Las elecciones en Europa: una campaña silenciosa

Las elecciones en Europa: una campaña silenciosa

Ideele Revista Nº 241

Almuñécar es un pequeño balneario perdido en las costas de Andalucía. Situado a pocos kilómetros de Granada, lo tiene todo para ser un escenario dramático: los últimos montes de la Sierra Nevada se sumergen apaciblemente en las aguas del Mediterráneo, y entre las casas de playa subsisten algunas ruinas mozárabes y medievales. Esta pequeña playa es parte de lo que algunos entusiastas quisieron llamar “la Florida de Europa”: uno de los muchos pueblos españoles que, en verano, se llenarían de turistas de las cuatro esquinas del continente.

Claramente no vi a Almuñécar en su mejor momento: sea porque el verano no empezaba o que la fatídica crisis había cobrado otra víctima, el balneario era una verdadera ciudad fantasma. Casi todos sus edificios estaban polvorientos y vacios, los clubes dejaban las radios prendidas para simular bulla, pero casi nadie venia a llenar sus mesas. Los habitantes eran, en su mayoría, grupos de jubilados y algunas parejas de escandinavos, lejos de lo necesario para dar un ambiente festivo al lugar.

Sin embargo, los muros del balneario contaban otra historia: estaban cubiertos de afiches de colores, escritos en todas las lenguas de Europa. Rostros sonrientes de hombres y mujeres, jóvenes y mayores observaban a los pocos turistas del lugar, con promesas que muchas veces no pasaban la barrera lingüística. Si uno tenía la suerte de toparse con algún afiche de su propia lengua, acabara por entenderlos todos. Así, me di con la sorpresa que estos afiches me pedían el voto para unas elecciones que había olvidado: las elecciones europeas.

A mi regreso de Almuñécar, ni Granada ni Sevilla parecían movidas por las elecciones europeas. Una vez en Francia, en la ciudad universitaria de Poitiers, había pocos afiches electorales, salvo por los que promocionaban a los anti-europeos. Sin embargo, al pasar por Paris luego de las elecciones, me tope con una ciudad que parecía haber sido invadida por viejos papeles de colores.

Nos lo repiten a diario los intelectuales y la prensa; lo vemos en nuestros viajes y hasta en nuestras monedas: Europa se ha vuelto parte esencial de nuestras vidas. Sin ella, quizás no sería tan fácil compartir estudios con jóvenes portugueses, españoles o alemanes, que aportan su propia visión de nuestros problemas comunitarios. Las alabanzas al sueño europeo y sus grandes logros por la paz no son algo que vaya a negar: la Unión Europea es un proyecto considerablemente ambicioso que me apenaría ver caer. Sin embargo, el silencio en el que se vivieron las elecciones europeas me parece preocupante.

Fuera de las grandes ciudades, como Paris, o de puntos de encuentro clásicos, como la “Florida Europea”, las elecciones fueron un evento invisible, por una mezcla de indiferencia de los votantes y de falta de campaña de los partidos.

La UE es muchas veces acusada de ser un monstruo burocrático, cegado por sus propios tecnicismos que hace tiempo que no se preocupa de lo que piensan sus habitantes

Esto es algo tremendamente contradictorio con las clásicas críticas del órgano europeo. La UE es muchas veces acusada de ser un monstruo burocrático, cegado por sus propios tecnicismos que hace tiempo que no se preocupa de lo que piensan sus habitantes. Los tecnócratas de Europa no serian más que una elite encargada de problemas demasiado grandes para su propio bien, que solo agravan la crisis con sus torpezas. En una Europa que ya va por 6 años de crisis, hace tiempo que el desencanto se ha asentado.

Las elecciones son una ocasión para acabar con ese desencanto. Existen partidos europeos que proponen reformas para “democratizar” Europa, para defender la Europa social y favorecer la transparencia. Sin embargo, el voto en Europa no es obligatorio, y entre los que fueron a las urnas, los reformistas empiezan a ceder ante el avance de los anti-europeos. Con una participación del 43.1%, los dos bloques tradicionales de centro izquierda (socialdemócratas) y de centro derecha (populares) mantienen una ligera mayoría, aunque los partidos anti europeos radicales suman cerca del 20% de los escaños.

Estos resultados aun no presentan una situación apocalíptica, una derrota del proyecto europeo frente al anti europeísmo radical. Como punto positivo, hay que tomar en cuenta que la participación en estas elecciones ha aumentado en comparación con las de 2009 –de 0.12 puntos- rompiendo la tendencia a la baja que se sentía desde 1979.

Sin embargo, con el alza imparable de los antieuropeos, quizás sea momento de retomar en cuenta la forma de acción de las críticas a Europa. En un contexto de crisis, en el que el radicalismo parece volverse una salida fácil, la abstención en el voto ya no es una declaración política, sino un camino para el avance de los radicalismos.

Las próximas elecciones europeas no deben volver a ser campañas de silencio, en el que los anti europeos sean los únicos en alzar la voz. El deber de los ciudadanos de Europa es el de retomar en mano el proyecto con sus votos, antes de que otros lo tomen.

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