Veinte años no es nada

Veinte años no es nada

Ideele Revista Nº 200

Hace 20 años se produjo la masacre en el Politécnico de Québec, el asesinato misógino que acabó con la vida de 14 estudiantes que ocupaban un lugar antes reservado solo para hombres. 

Lo que ocurrió en Québec el 6 de diciembre de 1989 fue un crimen de odio, un ataque misógino contra un grupo de mujeres jóvenes por el hecho de serlo y de no serlo de la manera correcta. Porque los perpetradores, entonces, y aun hoy, veinte años después, representan una poderosa corriente que se opone a los avances de la modernidad y a las conquistas de la igualdad. Son los emisarios del patriarcado que nos advierten que sigue vivo y defiende sus fueros con violencia.

Marc Lepine se presentó en el politécnico de Québec vestido para la guerra, tomó las aulas, ordenó salir a los hombres y, gritándoles malditas feministas, abrió fuego de ametralladora contra las mujeres, asesinando a 14 jóvenes estudiantes de ingeniería, e hiriendo a otras 9. Después se suicidó.

Lepin no alcanzó el puntaje requerido para ingresar al Politécnico y culpó a las chicas de haberse apropiado de un territorio tradicionalmente reservado a los hombres, como la escuela más importante de ingeniería de Québec.
Cada día, en los más disímiles lugares del mundo, miles de mujeres reciben el mensaje de Lepin a través de las más variadas manifestaciones de violencia. La meta de la violencia contra las mujeres, consciente o no, es la preservación de la supremacía masculina.

También hace veinte años, en 1990, el Premio Nobel de Economía Amartya Sen realizó un estudio sobre el balance de género en los países industrializados y subdesarrollados y alertó sobre la pérdida en India y China de millones de niñas por causa del aborto de fetos femeninos e infanticidio de niñas.

En los países en los que se tiene que elegir qué hijo tener, donde la desvalorización y discriminación de las mujeres es de evidencia abrumadora, el uso indiscriminado de las técnicas de selección del sexo están llevando a una nueva (¿?) modalidad de feminicidio.

La ecografía, la amniocentesis, la fetoscopía, etcétera, exámenes que fueron originalmente creados para detectar malformaciones congénitas, vienen siendo masivamente usados en China e India para llevar adelante solo nacimientos de varones y la eliminación de fetos femeninos.

En la China de las políticas coercitivas del hijo único, quienes no tienen acceso a las técnicas de selección y consecuente aborto, recurren al infanticidio de niñas. La prohibición de tener más de un hijo y el deseo de tener un varón ha llevado, sobre todo en zonas rurales, al incremento del infanticidio femenino a través del método del ahogamiento. Este rezago feudal es también la causa de la violencia e incluso asesinato contra las mujeres que no pueden generar un varón.

El informe de la 51.ª Sesión de la Comisión sobre la Situación de la Mujer, celebrada en Naciones Unidas en marzo del 2007, aborda con especial atención la discriminación que padecen en muchos países las niñas y coincide con que 100 millones de mujeres faltan actualmente en el mundo por causa del aborto selectivo y el infanticidio femeninos, de los cuales 80 millones corresponden a la India y China. De los ocho mil abortos practicados en Bombay, más de siete mil fueron fetos femeninos.

Los países asiáticos concentran la mitad de la población mundial, y estas prácticas han generado no solo escasez de mujeres jóvenes con las cuales casarse en estos países, sino también un incremento en los índices de violación y tráfico de mujeres; y, en general, un desequilibrio en el número de mujeres y hombres en la población mundial.

Al parecer, la tendencia natural de la biología de la reproducción humana produce una proporción de nacimientos de 105 o 106 niños por cada 100 niñas. Sin embargo, después del nacimiento, la mayor fortaleza de las niñas resulta en un equilibrio de 50%. En las mismas condiciones de alimentación y asistencia médica, las mujeres viven más que los hombres. Por eso, hay más mujeres que hombres en Europa y los Estados Unidos que en Japón. No obstante ser las niñas genéticamente más resistentes, las tasas de mortalidad infantil indican que el número de niñas que no llegan a los 5 años es sustancialmente superior al de los niños, lo que demuestra que estas muertes obedecen a una mayor inversión de atención de salud y alimentación a favor de los niños, en perjuicio de las niñas.

En los últimos años se ha avanzado en la comprensión de la violencia de género. La comunidad internacional ha tomado conciencia de la magnitud de la violencia, y sin embargo las mujeres siguen muriendo: en sus hogares a manos de sus parejas, en masa, en el útero, en la infancia, víctimas del feminicidio sexual serial e incluso como una forma perversa de recreación que sería una nueva modalidad de crimen sexual y que estaría a la base de los asesinatos de mujeres jóvenes en Ciudad Juárez, fronteriza entre México y los Estados Unidos.

Las mujeres desaparecidas, las llama Amartya Sen, y por sus proporciones daría la talla para ser considerado un genocidio.

Gendercide o “genocidio de género” llama The Economist en su portada de marzo último a la desaparición de 100 millones de mujeres en el mundo y sobre un fenómeno que considera una catástrofe demográfica cuyas consecuencias se empiezan a sentir.

Diana Russel, académica estudiosa del feminicidio, dice que aunque los crímenes de las mujeres individuales despiertan la ira y la protesta del feminismo, el feminicidio como fenómeno colectivo no ha recibido la atención del análisis feminista en su verdadera dimensión, lo que deja lugar a la justificación y la negación.

Ciertamente, llama la atención que estos temas no sean parte central de la agenda feminista, que se ha ocupado largamente del feminicidio en la pareja, y que en los últimos años la batalla por los derechos sexuales y reproductivos haya desplazado la preocupación y el interés por el generocidio que se comete a través de diversas expresiones desde aquí hasta la China.

A veces creemos que es mucho lo que hemos avanzado, porque a nuestro alrededor muchas cosas han cambiado; pero olvidamos que amplios sectores de la sociedad, aquí y también en los países del primer mundo, no han sido tocados por la modernidad ni han incorporado los nuevos paradigmas de la equidad. El retroceso del poder patriarcal se hace evidente en minoritarios círculos educados y modernos, pero eso no es suficiente para cantar victoria.

El pasado histórico en materia de género es demasiado reciente, y los avances de la modernidad y las propuestas igualitarias conviven en permanente tensión con los residuos de lo arcaico.La suma de mujeres desaparecidas y las mujeres asesinadas nos enrostran lo poco que hemos avanzado o lo mucho que retrocedemos por cada paso que avanzamos.

Dentro del tiempo hay otro tiempo quieto sin horas ni peso ni sombra sin pasado o futuro sólo vivo como el viejo del banco unimismado idéntico perpetuo. Octavio Paz

El origen
Carol Orlock

Contactamos en Washington a Carol Orlock, escritora estadounidense que creó el término feminicidio para nombrar los crímenes contra mujeres por el hecho de serlo o de no serlo de la manera prescrita. En las siguientes líneas nos explica cómo surgió el concepto y por qué es tan importante diferenciarlo de la figura del homicidio.

Mi interés por el feminicidio y mi trabajo comenzaron alrededor de 1975, motivados por haber sufrido acoso de mi pareja. Estando en esa situación me di cuenta de cómo en nuestra sociedad las mujeres con frecuencia son los objetos de la violencia y aun del asesinato por razones que difieren en gran forma de la violencia o del asesinato hombre contra hombre. Sin embargo, todavía preferimos referirnos a la matanza de una mujer basada en odio sexual como “hom”-icidio, usando la raíz latina homo, que significa hombre.

En las luchas sobre derechos civiles en mi país durante la década de 1960 yo entendí que cambiando el nombre de algún evento —la forma en que nos referimos a un asunto determinado— a menudo podemos ir cambiando las percepciones de la gente sobre eso. Por ejemplo, aquéllos a quienes solíamos llamar “negros” o por medio de términos más insultantes, comenzaron a llamarse a sí mismos “áfrico-americanos”, resaltando que su origen étnico contaba más que el color de su piel. Al referirse al asesinato de una mujer como un homicidio, particularmente cuando ese asesinato ocurría sobre todo por asuntos relacionados con su género, nuestra sociedad negaba la verdadera naturaleza del delito. Era como si el contexto social de su género no jugara ningún papel en su victimización, una creencia que yo reconocía que estaba lejos de la verdad.En el 2008, Diana Russel —editora, junto con Jill Radford, de Femicide— y yo nos carteamos por e-mail sobre el concepto, y una pregunta que ella formuló fue si el término debía ser aplicado a “cualquier” asesinato de una mujer o solo a aquéllos cuyos móviles estuvieran manchados por temas relacionados con el género de la víctima.

Ésta fue mi respuesta:
“Llamar ‘feminicidio’ al asesinato de cualquier mujer por cualquier razón diluiría, yo pienso, el concepto.

“El propósito de mi razonamiento, y quizá del de otros, fue resaltar los móviles particulares que pueden llevar al asesinato de una mujer como distintos del asesinato en el sentido generalizado. A mi modo de ver, ‘feminicidio’ es el asesinato de una mujer que involucra móviles provocados específicamente por su género, más que los móviles tradicionales como ambición por dinero o propiedades, deseo de ocultar un crimen, intento de escapar de una captura, etcétera.

“Los móviles ‘femicidales’ están relacionados con estereotipos y prejuicios misóginos sobre las mujeres, tales como: que el género de la mujer es inherentemente malvado; que la vida de una mujer no tiene valor o es de menor valor que la de un hombre; que las mujeres son todopoderosas por encima de todos los hombres y por lo tanto deben ser controladas, aun por los medios más extremos; que la menor fortaleza física de las mujeres justifica el control físico sobre ellas, incluyendo la matanza si es necesaria para ejercer ese control; que cualquier mujer que no es servil ante un hombre es de alguna manera antinatural y se le debe matar; que la expresión de la sexualidad de la mujer es una amenaza a la sociedad; que el cuerpo de una mujer es la propiedad de sus padres o de su esposo y su vida puede ser tomada si ella libremente lo exhibe o lo comparte íntimamente.

“El tema del móvil es importante aquí, me parece, a la luz de recientes evoluciones legales en cuanto a las clases protegidas. En los Estados Unidos y otros países que conocemos —en desarrollo por los últimos 30 años—, tienen la categoría de delitos de odio, una condición que puede amplificar la seriedad y el castigo de actos criminales relacionados. Por ejemplo, cuando se usan epítetos raciales u homosexuales durante un asalto, yo creo, los cargos pueden ser complementados por ese factor.

“No estoy segura sobre la ley en esto, pero se me ocurre que sería excelente si un delito que calificara como delito de odio pasara de proceso estatal a proceso nivel federal; quizá eso significara un castigo mayor.“Por supuesto, calificar el ‘feminicidio’ como un delito de odio difícilmente daría resultados instantáneos. Determinar el móvil es notoriamente difícil. Aun si estos móviles ya hubieran sido reconocidos como agravantes de algún otro delito, eso no necesariamente detendría la mano del abusador homicida ni disuadiría al brutal violador. El impacto, sin embargo, podría ser más gradual y sutil, como ha sucedido para el reconocimiento de los delitos de odio contra minorías raciales y homosexuales. En la sociedad más amplia podría promover un reconocimiento de que esos estereotipos y prejuicios existen y tienen consecuencias fatales.

Ayudaría a aclarar que la sociedad no tiene tolerancia alguna con las actitudes negativas hacia las mujeres simplemente debido a su género”.

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