2016 en el horizonte

2016 en el horizonte

Eduardo Toche Investigador (DESCO)
Ideele Revista Nº 246

(Foto: La República)

Nos acercamos al tramo final del gobierno del presidente Humala. También al fin de un ciclo largo de crecimiento económico. En otras palabras, las proyecciones deben considerar que la situación ha empezado a variar considerablemente, pues ya no solo dejaron de soplar los vientos a favor, sino que en el horizonte se presentan una serie de escollos difíciles de sortear, especialmente en el ámbito institucional. Esto hace que, por ejemplo, la arena electoral 2016, con Alan, Keiko, Kuczynski y, posiblemente, Toledo más el candidato oficialista no será réplica de lo visto con esas mismas personas como protagonistas en el 2001, 2006 o 2011. El escenario será inédito.

¿Qué debe preocuparnos? Una cuestión entre muchas es que hemos estado inmersos en un discurso sobre la gobernabilidad de este chúcaro país, que ha tenido como fundamento de base el formulismo “ausencia de Estado”. Con cargo a revisión, se puso de moda, creo, a inicios de siglo cuando parte de la comprensión estructural de la violencia que nos alcanzó la CVR, refería a ello. En el transcurso del tiempo que necesitó para ser parte dura del léxico político cotidiano (fundamentalmente mediático, diferente al que se fuerza por aparecer con visos académicos), dicho término fue adquiriendo algunas de las connotaciones que se usaron para referir a los estados fallidos, luego de los atentados de setiembre 2001 y fue sacramentado años después con los informes de desarrollo humano del PNUD. Desde entonces, es lugar común, de donde parten y terminan los análisis y los entendimientos.

La lección es que, como señalaría el reciclado Fukuyama en Orden Político y el Declive la Política, una mirada a la gobernanza desde la perspectiva del Estado, constatará que tener los recursos necesarios para generar buen gobierno es una condición necesaria pero no suficiente. Es decir, se puede tener mucho dinero, como nos sucedió, pero si no sabemos cómo usarlo ni estamos organizados para que este uso nos conduzca a las metas deseadas, vamos a dejar pasar la oportunidad, como parece también nos ha ocurrido.

Porque, reafirmando, es lo que ha venido evidenciando los síntomas de la corrupción generalizada y el amplio espectro de la informalidad e ilegalidad que imperan actualmente, como resultado de la política y la economía que se ejerció en el país durante las últimas dos décadas y media: la oportunidad se nos fue.

Entonces, el balance post facto nos permite afirmar que no valía tener solo buenas ideas en la cabeza, voluntad férrea en el corazón y dinero en el bolsillo para alcanzar objetivos de desarrollo. Sabemos ahora, algo tarde, que también era necesario, muy necesario, poseer los instrumentos idóneos, entre ellos, un aparato estatal que responda con alta fidelidad al mandato político.

De esta manera, “ausencia de Estado” aparecería ahora, como señala Fermín González para el caso colombiano, como la adaptación de porciones del Estado a las características de los territorios que se hallan bajo su jurisdicción. Así, fue muy ingenuo pensar que las instancias de gobierno, por ejemplo, de una región como Madre de Dios no respondiera a los actores y procesos claves que han venido desarrollándose en ese espacio por lo menos en los últimos cuarenta años, llámese extracción ilegal de oro o tala ilegal de madera. Así, ante tamaña resistencia era imposible que los niveles y sectores del Estado peruano armonizaran en una estrategia común que, además, nunca la tuvo.

De esta manera, la política y la economía realmente existente, adquirieron sus propias racionalidades que no pudieron ser aprehendidas por los modelos convencionales. Pero, parece que culpamos a la realidad por ser como es y aun no cuestionamos los anteojos que usamos para verla.

La carga contra los que nos hicieron perder la oportunidad generalmente la dirigimos hacia aquel que le tocó cerrar la puerta. En nuestro caso, del presidente Humala penden, sin duda, una serie de elementos que sirven para increparle parte de lo que pudo ser y finalmente no fue. Pero, como diría Rosemary Thorp, en el drama peruano podríamos incorporar más actores y empaquetarlo como una cuestión de timing: realmente una pena que el gran ciclo de crecimiento haya coincidido con tan pobrísimos actores políticos y tan arcaicos actores empresariales.

Al respecto, poco hay para achacarle a Humala, un presidente que no tenía mucha idea de lo que debía hacerse y su administración solo sirvió para dar firmeza a su confusión, sin haber consolidado un campo de aliados y logrando un amplio consenso en la desconfianza hacia su gobierno, del que no forma parte solamente un círculo muy reducido de incondicionales.

Tal vez, llegó el momento del debate serio sobre algunos aspectos cruciales para la estabilidad de los próximos años. Entre ellos, la naturaleza de la reforma profunda del aparato estatal, el cual no puede seguir funcionando de la manera como lo hace actualmente si no queremos correr el peligro inminente de caer en escenarios de mayor deterioro.

Parte de este debate debe dedicarse al proceso de descentralización. Nada nuevo bajo el sol tenemos en esa línea, ni para bien ni para mal. La izquierda nunca la adoptó como una bandera firme en sus planes electorales. La derecha tampoco enarboló argumentos valederos para su desmontaje. Lo mismo está sucediendo con la noción de territorio o de los enormes espacios de informalidad que ha generado el modelo económico.

¿Es lo ilegal consecuencia intrínseca del modelo o solo una disfunción de éste? Habría que conversarlo urgente, porque necesitamos sacarnos de la cabeza la idea de que basta una noción “dura” de seguridad ciudadana –con su toque populachero, versión ministro del interior– para suponer buenos resultados. Tampoco hemos atinado a darnos una noción operativa de interculturalidad que amague críticamente la versión del Banco Mundial. En idéntica forma, debemos ponernos de acuerdo qué es diversidad productiva cuando los precios excepcionales de algunos minerales ya son historia.

En suma, hay mucho de qué hablar y con qué interpelar a los próximos aspirantes presidenciales. La cuestión es qué debe hacerse para que el debate no lo determine factores distractores, como dirían los estrategos. Hay muchos interesados en ello.

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