Reinventando la masculinidad

Reinventando la masculinidad

Ideele Revista Nº 200

¿Hemos cambiado los varones en estos 20 años? Desde una mirada exterior, pareciera que sí: aparentemente aceptamos el desarrollo femenino, su crecimiento, los espacios que las mujeres han ido ocupando en la vida económica, social, política; cuidamos más nuestra imagen, y lo hacemos casi sin cuestionamiento, acercándonos a una metrosexualidad que hubiera sido tachada de femenina (e impugnada por ello) en el pasado. Somos, parece también, padres más presentes en la vida de nuestros hijos de lo que lo fueron los nuestros. Sin embargo, la matriz patriarcal de la que hemos abrevado las ideas sobre lo que es ser “todo un hombre” sigue marcándonos, condicionándonos, y desde ellas, ser hombres, devenir hombres no nos es fácil. Y se nota.

A partir de Freud sabemos que la identidad masculina es una construcción, y no una esencia. El maestro vienés abrió la senda para poder pensarla así desde los primeros años de su obra, concibiendo el desarrollo de la identidad sexual como un devenir que ocurre partiendo de una bisexualidad constitutiva. Desde allí, el convertirse en hombres o mujeres no es unilineal, sencillo o natural. Se dará en un complejo interjuego de lo biológico, lo psíquico, lo sociocultural. Sin embargo, para Freud el desarrollo de la masculinidad era relativamente simple y claro, en contraposición del femenino, al que caracterizaba como “el continente negro”. Hoy sabemos que no lo es tanto.

Los hombres y las mujeres nos convertimos en sujetos humanos en un proceso de identificación emocional con nuestra madre. Pero mientras la identidad femenina implica continuar con esta identificación esencial, primaria, el varón tendrá que renunciar a ella, recorrer un camino de diferenciación permanente, construir una identidad distinta, y tal vez por eso, más endeble. Tendremos que forjar una identidad más fundada en decir “no” a la mujer que fue nuestro modelo, que en el desarrollo de algo propio que, además, estará siempre amenazado. Propone Elisabeth Badinter: “Nacido de mujer, acunado en un vientre femenino, la criatura masculina está condenada a dedicar gran parte de su vida a diferenciarse, cosa que no sucede con la criatura femenina. Para existir necesita oponerse a su madre, a su feminidad, a su condición de bebé pasivo. Tres veces tendrá que demostrar su identidad masculina convenciéndose y convenciendo a los demás de que no es una mujer, de que no es un bebé, de que no es un homosexual”.

Entonces, “el camino de la masculinidad”, o sea, la transformación de la masculinidad anatómica en una masculinidad psíquica, no es un proceso fácil. Esto implica una paradoja: el sistema patriarcal, que nos encumbra sobre las mujeres, también nos coloca en la posición de víctimas. Porque los hombres sacrificamos mucho para distanciarnos de la feminidad original: tenemos que mostrar a diario que lo somos.

La virilidad, esa condición esencial de la masculinidad, está siempre en duda. Necesita de demostraciones diarias para afrontar la perenne amenaza, el permanente cuestionamiento. Se desarrolla marcada por un temor a mostrar cualquier tipo de feminidad, incluidas las que se esconden bajo la ternura, la pasividad o el cuidado a terceros. Ser hombre significa un no: no ser femenino ni homosexual, no ser dócil, ni dependiente, ni sumiso. No ser afeminado en el aspecto físico ni en los gestos, no tener demasiada intimidad con otros hombres (y yo agregaría, tampoco con las mujeres). Se debe desarrollar cierta agresividad en los gestos, que deben oponerse a la delicadeza femenina; se debe ser competitivo (en deportes, pero también en juegos y en la vida), lo que funciona de algún modo como opuesto a la sumisión.

Esta necesidad de permanente reafirmación nos vuelve actuadores, estereotipadamente masculinos. Homofóbicos, condicionamos cualquier vínculo con otros hombres por el terror a ser homosexuales. Tenemos que mostrar nuestra hombría llegando siempre lo más cerca posible del límite: tomamos más, peleamos más, practicamos deportes temerarios o conducimos a velocidades peligrosas. Negamos el dolor y la enfermedad, especialmente si ésta está en el terreno de lo psíquico. “No nos pasa nada.” Hay que ser duros, resistentes, porque “los hombres no lloran”.

No podemos, por lo tanto, ganar menos que nuestras mujeres, o perder nuestro trabajo, porque abdicar de nuestro rol proveedor nos cuestiona en lo más profundo, nos derrumba. Tal vez por esto nuestra esperanza de vida es por lo menos diez años menor: vivimos en un mundo de abuelas, de mujeres de la tercera o cuarta edad, sin hombres mayores a la vista.

¿Qué es un hombre? Un lugar de enojoso sufrimiento… un juguete del destino… un teatro de angustia y desesperanza. Gunther Grass: El rodaballo

Lo podemos observar en nuestros colegios, también: Daniel del Castillo, en un interesantísimo trabajo llamado Los fantasmas de la masculinidad, describe cómo en aras de la afirmación de la que hablamos, los jóvenes machos se dedican a dibujar penes por todos lados, a desarrollar un lenguaje “faloagresivo” (“te cacho, te tiro, a ti, a tu mamá”), y a individualizar al “lorna” y al “maricón” (y, de paso, muchas veces a torturarlos) como proyecciones del temor común a la pasividad y la feminidad. 

Tal vez el terreno más precario, más lleno de temores, sea el de la sexualidad. Allí se juega todo. Somos sacavuelteros, porque resistirnos a una mujer que se nos insinúa nos vuelve automáticamente impotentes, o gays. Por otra parte, podemos observar cómo el consumo de sildenafilo (“viagra” en su presentación comercial más popular) se ha vuelto común en jóvenes que no llegan a los 30 años, preocupados por su rendimiento sexual. Y la sexualidad compulsiva, o estereotipada, o pagada, también: es más fácil la relación con una prostituta, exenta de cualquier tipo de compromiso emocional.

Es claro que presento una mirada sesgada, parcial, que no incluye a todos los hombres del 2010. Hay muchas masculinidades, pero todas han lidiado de un modo u otro con condicionamientos culturales parecidos. Luego la historia y los posibles modelos identificatorios con los que hayamos contado nos habrán permitido desenvolvernos con mayor o menor libertad y salud mental. Decía al principio que vemos en apariencia importantes cambios en cuanto al lugar que como hombres nos toca ocupar. Muchos de ellos provienen más de las conquistas de las mujeres que de concesiones o logros masculinos. Ojalá nos acerquen a vivir una masculinidad diferente. Pero nos falta creo, todavía, pensar con seriedad nuestra identidad. Nos lo debemos para poder integrar y no rechazar nuestros lados femeninos, para ser modelos mejores para nuestros hijos, para desarrollar una vida mejor.

La virilidad, esa condición esencial de la masculinidad, está siempre en duda. Necesita de demostraciones diarias para afrontar la perenne amenaza, el permanente cuestionamiento.

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