La sociedad de las ideas

La sociedad de las ideas

Ideele Revista Nº 200

¿Somos un país con la mente en blanco y el mínimo de criterio? El autor analiza nuestras endémicas debilidades y las de los años recientes. 

Desde sus orígenes como país, el Perú ha vivido polarizado. En el siglo XVI era dos naciones en una. Progresivamente, nos fuimos integrando y creamos una diversidad social, cultural y racial de la que nos sentimos orgullosos. Hoy padecemos, sin embargo, otro tipo de polarización, en este caso ideológica, que se expresa en los ámbitos mediático y político.

Por un lado, tenemos una izquierda que nunca terminó de madurar, que repite un discurso poco imaginativo y que no tiene capacidad de observación de lo que ocurre en el mundo. Por otro, una derecha poco ilustrada y arrogante, sin interés en dialogar con quien no piense como ella. Tenemos también una extrema izquierda y una extrema derecha. La primera inició y mantuvo una guerra que devastó al país. Jamás le importó el sufrimiento humano sino solo imponer, literalmente a sangre y fuego, sus fanáticas convicciones. La segunda es igual de autoritaria y dogmática: se cree poseedora plena de la verdad y emplea todos los instrumentos que tiene a mano para desprestigiar a quienes no compartan sus ideas. Como suele suceder, los opuestos se unen en su perversión.

Entre ambos extremos se encuentra una variedad de posiciones menos radicales, pero igualmente carentes de visión de largo plazo y de una concepción de la sociedad. Son conceptualmente anoréxicos. Suelen creer que gobernar el país es simplemente construir carreteras, administrar los fondos públicos según las necesidades diarias, y hacer declaraciones oportunistas. Es casi imposible encontrar una concepción de la sociedad, del ser humano o del bien común, que subyazga a las estrategias de los diversos actores políticos y a sus pretensiones de administrar nuestras vidas. No hay ideas, razonamientos, objetivos de largo plazo; solo tácticas astutas para acceder al poder y agendas encubiertas que son visibles solo por sus esquinas.

Esto es grave, porque los procesos electorales no solo son necesarios para elegir gobernantes, sino también para evaluar el tipo de sociedad en que un país desea convertirse. Pero si los candidatos no representan ningún modelo social, porque no lo tienen ni consideran importante tenerlo, en la práctica elegimos simplemente al administrador de la caja registradora. No hay debates públicos acerca del país que queremos construir en el siglo XXI. No podría haberlos, porque los diversos candidatos, que serían los llamados a elaborar esos planes y llevarlos a la práctica, no tienen idea de cuál debiera ser nuestro norte.

Todos pretenden ser pragmáticos, pero en un sentido envilecido del término. Ser pragmático es, para algunos, ser cortoplacista, antiteórico e intelectualmente elemental. Naturalmente, ningún gobernante serio podría pensar de esa manera y, por supuesto, esa expresión de llaneza intelectual no tiene nada que ver con la noción de pragmatismo que se emplea en filosofía. El pragmatismo es, por el contrario, una compleja concepción teórica que surgió a fines del siglo XIX en Massachusetts, y que se caracteriza por incorporar una elaborada concepción de la praxis social.

Hay un amplio sector de la población que intenta razonar de maneras más elaboradas, pero lo hace con dificultad, porque recibe de los medios de comunicación un fuego cruzado de banalidades que fomenta la simplificación de las cosas, aumentando la polarización. La mala calidad de los medios de prensa y de la educación universitaria es, al mismo tiempo, causa, efecto y síntoma de esta trivialización. La prensa y las universidades tienen como un objetivo importante el crear cultura, es decir, enriquecer el tejido social colaborando en la formación de individuos intelectualmente complejos y agudos, quienes inevitablemente generarán vínculos sociales igualmente profundos, e instituciones con los mismos rasgos. Pero, con notables excepciones, ni la prensa ni las universidades cumplen con esa tarea, con lo cual dejan la plaza libre para los discursos autoritarios que emplean el agravio como si fuera un argumento.

Todos pretenden ser pragmáticos, pero en un sentido envilecido del término. Ser pragmático es, para algunos, ser cortoplacista, anti-teórico e intelectualmente elemental.

En el ámbito conceptual, el pensamiento tiene horror al vacío. Cuando uno carece de una sólida y bien fundada explicación para algo, adopta lo mejor que encuentra a su paso. Si uno está acostumbrado a que su entorno justifique convicciones con opiniones insustanciales u ofensas, la ruta a la mediocridad está asfaltada. Un país no se puede desarrollar de esa manera, aunque crezca a ritmo de 10% al año, porque crecimiento económico y desarrollo cultural son, al mediano plazo, inseparables. Los países que alguna vez apostaron por el crecimiento económico sin que éste vaya acompañado de desarrollo cultural, son ahora paradigmáticos ejemplos de grandes fracasos sociales y económicos. Suponer que el crecimiento económico generará necesariamente desarrollo cultural es una ingenuidad, como lo prueba la historia de muchos países. Los países despegan cuando tienen un sistema universitario que genera conocimiento, tecnología y cultura, y cuando cuentan con un sistema mediático que logra transmitir esos productos a todos los sectores de la sociedad, especialmente a los menos favorecidos, que no tienen acceso a la educación superior y que solo cuentan con la prensa para educarse. Si eso no ocurre, el crecimiento económico será efímero y el desarrollo un espejismo. Una vez que se agoten los fundamentos económicos de nuestro crecimiento, o que baje el precio de los metales, seguiremos siendo tan pobres como antes pero, además, estaremos igualmente desorientados.

Es imperdonable que el Perú no cuente con un sistema de universidades públicas de buena calidad, porque tenemos todas las posibilidades para construirlo. Además de nuestra milenaria tradición cultural, poseemos las condiciones económicas para mantener y solventar buenas universidades públicas. Sin embargo, no lo estamos haciendo, a diferencia de muchos de nuestros vecinos, y ésa es la receta del desastre. 
Muchas de las universidades privadas suelen creer que una universidad es solo un centro de capacitación técnica. Ése es también un malentendido sentido pragmático, sobre todo si recordamos que para los pragmatistas la praxis es siempre la aplicación de un modelo teórico. Una institución que no genere conocimiento tendrá que aplicar el que otras han creado, con lo cual correrá el riesgo de ser simplemente una sucursal de esas universidades, las únicas que podrán recibir ese nombre. Las verdaderas universidades son aquellas que discuten y confrontan los diversos modelos teóricos. Como en la célebre frase de Terencio, a ellas nada de lo humano les puede ser extraño, pues su obligación es conocerlo y repensarlo permanentemente.

Es una ingenuidad suponer que masificar el voto de docentes y alumnos para elegir a las autoridades resolverá las cosas; ello simplemente politizará más a las universidades y obligará a los candidatos a ser más demagógicos. Construir un buen sistema universitario no es tarea imposible, pero requiere de un mínimo de criterio. En primer lugar, hay que aumentar y canalizar los recursos apropiadamente. También hay que exigir la formación continua de los docentes, de quienes se debe esperar investigación. Pero para que ello sea posible, se debe incentivar la producción académica que tenga estándares internacionales. Algo de suma importancia es consolidar los sistemas de acreditación, los que deberán evaluar permanentemente a las universidades en su conjunto, a las facultades y a los docentes mismos. Es también necesario crear una institución conformada por académicos peruanos de prestigio internacional, algo así como un Colegio del Perú, que sirva de comisión consultiva para la acreditación de las universidades, y para la promoción de la investigación.

El Perú tiene pocas universidades y pocos medios de prensa que pueden ser auténticamente llamados de esa manera. Nuestro desarrollo como nación y el fortalecimiento del tejido social dependen de que tengamos más de ambos tipos de instituciones, y necesitan que protejamos cuidadosamente las que ya tenemos.

En primer lugar, hay que aumentar y canalizar los recursos apropiadamente. También hay que exigir la formación continua de los docentes, de quienes se debe esperar investigación. Pero para que ello sea posible, se debe incentivar la producción académica que tenga estándares internacionales.

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