Una moral de la ambigüedad

Una moral de la ambigüedad

Ideele Revista Nº 200

Una de las ideas más difundidas en nuestra sociedad es aquella según la cual la crisis de nuestros tiempos está, entre otras cosas, caracterizada por un debilitamiento de la moral. ¿Quién no ha oído decir que tal o cual problema se debe a que “se ha perdido la escala de valores”, que “ya no se tiene principios”? 

Pero el problema no es ése. El problema es cómo se entiende eso que se llama valores. Porque el lugar común es creer que tener valores es lo mismo que tener una claridad mental, una capacidad de juicio que permita ir discriminando el bien del mal como quien separa la hierba mala de un campo, o el artículo defectuoso de una cadena de producción. Los valores son concebidos como si fueran ideas o formas con contornos nítidos. Entidades diferenciadas, con un sentido unívoco. El principio de no contradicción reina en ellos. Son lo que son.

No podría afirmar de dónde viene esta idea, pero sí puedo decir quiénes la usan reiteradamente. Allí están las religiones, los moralistas, los partidos políticos, los ideólogos, las escuelas e incluso buena parte de las familias. Todas ellas comparten la idea de que una moral sana es unitaria, coherente, diáfana, justificable, transmisible. Lo más parecido a una “doctrina”, vale decir, a un sistema de ideas jerarquizado. De ahí la facilidad con que se pasa de la moral a los códigos de ética y a las leyes.

No digo que los que así piensan crean que todo esto se adquiere fácilmente. No, más bien todos reconocen lo difícil que es lograr inculcar una determinada moral. Para eso están las escuelas, los sermones, la propaganda, los padres sancionadores. Todos preocupados por sembrar “principios”; algo así como anclas que permiten que nuestras vidas se sujeten a puntos fijos.

¿Es esta visión equivocada? Sí, profundamente equivocada. Porque de ella se han derivado las acciones más horrendas que se pueda concebir. Los crímenes más atroces contra la humanidad no han surgido, como se podría suponer, de los delincuentes o renegados. Tampoco han provenido de la gente sencilla, a la que suele despreciarse por su incultura o poca formación. Mucho menos de las mentes dubitativas. Tampoco de los ignorantes, de los “mediocres”. Surgen de los iluminados, de los líderes, de los poderosos, de los jefes natos. De los partidos, de las Iglesias, de los Gobiernos. Cada cual con su catecismo respectivo en mano. Asegurando que la verdad les acompaña; haciendo creer que sus guerras son causas nobles; que la sangre derramada es el sacrificio justo; que la historia los justificará.

No ha habido quien haya cometido crímenes de lesa humanidad y no haya pretendido justificarlos.

Suele sucederme que cuando esgrimo estos planteamientos, quienes me escuchan digan: “Pero el problema no es que tengan una moral clara; el problema es que tienen una moral equivocada”. El nazismo, el fascismo, los fundamentalismos islámicos, el Khmer Rojo, Sendero Luminoso, tuvieron discursos enervados de fanatismo y radicalidad. Pero muchos otros graves y funestos excesos contra la humanidad partían de doctrinas más bien pacifistas. Es el caso del cristianismo y su tristemente célebre Inquisición; o sus Cruzadas. O el mismo socialismo, que se reclama como opción humanística y justiciera.

Finalmente, la radicalidad, la ceguera pasional que lleva a las insanas masacres, el fanatismo mismo, no dependen solo de un sistema de ideas. Muchas veces se llega a ellos por un simple giro de las circunstancias. Cualquier doctrina puede volverse sanguinaria. Para probarlo al exceso no hay que ir más lejos que del cristianismo, la religión del amor y del sacrificio por el otro, aquélla que iba más allá de cualquier moral filosófica al proclamar el amor a los enemigos.

Estamos en condiciones, pues, de exigir más y decir: ¿No será que esta maldad cristalizada está más relacionada con otro tipo de condicionantes? Porque lo que leemos de la historia es más bien una franca proclividad de la naturaleza humana por adoptar los soportes útiles a la violencia.

En realidad, los humanos somos a tal punto inclinados a conductas agresivas-destructivas que necesitamos intensamente los medios para legitimar nuestra violencia. Y por eso una moral hecha verdad clara y distinta, una moral de principios unívocos, jerarquizados, sirve a ese efecto. No importa tanto qué diga. Lo que importa es la forma: que sea diáfana, firme, coherente, imperativa. Ya se encargará la inteligencia, que es sierva de la voluntad, de acomodar el contenido de modo que siempre podamos juzgar a los demás y condenar a nuestros enemigos. Eso es lo que la agresividad humana necesita: separar a las gentes en buenos y malos. Cuanto más claro, mejor, pues el enemigo será más enemigo; y cuanto más enemigo, más justificada su eliminación.

No ha habido quien haya cometido crímenes de lesa humanidad y no haya pretendido justificarlos.

Nada protegerá más lo humano que el sentido del límite. “No somos dioses”: eso es lo que parecía indicar la postura socrática; y es ése el contexto del “Conócete a ti mismo”. 
No hemos tenido tantos problemas en aceptar nuestro límite en el conocimiento del mundo físico. Después de Kant, la crítica se ha convertido en una virtud del entendimiento. Pero no ha sucedido así con el asunto moral. Reclamamos aún hoy en ese campo esa seguridad que solo la da el alcance metafísico. No nos damos cuenta de que el límite es el mismo.

La moral auténtica, ésa que nos hace mejores, no es en su base ni en su cumbre una estructura firme. Es frágil, es cambiante, siempre es provisional.

El principio moral nace de una lucha. Expresa siempre una tensión. Pues nadie entiende el bien sin desear en algún grado el mal. Es eso lo que nos hace libres, lo que nos permite elegir. ¿Por qué hemos de olvidar este origen y creer que la moral es solo el momento posterior a la lucha? Hacerlo es traicionar la naturaleza misma de la moral.

Todo principio moral es ambiguo y supone siempre una paradoja. Y la primera paradoja es ésta: “Yo importo, pero los demás también”. Ésta no es una verdad clara. Anidan en su interior las más grandes fuerzas del universo, contrapuestas. Tanto es así que unas veces vence la una y negamos la realidad del otro, y en otras ocasiones sucede lo contrario y nos negamos a nosotros mismos. Y no es necesario que sea con nuestra palabra, pues lo hacemos también con nuestros actos.

Una moral de la ambigüedad no es una moral débil. Pues la vida nos obliga a no estancarnos en las dudas. Todo el tiempo decidimos y en cada decisión tomamos los riesgos con nosotros. Podemos equivocarnos, pero no por ello dejamos de elegir. Solo que esta moral, asentada en la duda, alimentada por la lucha interna, está más atenta a los resultados. Contempla su práctica con reverencia, pues es de ella de donde tiene que aprender.

Una moral de la ambigüedad es humilde. Lo es por su origen. Pues la duda nace de la ignorancia. Una ignorancia que no es solo no saber sino también el saber que no se sabe. Por ello tal moral es atenta a la palabra ajena. Pues conscientes de nuestra ignorancia, apreciamos la perspectiva ajena.

¿Qué nos puede unir más como especie: el sentirnos poseedores de una verdad frente al resto, o el sabernos seres precarios, débiles, falibles?

¿No es esto lo que está detrás del relato del Génesis cuando se dice que la perdición humana es comer del fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, pues nada es peor que creer que se conoce?

Todo el tiempo decidimos y en cada decisión tomamos los riesgos con nosotros. Podemos equivocarnos, pero no por ello dejamos de elegir. Solo que esta moral, asentada en la duda, alimentada por la lucha interna, está más atenta a los resultados.

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