La utopía binaria 1.0

La utopía binaria 1.0

Ideele Revista Nº 200

Uno podría decir que la mesa ya está servida. Que, comparados con quienes estaban en la veintena a finales de los ochentas o comienzos de los noventas, los que transitamos por la segunda década de nuestras vidas actualmente tenemos todos los recursos a la mano para olvidarnos de la cantata punk de antaño (“no future”) y, ahora sí, imaginar un futuro. Hasta Fujimori lo usó como eslogan pro-reelección en el 2000: “Perú, país con futuro”.

Dadas esas circunstancias, entonces, es comprensible y previsible que emerjan nuevos discursos provenientes de generaciones anteriores que buscan —vaya uno a saber si por oportunismo, ejercicio proyectivo, frustracióno qué— ensalzar las virtudes y ventajas que posee mi generación en este Perú del siglo XXI (porque siempre es más solemne hablar del país, aunque verdaderamente solo se esté pensando en Lima).Pero cuando la perorata deja de ser una inocua evocación cursi o trivial cargada de nostalgia y anhelos (del tipo “salí de la Estación Central del Metropolitano y vi otro país frente a mí”) y pasa a ser parte de una agenda, y cuando la ciudadanía —incluidos mis coetáneos— comienza a creerse un cuento que no es el nuestro, ahí es cuando empiezo a preocuparme.

Me alarmo cuando constato que nociones tales como “sociedad de la información en el Perú”, “el poder de las redes sociales” o “el empoderamiento de los ciudadanos de a pie” ganan terreno en el léxico cotidiano de muchos. Porque, hay que decirlo ya de una buena vez, estamos entrando en un terreno peligroso cuando abrazamos con ligereza y candor un discurso tan pantanoso. Y digo pantanoso por lo verde, maloliente y poco consistente que es.

Ésas no son nociones aisladas, frases que por ahí, de cuando en vez, suelta algún académico, periodista o político. Son parte de una corriente de opinión que empieza a vendernos la idea de que la solución a nuestros problemas, la respuesta a nuestras plegarias postergadas como nación —digo, es un decir— que nunca ha gozado de una verdadera democracia se encuentran, todas, toditas, en esa panacea llamada Internet.

Lo curioso es que se pinta y se empieza a hablar de la red de redes como si se tratara de una tierra prometida, un oráculo con respuestas, una zona libre de conflictos de intereses, de política sucia, de violencia, de monopolios, de angurria. O sea, la web 2.0 es la voz, ¿manyas?

Ocurre, para mala suerte nuestra, que Internet es un medio de comunicación. Un medio, solo eso. Y, tal como ya lo había señalado Marshall McLuhan en la década de 1960, los medios son extensiones de nosotros mismos. Elongaciones, apéndices, eso son los medios, desde los de transporte hasta los de comunicación.

Si los pedales del automóvil permiten que nuestro pie eche a andar una máquina que pesa más de una tonelada, los millones de servidores y computadoras conectados en línea por todo el mundo hacen posible que las ideas de miles de millones de personas encuentren un cauce por el cual discurrir a una velocidad y un ritmo impensables por otra vía. El auto es a nuestros pies lo que Internet a nuestros cerebros.

De ahí que sea inexacto hablar de una “ansiedad informativa” o de una “crisis de sobreinformación”, dado que siempre, desde los inicios de la humanidad, ha existido más información de la que podamos manejar individual y colectivamente. Y la asimetría se mantiene proporcionalmente: mientras más personas haya, más información de la que podamos manejar habrá. Internet, en ese sentido, es una herramienta que permite indexar, registrar, ordenar y almacenar mejor esa data inconmensurable. Y la herramienta funciona en la medida en que sepamos cómo darle un buen uso

Dejemos de pensar que estamos haciendo política cada vez que le das click al botón de “me gusta”. Eso no nos lleva a ningún lado; solo beneficia a los que encontraron una oportunidad de negocio con esa cháchara.

Indigna ver todos los días a un nuevo gurú vendernos sebo de culebra on-line, la divina pomada digital que nos sanará y rejuvenecerá como sociedad. Indigna porque, seamos honestos, si no tenemos una cultura política sólida, si no hay partidos, si no hay espacios públicos para la discusión, si cada vez que votamos por alguien lo hacemos bajo la consigna de “que gane el menos malo”, si hay peruanos que no votan porque no tienen cómo llegar al ánfora, ¿realmente tiene algún sentido pensar que estas elecciones presidenciales que se vienen serán distintas porque ahora se les pone el sufijo 2.0? 

Pero lo que indigna incluso más es la anuencia con la que los supuestos “nativos digitales” —grupo al que, se supone, pertenezco— se traga la pastilla. No sorprende, eso sí.

Después de todo, pensar que se está defendiendo “el libre uso de los espacios públicos” por crear un grupo en Facebook, o asumir que se está haciendo genuino periodismo ciudadano al retwittear la última pepa de tu blogger de confianza, no es algo tan nuevo como creemos. Es la versión recargada de aquel discurso que intelectuales rancios como Giovanni Sartori enarbolan contra la televisión desde hace décadas. Si antes toda la culpa de lo malo la tenía la TV, ahora Internet es la vía para ser más y mejores ciudadanos.

Internet no nos va a hacer mejores o peores de lo que somos, ni nos va a abrir puertas que, como sociedad, hemos tenido cerradas por siempre. Si queremos hacer política, hagamos política, que para eso se necesita gente de carne y hueso, en la calle, en el campo, en las aulas, en los medios de comunicación. Si queremos huevear, entonces hagámoslo abiertamente —y sin culpas, también—.

Pero, eso sí, dejemos de pensar que estamos haciendo política cada vez que le das click al botón de “me gusta”. Eso no nos lleva a ningún lado; solo beneficia a los que encontraron una oportunidad de negocio con esa cháchara, y a los políticos de siempre.

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