Nacionalismo de estos tiempos

Nacionalismo de estos tiempos

Ideele Revista Nº 200

¿Tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz? Vivimos en una sociedad por demás difícil y conflictiva. Juzgue usted. 

Nuestra conciencia colectiva es una mezcla paradójica, incluso contradictoria, de orgullo y autodenigración. Constantemente declaramos nuestro orgullo de ser peruanos, y en el mismo aliento afirmamos que el peruano es indolente, oportunista, ladrón e indigno de confianza. Nos jactamos, y con razón, de nuestras evidentes riquezas culturales y nuestros talentos —el ingenio y la creatividad, por ejemplo—, pero, al mismo tiempo, declaramos, revelando una carencia absoluta de solidaridad nacional, que las cosas nunca cambiarán por culpa de “esta gente”, y queremos decir o los pitucos, o los cholos, o los blancos, o los serranos, o cualquier miembro de nuestra sociedad que consideramos distinto de nosotros. Incluso cuando expresamos optimismo y nos jactamos de nuestro espíritu igualitario, traicionamos nuestras palabras perpetuando en nuestras actitudes y prácticas sociales la mentalidad apartheid que, aunque pujantes, nos mantiene separados —o unidos solo precariamente por lazos de interés comercial o mera conveniencia—.

“Y es que estamos en el Perú”, decimos resignados, y con esa sentencia lapidaria no solo nos negamos toda posibilidad de cambio sino que revelamos un espíritu derrotista y desarraigado, dispuesto a perpetuar el status quo y hacer de cualquier proyecto colectivo algo imposible de alcanzar.

Existe una tendencia natural en el ser humano que lo hace rechazar lo diferente, sobre todo aquello en él mismo, que no se corresponde al ideal que se ha forjado de sí. En un país tan plural como el nuestro, esa resistencia se fortalece por la adopción de ideales extraños a nuestra realidad y se proyecta sobre el otro —en su diferencia racial, social, económica o cultural— degenerando frecuentemente en un constante antagonismo y en la discriminación crónica.

El niño que no ha podido fortalecer el amor propio por falta de apoyo materno, se hace incapaz de aceptar cualquier forma externa de vitalidad o bonanza y se torna agresivo en la exigencia de sus propios derechos. De igual modo, el individuo en una sociedad que no le garantiza la provisión mínima de bienestar, tiene la necesidad de destruir en el otro la vitalidad que, siente, le ha sido negada. Lo posee, en otras palabras, la envidia, que es otro de nuestros más familiares complejos colectivos. Ese resentimiento merma toda posibilidad de solidaridad y hace imposible la constitución de una comunidad, almacenando más bien, bajo las máscaras de la mutua alienación, peligrosas energías que pueden desbaratarse, como lo hacen diariamente en la conspicua agresividad urbana o, más fatalmente, en la violencia y los horrores del terrorismo. Ambos son síntomas de una misma fuente.

Nos ronda aún un fantasma de nuestra psique nacional: el patrón de la Conquista nos ha marcado tan profundamente que lo repetimos sin conciencia ni memoria. El desconocimiento del otro por una mirada absorta en el espejismo del poder, del estatus social y del éxito repite, aun en nuestros días y como un complejo inconsciente, la experiencia traumática de nuestro origen nacional que sigue inserta en nuestra conciencia colectiva como una espina; es responsable de esa esquizofrenia peruana que se manifiesta en la repetición crónica de la discriminación racial, social, cultural que colectivamente condonamos y practicamos escandalosamente; o la envidia, la desconsideración, los odios y resentimientos que infectan nuestro espacio urbano, que alimentan el periodismo de rapiña tan exitoso en nuestro pueblo y explican también nuestra pusilánime fidelidad hacia la noción de patria —tan fácilmente erigiendo como sepultando ídolos nacionales—.

El niño que no ha podido fortalecer el amor propio por falta de apoyo materno, se hace incapaz de aceptar cualquier forma externa de vitalidad o bonanza y se torna agresivo en la exigencia de sus propios derechos.

Pero hay también aires de cambio que abrigan una esperanza. Es un hecho innegable que hoy en día nuestra psique nacional está más despierta y vital; cada vez más frecuentemente las generaciones jóvenes expresan una impaciencia y un rechazo visceral de las estructuras petrificadas por nuestros complejos nacionales, y se hace patente la necesidad de una nueva mirada y una actitud diferente, más acorde con la experiencia de la pluralidad de la cultura global a la que los jóvenes están continuamente expuestos. Es notable, en ese sentido también, la proliferación del actual protagonismo peruano en el escenario mundial: desde la gastronomía al cine nacional, que tantos (y algunos tan inesperados) triunfos nos han deparado últimamente, hasta la multitudinaria constelación actual de estrellas mediáticas peruanas que nos inspiran y nos llenan de un orgullo nacional casi inédito, como Gastón Acurio, Juan Diego Flórez, Mario Testino, Claudia Llosa, Kina Malpartida, Magaly Solier, Sofía Mulanovich, Jaime Bayly… Se consteliza así todo lo positivo de nuestro carácter y nuestro potencial nacional, constituyéndose un momento idóneo que no podemos malgastar; un K’airos, efectivamente, para propiciar el cultivo de un nuevo nacionalismo.

Jung decía que los complejos son trozos de nuestra historia que, por no haber sido integrados a la conciencia, se repiten destructiva e incansablemente. Antes que nada, entonces, es necesario tomar conciencia de nuestros complejos nacionales; e igualmente indispensable es neutralizar los factores sociales que los activan, hacerlos visibles, condenarlos y proporcionar los medios para superarlos. 

De lo que se trata para nosotros hoy en el Perú es de atender a la salud del alma nacional, convertirla en prioridad del Estado y en labor de todos. La superación de la desigualdad y la pobreza y la ignorancia —todos focos de infección que alimentan y activan nuestros complejos y que sin atención avanzan galopantes— debe ser una meta de absoluta prioridad. Y es que es no solo necesario sino indispensable aliviar los resentimientos y romper los hábitos de segregación y discriminación que nos han constituido desde siempre, si hemos de forjar una voluntad nacional sólida, unida por propósitos comunes

Nos ronda aún un fantasma de nuestra psique nacional: el patrón de la Conquista nos ha marcado tan profundamente que lo repetimos sin conciencia ni memoria

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