La (extrema) derecha y el miedo al otro

Feline Freier Politóloga. Universidad del Pacífico.
Ideele Revista Nº 276

Foto: El Confidencial.

Vivimos en una era de politización de las migraciones; nada mejor que los discursos xenófobos de la (nueva) (extrema) derecha en Europa y Estados Unidos (EEUU) como ejemplo de este fenómeno. En Europa, el apoyo a los partidos ultraderechistas, antieuropeos y antiinmigrantes se ha visto alimentado por la recesión mundial del 2008, el desempleo masivo y los niveles de vida decrecientes. Con respecto a sus discursos, se puede observar una interesante diferencia entre la vieja y nueva extrema derecha; mientras en algunos partidos nuevos la retórica xenófoba representa posiciones cada vez más extremistas, en los partidos establecidos implica cierta “moderación”. Así, varios líderes como Marine Le Pen del Frente Nacional en Francia, o Geert Wilders del Partido Popular por la Libertad y la Democracia en Holanda, se han enfocado en discursos xenófobos e islamófobos para“limpiar su imagen” de sus evidentes simpatías con el fascismo y el nazismo. Ahora se centran en la supuesta amenaza cosmopolita a la identidad nacional de la Unión Europea -un coro que hizo eco en otras organizaciones como el Partido Popular Danés o el flamenco Vlaams Belang, entre otros-.

Un caso diferente es el del joven partido político Alternativa para Alemania (AfD), el cual obtuvo 12,6% del voto popular en las últimas elecciones parlamentarias en Septiembre de 2017. La AfD es el primer partido político abiertamente chauvinista y xenófobo que obtiene escaños en el Parlamento Federal desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cuando fue fundado en 2013 se posicionó como un partido euro crítico pero no antieuropeo, que buscaba desvincularse de la extrema derecha y acercarse más a los liberales. Esto cambió con la llegada de cerca de un millón de solicitantes de asilo a Alemania, sobre todo de países musulmanes como Siria, Afganistán e Iraq, en la denominada “crisis de refugiados” del 2015. Fue en ese contexto que la inmigración musulmana se convirtió en el eje central de la retórica de la AfD; el partido empezó a autoproclamarse como el salvador de la nación alemana en contra de una supuesta invasión musulmana.

Así, en la campaña electoral de las elecciones parlamentarias del 2017 se utilizaba el tema del control de las fronteras con un evidente tinte xenófobo e islamófobo. Según la AfD, “el islam no pertenece a Alemania”, los minaretes y el uso de burkas deberían prohibirse. Los actuales líderes de la AfD además, provocan no solamente con el uso de un vocabulario neonazi, sino también con posiciones extremistas. Por ejemplo, el candidato del Bundestag de Dresde, Jens Maier, relativizó la acción del terrorista de derecha noruego Anders Breivik, quien realizó un atentado bomba, que dejó 8 muertos y además realizó una posterior masacre de 69 jóvenes en un campamento de las juventudes del Partido Laborista. Ante esto, Maier dijo que Breivikse había convertido en un asesino en masa por “desesperación” sobre la inmigración.

En el caso de Estados Unidos, Donald Trump ha utilizado a los inmigrantes como chivos expiatorios para movilizar a su electorado –en particular a la clase trabajadora blanca que se ha sentido desplazada con la inmigración– desde su desembarco en la política. Durante la carrera presidencial del año pasado, este anunció que pararía la inmigración irregular de latinoamericanos y la entrada de inmigrantes musulmanes. La deportación de los 11 millones de migrantes indocumentados y la construcción de un muro con México –el cual iba a ser financiado enteramente por el vecino del sur– fueron otras promesas electorales centrales. Obviamente, la política de Trump no preveía caminos a la legalización de los inmigrantes irregulares, aún cuando llegaron al país como niños. Y ha ido aún más lejos; ha ordenado detenciones, arrestos y encarcelamientos, e incluso la elaboración de una lista semanal de crímenes cometidos por inmigrantes que despierta el espantoso recuerdo de similares listas contra los judíos durante el régimen Nazi en Alemania.

"[...] la gran mayoría de economistas acuerdan que la inmigración se paga por sí misma: los inmigrantes aportan más al crecimiento económico de lo que cuestan al estado por servicios públicos".

Muchos pensaban que una vez en la Casa Blanca se iba a moderar, pero no ha sido el caso. El primer año del gobierno de Trump ha estado caracterizado por una retórica y políticas ejecutivas antimigrantes, que resultaron en tensiones entre el gobierno y los poderes judiciales y legislativos. En septiembre Trump anunció que iba a terminar la DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals), un programa que desde el 2012 ha otorgado un aplazamiento de deportación para cerca de 800.000 inmigrantes menores de 31 años que fueron traídos ilegalmente a los Estados Unidos cuando eran niños. Juega con el futuro de esos jóvenes para obligar al Congreso a apoyar su política migratoria: su plan ridículo y populista de construir un muro en la frontera con México, un proyecto de ley que anule la mayor protección que actualmente recibenlos menores no acompañados de Centroamérica, y la retención de los fondos federales de las ciudades “santuario”, que no cooperan con los agentes de inmigración federales (Austin, Baltimore, Chicago, Dallas, Denver, Detroit, Houston, Los Angeles, Miami, Minneapolis, New York City, Phoenix, Portland (ambas Maine y Oregon), Salt Lake City, Seattle, Washington D.C., San Diego, San Francisco, y todo el estado de New Jersey).

Después de bloqueos por cortes federales, en noviembre, Trump emitió otra vez restricciones de viaje a seispaíses mayormente musulmanes (más Corea del Norte y restricciones para los oficiales gubernamentales de la República Bolivariana de Venezuela) y anunció que eliminaría la lotería de la diversidad –un programa que busca promover la inmigración de países con bajas tasas de migrantes-. Sus políticas de inmigración siguen el nacionalismo económico; buscan proteger a los trabajadores e industrias estadounidenses. Sin embargo, la gran mayoría de economistas acuerdan que la inmigración se paga por sí misma: los inmigrantes aportan más al crecimiento económico de lo que cuestan al estado por servicios públicos.

En la vida de los inmigrantes no impactan solamente las políticas implementadas, sino también los discursos sobre la inmigración. Y es más, el impacto de los discursos xenófobos son tóxicos no solo para los inmigrantes sino también para las sociedades de destino. En las sombras de los discursos xenófobos e islamófobos de Trump en Estados Unidos, de los partidarios del Brexit en Inglaterra, y de los agitadoresde la AfD contra los refugiados en Alemania, han aumentado significativamente los crímenes de odio contra inmigrantes y refugiados, así como también contraciudadanos latinos y musulmanes. En ese contexto, preocupan también los gestos racistas y antiinmigrantes que ahora provienen de los partidos conservadores y hasta de los políticos liberales demócratas que temen perder votantes de la “franja derecha” de su base electoral.

En América Latina somos rápidos en juzgar las política y los discursos xenófobos de los gobiernos de EEUU y los países europeos. En algunos países existe hasta cierta arrogancia entre políticos que rechazan esas políticas “inhumanas”. Hasta ahora el tema de la inmigración no ha sido muy politizado en nuestros países –con excepciones como la retórica de Mauricio Macri contra los inmigrantes en Argentina– lo que hizo posible que muchos países hayan reformado sus leyes de refugio e inmigración, extendiendo más derechos a los migrantes y refugiados y garantizando su protección. Con la crisis humanitaria y el éxodo de los venezolanos, eso podría cambiar. En el Perú están aumentado los casos de abuso y explotación en contra de inmigrantes venezolanos; es la responsabilidad de las organizaciones de la sociedad civil, y sobre todo de los políticos, prevenir una semejante politización de la migración en casa.

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