La naturaleza alerta

La naturaleza alerta

Ideele Revista Nº 231

Frente al impulso creador por acotar el espacio silencioso con poesía, la naturaleza siempre está alerta. Esta parece ser una realidad en la que participa el poeta Erick Robles con su primera publicación La luna en guardia, un universo de imágenes que se refugia en la atmósfera natural para aprehender temas como el amor, la infancia o la existencia. Desde el título (y de hecho también desde la portada), la obra invita a pensar en la posibilidad del astro nocturno como el irradiador de símbolos que libra al poeta de una presunta oscuridad, mientras más se ilumina la voz es más fuerte. No obstante, en lo que puede considerarse como un amanecer literario, el magisterio de la luna dará paso al sol, entre el género de la poesía a la narrativa, donde ambos serán finalmente entidades expectantes y dadoras de sentido en el universo que el autor perfila.

El primer apartado, “La luna en guardia”, es la presentación inicial de las condiciones y el entorno en el que se sitúa la voz poética, o quizá la búsqueda de un correlato tangible. La naturaleza, siempre real y sensitiva, entra a tallar para dar orden y disposición a la espesura anímica del poeta o ser el anclaje de figuras gravitantes en su universo. Este es el caso de la presencia femenina que en muchos episodios impregna esta atmósfera de dicha y congoja. Por un lado, es la presencia de la amada configurada desde lo caudaloso del río y el vaivén del viento (“Caricia muerta”, “Renuncia”, “Un cielo muere entre tus brazos”). En la otra orilla, sin embargo, la evocación de la madre causa desasosiego y estremecimiento. El poema “Para encontrarte” manifiesta claramente esta idea desde el diálogo que el autor establece con el epígrafe del poema “Los pasos lejanos” de César Vallejo. Así como el retorno a la madre es también un retorno al hogar y a la provincia en la poesía de nuestro vate universal, el poema de Robles intenta recuperar el calor materno y hogareño con la imágenes que remiten a un entorno doméstico “el plato de sopa, la falda al vuelo” donde la madre es una constante que destruye el tiempo para hacerse imperecedera y al mismo tiempo devolver la condición infantil que se asume en su carácter atemporal. Así, para el poeta la madre “abatana el tiempo”, un neologismo casero que resume, en un acto materno-cotidiano, el poder de la figura materna para docilitar todo hasta las ataduras temporales. Con esta figura, el autor revela, también, otra arista importante en su obra, el retorno al pasado.

En el segundo apartado, “Una porción de nuestro abismo”, los poemas se vinculan dentro de una indagación existencial importante, pero no descuidan, al mismo tiempo, el establecimiento y la toma de posición de la naturaleza, que es con lo que finalmente se vinculan. La exaltación del abismo, por ejemplo, es la constatación de la profundidad e inmensidad que acecha al ser humano dentro de la naturaleza, y también es la noción del vértigo existencial que arrastra al hombre hacia abajo, su caída. En este sentido, el apartado privilegia a la poesía que discurre sobre la vida, la conciencia y el amor dentro de la determinación paisajística de cumbres, mares, horizontes y amaneceres (“Avizoro cumbres”, “Una imagen yace”).

Así como la determinación de su atmósfera, se destaca que Robles establece en los elementos de la naturaleza un lenguaje luminoso que irradia su propia naturaleza y determina el sentido de sus imágenes. El sol y la luna, en una su función primigenia: irradiar luz ya sea de día o de noche, se convertirán en moradas de significado y en los quiebres intermitentes que dan forma, a lo que considero, la propuesta más notable del autor.

La exaltación del abismo, por ejemplo, es la constatación de la profundidad e inmensidad que acecha al ser humano dentro de la naturaleza, y también es la noción del vértigo existencial que arrastra al hombre hacia abajo, su caída

La luna observa y acompaña el camino y el devenir del poeta, se convierte en una entidad silenciosa que rodea y forma parte, desde su posición, de la aparición del ser amado (cito un fragmento del poema): “Tras tus pestañas y ríos de plata / en donde un cojo afecto y una canción entrecortada / traerán mudas palabras sin que la luna diga nada”. El astro, a su vez, resguarda el sentido de la noche, en donde se es proclive al desborde del alma como en el poema “Perder el juicio no es lo mismo que perder el juicio” (cito al poeta): “Esta noche recuento excentricidades en mi sano juicio / ¿qué mueve esta agitada alma? / la luna es misteriosa siempre cómplice”. Tras los desequilibrios nocturnos, de vena romántica, la luna parece proteger y encubrir la lógica de la que el poeta no participa, como buscando también colaborar con ese quiebre existencial. La luna envuelve y vigila un sentido que el poeta siente como inexplicable y es en este resguardo nocturno y febril en el que se instala el ser amado. Otro ejemplo es el poema que titula el texto “Con la luna en guardia”, los ojos son valorados como órganos vigilantes y custodios que envuelven y abrazan tensionando el lugar común planteado hasta ahora (para ello, cito un fragmento): “Siempre los pensé / lagos inmensos con chispeantes luciérnagas / llanos despejados con la luna en guardia”. La presencia del astro es la complicidad vertida finalmente en el ser amado como aquel que ahora resguarda el sentido del propio universo del poeta.

La serie de poemas finaliza con un cuento titulado “Resplandor”. Teniendo, esta vez, al sol como irradiador de sentido y al mar como expectante, el relato se construye entre la infancia y el amor de dos niños. Con el paso de la historia, la madurez del protagonista implicará su acercamiento a la ciudad y el alejamiento de la naturaleza y del amor. Sin embargo, el sol es omnipresente en la vida del protagonista y vierte de luz a su mundo siendo la irradiación el mecanismo que lo retorna a la infancia y, ahora, abriga de sentidos sus recuerdos. A esto, el narrador le denominará resplandor, un brillo que ilumina cuando hay amor entre dos personas y que se vuelve angustia cuando hay soledad. En el texto el resplandor es más intenso en la niñez porque la presencia del ser amado intensifica el brillo, pero en la adultez este carece de sentido y no puede abrigar (salvaguardar) nada. Así con el amor que se va, el protagonista de la historia es un resplandor “desolado”.

El relato finaliza con el retorno del protagonista al mar (que ya se adelanta en el poema “Avizoro cumbres”) y la búsqueda de su infancia, antes de que la noche cubra de oscuridad su luz y los dominios que en este habitan sean otros (cito un fragmento del cuento): “porque esta noche negra hasta la elegancia es telón que cierra; en realidad es infinita y me asfixia”. La luz ilumina su propia vida de sentido, como una empresa que lucha contra la noche por su carácter aciago, apocalíptico y con una lógica que el autor ya revela como ajena. Así como el sol se hunde en el mar al atardecer, el protagonista regresará al mar, que es inmensidad y donde es nuevamente niño (pequeño), mientras su propia luz es devorada por la llegada de la noche para finalmente morir.

Como quien levanta la cabeza y apunta los ojos hacia el cielo en la noche, la ópera prima de Erick Robles también plantea fijar nuestra mirada en una tradición que ha poseído a la luna en las intermitencias creativas literarias concluyendo que la luna siempre resguarda al poeta. Tomando en cuenta esta noción, la propuesta del autor busca construir su propio lenguaje potencializando los elementos de la naturaleza y dotándolos de cualidades que perfilan con destellos su propia morada poética. El carácter del poeta se vale de una lejanía fundamental y contemplativa de ambas figuras para hacer más cercana la experiencia vital o aprisionar, al mismo tiempo, con la condición física y sensitiva de la naturaleza, todo lo que gravita en su universo. En este ritmo, pareciera concluirse que finalmente el resguardo lunar y la iluminación solar no son más que dos maneras, en distintos momentos del día, de salvaguardarse del mundo.

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