Volver a clases, o aprender a aprender y devolver las clases

Lea Sulmont Consultora en educación. Especialista en integración de tecnologías para el aprendizaje
Ideele Revista Nº 278

Foto: Facebook.

La vuelta a clases trae recuerdos de un interminable timbre resonando por los pasillos, el color de un uniforme insulso de que no se adapta a ninguna época del año, la suave textura de la página en blanco y el olor a nuevo del texto escolar. Al mismo tiempo, revive la angustia por conseguir la carpeta libre en el lugar adecuado, la esperanza de reencontrar a los compañeros y la incertidumbre de no saber qué profesores te tocarían.

Estos recuerdos invaden mi memoria cuando se acerca el inicio del año escolar, que antes era un primero de abril, pero poco a poco se fue adelantando a marzo. Fue en febrero que me convertí en maestra. Desde ese entonces, para mí, el regreso a clases significa “dictar”.

Cuánto ha cambiado todo desde aquel tiempo y, al mismo tiempo, qué poco ha cambiado todo. El entorno escolar sigue cultivando símbolos que nos dejan suspendidos en otra era -el timbre, el uniforme, la carpeta, el texto escolar, el dictado- y nos alejan del sentido del aprendizaje y de su centro: la persona.

“Volver a clases” es una metáfora que anuncia, de manera inexorable, el retorno del tiempo de volver a aprender, asumiendo que es dentro de una clase donde una persona se prende para aprender y que, por ende, fuera de ella, se apaga.

Con motivo del inicio de un nuevo año escolar, propongo prestar atención a estas metáforas para empezar a generar un nuevo lenguaje y, con él, nuevas imágenes que sitúen el aprendizaje en el lugar y momento que nos permita crecer, como decía John Holt (1923-1985) en sus reflexiones acerca de la educación, “aprendiendo todo el tiempo”.

Les propongo erradicar el monopolio del aula, con el compás del timbre y las carpetas alineadas, como único tiempo y espacio de aprendizaje, para empezar a creer que podemos aprender todo el tiempo. Porque en realidad, lo que necesitamos en esta sociedad globalizada e inundada de hiperinformación, es aprender a aprender a lo largo de la vida.

El aprendizaje suele ser entendido -desde una herencia conductista- como una modificación de comportamientos, y este concepto se aplica a seres humanos, inclusive a otros seres vivos y, más recientemente a las máquinas. Ya no es ciencia ficción la existencia de Watson, un sistema informático de inteligencia artificial desarrollado por IBM que emplea su base de datos para responder preguntas y se retroalimenta a partir de los resultados. Sus aplicaciones son insospechadas, como El Chef Watson, el sistema de cocina cognitiva de IBM, capaz de seguir el mismo patrón de pensamiento que una persona, que puede crear mediante cualquier ingrediente nuevas y deliciosas recetas.

Los avances científicos de la psicología, neurociencias y pedagogía confirman que el aprendizaje es un acto individual. Sin embargo, sucede en un entorno colectivo, y es en las interacciones con uno mismo, los demás y el entorno donde vamos construyendo el sentido de las cosas que nos rodean y el sentido de nuestras elecciones.

Por ello, la clase como espacio confinado, donde muchas personas reciben al mismo tiempo una información, debe dejar de ser una metáfora del aprendizaje. El aprendizaje no sucede por un proceso de inoculación de información simultánea mientras estamos sentados en una carpeta, ni al ritmo de un timbre que anuncia el cambio de un curso a otro, ni como resultado de conocer cosas enlatadas en “textos escolares” que se dosifican en once grados escolares. Dictar, por ende, tampoco debe ser una metáfora de enseñar.

El conocimiento ya no se encuentra en el maestro, ni tampoco solo en los libros o en la Internet. Hoy es más importante saber dónde encontrar información, tener la habilidad para filtrarla y la ética para usarla, que simplemente saber de memoria muchos hechos y eventos.

Entonces, no se trata simplemente de decir que el mundo cambió y, por eso, se debe cambiar la forma de aprender y lo que se aprende. La comprensión debe pasar por entender la evidencia que sostiene el entendimiento sobre los procesos cognitivos, afectivos y volitivos de la persona, y reconocer los desafíos del mundo en el que vivimos.

Aprender desde una nueva metáfora no es solo el resultado, es el proceso y es el sentido. Aprender es crear sentido sobre uno mismo, en relación con los demás y en el mundo que nos rodea, para ser más capaz de hacer cosas que nos permitan ser felices.

El mundo seguirá cambiando y por eso los seres humanos tenemos que aprender a aprender a ser más humanos.

"[...] pero no será posible cerrar la brecha y crecer si solo nos concentramos en lo nos que falta en términos de inversión en infraestructura, equidad en el acceso y calidad en la formación docente. Hay otra inversión paralela, que consiste en cambiar 'el chip' sobre el qué y cómo aprender".

Por eso decimos que aprender a aprender es devolver las clases a la historia, para darnos la posibilidad de crear nuevos ecosistemas educativos. Necesitamos construir una metáfora del aprendizaje basada en la evidencia, que recoja la herencia y que mire de manera prospectiva el mundo que nos toda vivir.

En esa dirección existen numerosos movimientos alrededor del mundo, como “Enseñar menos, aprender más”, lema de la estrategia educativa implementada en Singapur hace una década, que significa adecuar el sistema educativoa las necesidades de los tiempos actuales incidiendo en la necesidad de un aprendizaje para la vida (3C: Contexto, Cultura y Capacidad).

En el Perú, los desafíos en materia educativa son enormes, pero no será posible cerrar la brecha y crecer si solo nos concentramos en lo nos que falta en términos de inversión en infraestructura, equidad en el acceso y calidad en la formación docente. Hay otra inversión paralela, que consiste en cambiar “el chip” -metafóricamente hablando- sobre el qué y cómo aprender.

En la práctica, tenemos un nuevo currículo nacional-CNEB[1] alineado con el Proyecto Educativo Nacional, que nos permite “unificar criterios y establecer una ruta hacia resultados comunes que respeten nuestra diversidad social, cultural, biológica y geográfica” (Minedu, 2016). El perfil de egreso que propone se basa en principios democráticos y, a ojos de cualquier ciudadano, representa aspiraciones lógicas y deseables. Sin embargo, el CNEB, aprobado en el 2016 y, y parcialmente implementado en el 2017, ya ha sido cuestionado e inclusive demandado judicialmente, sin haber tenido la oportunidad de estrenarse de manera integral. Esta es una primera oportunidad de cambiar de chip sobre el qué aprender, entendiendo que el currículo es una guía y no un enlatado, para avanzar en los consensos y trabajar en las mejoras -que sin duda son bienvenidas y necesarias.

El CNEB nos presenta 29 competencias, que pueden ser vistas como excesivas, si seguimos entendiendo que la implementación debe darse con un docente que enseña y niños y niñas que aprenden sentados. Hoy sabemos que el aprendizaje no sucede así y que las competencias se desarrollan de manera interdependiente, generando experiencias de aprendizajes más globales y apelando a metodologías activas, como, por ejemplo, el aprendizaje basado en proyectos (ABP). Además, el CNEB incluye competencias, denominadas trasversales[2], que tienen el potencial de articular diversas competencias, centrándose en la persona y en el contexto actual. Es tiempo de articular, trabajar la docencia en equipos interdisciplinares y la gestión escolar desde una visión de facilitadora de ecosistemas de aprendizaje abiertos al aprendizaje y al entorno que nos rodea.

Finalmente, una herramienta, poco entendida o mal comunicada del CNEB, son los 7 enfoques trasversales que deben orientar el trabajo pedagógico en el aula e imprimir sus características a los diversos procesos educativos[3]. El cambio de chip más importante tiene que ver en cómo aprender y, justamente, imprimir estos enfoques en las relaciones pedagógicas dentro y fuera del aula. Los enfoques trasversales deben ayudarnos a entender la realidad que la rodea y abordar, por ejemplo, los temas cruciales que nos trae el 2018 como: los problemas de corrupción, el mundial de fútbol, las elecciones municipales, el calentamiento global y los impactos en nuestro ecosistema, etc.

Ya no nos sirve una educación cerrada y predeterminada sino una educación, como sostiene Zygmunt Bauman, sobre la marcha. Nos enfrentamos al reto de preparar a los alumnos para un futuro incierto. Por lo tanto, aprender a aprender se vuelve crucial para estar preparados a prueba de futuro.



[1]Currículo Nacional de Educación Básica

[2]Nº28: Se desenvuelve en entornos virtuales generados por las TIC y Nº29 Gestiona su aprendizaje de manera autónoma.

[3]Son el  enfoque de derecho, que sitúa a los estudiantes como sujetos de derechos y no como objetos de cuidado; el enfoque inclusivo o de atención a la diversidad; el enfoque de interculturalidad; el enfoque de igualdad de género que señala que todas las personas tienen el mismo potencial de aprender y desarrollarse plenamente; el enfoque ambiental que se orienta al desarrollo de la conciencia crítica y colectiva sobre la problemática ambiental; el enfoque de orientación al bien común y, finalmente el enfoque de búsqueda de la excelencia.

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