Los unos y los otros

Los unos y los otros

Maria Teresa Grillo Doctora en Estudios Hispánicos por la University of British Columbia.
Ideele Revista Nº 276

Alberto Borea, abogado defensor del presidente, y Yeni Vilcatoma, congresista de Fuerza Popular.

El 21 de diciembre del 2017 pasará a la historia como la fecha en que el país se salvó de caer en las manos de los partidarios de Keiko Fujimori, cuando no alcanzaron los votos necesarios para hacer efectiva la vacancia de Pedro Pablo Kuczynski, devolviéndole así la posibilidad de concluir un mandato que ha ejercido, hasta el momento, trastabillando, enredándose, contradiciéndose, y, por supuesto, olvidando cosas, como él mismo ha confesado.

Enorme alivio para muchos, por cierto. Pero también, un grupo importante de peruanos recordará el prolongado debate en el Congreso como el día en que se esgrimió una defensa sustentada en argumentos que se expresaron en un lenguaje inaccesible e incomprensible para un vasto sector de la población. La  presentación de Alberto Borea fue brillante para los objetivos de defender a Kuczynski y ofrecer simultáneamente una clase magistral de historia, filosofía y leyes al Congreso. Sin embargo, algunas de sus palabras evidenciaron, también, un tema que está en la base de la exacerbada polarización que vive el país: la barrera invisible, pero real y cada vez más infranqueable, que separa a grupos humanos de nuestro querido Perú.

Los planteamientos de Borea -quien, como se sabe, tiene una impecable trayectoria política, en la que destaca su vigorosa defensa de la democracia- constituyó un discurso efectivo y afectivo, que tocó fibras sensibles al hacer un llamado a los congresistas a firmar el “referéndum”, subrayando el momento histórico y la decisión, crucial para la estabilidad del país, que estaban a punto de tomar. Entre otras facetas de su exposición, brilló la erudición al presentar sus argumentos, nombrando conceptos en el latín original y citando a filósofos clásicos. Tomando en cuenta que el Congreso es el lugar donde se debaten las leyes, tales comentarios fueron apropiados. Sin embargo, también es cierto que el discurso de Borea se enunció desde una posición de superioridad reforzada por su conocimiento, y validada por una autoridad moral asumida como propia de las personas honorables, condición que, desde su perspectiva, estaba relacionada a una formación de cuna, ya que lo escuchamos hacer hincapié en lo que sus padres le había enseñado.

Aunque Borea no dijo que habría otros que no habrían recibido tales enseñanzas, la presentación casi simultánea de conceptos eruditos y las referencias a la honorabilidad no deja de proponer una mayor capacidad de ciertos grupos. Expresada en términos de racionalidad, familiaridad con las leyes y dominio del lenguaje del conocimiento, la validación de los unos no se esgrime en el vacío: sugiere, más bien, la existencia de los otros, aquellos que, en resumidas cuentas, carecen del conocimiento necesario y no han tenido acceso a una formación formal y personal que los habilite para emitir juicios razonables. Por otro lado, en su castellano casi perfecto, las palabras del defensor de Kuczynski guardan también una gran distancia con los esfuerzos –a veces infructuosos- de algunos congresistas al intentar expresar sus ideas en un español libre de errores. También resulta interesante reparar en la participación de un grupo de congresista del Frente Amplio que,  de manera breve y sencilla, libre de afanes ampulosos, se pronunció diciendo que el pueblo no entendía los elaborados argumentos de la defensa y  que ellos simplemente no podían creer que el Presidente no sabía sobre sus negocios. 

Es aquí, en el espacio del contraste, donde las palabras del doctor Borea tocan otra fibra sensible, tal vez ajena a los propósitos de su discurso, al llamar la atención hacia la enorme brecha cultural y social que amenaza con escindir el país de manera cada vez más definitiva. Para dar cuenta de la realidad de esta división, basta con recordar que ante el discurso, algunos congresistas optaron por ignorarlo. También, en esta línea de pensamiento, resulta iluminador repasar algunos comentarios en la red: “Borea habla del Pacto de San José y la Beteta lo mira preguntándose por qué habla de turrones, si ya pasó octubre”; “’Borea: Plop, como decía condorito’  Por fin el abogado cita a alguien que la mayoría del Congreso conoce”. Y las palabras de Borea: “No es que el abogado hable y yo esté chateando, mirando para otro lado o leyendo el periódico y que él hable, pues, que hable. Ni aun si yo lo entendiera".

Que la bancada de la oposición se haya comportado de una manera execrable desde que empezó el período presidencial de Kuczynski justifica la indignación de aquellos peruanos que defendemos el orden institucional y nos sentimos representados en el discurso de Borea, al menos en la parte que se centró en la defensa de la democracia. Pero lo que quiero resaltar aquí es que sus palabras han puesto en evidencia una escisión que tiene raíces coloniales y que evoca una serie de exclusiones en distintos ámbitos (educativo, social, económico) a lo largo de la vida republicana, que se expresan hoy en el rechazo agrio de los unos hacia los otros, contexto que ha permitido la construcción de discursos simultáneos que no parecen tener puntos de intersección y que trascienden las paredes del hemiciclo, porque reflejan la diversidad enorme del país y la falta de conexión entre sus espacios sociales.

De las lecciones aprendidas a partir de esta sufrida victoria, el presidente Kuczynski y los miembros de su gabinete deberían tomar nota de que gran parte de la población peruana permanece ajena a lo que se debatió y a las razones de su triunfo. Más bien, este intrincado proceso llama a dirigir acciones hacia un diálogo urgente, que tienda puentes para superar el abismo que se sigue construyendo entre distintos sectores de la población. Ahora que tenemos la sensación de haber salvado la democracia, tratar de subsanar la distancia entre los unos y los otros debería ser el punto de enfoque. 

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