiso, porque García Márquez es comunista, y no quiere que se sepa que ha recibido un millón de dólares. Porque luego vino después de la cena y me dijo aparte: “¿Cómo se te ocurre ofrecerme ese dinero en público? Otra vez me lo ofreces sin que haya ningún testigo” (García Márquez 1993: 249).

En principio, el novelista reconoce que hubo la cena, pero no la conversación sobre el tema. Él lo aclara en estos términos:

Los periodistas del aeropuerto, que de tanto vernos han terminado por ser mis amigos, me dijeron que Anthony Quinn había dicho la noche anterior por la televisión mexicana que estaba dispuesto a darme un millón de dólares por los derechos para el cine de Cien años de soledad. Yo les dije a los periodistas, y ellos lo publicaron por todas partes al día siguiente, que aceptaba venderlos con la condición de que no fuera uno, sino dos millones: uno, para mí, y otro, para la revolución en América Latina. Esa misma semana, y antes de verse conmigo, Anthony Quinn replicó en la televisión: “Yo le doy el millón de dólares para él, pero el otro que se lo consiga en otra parte” (García Márquez 1993: 251).

García Márquez conocía las bravatas de los que tienen dinero y creen que con eso lo pueden todo; y también las de los otros que, sin tenerlo, ostentan majaderías aun peores; de ahí que termina diciendo: “Anthony Quinn, con todo y su millón de dólares, no será nunca para mí ni para mis lectores el coronel Aureliano Buendía. El único que podría hacer ese papel, sin pagar ni un centavo, es el jurista colombiano y gran amigo mío Mario Latorre Rueda” (García Márquez 1993: 251).

César Vallejo, en 1930, en pleno desarrollo del nazi-fascismo, y cuando los espíritus nobles y revolucionarios se ponían a prueba, escribió:

Un artista puede ser revolucionario en la política y no serlo, por mucho que, consciente y políticamente, lo quiera, en el arte. Viceversa, un artista puede ser, consciente o subconscientemente, revolucionario en el arte y no serlo en política. Se dan casos, muy excepcionales, en que un artista es un revolucionario en el arte y en la política. Es el caso del artista pleno (Vallejo 1973: 34 y 35).

Mencionamos esto porque nos ayuda a comprender la situación del artista en relación con su entorno histórico, político y cultural, en el cual no siempre hay coherencia y correspondencia entre una actividad y otra. En el caso de García Márquez, siendo una unidad equilibrada, hay una fuerte tendencia por fragmentarlo adrede y caprichosamente. Cedamos la palabra al directamente aludido:

Desde hace muchos años, El Tiempo —un diario colombiano— ha hecho constantes esfuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: Soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, El Tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político (García Márquez 1993: 87).

Lo escrito por García Márquez nos ahorra comentarios; solo nos queda recordar aquel viejo principio del derecho que reza “A confesión de parte, relevo de pruebas”. Así, sobre todo con su vida política, su obra producida y pasando los 70 años, García Márquez es uno de los pocos intelectuales latinoamericanos que contradice total y palmariamente a la venenosa frase, atribuida a Winston Churchill, que dice: “Si de los 20 a los 30 años un hombre no es comunista, es porque no tiene corazón; si de los 30 a los 40 sigue siendo comunista, es porque no tiene cerebro” (autores varios 1988: 12).

Un tema “complejo”, desde hace muchas décadas, especialmente para los intelectuales en general y para los de izquierda en particular, es el caso Israel-Palestina. La situación tiene que ver con el miedo a ser calificados de antisemitas y, como consecuencia, nazis o pronazis. La verdad es que, ya lo han dicho muchos intelectuales de origen judío, no se debe confundir la solidaridad incondicional con las víctimas del Holocausto, avalando con el silencio otro Holocausto que lleva a cabo (en palabras de García Márquez, esa “pandilla de sionistas”) un sector de la burguesía israelí que controla el Estado de este país en contra del pueblo palestino.

Con motivo de una de las masacres perpetradas por las Fuerzas Armadas de Israel hace más de 20 años, García Márquez escribió un pequeño artículo que fue titulado “Beguin y Sharon, premios Nobel de la muerte”. Allí el novelista colombiano escribió lo que la mayoría de sus iguales callan. En principio, en torno a los acuerdos de Camp David, refiriéndose a Beguin, dijo que:

[...] le ha permitido la ejecución metódica de un proyecto estratégico que aún no ha culminado. Pero que hace pocos días propició la masacre bárbara de más de un millar de refugiados palestinos en un campamento de Beirut. Si existiera el Premio Nobel de la Muerte, este año lo tendrían asegurado sin rivales el mismo Menájem Beguin y su asesino profesional Ariel Sharon.

Los ideólogos del nacionalsocialismo sintetizaron parte de sus teorías en dos conceptos bastante conocidos: el espacio vital y la solución final —lo último, especialmente para eliminar a los judíos—; recordando que la misma táctica y estrategia es aplicada para eliminar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y establecer nuevos asentamientos israelíes en Samaria y Judea. García Márquez continúa:

Para quienes tenemos una edad que nos permite recordar las consignas de los nazis, estos dos propósitos de Beguin suscitan reminiscencias espantosas: la teoría del espacio vital, con la que Hitler se propuso extender su imperio a medio mundo, y lo que él mismo llamó la solución final del problema judío, que condujo a los campos de exterminio a más de seis millones de seres humanos inocentes (García Márquez 1993: 317).

Dos páginas después, menciona la conducta de algunos de sus amigos ante estos hechos:

Tengo muchos amigos, cuyas voces fuertes podrían escucharse en medio mundo, que hubieran querido y sin duda siguen queriendo expresar su indignación por ese festival de sangre, pero algunos de ellos confiesan en voz baja que no se atreven por temor de ser señalados de antisemitas. No sé si serán conscientes de que están cediendo —al precio de su alma— ante un chantaje inadmisible.

Líneas después, insistiendo sobre el chantaje, termina el artículo diciendo: “No le temo al chantaje del antisemitismo, no le he temido nunca al chantaje del anticomunismo profesional, que andan juntos y a veces revueltos, y siempre haciendo estragos semejantes en este mundo desdichado” (García Márquez 1993: 319).

Si todo esto fue escrito hace más de 20 años, podemos decir, con Hegel, que la historia, además de repetirse, simplemente continúa, en la medida en que los Auschwitz y los Buchenwald se transforman en los Sabra y Chatila de hace 20 años y continúan en las zonas palestinas ocupadas hasta hoy por las Fuerzas Armadas israelíes. Y horror de horrores, todo ello con el silencio cómplice de todos los cobardes que, pudiendo decir mucho, no dicen absolutamente nada, con el temor al chantaje del antisemitismo. Ésta fue también la conducta de algunos intelectuales en los tiempos del nacionalsocialismo, con la sola diferencia de que se ha trastrocado el prefijo anti por la preposición pro.

Para terminar con García Márquez, es bueno recordar que algunos individuos de su especie han muerto; otros, con su silencio cómplice, han muerto en vida; los más se han metamorfoseado o reciclado, y los vemos, orondos, disfrutando del sistema que tanto combatieron en otros tiempos. Lo último es la razón que lleva a James Petras escribir esta amarga verdad:

El ascenso de movimientos de masas ciertamente influenció a muchos intelectuales a virar hacia la izquierda durante los años 60. De igual manera, los triunfos militares de los regímenes neo-liberales de los 70 sentaron las bases para el giro de los intelectuales a la derecha, hacia la democracia liberal de los años 80. En muchos casos, los ideólogos de la izquierda y las guerrillas de los 60 se convirtieron en los ministros y funcionarios públicos de los regímenes neo-liberales de los años 80 y 90 (autores varios 1991: 62).

En defensa de la decencia moral quedan aún, en esta difícil orilla del río, los Eduardo Galeano, los Mario Benedetti, los Oswaldo Bayer, los James Petras, los Miguel Gutiérrez, etcétera; y los dos grandes, con sus más de 70 años a cuestas y con un mundo de responsabilidades sobre lo que digan y hagan: Noam Chomsky y Gabriel García Márquez. En estos tiempos de subasta de talentos y venta de conciencias, a los que no han hipotecado su alma a los poderosos se les puede decir, con el gran poeta: “Son pocos, pero son [...]” (Vallejo 1995: 59).

Titulamos este acápite con una pregunta: ¿García Márquez, el último Tábano del continente? Por lo hecho y dicho en su larga trayectoria de vida, junto al maestro Noam Chomsky, sin lugar a dudas, ¡García Márquez es el último gran Tábano del continente en lengua castellana!


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Entrevista